| El Dormitorio de Gryffindor |
Capítulo Doce: Lo Que Harás
¿Qué es el amor? No es de ahora en adelante:
la alegría actual tiene risas actuales;
lo que viene es incierto todavía.
En demorarse ahí no hay abundancia,
Luego ve, bésame dulcemente,
La juventud es un tesoro que no perdura.
“¿Sabes? Ya es bastante difícil caminar agachado y con los ojos vendados a través de un túnel estrecho e interminablemente largo, sin tener la mas mínima idea de hacia donde voy – sin que tu estés intentando constantemente manosearme.”
Harry había deslizado las manos sobre Draco por décima vez mientras lo guiaba por el pasaje. “No puedo evitarlo. Tengo que asegurarme de que no te vayas a caer,” lo vaciló acariciándole el cuello con la nariz.
“Si, mira que conveniente, ¿no?” sonrió burlón Draco deteniéndose para acercarse lo mas que pudiera dentro del abrazo de Harry, ya que no podía erguirse sin que le cayera suciedad del techo sobre el cabello. Harry suspiró feliz y Draco dejó escapar un ‘mmm’ contento. “¿Sabes? Estemos en donde estemos, al parecer estamos muy aislados, y prácticamente ya estamos acostados, así que si quieres acelerar las cosas...” Draco se volvió, deslizó un brazo por la cintura de Harry y le dio un pellizco juguetón en la espalda.
“Buen intento, pero no lo creo,” Harry se rió y le dio un beso ligero en el cuello. El suave jadeo de Draco lo alentó a permanecer un rato mas ahí, y el beso fue avanzando hasta que sus labios pudieron sentir la piel suave del hueco de su garganta. Finalmente se separó un poco intoxicado por su calidez y cercanía.
“Provocador,” ronroneó Draco. “¿Qué pasó con el espíritu navideño de dar?” Y con eso se apoderó de la boca de Harry con impaciencia. Harry se estremeció y le regresó el beso con avidez, olvidando momentáneamente su destino.
“Ya no puedo esperar, ¿sabes?” murmuró Draco contra sus labios.
“Relájate,” respondió Harry con una sonrisa burlona que le alegró Draco no pudiera ver. “Ya no estamos lejos. Tan solo hay que dar vuelta a la izquierda y luego...”
“¿Y luego?”
“Y luego te vas a ensuciar en serio.”
“Pero por supuesto que lo voy a hacer, Harry.”
“Pero no esa clase de suciedad.”
“Oh. Qué encantador. Ya estoy cubierto de lodo y suciedad y, ¿me dices que hay mas? Y luego, ¿qué? ¿una pequeña escena sobre la Natividad en la que tendremos que disfrazarnos como ganado y revolcarnos en paja?”
Harry se rió. “No es una escena sobre la Natividad, eso te lo puedo asegurar.”
“Qué bien. Verás, de por sí no estoy de mucho humor navideño.”
Harry se sorprendió, luego sintió que se sonrojaba mientras que se le escapaba una sonrisa a pesar de sus mejores esfuerzos.
“Te excita, ¿no? Puedo sentirte observándome, y lo sabes.”
“Oh, cállate. Ten cuidado – hay una raíz de árbol.”
“Oh, maravilloso. ¡Tenías que vendarme los ojos!” exclamó Draco tratando de escucharse molesto aún cuando Harry sabía que lo estaba disfrutando. Era la única persona que Harry conocía que de alguna manera lograba verse elegante aún cuando estaba intentando no tropezar. “Estoy seguro de que no necesito recordarte que mas vale que esto valga la pena.”
“Confía en mi,” contestó Harry, diciéndose a sí mismo que esto debería ser perfecto, que había trabajado demasiado en ello como para que no lo fuera.
Y vaya que si había trabajado. Varias horas antes, ese mismo día, al igual de los demás días de esa semana, se había escabullido para asegurarse de que todo estuviera bien. Le había tomado siglos planear esta noche. La parte más difícil había sido imaginarse cómo escaparse durante la tarde sin que los demás Gryffindor se dieran cuenta de que estaba tramando algo. Le había mentido a Ron de último minuto, diciéndole que iría a ver a Sirius. Ron se había sentido decepcionado por el hecho de que Harry hubiera esperado hasta el último minuto para decirle y que además no lo hubiera invitado a ir (“¡Podría haberle dado su regalo!”), pero había aceptado no decir nada después de un buen rato de estarse quejando.
Lo que Harry no le había dicho a Ron era que tampoco planeaba estar allí por la mañana.
Todavía no estaba seguro de cómo iba a explicar esa parte.
Pero eso no le importaba por el momento, no con Draco cómodamente entre sus brazos.
“Muy bien... un poco más adelante,” dijo cuando tuvo a la vista el final de túnel. El pasadizo iba subiendo y finalmente pudieron enderezarse bien.
“Harry, ¿en dónde estamos?”
“Pronto lo sabrás. Er... lo siento... ten cuidado –está realmente sucio...” Harry lo miró nervioso, y de pronto sintió una punzada de duda – era difícil que el Slytherin disfrutara dar de tumbos entre mugre, y las habitaciones por las que lo iba a conducir estaban llenas de ella.
Sin embargo, Draco ya iba avanzando por el final del túnel, su curiosidad era evidente. “Está bien,” dijo. “En realidad no me importa mucho. Pero, por supuesto, si le dices eso a alguien, te mataré.” Harry se rió y lo siguió aprensivo. Cuando llegaron a la abertura al final del pasadizo, Draco la buscó a tientas y avanzó hacia el cuarto que estaba mas allá.
Durante la preparación para esta velada, Harry pronto había renunciado a la idea de limpiar todo el edificio, pero ahora, durante unos instantes, se arrepintió de ello; aun cuando los corredores estaban iluminados por la luz de las velas, y aún sabiendo las comodidades que les aguardaban arriba, lo estremeció la vista de los muebles demolidos y los pasillos cubiertos de polvo. Aun cuando Draco no podía verla, sin duda alguna podía detectar el olor a encerrado. Harry había ventilado el lugar lo mejor posible, pero el olor a desuso permaneció; sólo esperaba que no fuera abrumador.
Draco iba valorando todo sin decir una palabra, pero si se sentía desalentado por lo que sentía, no lo demostró. “¿Estamos en una casa?” preguntó inseguro.
“Algo así. Vienen unas escaleras,” le dijo Harry guiándolo hacia las escaleras desvencijadas que había al otro lado del cuarto. Las subieron uno a la vez, y cuando las ráfagas de viento invernal les barrieron los pies, Harry se felicitó por haber recordado utilizar un Encantamiento Calentador en el nivel superior. La calidez los recibió cuando llegaron arriba.
“¿Hacia dónde?” preguntó Draco una vez que hubo llegado sin mayores esfuerzos arriba.
“A tu derecha. Al final del pasillo.”
La luz de las velas vacilaba invitadoramente sobre el pasillo en el que Harry había levitado varias linternas con anterioridad. Un estremecimiento de anticipación lo recorrió cuando Draco aun vendado, recorrió vacilante el pasillo, deteniéndose por instinto ante la puerta cerrada del final. “¿Es aquí?”
“Si.” Harry lo rodeó, abrió la puerta y se quedó parado a un lado suyo en la entrada. “Ya te puedes quitar eso.”
“¡Finalmente!” se quitó el pañuelo sin mayores ceremonias y se limpió una ligera capa de sudor de la frente. “¿Por qué todo este secreto?” preguntó – pero su voz se desvaneció cuando paseó la mirada a su alrededor.
El cuarto que tenían ante ellos estaba ordenado, limpio y lleno de luz. En el centro, la chimenea crujía acogedoramente y había sido encantada para que produjera llamas rojas y verdes, y un olor a siempre viva flotaba en el aire. Un pequeño árbol de Navidad estaba sobre una mesa en una esquina, decorado con pequeñas luces blancas y coronado con una réplica pequeña de una Snitch dorada.
Draco no dejaba de ver nada. Estuvo mirándolo todo durante tanto tempo que Harry comenzó a ponerse nervioso. “Espero que te guste,” logró decir. Oh, Dios, ¿y si lo hice mal? ¿Y si lo avergoncé? ¿Y si no quiere -?
“Harry,” jadeó Draco y la ansiedad de éste se convirtió de inmediato en euforia al escuchar su tono de voz. “Es – es una cama,” dijo mirando fijamente hacia la cama con cuatro postes en el centro de la habitación.
“Querías despertar conmigo,” replicó Harry. Había traído sábanas de seda color crema especialmente para la ocasión. Unas enormes almohadas yacían sobre la cabecera de la cama. En el centro, Harry había colocado el regalo de Navidad de Draco, envuelto con un sencillo papel blanco y engalanado con un listón plateado.
Draco apartó la vista de la habitación para mirarlo a él. Tenía los ojos llenos de una emoción que Harry nunca le había visto, y esto convirtió sus entrañas en gelatina.
Pareció luchar por decir algo, pues abrió la boca para hablar, pero luego desechó lo que iba a decir. Finalmente se conformó con un “Gracias,” y lo dijo con tanta fuerza y sentimiento que las palabras mismas fueron como un abrazo.
El corazón de Harry latía como loco. Draco entrelazó los dedos con los de Harry y con la otra mano le acarició la mejilla. Harry, ligeramente mareado, levantó la mirada hacia el marco de la puerta. Draco siguió su mirada.
Muérdago.
“Feliz Navidad,” dijo Harry.
Draco sonrió.
En toda su vida, en todas las ocasiones que Harry había observado a la gente besarse debajo del muérdago, había visto que las mejillas se les ponían coloradas por la alegría y por el frío del invierno, pero nunca se había imaginado que el momento en sí pudiera sentirse como un pedacito de Navidad – algo tan perfecto, completo y casi demasiado dulce. Pero nunca antes había tenido a alguien como Draco Malfoy entre sus brazos, y nunca había sido besado así, como si la necesidad de besarlo fuera mas desesperante que la necesidad de respirar, mas opresiva que el deseo mas profundo de su corazón.
“Gracias,” susurró nuevamente Draco cuando finalmente abandonó los labios de Harry, manteniendo los brazos fuertemente a su alrededor. Harry sabía que sus ojos contenían la misma felicidad que veía en los de Draco. El momento era demasiado profundo como para otra cosa que no fuera estar en silencio, y permanecieron abrazados debajo del muérdago, alternando besos lentos con suspiros profundos dentro de un abrazo que era todo lo que Harry podía conocer como bendición.
Después de un largo rato, Draco entró en la habitación llevando a Harry con él; todavía lo abrazaba con tanta fuerza que éste apenas si tenía espacio para respirar. “Nos conseguiste una habitación para la Navidad,” dijo nuevamente, haciendo una gala inusual por no ocultar su deleite.
Harry sonrió. “Entonces, ¿te gusta?”
“Es perfecto.” La sonrisa de Harry se hizo aún mas grande. Draco inspeccionó la habitación. “¿En dónde diablos estamos? ¿La Casa de los Gritos?”
“Me imaginé que lo adivinarías.”
Draco se acercó a una ventana que Harry no había logrado limpiar bien e intentó ver hacia fuera. “Sólo fue porque el túnel era demasiado largo y solitario. ¿Puedes llegar aquí desde Hogwarts?”
“Si, pero no puedo decirte en qué túnel estuviste,” contestó Harry. “La entrada es peligrosa y si lo supieras podrías salir lastimado.”
“Y yo que pensé que la venda era nada mas para excitarme.” Draco sonrió burlón, observaba a su alrededor sagaz. “Entonces, ¿no está embrujada? – digo, a excepción de la cabeza sin cuerpo de Harry Potter...”
Harry se rió. “Dios, nunca olvidaré la expresión de tu cara.”
“Oh, no me vengas con eso. Estabas tan sorprendido como yo, pero siempre has sido un soberano payaso al respecto,” comentó Draco indignado, aún cuando acunó la cabeza sobre el hombro de Harry. “Claro que si hubiera sabido en ese entonces lo que sé ahora, podríamos habernos divertido con todo ese rollo de las bolas de lodo.”
“No te ent - ¿lodo? ¡Qué asco!”
Draco se rió. “¿Cómo fue que supiste de este lugar?”
“Algún día te contaré toda la historia.”
“¿Hay sexo involucrado? Estoy seguro de que la llaman la Casa de los Gritos por alguna razón...”
Harry tuvo que reírse. “Si es así, Sirius me ha escondido un montón de cosas,” sonrió burlón.
Draco parpadeó. “¿Sirius? ¿Qué tiene que ver con todo esto?” pero la ligera expresión de incomodidad de Harry lo hizo sonreír. “Oh, está bien. Guárdate tus secretos.” Depositó una serie de besos a lo largo de todo su cuello, lo que provocó que toda incomodidad se evaporara rápidamente. “Tengo otras formas de hacerte hablar...”
Harry comenzó a decir algo, pero salió como un suspiro de placer.
“... y de hacerte gemir,” continuó Draco dándole besos ligeros sobre la quijada y la mejilla.
“Mmmm...”
“Mmmm. Sabes a nuez moscada, ¿lo sabías?”
“Debe ser el rompope...”
Seductor, al oído de Harry: “Me gusta...”
“Tu hueles a canela y... sabes a sidra de manzana...”
“¿Te das cuenta de lo bobos que nos escuchamos ahora?”
“¿Te das cuenta de que no me importa en lo más mínimo?” murmuró Harry.
“Dios... ¿cómo haces eso?”
“¿Hago qué?”
“Escucharte seductor sin siquiera intentarlo.”
“Debe de ser la compañía,” sonrió Harry. Draco arqueó una ceja e hizo una pose elegante. “Por otro lado,” se rió Harry, “quizá no.”
Draco gruñó, y Harry lo interrumpió con un beso insistente. Lo que siguió fue un movimiento borroso y Harry lo guió hacia la cama jugando al mismo tiempo con los botones de su camisa. “¿No vas a abrir primero tu regalo?” murmuró Draco. Su fingido tono de timidez no engañaba a nadie.
Harry parpadeó. “¡Eso iba a hacer!”
“No me refería a ese regalo, bola de pelos.”
Harry abrió y cerró la boca completamente indignado. Draco cometió el error de reírse de él, tan solo para ser asaltado rápidamente. Ambos cayeron a la cama y Harry lo rodeó con brazos y piernas, tentando entre ávido y juguetón, mientras lo besaba en todas las partes que podía alcanzar. Nunca se cansaba de la comodidad de sus brazos; mientras más se familiarizaba con su cuerpo, mas se sorprendía de lo mucho que le parecía una bienvenida a casa cada abrazo.
Draco se estiró debajo de él. “Mmmm...” ronroneó. “No puedo decidir qué se siente mejor, si tu o la cama.”
“Pronto lo investigaras.” Le mordió la línea de la quijada.
Draco rió por lo bajo. “Vaya, vaya, sí que tenemos prisa...”
“¿Algún problema?”
Una sonrisa. “¡Nop!”
“Mmmmm.”
“Pero, claro, estoy acostado sobre tu regalo de Navidad...”
“¿En serio?”
Un asentimiento.
“Pero - ¿en dónde está?”
“No quieres saberlo.”
Harry se sentó y jaló a Draco consigo, revolviéndole el cabello. “No quieres decírmelo.”
A secas: “¿Te duele la cabeza?”
Una sonrisa burlona. “Difícilmente. ¡Y sabes que odio cuando haces eso!”
“¿Qué? ¿esto?” revolvió con mayor irreverencia el cabello plateado como la seda de Draco. “Te encanta que lo haga, Draco...”
“No, no es cierto...”
Harry le sujetó el cabello por la raíz y le dio un leve jaloncito.
Draco jadeó. Llanamente: “Oh, diablos, quizá si me gusta...”
“Quiero explorarte todo,” gruñó Harry, deslizando la lengua por su cuello.
“Será mejor que eso sea una promesa, Potter...”
“Sólo hay una forma de averiguarlo – dios, sabes delicioso...”
Draco metió una mano dentro de su túnica mientras que Harry le lamía y mordía y trataba el lóbulo de su oreja como si fuera su postre, y estuvo rebuscando hasta que encontró lo que quería. Lo sacó, murmuró un encantamiento Agrandador y sonrió satisfecho cuando el regalo regresó a su tamaño original. “Mucho mejor. ¿Lo pongo debajo del árbol para que podamos hacer las cosas como es debido, o los abrimos en la cama?”
“¿Antes o después del sexo?”
“¿O a la mitad?”
“¿Y si abrimos uno ahora, uno después y luego -?”
“O podríamos revolcarnos ahora, y luego otra vez, y luego -”
“Me gusta tu idea.”
“O...” Draco detuvo a Harry a medio movimiento y le colocó un dedo sobre la nariz. “O podríamos hacerlo bien,” dijo con avidez.
Harry sonrió. “¿Te refieres a pasar la Navidad juntos y no nada mas darnos un abrazo?”
Draco lo olfateó. “Hmph. No me gustan las cosas ordinarias. Y a ti tampoco, o no te gustaría yo.”
“¿Sabes? Ya eres encantador sin tener que hacer tanta alharaca.”
“Si, bueno – tu eres encantador cuando no eres un payaso.”
“Creí que habías dicho que siempre era un payaso.”
“Lo eres.” Una risa. “Pero un payaso endemoniadamente sexy...”
Harry se sonrojó.
“Quizá solo sea el cuello de tortuga,” continuó Draco guiñándole un ojo. Luego con un puchero atractivo: “Aunque yo soy el que debería llevar puesto el verde.”
“Tan solo lo dices porque eres de Slytherin. Yo no me quejo porque utilices el rojo.”
“Estás celoso porque los colores de tu casa se ven mejor en mí.”
“Oh, ¿y yo no me veo bien de verde?” replicó Harry con un ligero orgullo, sabía perfectamente que se veía, a falta de mejores palabras, como para comérselo. Por primera vez, había estado viéndose frente al espejo y no creía que el resultado fuera para nada decepcionante.
“Tan solo digamos que existe una razón por la que no fuiste sorteado en Slytherin,” contestó Draco con una sonrisa malévola.
Harry intentó golpearlo, pero Draco capturó su brazo con habilidad y le besó la parte de adentro de la muñeca, provocando que éste gimiera ligeramente, y a su vez aprovechó para rodearlo por la cintura con el otro brazo conteniendo un suspiro. “Aunque resalta el color de tus ojos,” comentó Draco pensativo y recorrió el índice sobre las pestañas de Harry para colocar después un beso ligero. “¿Cuál es tu color favorito, Harry?”
“Dorado,” replicó Harry después de una pausa. “¿Y el tuyo?”
“¿No lo adivinas?” contestó suavemente Draco. Luego como si se percatara de que había estado momentáneamente hipnotizado en el estudio del rostro de Harry, se mofó, “Míranos, mira nuestras vestimentas. Rojo y verde. Igual que la Navidad. También podríamos ponernos sombreritos puntiagudos y orejas de elfo.”
“Gryffs y Slyths,” sonrió Harry. “Complementos perfectos.”
La mirada de Draco vaciló durante el mas breve de los momentos. “Complementos perfectos,” repitió.
Su voz tomó a Harry desprevenido. Draco nunca hablaba de ellos; todo eran suposiciones: las miradas, los besos, los toques, las sonrisas. Se inclinó para besarlo murmurando su nombre cuando sus labios se encontraron. Draco enredó los dedos en su cabello y lo acercó más. Harry cerró los ojos, maravillándose en la suavidad de los labios del otro, en el calor invasivo y el ritmo de su lengua contra la suya. El beso fue creciendo poco a poco, hasta que estuvieron gimiendo contra la boca del otro y la necesidad ardiente de mirar a Draco a los ojos hizo que Harry rompiera el beso ligeramente aturdido.
La ternura tan abierta que vio en el rostro de Draco, dejó a Harry un poco impresionado. Draco se vio un poco herido durante un momento, como si fuera a hablar, pero solamente susurró, “Creo que quiero que abras tu regalo ahora.” Lo besó nuevamente y luego añadió, “voy a ponerme nervioso si esperamos mas tiempo.”
Harry sonrió. “¿Y desde cuándo te pones nervioso por nada?”
“Desde ti.”
Harry abrió mucho los ojos. “No tienes por qué ponerte nervioso por esto,” contestó gentilmente recorriendo la mejilla de Draco con la mano. “Me tienes seguro.”
“Incluso tu sabes que eso no es verdad,” replicó Draco con amargura. Y añadió antes de que Harry pudiera protestar, “tengo la sensación de que si hubieras querido tener algo seguro, no me habrías escogido a mi.”
Harry no pudo interpretar su tono de voz, pero dijo con firmeza, “Te hubiera escogido a ti sin importar nada.”
Hubo un momento de silencio sorprendido, seguido de una respuesta tranquila, “Abre tu regalo.”
El que no fuera capaz de leer los pensamientos de Draco no era una sensación nueva para Harry – había pasado cinco años intentando hacerlo, los mismos que había fracasado; pensó que a estas alturas ya debería estar acostumbrado. Pero esta noche parecía que Draco, y no por primera vez, estaba intentando quitar la barrera entre lo dicho y lo no dicho – sin tener que abrirse totalmente y decir lo que sentía. Era una idea atemorizante, y no era algo en lo que Harry quisiera pensar en este momento, sin importar los serias que fueran las intenciones de Draco detrás de esta vena navideña. Hizo el pensamiento a un lado y buscó el paquete.
“Qué bien lo envolviste,” dijo. “Yo nunca puedo lograr que las esquinas se vean tan bien.”
“Usé magia. ¿Qué, quieres decir que tu lo envolviste a mano?” Draco echó un vistazo a sus espaldas y recogió por primera vez el regalo de Harry. “Pero, ¿cómo lograste que se quedara doblado? – y sin ponerle listón...”
A Harry le cayó el veinte de que el Slytherin conocedor no sabía nada de la cinta adhesiva. Ahora que lo pensaba, la única que también utilizada cinta en vez de listón para envolver sus regalos, era Hermione.
Draco ya había logrado romper un pedazo de cinta de una esquina del paquete y lo inspeccionaba con curiosidad. Cuando se le pegó al dedo, sus ojos se abrieron mucho y comenzó a agitar la mano para quitárselo con una molestia tan inocente que Harry tuvo que reírse. “Es como el celo mágico - ¡pero mucho mas molesto!” Harry le sujetó la mano, le quitó el pedazo de cinta ofensivo y sonrió.
“Se llama cinta adhesiva,” le informó.
“No está nada mal para ser una invención muggle. Aunque, como era de suponerse, es bastante molesta.”
Harry se rió. “Quizá Voldemort podría apoderarse del mundo con esa cosa.” Harry bajó la mirada al regalo, envuelto sin mayores pretensiones de color rojo y con un moño dorado encima. Sonrió. Aunque Draco intentara comportarse con un patán intolerante, Harry lo conocía mejor; nadie que fuera tan insensible como él quería aparentar, hubiera envuelto un regalo con los colores de Hogwarts que detestaba. Cuando sus miradas se encontraron nuevamente, sus ojos estaban llenos de luz. “Ya me gusta.”
“Ábrelo,” dijo Draco y esta vez sí se escuchaba nervioso.
Harry había pensado mucho en qué regalarle de Navidad; lo habían tentado una gran variedad de cosas, pero al final se había decidido por lo simple, decidiendo que un solo regalo bueno diría más que muchos pequeños. Ahora se alegraba; aparentemente, Draco había hecho lo mismo y Harry se sentía menos consciente de sí mismo abriendo un solo regalo.
Por el peso y la forma cuadrados que tenía entre las manos, era obvio que Draco le había dado un libro. A Harry no le gustaba mucho leer (aunque tenía varios libros de Quidditch), pero dudaba que Draco le hubiera regalado un libro que no fuera a disfrutar. Lo miró sorprendido. “Si, es un libro,” dijo Draco. “Adelante – no me transfiguré en Granger y te regalé una copia de Hogwarts: Una Historia.”
Harry sonrió, deshizo el listón y se encontró mirando un libro de piel, con la portada hacia abajo. En la parte trasera tenía el sello de Hogwarts. Volteó el libro de costado y ahí, en la costilla, grabados en relieve con números dorados que contrastaban con la superficie color caoba, decía solamente, “1978”.
Volteó el libro y Harry parpadeó confundido un momento mas. Y luego con un jadeo lo abrió. Permaneció sentado observando las variadas firmas amontonadas sobre las dos primeras páginas.
“Oh, dios mío,” fue todo lo que pudo susurrar. No se movió. No podía hacerlo.
Era el diario de Hogwarts de su madre.
Ahí sentado, se quedó mirando el frente en donde, la adolescente que había crecido para convertirse en su madre, había escrito en la parte superior ‘Propiedad de Lily Evans’ – y debajo, con una carita feliz encerrada animada dentro de un corazón, ‘(próximamente Lily Evans Potter)’. En la parte inferior, la página estaba llena de nombres que pudo reconocer: Frank Longbottom, Remus Lupin, Amos Diggory. Y una firma que hizo que el corazón le diera un vuelco: Peter Pettigrew.
El libro comenzó a temblar incontrolablemente entre sus manos. Una parte de él quería cerrar los ojos para ya no leer mas. Otra parte anhelaba cerrarlo y no volverlo a abrir nunca, de la misma forma que quería alejar todo lo que había perdido. Y otra parte de él, sentía como si estuviera en casa por primera vez.
Alineada al fondo de la página había una nota breve, la letra se veía segura. Lily mía, decía. Ninguna flor ha florecido mejor que tu entre mis brazos. Con amor siempre, Tu James.
A Harry se le detuvo el corazón en la garganta. Levantó la mirada hacia Draco, estaba demasiado conmocionado para hablar, sentía muchas mas emociones de las que podía poner en palabras. Draco encontró su mirada e inmediatamente lo tomó entre sus brazos. Harry cerró los ojos y se hundió en él. Draco lo abrazó fuertemente, animándolo sin palabras. Harry nunca había estado tan cerca de llorar; ni siquiera cuando el vacío y dolor de la muerte de Cedric le había vuelto casi imposible el simple hecho de respirar. Ahora, la paradoja lo consumía por completo: el recuerdo del amor de sus padres se lo ofrecía la única persona que había hecho del odio un ritual tanto como del deseo. Draco sostenía todo lo que era Harry, lo que quería o lo que podría ser entre sus brazos, vaciando en un simple abrazo toda una vida de comodidad, como si estuviera intentando borrar años de dolor.
Nunca nadie lo había abrazado de esta forma; y Harry no quería soltarse. No podía soltarse. Se agarró de él y descansó la cabeza sobre su hombro, contra mechones suaves de cabello plateado, sollozando en silencio con una emoción que no sabía qué hacer con ella. Mientras Draco lo abrazaba, él luchaba contra la vulnerabilidad desnuda, y gradualmente fue aceptando que esto era lo que quería: confiar, dejarse ir. Y dejar que Draco lo viera hacerlo. Quería que Draco lo viera a él, no al Chico Que Vivió. No sabía si alguien más lo había hecho antes, no así – sin la expectación oculta de que se sobrepondría a lo que fuera que estuviese sintiendo en ese momento e iría a salvar al mundo después. A Draco no le importaba. A Draco no le importaba el mundo – solo él.
Acercó los labios a los de Draco deliberadamente, al principio solo los rozó, estaba demasiado abrumado por lo que sentía como para hacer mas. La respuesta de Draco fue vacilante primero, pero mientras mas lo presionaba, mas se relajaba, hasta que finalmente lo sintió asentir y ladear la cabeza para recibir sus besos. Harry le tomó el rostro entre las manos, temblaba con cada beso, quería entregarse por completo a Draco; volverse un latido entre un latido, una respiración dentro de una respiración. Perderse en esta calidez, en esta calma, en el sentimiento mas nuevo de todos:
Paz.
Una eternidad después, Harry liberó los labios de Draco. Éste mantuvo los ojos cerrados una fracción de segundo mas de lo necesario.
“Yo..” dijo y luego volvió a cerrar los labios, y se limitó a mirarlo. “No estaba seguro de que fuera buena idea,” dijo cuando habló nuevamente. Su voz fue un susurro de seda, insegura y delgada. “Pero quería ser yo el que te lo diera.”
Harry respondió levantando el diario y acariciando sus páginas con gentileza. “Es perfecto,” dijo suavemente, sin ver a Draco a los ojos porque tenía los suyos fijos en la escritura de su madre. “Es increíble. Pero... ¿dónde? ¿cómo?”
Ahora fue el turno de Draco de desviar la mirada. “¿Te importaría que no te lo dijera ahora, Harry?”
Harry respiró profundo y movió la cabeza. “No. Confío en ti.”
Draco se relajó visiblemente. Todavía tenía los brazos entrelazados protector alrededor de Harry.
“Gracias,” dijo Harry parpadeando furiosamente. Draco se inclinó, tomó el rostro de Harry con una mano y pasó los labios por su mejilla. Harry cerró los ojos. “Gracias,” susurró nuevamente. Los dedos de Draco viajaron sobre su piel mientras que los de Harry trazaban las orillas del libro, sintiendo la portada, las páginas interiores ligeramente arrugadas por el tiempo y la falta de uso.
Sin abrir los ojos, todavía disfrutando del toque de Draco, cerró el diario y lo puso gentilmente a un lado de ellos, fuera del alcance.
“¿No quieres verlo?” le preguntó Draco con una nota de perplejidad en la voz.
Harry abrió los ojos y observó el rostro del otro.
“Ahora no,” replicó. “Quiero verte a ti.”
Harry se acercó lentamente con los ojos fijos en los de Draco mientras que desabrochaba los botones de su túnica para seguir con los de la camisa borgoña que traía debajo. El pecho de Draco se veía anormalmente pálido contra esos colores oscuros, y anormalmente lustroso bajo la luz vacilante de su alrededor. Estaba sentado sin moverse mientras que Harry pasaba las manos por encima y por debajo de su vestimenta, como si no estuviera seguro de qué pensar sobre el repentino deseo de Harry de verlo desnudo. Harry no sabía exactamente lo que deseaba – quizá era el deseo de ver a Draco tan expuesto como se sentía él ahora; pero cuando la piel del otro chico vio la luz, lo devoró con la mirada sin importarle cuán incómodo pudiera hacer sentir a Draco que lo miraran como si fuera una obra de arte.
Draco era una obra de arte. Curvas suaves que se encontraban directamente con líneas rectas en ángulos inesperados y desafiantes; venas ardientes que surcaban los músculos duros, piel de buen tono que envolvía una complexión delgada; una simetría tan perfecta que casi era musical, coronada por unos ojos tormentosos fieramente reservados, igual de perfectos en su contraste – ojos que vacilaron bajo el reflejo dorado de la luz de las velas que los rodeaban. Aún la palidez de su piel era una composición de color: Harry nunca había visto tantos tonos de blanco.
Lo observó hasta que su corazón no pudo soportar verlo mas sin estallar, luego desvió la mirada y la regresó hacia él para encontrarse a Draco observándolo a él.
Era una mirada diferente. Harry nunca había visto algo parecido en el rostro de Draco. Había desaparecido esa conciencia de sí mismo al sentirse expuesto a la aprobación de Harry. Esta mirada era completamente nueva y sorprendente por su honestidad. Al principio, Harry no pudo comprender qué había detrás de ella. Estaba llena de miedo, sumisión, resignación, pero la emoción que prevalecía era demasiado poderosa, demasiado elusiva para estudiarla. Le quitó el aliento antes de que supiera qué era lo que había pasado, y entonces lo entendió: Draco le estaba contestando todas las preguntas que nunca le había hecho. Dolor, aceptación e inevitabilidad atravesaron su ojos mientras le regresaba la mirada a Harry – entendimiento, anhelo e incluso necesidad, llenaban sus ojos.
Se movió para deslizar las manos por la cintura de Draco y sintió que el otro chico se estremecía cuando su piel rozó la calidez del cuerpo de Harry. se inclinó para presionar los labios sobre el hombro de Draco, pero éste lo detuvo con un susurro.
“Acuéstate, Harry.”
Harry levantó la mirada y parpadeó.
Draco estaba temblando.
No queriendo hacer preguntas en el momento menos apropiado, Harry se acostó.
Draco movió sus regalos, uno desenvuelto y otro no, a la mesita de noche y con un movimiento se arrodilló sobre el cuerpo todavía vestido de Harry, recorriendo una mano con delicadeza sobre su pómulo.
Miró a Harry y éste apenas si pudo respirar.
“Cierra los ojos. Mantenlos cerrados.”
Harry bebió de su vista, cerró los ojos y sintió como si fuera cayendo en una cobija de confianza.
Sintió que los dedos de Draco rozaban su brazo, dirigiéndose lentamente hacia su muñeca hasta encontrarse con los suyos.
Se sujetaron las manos y no se soltaron.
El otro brazo de Draco se deslizó por la espalda de Harry; con los ojos todavía cerrados, Harry se arqueó y envolvió con su brazo la cintura del otro para acercarlo y abrazarlo tan fuerte como pudiera. Harry supo por instinto que Draco también había cerrado los ojos.
Draco se quedó ahí quiero con la cabeza enterrada en la curva de su cuello. Durante un largo momento se quedaron ahí acostados en los brazos del otro, hasta que la respiración de Draco se estabilizó y se hizo lenta, al igual que la suya; podía sentir sus pechos conectados al exhalar; podía sentir el pulso detrás del pulgar de Draco que latía contra el suyo.
Y entonces comenzaron: los besos.
Besos lentos, profundos sobre la quijada y barbilla de Harry, delineando su cuello, reclamando el hueco de sus clavículas.
Besos tan ligeros, tan fugaces, que no sabía con certeza si se los había dado o si se los había imaginado.
Besos tan perfectamente colocados, tan llanos y dirigidos, que controlaron a Harry, enseñándole a su cuerpo a reaccionar a un ritmo estable, sin prisa por contenerse, que nunca había sabido pudiera sentirse tan bien.
Besos que recorrían su cuerpo, manteniéndolo preocupado sobre dónde podrían llegar después, concentrado en cada respiración que rozaba su piel, cada trozo de tela contra su cuerpo, en la calidez de la cercanía de Draco, hasta que finalmente sintió la sensación mareante del contacto pleno, de piel contra piel desde los hombros hasta los pies, cálida, bienvenida y completa.
Besos que lo elevaban, lo sacaban de si mismo hasta que no podía respirar por la altura.
“Draco -”
Besos que lo hacían temblar.
“Draco – yo -”
“Shhh... respira, Harry...”
Besos, besos pequeños, dulces, expandiéndose por su cuerpo, saboreándolo, probando cada parte de él, consumiéndolo sin cesar nunca la presión constante.
Besos poseyéndolo, acariciándolo, bañándolo de sentimiento.
Besos de unos labios que no podían soportar estar lejos de su cuerpo ni siquiera por un momento.
Besos que continuaron, mas y mas, durante horas; besos que llegaron a su interior repetidamente, desterrándolo de un lugar profundo, oscuro y escondido, sacándolo, cegándolo con su luz.
Besos que ahogaron las palabras, que hicieron el silencio denso, intoxicante como el incienso a su alrededor, con frases ocasionales al aire.
“... dime...”
“... lo que quieras...”
Besos que lo esclavizaban no con cadenas, sino con listones de deseo.
“... dentro de mi...”
“¿... cómo?”
“... en todos lados...”
Besos tan tiernos, rozando las dudas no dichas sobre sus labios, hasta que necesitó la liberación.
“... el único...”
“¿...qué?”
“...tu.”
Besos que vacilaron y finalmente rodearon un susurro, “... si.”
“... tu.”
“Si.”
La noche se cerró a su alrededor, y Harry se perdió y se encontró, todo al mismo tiempo.
Era después de media noche, pero la luz de la luna entraba por las ventanas cubiertas de mugre como si fuera un día de verano. Las velas se habían consumido; unos hilos débiles de humo todavía surcaban el aire como si fueran niebla, rodeando la cama en lugar del dosel que hacía tiempo ya no lo tenía. Draco estaba acostado apoyado en un codo, estudiando en ocasiones el aire que giraba bajo la luz de la luna y el vapor, pero la mayor parte del tiempo observaba a Harry dormir.
Estaba acostado hecho bolita a su lado, con el cabello sobre la cara en un desorden pacífico, suspiraba ocasionalmente en sus sueños y se acercaba a él. En una ocasión, abrió una mano lo suficiente como para extenderla y sentir la calidez de Draco a su lado, después sonrió, suspiró, dejó caer la mano hasta su cintura y regresó a las profundidades de su sueño. Respiraba profundo y de vez en cuando un pequeño ronquido escapaba de sus labios.
De alguna forma parecía apropiado, pensó Draco, que el héroe del mundo mágico hiciera algo tan imperfecto como roncar. Harry parecía estar disfrutando de sus sueños, fueran cuales fueran. Draco esperaba, tanto como era posible, que Harry estuviera reviviendo su unión en sus sueños; deseaba, tanto como era posible, que Harry estuviera memorizando todo dentro de sus sueños: cada beso, cada toque, cada respiración y jadeo; los momentos en que se habían complementado uno al otro; el momento en que se habían corrido. Él no podía dormir, no cuando tenía a Harry recostado entre sus brazos. Dormir sería perderse el saber –
Saber que había estado tan adentro de este chico que quizá nunca podría volver a salir.
Se inclinó sobre la curva del cuerpo de Harry, acariciando ociosamente su mano. Se veía tan pequeño – pequeño, frágil e inocente, como si nunca hubiera peleado contra nada mas fuerte que la fatiga, ni vivido nada mas aterrador que las sombras de sus pesadillas.
Podría ser su vulnerabilidad la que hizo que Draco anhelara estar cerca de Harry mientras dormía. Podría ser la forma en que Draco se maravillaba al deslizar las manos sobre su piel sin que él estuviera consciente: piel suave y fría, todavía enrojecida por la pasión. Podría ser la forma en la que Harry también seguía extendiendo la mano para tocarlo, como si aún dentro de su sueño necesitara el contacto constante de sus cuerpos. Podría ser la paradoja de que Harry pudiera verse tan frágil y tan fuerte a la vez cuando estuvieron uno dentro del otro; que su figura firme pudiera barrer el cuerpo de Draco y llenarlo de placer, y empujarse contra él con una angustia silenciosa esa misma noche.
Podría ser simplemente que Draco no podía decidir cuál era el milagro mas grande – el hecho de que Harry estuviera vivo o el hecho de que estuviera entre sus brazos.
No sabía qué hora era. Esperaba que amaneciera en cualquier momento, pero no lo sabía realmente. Generalmente sabía la hora por instinto con una aproximación de quince minutos. Ahora no tenía ni idea. No sabía si había estado dentro de Harry durante una eternidad o una fracción de segundo.
Estaba acostumbrado a analizar los eventos, en pensar en las cosas y en su significado. Ahora no podía. Por el momento todo lo que podía hacer, al igual que todos los momentos que habían transcurrido desde que había depositado los primeros besos sobre la piel suave de Harry, era sentir.
Harry había llorado entre sus brazos. Harry había llorado, se había dejado ir, había confiado en él y esto lo había partido en dos.
Harry era tan cálido. No caliente – no era una calidez externa; su piel era fría al toque. Mas bien era que él era, aún dormido, la persona mas viva que Draco había conocido. Se inclinó sobre la figura dormida y con un dedo trazó lentamente una línea sobre su mejilla, y se percató al hacerlo que sus manos todavía temblaban.
Las frases trilladas lo rodearon: frases trilladas insípidas, inútiles, palabras que nunca hubiera utilizado para describir sus sentimientos – si hubiera habido otra forma, dentro de sus conocimientos, de sentir.
Pero Harry... Harry no le había dejado ninguna. Era debido a Harry que era una frase trillada, temblorosa y sin sueño.
Presionó los labios contra la frente de Harry.
“Harry...” dijo suavemente, porque necesitaba liberarse.
Harry se estiró, pero no se despertó, y Draco entrelazó sus dedos con los de él mientras se acercaba, de tal forma que ahora sus cuerpos estuvieron en contacto.
“Harry...”
Inclinó la frente para tocar la de Harry, cerrando los ojos mientras memorizaba la calidez del otro, su esencia, el sonido de su respiración.
“Harry...”
Lo abrazó y lo mantuvo ahí, cerca, alineando su torso con el de Harry, intentando no despertarlo, pero incapaz de luchar contra la urgencia de estar nuevamente conectado con él. Harry abrió los ojos y lo miró; le sonrió y lo besó suavemente en los labios antes de volver a dormirse.
Algo se rompió dentro de Draco. Por primera vez no intentó explicarlo o descifrarlo. Todo lo que sentía, todo lo que quería sentir, era a Harry. Enterró la cabeza en su hombro.
Harry emitió un sonido gutural suave y siguió durmiendo, y Draco respiró cuando Harry respiró, suspiró cuando Harry suspiró, y se rindió.
En el ocupado interior de Londres, escondida entre las multitudes que van y vienen en el Callejón Diagon y el tráfico silencioso y lento del Callejón Knockturn, hay una callejuela discreta que es frecuentada por viejos arrugados de lentes y del tipo trabajador y erudito. Al fondo de la calle hay un letrero desgastado colgado sobre una puerta de barras de acero que le da la bienvenida a la Calle Mortome al visitante casual. Alineados a los costados de la calle adoquinada hay una serie de edificios con escaparates desvencijados y toldos desteñidos por tantos años de uso. Los enrejados de metal están oxidados y algunas de las vidrieras no se han limpiado en cerca de un siglo. Los habitantes de esta calle tan excéntrica son, muchos de ellos, tan viejos como los edificios.
Ya casi al final de la Calle Mortome, lejos de la misma, hay una pequeña escalera que baja hacia una pesada puerta de madera. No tiene ningún grabado o letras marcados en ella, tan solo un pomo de vidrio. Tampoco hay alguna marca en los escaparates sin ventanas. Desde el exterior no se puede ver nada, y tampoco desde el interior; y así ha sido durante mas de sesenta años.
Una mujer llega a esta pequeña tienda fortificada y se sienta cada día. Sus ojos están cansados por la edad, pero permanece la iluminación tenue. Se sienta en un banco alto en la esquina, junto a una lámpara de flecos con un exquisito brocado en seda, y que le da un ligero tono rosado al pergamino de su periódico.
Al escuchar la puerta, la mujer levanta la vista. Un hombre entra caminando con familiaridad – es un mago pequeño con una túnica de tela pesada gris. Tiene puesta la capucha y ella no le puede ver la cara. Aún así le sonríe, lo que ocasiona que se le formen miles de arrugas inesperadas, para luego relajarla una vez mas en esa máscara suave mientras lo saluda.
El mago le responde con una pregunta cortante. Líneas de preocupación surgen una por una en su semblante, para ir creciendo gradualmente en una expresión de temor. La respuesta que le da, no complace al mago; ella lo sabe, aunque él no se baja la capucha, por la forma en que su postura se tensa al igual que sus manos bajo los dobleces de su túnica. Le hace otra pregunta con voz mordaz.
Ahora ella se para, su pecho sube y baja aceleradamente, con las manos en jarras sobre sus caderas anchas, y se yergue en toda su estatura. No le contestará; tiene las mejillas rojas de indignación.
El mago se baja la capucha, y suelta una risita lenta y amenazadora cuando ella mira su rostro. Lo ve fijamente, confundida e incrédula, durante un momento lleno de terror; y luego, como una de esas cosas que solamente pueden sentirse en vez de entenderse, lo comprende todo, y su expresión confundida y asombrada da paso a una de repulsión agonizante, mientras sus rasgos se convulsionan para reprimir sus gritos de vergüenza.
Él ni se inmuta, y de hecho, se siente divertido ante su reacción. Le vuelve a hacer la pregunta y esta vez ella le escupe la respuesta, desafiante, e incluso orgullosa, como si fuera la bandera de su propia rebelión privada. Las palabras se desenvuelven y flotan en el aire un momento: “Harry Potter.”
La expresión del mago se endurece como si el nombre fuera obsceno. Asiente una vez, como si hubiera escuchado todo lo que necesitaba oír, y saca de su capa una varita larga y delgada. La levanta con un destello de plata y tranquilamente murmura las palabras, con los ojos fijos en los de ella desinteresadamente:
“Obliviate.”
Imagina esto, si todo encaja bien
Y tu amor, por voluntad, llega como una gracia
Todo lo que verás será misterio cara a cara.
¿Dirías, podrías hablar, podrías decir
que el amor que sientes ha alcanzado la madurez?
Todo lo que ves es misterio, y obedeces.
Durante la noche, Harry se estiró. Abrió un ojo, miró a Draco y se volvió a dormir, como si estuviera satisfecho con el solo hecho de saber que estaba ahí, aún a su lado.
Draco se aseguró de que cuando Harry despertara, experimentara al arrullo de sus brazos, sus cuerpos presionados ligeramente. Al ir abriendo los ojos, depositó besos delicados sobre sus párpados, atrapándolo dentro de su abrazo. Harry recuperó la consciencia perezosamente, como si regresara de un lugar hermoso y encantador para llegar a otro igual y tuviera problemas para decidir cuál escoger. Draco, que había esperado toda la noche nada mas para ver cómo caía la luz del sol en la cabellera de Harry, saboreó su expresión adormilada y relajada. Era mejor de lo que había imaginado; pero palidecía junto a su mirada de alegría indefensa cuando levantó los ojos y lo vio a su lado.
“¿Me... dormí así?” preguntó bostezando, echando un vistazo a sus figuras entrelazadas. “¿Toda la noche?”Draco asintió perezoso sobre la almohada. “Guau,” dijo Harry, ruborizándose un poco.
“¿Dormiste bien?” le preguntó Draco besándolo a lo largo del cuello.
“Soñé contigo,” fue la suave respuesta. Harry le pasó los brazos por la cintura y deslizó una mano sobre su cuerpo – de un forma tan natural, como si despertaran juntos cada mañana. Draco lo miró a través de una neblina de felicidad, con una ligera sonrisa en los labios. “Te comportas diferente.”
“¿Si?” pero no era una pregunta.
“¿Todo está bien?”
Draco se sentó, bostezó y se estiró deliciosamente. “La vida no podría ser mejor,” sonrió. “Acabo de dormir con Harry Potter.” Se volvió, tomó la barbilla de Harry entre sus dedos pulgar e índice y añadió ávidamente, “Contigo.”
La mirada en los ojos de Harry creció hasta convertirse en algo por lo que Draco hubiera dado su vida entera por mantener. En vez de contestar con palabras, Harry sujetó las manos de Draco entre las suyas.
Una calidez invadió a Draco. Anhelaba este toque en particular. Era tan tierno y sincero: tan... Harry; y aún así, era un gesto privado. Nadie mas recibía esto. Era para él solamente, para Draco; y Draco no podía evitar sentirse salvajemente posesivo de este pequeño movimiento, aunque sospechaba que en realidad era él quien estaba siendo poseído.
Si a estas alturas debería preocuparse, bueno... vaya.
Se hundió entre las sábanas; disfrutando de su contacto, sonriéndole a la cara como un animal de granja tonto y contento, y sin importarle un comino. Harry se inclinó sobre él y le quitó de los ojos un mechón de cabello aún cuando un mechón de cabello negro cayó sobre los suyos. El estremecimiento de emoción eufórica y mareante que ese simple toque produjo en Draco, debería ser motivo de vergüenza para cualquier Malfoy que se respetara de serlo.
Gryffindor estúpido y adorable.
Soltó una de sus manos de entre las de Harry y la pasó sobre su cintura, para ponerlo encima de él, saboreando la frialdad del cuerpo del otro. Harry se relajó y descansó la cabeza sobre su pecho. Con un par de manos libres, acariciaron el cuerpo del otro, mientras el otro par permanecía firmemente sujeta. Las caricias de Harry, aún después de todo este tiempo, eran tentativas, como si no pudiera creer que Draco era suyo para explorarlo, tomarlo y sentirlo; era dulce, excitante y –
- Draco comenzaba a quedarse sin palabras.
“Harry,” dijo suavemente.
“Mmm.” Harry tenía los ojos cerrados.
Draco parpadeó. “No te me vayas a dormir otra vez, imbécil.”
Harry abrió un ojo. “Eres una buena almohada, Malfoy. No eres tan huesudo como lo hubiera imaginado.”
“Cállate.” Draco pasó una mano por el cabello de Harry y luego, sorpresivamente, le robó un beso.
“Estás sonriendo burlón, Malfoy.”
“Es la luz.”
“Sea lo que sea, es sexy.”
“En ese caso, es la sonrisa.”
Harry se sentó y se permitió estirarse como un felino. Draco medio sospechaba que era para dejarlo disfrutar ese cuerpo perfecto, arqueado, los músculos tonificados flexionándose. Como no sabía desaprovechar una oportunidad, deslizó una mano con firmeza desde el pecho de Harry y hasta su cuello, y su sonrisa burlona se amplió aún mas cuando su bostezo se convirtió en un gemido. “Dios mío, me haces sentir bien...” murmuró Harry acercándose al contacto.
“Lo mismo digo,” contestó Draco, inclinándose para besarle el hombro con gentileza. Harry se volvió, lo miró a los ojos y lo acerco para darle otro beso profundo.
Tan solo llevaban juntos seis semanas, y los besos de Harry todavía lo abrumaban, provocándole mareos, y provocando que hiciera cosas completamente tontas como gemir profundamente dentro de su boca, dentro del beso.
Harry lo recargó sobre las almohadas y se extendió sobre él, apoyando un codo sobre el estómago de Draco mientras recorría con los dedos su pecho. Se limitó a mirarlo, estudiándolo sin ninguna expresión evidente. Draco, todavía mareado por la euforia del beso, por el sexo y la noche que había pasado observándolo dormir, sintió que se le comprimía la garganta.
“Tu sonrisa...” murmuró Draco sin tono, transfigurado.
“¿Mi sonrisa...?”
“Es... tan perfecta. Hace que me quiera tirar debajo de un tren.”
Harry volvió a sonreír, otra sonrisa dulce, de esas que dicen mátame suavemente, se hundió sobre él y lo besó. “Es la cosa mas tonta que jamás haya escuchado,”dijo sonriendo abiertamente. Y luego, suavemente, “Gracias.”
Draco lo miró y sintió cómo su voz se reducía automáticamente a un susurro. “De nada. Para ti, lo que sea.”
Harry arrastró las uñas sobre su pecho. Draco jadeó. “No lo dices en serio,” comentó y su sonrisa se volvió pervertida y antes de que Draco pudiera responder, volvió a besarlo.
Draco cerró los ojos y profundizó el beso, abriendo lentamente los labios de Harry para poder saborear cada parte de su boca. Harry suspiró y enredó los dedos en el cabello de Draco, y durante unos momentos, el silencio que los rodeaba fue interrumpido por jadeos suaves y el ligero rechinidos de los resortes de la cama.
Estaba tan inmerso besando a Harry que no se dio cuenta de que Harry se había colocado sobre su cuerpo hasta que sus erecciones se rozaron. El beso se volvió hambriento, y el movimiento de sus manos, torpe, y, “Mírame,” murmuró Harry mientras metía los dedos en el frasco de aceite todavía abierto que les había servido tan bien la noche anterior. Draco suspiró, se relajó y mantuvo la boca en la de Harry; y éste pareció saber cuando penetrarlo sin despegar sus labios, y esto estaba bien, porque todo lo que Draco quería en esta vida, era sentir la lengua de Harry en su boca, su dureza dentro de él, los labios de Harry, las piernas de Harry, las manos de Harry, el cabello de Harry, la piel de Harry, los latidos de Harry, el corazón de Harry, todo de Harry, así –
- oh -
- justo -
- así -
- los ojos de Harry -
- obscurecidos, obscurecidos de la noche mas profunda al bosque siempre verde -
- y Harry dentro de él -
- fiero, resbaloso, rápido, entrando y saliendo, anclándose entre sus muslos -
- los ojos de Harry -
- girando en el recodo mas oscuro del Nilo, girando entre hojas tropicales bañadas por el sol -
- la boca de Harry -
- rudo, húmedo, frío, brillante, surf, arena, solas y océano todo al mismo tiempo -
- los ojos de Harry -
- brillando como las escamas y el fuego de un dragón galés y - oh -
- oh -
- oh -
- y Harry gruñendo, jadeando, gritando “Draco” contra sus labios, Draco apretándolo, moviéndose, suspirando, sollozando, rindiéndosesucumbiendocorriéndose -
- cayendo -
- “Oh” -
- sujetando -
- “Harry” -
- besando -
- “Oh” -
- aterrizando -
- “Mmm” -
- silencio -
- Mmm -
Y sentía mejor que nada en el mundo, a Harry Potter jadeando contra su pecho, resoplando contra su cuello, con el cabello negro aplastado contra su nariz, con el sudor corriendo por su frente hacia la barbilla de Draco, clavándole los dientes en la manzana de Adán, sus uñas dejando marcas en su hombro, sus piernas pegajosas moviéndose contra sus muslos, y un dedo del pie enterrándose reflexivamente en su pantorrilla.
Harry murmuró algo tan suavecito que Draco no le entendió.
“¿Qué dijiste?” murmuró besándolo en la parte superior de la cabeza para luego meter la nariz en los rizos suaves y húmedos de su cabello.
Harry ronroneó y se colgó de él un momento – y luego dijo, en voz baja y con firmeza, “No quiero que te vayas.”
Draco contuvo el aliento y se tensó reflexivo. Casi podía sentir el dolor que laceraba a Harry – de hecho sí lo sentía – e inmediatamente sujetó su barbilla y enterró el otro brazo con mas fuerza alrededor del Gryffindor, quien volteó a verlo, descansando la barbilla contra sus dedos extendidos, y parpadeó.
Draco retiró la mano con la que lo estaba acariciando y recorrió lentamente su mejilla con el pulgar hasta llegar a la barbilla. Harry levantó la mirada para verlo, mirándolo a los ojos mientras Draco seguía su recorrido hasta su barbilla, para seguir sobre su labio inferior, rozándolo ligeramente. Trazó sus labios con gentileza, y luego trazó el perfil de su nariz con el dedo índice.
Dios, era hermoso.
Era tan hermoso.
Hizo una pausa, sintiendo cómo el momento crecía pesado alrededor de ellos – luego le presionó la nariz como si fuera un botón y lo jaló para darle un beso. Cuando lo liberó, los labios de Harry se curvaron en una pequeña sonrisa, suspiró y se acomodó contra Draco.
Un silencio largo.
Luego hablaron al mismo tiempo.
“Harry...”
“Será mejor que abras tu regalo antes de que se nos olvide.”
Harry se bajó de él y se volvió inmediatamente hacia la mesita para recoger el paquete, y Draco se rehusó a concentrarse en la incomodidad que se revolvía en su estómago hasta formar un nudo, o en la ligereza del tono de Harry.
Se había olvidado por completo del otro regalo; cuando lo tomó, recorrió la mano sobre la espalda de Harry, preguntándose vagamente en qué momento de la noche anterior habrían tenido la suficiente cordura como para quitar los regalos del colchón. Harry le sonrió y buscó el diario de su madre, acariciando la portada con cariño mientras observaba a Draco inspeccionar su regalo.
Era obvio que era un libro – un libro muy pesado y grueso. Aunque Draco no mantenía en secreto el amor que le tenía a la lectura, se sintió ligeramente sorprendido de que Harry, quien por lo regular no tenía tiempo para los libros, lo hubiera escogido. Le dirigió una sonrisa incómoda, y observó que Harry retorcía las manos en una expectación nerviosa.
El nudo en su estómago ahora era un pretzel.
Harry no dijo una palabra mientras Draco desenvolvía el regalo, ni siquiera dijo algo cuando Draco le echó un primer vistazo y levantó la mirada hacia él sorprendido. Tenía entre sus manos un libro impresionante con forro de piel, cuyas páginas parecían haberse congelado en el tiempo. Se veía antiguo, y olía a años de cuidado en librerías llenas de polvo, preservado por manos cuidadosas. Apenas si se podía entender la letra a través de la envoltura exterior, cuya intención era protegerlo de los malos tratos, casi se había desvanecido sobre la portada misma; pero ahí, con una chispa que fácilmente llamaba la atención de alguien acostumbrado a detectar pequeñas motas de dorado, estaba un título ininteligible que todavía brillaba.
El asombro de Draco aumentó. Sacó el libro con cuidado de su envoltura, volteó la tapa superior y lo miró fijamente. Con letras plateadas, vibrantes y llenas de color, que brillaban casi como si fueran escalas, decía:
In hwelc Cwidegiedd Awritan seo Ferð gelong Salysar Slythyryne in Gomen ge æht beon Secgan ge Reccan fore þæt Geong ond List Godcundfiras. In æht Gear gelong Fæder ure 1053.
Harry inclinó la cabeza sobre la parte superior del libro y parpadeó. “Guau,” aspiró reverente. “No había visto la portada interior. La mujer que me lo vendió dijo que estaba escrito en un lenguaje mágico.”
“Así es.”buscó lentamente su túnica, transfigurado por la página que tenía frente a sí. sacó su varita y tocó una de las letras. “Araccean,” murmuró.
Harry lo miró fijamente. “¿Sabes hablarlo?”
“Tan solo unos cuantos hechizos antiguos. Se parece mucho al inglés antiguo – un lenguaje mágico especial que desarrollaron los hechiceros. Está basado en el lenguaje muggle, pero los muggles no habrían sido capaces de entenderlo.”
“Oh,” parpadeó Harry, escuchándose algo impresionado.
Las letras comenzaron a cambiar lentamente, sus colores brillaban apagados, casi como si se fueran a resbalar por la página. Permanecieron en silencio, observantes, hasta que finalmente pudieron leer:
En este Texto las Filosofías de Salazar Slytherin en Práctica y Provecho, son Detalladas y Expuestas Para los Magos Jóvenes y Ambiciosos. En este, el año de Nuestro Señor, 1053.
Dracó tragó con dificultad.
Harry le había dado las Memorias de Salazar Slytherin.
Las tenía entre sus manos.
Uno de los libros mas raros del mundo.
Quizá el mas raro.
Lo tenía entre sus manos.
Levantó la mirada, tambaleándose ahí sentado. “Harry... ¿sabes lo que es esto?”
Harry parpadeó. “Um -”
“Es una edición original de uno de los libros mas buscados del mundo. ¿Cómo la conseguiste?”
Harry se ruborizó y se encogió de hombros.
Draco de pronto quiso estrangularlo: ¡era una edición original y él se encogía de hombros!
Pero cuando habló, su voz tenía un ligero tinte de vacilación, como si estuviera hablando de algo que no estaba seguro debería de revelar, y el deseo de estrangularlo se volvió un impulso de extender la mano para tocar la suya, y Draco obedeció ese impulso.
“En el último viaje que hicimos a Hogsmeade,” confesó Harry, “fui a la librería a buscar algo que te pudiera gustar, pero no tenían nada que me recordara a ti, así que el vendedor me anotó el nombre de una tiendita en Londres y me dejó viajar en la red Flu hasta allá. Ni siquiera recuerdo el nombre. Por algún lado tengo el papel. Resultó ser un lugar que vendía libros raros. La mujer que trabajaba allí era realmente simpática. Ni siquiera volteó a ver mi cicatriz.” Se interrumpió y bajó la mirada.
“Te vendió algo así a ti.”
Harry se sonrojó. “Cuando entré en la tienda, simplemente sonrió dijo, ‘Ya sé qué es lo que quieres’.”
“¿Ya lo sabía?”
Harry asintió. “Si.”
“Harry.”
“¿Si?”
“Es muy raro.”
“Bueno, no le creí, pero luego me llevó a un cuarto y me mostró este libro, y se veía genial. Digo, me dijo que era muy raro, pero yo – no sabía qué tan raro. Me explicó lo que era, pero no me di cuenta de que era una edición original. Digo – pensé que te gustaría.”
Draco lo miró fijamente. Harry se sonrojó bajo el peso de su mirada. “¿No te gusta?”
“Harry, esto vale una fortuna. No me puedes dar algo así, es demasiado valioso. No lo merezco - ¿cómo le pudo vender algo así a un estudiante que no sabía lo que estaba comprando?”
“Ya basta,” insistió Harry. “Ella dijo que normalmente no se lo habría dado a alguien como yo, pero que había soñado que yo iría y que le pediría el libro.”
“Lo soñó.”
“Lo soñó. Y – la mujer dijo que había perdido a su hijo durante la guerra contra Voldemort. Dijo que siempre había querido pagarle al que lo había vencido, y creyó que el sueño le decía que debería darme el libro a mi en agradecimiento.”
Volvió a bajar la mirada estremeciéndose, y Draco pasó los dedos por su cabello, tan suavemente como él sabía hacerlo. “No sabía – que yo - que había regresado. No pude decírselo. No quería que supiera que su hijo había muerto en... vano.” Se interrumpió.
“Harry...”
Sus palabras salieron revueltas. “Si no te gusta, lo regresaré -”
“Harry, ¿estás seguro de que quieres que tenga esto?” Draco no pudo sacar de su voz el tono de asombro.
Harry levantó la mirada hacia él, con los ojos muy abiertos y aprensivo. “Yo - ¿te gusta?”
Draco tuvo que pasar saliva antes de poder hablar. “Harry, yo...” sintió que el estómago se le tensaba y el corazón se le hundía al mismo tiempo, haciéndole muy difícil respirar. Extendió la mano hacia Harry y lo jaló para darle un beso. Cuando finalmente se separaron, Harry sonreía. “Supongo que eso es un si.”
Draco acarició con la nariz – si, con la nariz – el cabello de Harry. “Supusiste bien. Harry, ¿tan siquiera sabes lo que este libro contiene? Información sobre todas las fórmulas, pociones y hechizos que Slytherin inventó y usó en vida – información de la gente que trabajó con él, leyes mágicas que descubrió... digo, Merlín, el hombre era un genio y más – Harry, encantó este libro para que nadie pudiera reproducirlo porque le preocupaba que sus palabras pudieran ser distorsionadas por lo que todavía existen quizá tres copias y, ¡¿tu estás sentado aquí preguntándome si me gusta?!”
Ahora Harry estaba verdaderamente rosa.
“Yo... bueno.. sabía que tu... sabía que te iba bien. Quería que lo tuvieras.”
Draco miró el libro, acarició sus páginas antiguas, pero aún así maravillosamente conservadas, y de pronto lo comprendió. Harry – Harry, un Gryffindor de pies a cabeza, que nunca había volteado a su Casa si no era para criticarla, y que nunca había pensado en Slytherin como otra cosa que no fuera un bastión de Maldad Pura, le había dado... esto.
Draco se quedó sin palabras.
Levantó los ojos y se encontró con la expresión en el rostro de Harry.
Nunca olvidaría esto.
“Harry... gracias.”
Cerró los ojos bajo el peso de lo que sentía, y sintió que Harry se inclinaba hacia él. Un momento después los labios de Harry rozaron sus párpados. Draco movió las manos lentamente para acunar su rostro y mirarlo a los ojos antes de que llegara el beso.
Fue largo, creció y se volvió profundo; fue lento, largo y paciente, sin urgencia. Draco estaba contento de explorar la boca de Harry: acercándose, venerando sus labios suaves y dulces, el ritmo suave de su lengua curvándose contra la suya, la seguridad de sus dedos entrelazados en su cabello, contento de disfrutar la perfección absoluta de todo lo que eran en ese momento.
“Gracias,” murmuró. “Muchas gracias.”
“No es nada.”
“Es todo.”
Harry abrió los ojos al escuchar esto, lleno de luz y completamente deleitado.
Obedeciendo a un impulso, Draco lo tomó entre sus brazos y lo besó profundamente, provocando en Harry un estremecimiento igual de profundo. El diario de su madre, que tenía en el regazo, se deslizó sobre sus rodillas hacia la cama, y Draco lo detuvo con una mano para evitar que cayera al piso.
Las páginas del diario se abrieron debajo de sus dedos. Sintió que Harry bajaba la mirada hacia ellas, y luego se alejaba, dejando a Draco completamente vacío sin su contacto. Al momento siguiente la sensación desapareció rápidamente, cuando siguió la dirección de la mirada de Harry, sorprendido.
“Draco... ¿qué es eso?”
El libro había caído abierto, y ahí, colgado precariamente del interior, había un pequeño pendiente sujeto de una cuerda de piel delgada.
La piedra era redonda y lisa, envuelta por una cubierta de plata. Dentro, giraba algo de un color oscuro como el carbón, como una neblina densa en una noche de viento. Draco lo miró fijamente, luego lo levantó por la cuerda y lo examinó a la luz. Era hermoso, pero algo soso, y cuando pasó los dedos por encima de la superficie plana, la sintió extrañamente fría.
Harry lo veía con ojos desmesuradamente abiertos, luego extendió la mano y tomó la piedra. Cuando cerró los dedos sobre la piedra, un estremecimiento recorrió a Draco.
Observó en cámara lenta, cómo Harry acariciaba la piedra suave que tenía en la mano para luego darle vuelta para abrir los ojos aún mas. “Creo que tiene algo – escrito en la parte de atrás.”
Harry parpadeó, luego entrecerró los ojos y la miró mas de cerca, limpió la parte trasera con la orilla de la sábana, ignorando las manchas de mugre que quedaron en ella. Draco arrugó la nariz y se acercó para mirar por encima de su hombro. Decía en letra pequeña:
Ama, y haz lo que debes.
“De San Agustín,” dijo Draco. “Quizá eran católicos.” Le sonrió a Harry, pero éste no sonrió – veía la piedra con fascinación.
En alguna parte de la mente de Draco comenzó a sonar una alarma, su intuición se estaba despertando, casi mas allá de su consciencia. Volvió a leer lo que decía la piedra y se concentró en extraer la información de su memoria. Ama... debes... casi lo tenía, pero no podía recordar bien...
Harry apretó el amuleto de forma protectora y comenzó a ponérselo por encima de la cabeza. Draco le sujetó el brazo abruptamente y lo detuvo. Un frío se apoderó de su interior. “Harry,” dijo llanamente. “No lo hagas.”
“¿Por qué no? Era de mi mamá, perteneció a ella -”
“No sabes de dónde vino. Podría – podría no ser de tu madre, podría – podría ser cualquier cosa.”
Harry entrecerró los ojos. “Draco,” dijo lentamente, “¿de dónde sacaste el diario de mi madre?”
“No puedo decírtelo. No todavía.”
“¿No crees que me lo debes?” la voz de Harry tenía una nota retadora. “Podría ser importante, a menos, claro, que estés ocultando información que creas que pudiera ser peligroso que yo supiera.”
“No es eso,” dijo Draco rudo. “Es que tengo un nivel de confidencialidad que debo mantener y no puedo perderlo, ni siquiera por ti.”
Harry vaciló y luego asintió cortante. “Muy bien. Y... ¿por qué no quieres que me lo ponga?”
Draco sintió cómo unas sensaciones incómodas comenzaban en su estómago y viajaban por él, como si fueran un Traslador sin un destino mas allá de la fuente de su incomodidad. Al fin se estaba empezando a dar una idea vaga y salvaje de lo que podría ser ese pendiente, y en caso de que estuviera en lo correcto, estaba decidido a no dejar que Harry se lo pusiera. Cuando menos... cuando menos no mientras él estuviera ahí para verlo.
Si hubiera sido un poco mas honesto consigo mismo, podría haberse preguntado por qué la idea le resultaba tan atemorizante. Pero a la vista de lo que esa piedra significaba – podía significar – no estaba ni remotamente preparado para lidiar con las posibilidades.
“Es tan sólo como medida de precaución, Harry.”
“Era de mi mamá,” dijo Harry obstinado, acunando la piedra protector entre su palma. “Obviamente no es un Traslador, y estaba escondido en el diario. ¿A quién podría haber pertenecido, sino a mi madre?”
“Harry...”
Harry se mordió el labio y frunció el ceño.
Draco hizo una mueca y finalmente dijo con brusquedad, “¡De acuerdo! Póntelo.”
Tragó saliva y se volvió. Después de unos momentos, la voz de Harry le llegó por encima del hombro, un poco mas vacilante, “De verdad... ¿de verdad no quieres que me lo ponga?”
Draco suspiró aliviado en silencio. Se volvió hacia Harry y extendió la mano para quitarle el cabello de la frente. “Significaría mucho para mi que no te lo pusieras.”
“¿Te refieres... a no por el momento?”
“No – al menos no hasta que descubramos qué es lo que es.”
“¿Quieres decir que no lo sabes?”
Draco lo miró a los ojos. “¿Me lo prometes, Harry? ¿Me prometes que no te lo pondrás?”
Harry le regresó la mirada, con ojos grandes, luminosos y completamente confiados. En alguna parte de la mente de Draco algo le decía que se estaba comportando como un completo tonto al hacer esto, pero otra parte mas grande estaba mas inclinada a sentirse aliviada de que Harry estuviera de acuerdo. Y sabía que una vez que se lo prometiera, Harry no tocaría el collar. Por el momento, eso era lo único que quería.
“Muy bien,” dijo Harry solemne. “Lo prometo.”
Draco lo besó impulsivamente.
Puertas que escupen su luz sombría
Lanzando sombras que atacan la noche
Por los callejones de los miedos dominantes de ella
Caminan las visiones que la harán llorar
Acostada mientras aventura una mirada
A través de los ojos en trance de un encanto
Por favor, mi amigo, sin importar lo que ella vea,
Dile a mi amado que regrese a mi
Harry acunó el collar en la mano durante todo el trayecto de regreso a Hogwarts. Llevaba el diario debajo del brazo y el otro alrededor de la cintura de Draco. Éste, a pesar de sentirse aliviado de que no había nadie alrededor que pudiera verlos, no podía evitar sentirse encantado por el toque – no podía evitar caminar mas despacio para disfrutarlo. A cada unos cuantos pasos, Harry le acariciaba el cuello con la nariz, y Draco se encontró regresándole la caricia, a pesar de su intranquilidad, hasta que, poco antes de la entrada del túnel, con la mano de Harry debajo de su camisa y sus labios firmemente presionados contra su cuello, Draco se vio obligado a murmurar que iban a llegar tarde al desayuno.
“Mmm,” dijo Harry.
Draco le informó un poco jadeante, que no había forma de que pudiera extrañar no ver a Ron y a Hermione durante las vacaciones y no tener que dar explicaciones de ello después.
“Pero Hermione no va a ir a casa.”
“Creía que siempre iba a su casa.”
“Este año no. Sus padres se van a ir de segunda luna de miel durante las fiestas.”
“Oh.”
“Si. En realidad fue algo de último minuto. Ella me dijo que había planeado ir con ellos, pero la semana pasada de pronto decidió que prefería quedarse aquí.”
Draco sintió una punzada de algo que al principio no pudo identificar. Luego lo comprendió con otro tipo de punzada – de desmayo.
Estás celoso.
No lo estoy. Es Granger, ¿estás bromeando?
Estará las tres semanas completas con Harry, todo para ella.
Harry no tiene ningún tipo de interés en ella.
Por el momento. Ya antes le han gustado las chicas. Y de cualquier forma, ella es su amiga. Ella será la que esté ahí para él. Ella. No tu.
“Draco, ¿estás bien”
Draco se despabiló y besó a Harry repentinamente, el tipo de beso que seguramente sacaría de la mente de Harry cualquier tipo de pensamientos sobre las Sangre Sucia, si es que los tenía.
Eventualmente lograron separarse, y Harry le volvió a poner la venda en los ojos para ir de regreso al castillo. A su alrededor, la nieve caía en copos gruesos, y el viento les azotaba las mejillas mientras caminaban penosamente por la ladera. Usaron como pretexto el querer sentir calor para mantenerse juntos, cuando en realidad solo quería el calor de Harry. Tuvo cuidado de hacer todo un alboroto por tener que ponerse otra vez la venda, pero en el fondo no le importaba tanto, en especial porque a la hora en que llegaron a la entrada del castillo, ya había descubierto que el túnel secreto estaba en algún punto al norte del Bosque Prohibido.
Ambos se llevaron una sorpresa al ver que el corredor principal estaba completamente vacío. “Todos están desayunando,” dijo Harry en voz baja. Draco asintió y comenzó a salirse de debajo de la Capa de Invisibilidad – pero Harry lo tomó por la cintura y lo retuvo. “Espera un momento,” le susurró.
Al voltear la cabeza para verlo, Draco se sintió arrastrado inmediatamente a un beso apasionado y rápido, un beso que era urgente, anhelante, hermoso, duro, fuerte y –
Draco se separó jadeando y sintiéndose inexplicablemente avergonzado. Harry le dirigió una mirada extraña. “Tan solo quería – ya sabes – ya que – te vas a ir...”
Draco le regresó la mirada a Harry. “Oh,” dijo, percatándose que Harry seguía sujetando con fuerza el pendiente en la mano. Por un momento, deseó fervientemente que lo abrazara de la misma forma.
Lo acercó y sintió que lo recorría un estremecimiento de placer y satisfacción por la forma en la que Harry le correspondió – tan ávidamente, como si su abrazo fuera la Navidad misma.
“Feliz Navidad, Harry,” dijo y lo volvió a besar.
Draco siempre había pensado que nada lo podría separar de Harry en momentos como este – de la intolerable calidez de estar atrapado en los brazos de Harry, en sus labios, su aliento, su esencia – en Harry. Le gustaba pensar, íntimamente, que en tales momentos, los dos estaban lejos del plano de lo ordinario, de lo habitual – que eran intocables.
Sintió mas que ver la sombra; le provocó un temblor en todo el cuerpo, y rompió el beso en el momento en el que Harry, abriendo los ojos en señal de alarma, lo jalaba contra la pared, con los brazos firmemente alrededor de su cintura. Se abrió la puerta del Gran Comedor, y el corredor estuvo lleno momentáneamente de la luz proveniente del interior bañado de por el sol; un instante después dos figuras entraron en él rumbo a la entrada de la escuela, y solamente los pudieron reconocer cuando hablaron: Dumbledore y el Profesor Snape.
“Severus, encuéntralo allá afuera y quédate con él hasta que se vaya.”
“Por supuesto. Aunque dudo mucho que tenga algún otro motivo para venir como no sea asegurarse de la seguridad de su hijo.”
“Ah, Severus,” dijo Dumbledore con tono reflexivo, “le das mucho mas crédito que yo en lo que se refiere a sus sentimientos paternales.”
“Le doy crédito por ser un Malfoy,” replicó Snape. Draco se tensó involuntariamente debajo de la capa, preguntándose qué diablos haría su padre aquí – y por qué de pronto sentía los miembros pesados y las venas rígidas. A su lado, Harry se acercó mas a él, con los brazos protectores alrededor de su cintura.. Draco se tensó aún mas; no necesitaba que lo protegieran, y menos de su propio padre.
“Lucius preferiría acostarse en la guarida de un león antes que dejar escapar el rumor de que cualquier miembro de su familia pudiera estar en peligro,” continuó Snape mordaz. “Ocasionaría un exceso de mala publicidad.”
“Bueno, entonces, déjalo entrar. Pero no lo pierdas de vista. Si es cierto que está aquí para regresar a Draco a la Mansión Malfoy y no para hacer labor de reconocimiento para Voldemort, no pondrá ninguna objeción a tu compañía.”
“Así se hará, señor.”
“Gracias. Ve y recíbelo en la puerta. Yo mandaré a los elfos para que atiendan a los carruajes.”
Snape asintió y caminó rápidamente hacia la entrada. Dumbledore regresó al Gran Comedor con el mismo paso plácido de siempre. Los dos chicos permanecieron debajo de la capa hasta que todo estuvo en silencio otra vez.
“¿Tu papá está aquí?” preguntó Harry en voz baja.
“Así parece.” Draco se encogió de hombros y se salió de la capa. Harry apareció un momento después, con una expresión que decía, ‘cómo-quisiera-que-estuviéramos-otra-vez-en-la-Casa-de-los-Gritos’. Esto hizo que Draco se sintiera incómodo. “Probablemente quiere asegurarse de que regrese a casa a salvo,” dijo vigorosamente. Harry parecía estar a punto de decir algo, pero se contuvo y se limitó a mirarlo. “Ya sabes,” le dijo con gentileza Draco, “para evitar que despierte en el piso del tren lleno de maldiciones.” Extendió una mano para despeinarle el cabello, y sintió una punzada repentina pues sabía que no podría tocarlo de esta forma durante el resto de las vacaciones.
Harry tenía los ojos fijos en él, grandes y serios, y no se rió, ni se relajó con el gesto. Algo frío se le formó en la base de la espalda a Draco y comenzó a invadirlo completamente de afuera hacia adentro mientras bajaba el brazo del rostro de Harry.
“Draco.”
“¿Si, Harry?”
“Si tu padre se enterara de lo nuestro, ¿qué harías?” dijo abruptamente y Draco supo que lamentó haber hecho la pregunta desde el mismo momento en que la hizo.
Lo miró fijamente.
“¿Has pensado en ello?”
Draco estudió a Harry, extrañamente impasible, preguntándose como podía estar tranquilo bajo una mirada tan intensa. “En este momento, creo que regresaré a mi cuarto antes de que mi padre llegue, o podría verme obligado a pensar en ello mucho antes de que sea absolutamente necesario, ¿estás de acuerdo?”
Harry agarraba el collar con todo su ser. Draco podía ver en qué punto cortaba la curva de su puño cerrado, dejando un huevo rojo en su palma alrededor de la piedra. Durante un largo momento se limitó a mirar a Draco; luego, sin decir una palabra, volvió a echar la capa encima de ambos. Antes de que Draco pudiera registrar alguna sorpresa, los labios de Harry estaban sobre los suyos, atrayéndolo a un beso profundo y urgente.
Harry nunca lo había besado así antes sus labios estaban hambrientos, duros, desesperados y manipuladores. Después sería este beso – apresurado, ansioso y urgente – en el que pensaría primero, cada vez que recordara los besos de Harry; y lamentaría el hecho de haber sido el primero en retraerse.
Cuando lo hizo, se encontró con que los ojos de Harry estaban llenos de ansiedad. “No importa,” dijo con voz extraña. “Nada de eso importa. Será mejor que te vayas.”
“Harry -”
Harry se acercó para acariciarle el cuello con la nariz, y lo que a Draco tanto le gustaba, respirar de su esencia.
“- Todo estará bien,” terminó Draco, pero no estaba seguro de que Harry hubiera entendido las palabras.
“Feliz Navidad, Draco,” dijo y luego lo alejó con firmeza para sacarlo de la capa.
Casi en ese mismo instante escucharon voces afuera de la puerta de la entrada principal del castillo, y unos pasos que subían las escaleras. Draco lanzó una última mirada elocuente hacia el lugar en donde estaba parado Harry, y luego salió corriendo hacia los calabozos.
Llegó a tiempo para sorprender con su presencia a Crabbe y Goyle, que iban retrasados para el desayuno. Mientras lo observaban, arrastró su baúl, lo abrió y guardó su regalo de Navidad entre los dobleces de su túnica favorita. Dejó que sus dedos se deslizaran por la portada antigua, todavía se sentía un poco impresionado por el hecho de que Harry le hubiera regalado algo tan notable y que no tuviera idea alguna de su valor. El libro que estaba tocando fácilmente podría valer la fortuna Malfoy entera. Después de un momento de vacilación, lanzó un hechizo para ocultarlo, luego un hechizo protector que podría haber hecho que lo corrieran de Hogwarts. La túnica doblada brilló ligeramente y se selló firmemente sobre las memorias de Slytherin. Ahora nadie podría ser capaz de verlo nunca, o de romper los hechizos de ocultamiento, a menos que supieran qué era lo que estaban buscando – y no había muchas posibilidades de que lo supieran.
Crabbe y Goyle observaban todo esto con poco interés o quizá eran lentos. “¿Qué es eso, Malfoy?” preguntó uno de ellos.
“Algo raro,” dijo Malfoy cerrando el baúl. Murmuró un hechizo para cerrarlo y comenzó a alisarse el cabello desaliñado lo mejor que pudo. “Un regalo de Navidad.”
“¿De quién?” preguntó Goyle mirándolo mientras él se observaba al espejo.
“Harry Potter.”
“Querido, o dormiste en un granero o pasaste la noche fajándote algo podrido, o quizá ambas cosas,” le informó el espejo con voz ofendida. “Te vez completamente plebeyo.”
Draco parpadeó momentáneamente mortificado, y Crabbe y Goyle estallaron en carcajadas. Después de un momento, Draco se les unió, mirando todavía molesto al espejo. Al tiempo que se ponía una túnica fresca, Crabbe musitó, “¿En dónde estuviste anoche? En serio.”
“Por supuesto que con Potter,” replicó Draco poco sincero, satisfecho de que al fin sus ropas estuvieran presentables, aunque su cabello todavía se paraba en algunos ángulos. Los otros rieron por lo bajo; a lo largo de las semanas, sus referencias a citas privadas con ‘Potter’ se habían vuelto una broma común, y ninguno de ellos tenían idea de que las bromas en realidad no eran otra cosa que la verdad sincera y algo elaborada. “Estuvimos escondidos en nuestro nidito privado de amor, saboreando delicias que no me atrevo a nombrar.”
Se volvió para deslumbrarlos con una sonrisa radiante, y en cambio se encontró con la mirada de su padre, que estaba parado en la puerta con el profesor Snape, detrás de unos Crabbe y Goyle avergonzados. Podrían haber traído consigo uno o dos vientos árticos, porque en el momento en que entraron el cuarto se volvió extremadamente frío. “¿Es cierto eso, Sr. Malfoy?” la mirada penetrante de Snape contradecía el tono divertido y la sonrisa burlona.
Su padre permaneció sin sonreír.
“Te reprimirás de comentar tales abominaciones aunque sean en broma,” dijo cortante a modo de saludo.
Draco levantó la barbilla. “Por supuesto, padre,” replicó bajando un poco la calidez en su voz para ajustarse a la nueva temperatura emocional del cuarto.
Se preguntó brevemente cuál sería la abominación en cuestión: las delicias que no se atrevía a nombrar – o simplemente, Harry Potter.
Previsiblemente, a Harry se le fueron encima cuando llegó a la mesa de Gryffindor.
“¡Harry!”
“¡Ahí estás!”
“¡Pensamos que no le dirías adiós a nadie!”
“Harry, ¿en dónde has estado?”
Esta última pregunta se la dirigió con severidad Hermione, y ocasionó un eco de locura entre todos los demás. Harry se movió incómodo y se sentó en el banco junto a Ron. “Er - ¿no te dijo Ron?” le preguntó.
Hermione presionó los labios y le dirigió una mirada dura. “Ron dijo algo ridículo acerca de un perro llamado Hocicos,” contestó para beneficio de la mesa. Fred Weasley miró a George, y ambos rieron por lo bajo. “Pero, sinceramente, no lo creo,” continuó Hermione. “Para la otra me vas a decir que andas por ahí buscando dragones -”
Harry se estremeció. Ron le dio un codazo en las costillas a ella.
Hermione alzó las cejas. “- llamados Fluffy,” terminó significativamente, mirándolo con atención.
“En realidad, Harry tuvo una reunión con el calamar gigante,” intervino Fred.
“Cierto, Harry tenía que darle su regalo de Navidad, sabes,” le siguió George.
“Cuatro pares de chanclas -”
“- y goggles.”
Todos rieron, menos Hermione, que siguió mirando a Harry. Éste se puso a revolver sus huevos y trató de concentrarse en nada para pensar en Draco. Pensó en Draco mientras los gemelos hacían sus bromas pervertidas sobre calamares gigantes y aterrorizaban a todas las mujeres de la mesa; pensó en Draco mientras Parvati le administraba un golpe a Fred por una broma sobre el sexo con tentáculos; pensó en Draco mientras Ron divagaba sobre un sueño que había tenido – eso fue hasta que Ginny, con voz tensa, le rogó que no hablara de ello.
“Oh, ya no digas mas, Ron – Hagrid nos dijo que no deberías contar tus sueños antes del desayuno o se volverían realidad.”
“Oh, por favor, Ginny, ya sabes lo supersticioso que es. Además, ¡estoy a medio desayuno!”
“También Trelawney dice eso,” le recordó Dean.
Ron se ofendió. “Si. La voz de la autoridad.”
Lavender lanzó un gritito y se puso a defender a su maestra favorita, mientras que Hermione ponía los ojos en blanco. Fred las escuchó discutir a las dos – todavía tenía la mejilla roja con la impresión de la mano de Parvati – y finalmente intervino reflexivo, “Sabes, Hermione, Lavender tiene razón. Trelawney podrá ser una loca ahora, pero en sus días fue una excelente vidente.”
Hermione se enderezó en su silla y le dirigió una mirada furiosa a Fred antes de lanzarse de lleno a su modo (que Harry reconoció de inmediato) extremadamente indignado. “¡Pero esa clase de magia es una completa tontería! ¡La Adivinación no tiene nada de ciencia! Digo, sinceramente, yo podría hacerte una buena lectura con tan solo saber algunos datos tuyos, y nunca podrías demostrar si lo inventé o no.”
“Si, pero, ¿hubieras podido predecir eventos específicos documentados antes de que ocurrieran?” preguntó George.
“¿A qué te refieres?”
“Porque Trelawney lo hizo.” George se enderezó en su silla. “La gente solía venir de todo el mundo para que les hiciera una lectura.”
“¿Cómo lo sabes?” preguntó Seamus.
“Percy,” explicó Fred. “Pasó por una fase hace un tiempo en la que estuvo investigando sobre todo tipo de profecías místicas y adivinos – cualquier cosa relacionada con la Adivinación.”
“Aparentemente, Trelawney es una leyenda de culto,” afirmó George. “Nos lo contó todo.”
A Harry se le hizo difícil imaginarse a los gemelos escuchando voluntariamente cualquier cosa de cualquier tema proveniente de Percy, pero ahora, George se estaba animando de verdad, y el resto de la mesa escuchaba ávido – y Harry adivinó que no era porque la mayoría de ellos nunca lo hubiera escuchado hablar.
“Mucha gente decía que era un fraude, pero al mismo tiempo, también mucha gente decía que les había predicho con éxito tal o cual evento de sus vidas. En su mayoría, los detalles no se podían corroborar porque Trelawney siempre insistió en tener privacidad absoluta durante sus lecturas. No dejaba que observara nadie mas porque decía que mucha gente enturbiaba la recepción de su Ojo Interior o como se llame.” Seamus rió por lo bajo, pero se calló rápidamente cuando Lavender le dirigió una mirada furiosa.
“Pero después de una profecía,” continuó George, “fue con Dumbledore y le dijo lo que había pasado – lo que había visto. Después de eso anunció que no tenía intención de volver a hacer lecturas privadas, y Dumbledore le ofreció trabajo en Hogwarts.”
“Pero, ¿por qué fue con Dumbledore?” preguntó Hermione. Harry dudaba que alguien la volviera a ver tan interesada en la profesora Trelawney.
“Aparentemente, una de las personas que había acudido a ella para que le hiciera una lectura no era otro que Quién-Tu-Sabes.” Todos jadearon y la mayoría miró instintivamente a Harry, quien bajó la mirada y revolvió sus huevos. “Nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que le dijo, porque aparentemente después le encantó la memoria.”
“Le encantó la memoria,” soltó Seamus. “¿Por qué no simplemente – ya saben?” hizo un sonido como de rasgar y trazó una línea sobre su cuello. Las chicas hicieron una mueca.
“Quizá quería mantenerla cerca,” contestó Fred. “Ver si tenía otras visiones.”
George asintió. “Solo que no contó con que volvería a tener la misma visión. Trelawney entró en trance una noche y esta vez, aún estando en trance, escribió todo lo que vio. Luego, después de que hubo salido del mismo, recordó que ya había tenido esa visión durante la lectura que le había hecho a Quién-Tu-Sabes, así que se fue derechito a ver a Dumbledore y le dijo -” hizo una pausa.
“¿Y? ¿Qué le dijo?” preguntó Ron.
La mirada de George se desvió una fracción de segundo hacia Harry. Éste al principio se sintió desconcertado; luego entendió y el estómago le dio un vuelco. “Adelante,” urgió a George con una cabezada que esperaba hubiera sido alentadora.
“... le dijo a Quién-Tu-Sabes que sería derrotado bajo las manos de un niño y que su reino de destrucción terminaría.”
La mesa entera pareció dejar salir el aliento que había estado conteniendo.
“Pero - ¿eso es todo?” se ofendió Hermione. “Cualquiera puede predecir eso. No es otra cosa que conjeturas. ¿El reino de Quien-Tu-Sabes terminará? – digo, en serio, ¿no podía ser mas vaga?”
“No fue vaga,” insistió George. “Percy dijo que fue muy específica. Ella nunca habla de ello ahora, pero aparentemente vio todo. Escribió hechos, acciones, muchos detalles.”
“¿A qué te refieres?” preguntó Harry sin pensar. “¿Dumbledore sabía que Voldemort iba a matar a mis papás?”
Todos hicieron gestos cuando pronunció el nombre de Voldemort. “No, Harry,” dijo George con gentileza. “Trelawney no sabía que a quienes estaba viendo eran tus padres. No podía ver caras – solo sabía lo que estaba pasando sin verlo en realidad. Tampoco vio a un bebé al que le hicieron una cicatriz – vio a alguien a quien se refirió durante el trance como Horus.”
“¿Horus?” preguntó Seamus.
“Es un dios romano,” dijo Hermione simplemente.
“Es egipcio,” la corrigió Parvati.
“Creo que conozco a mis dioses y diosas, gracias,” dijo Hermione con voz fría.
“Y creo que yo conozco un poco sobre Egipto porque mi madre creció ahí y me ha enseñado su mitología durante años.” Contestó Parvati bruscamente.
Evidentemente, no fue buena idea decirle eso a Hermione; los chicos observaron alarmados y con no poca admiración a las dos chicas que rápidamente comenzaron una discusión acalorada sobre quién era Horus (“¡es el dios del Sol!” “¡No, no es el dios del sol, ese era Osiris!”). Harry se limitó a mover la cabeza y a comerse sus huevos. Al final, fue Dean quien logró calmarlas al aclararse ruidosamente la garganta y recordarles que era la época de la felicidad y la buena voluntad.
Hermione se tranquilizó, pero todavía se veía molesta. Parvati se hizo el cabello hacia atrás y se volvió a sentar en su silla, relajándose. “En algunas mitologías,” dijo con el tono sereno de quien siente que ha ganado una discusión y ahora puede ser condescendiente, “Horus era el hermano gemelo del dios serpiente, Set. Pero tan solo es una versión. En otras, es el dios del sol, el hijo decidido a buscar venganza después de que Set matara a su padre.”
Continuó hablando, pero de pronto se detuvo y se mordió un labio mirando con culpabilidad a Harry. Éste, que había estado escuchando a medias, tuvo que parpadear unas cuantas veces antes de entender el significado de lo que había dicho la chica y por las miradas ansiosas que le dirigían alrededor de la mesa. Frunció el ceño y puso los ojos en blanco. “¿Y? Vio a un dios del sol peleando con una serpiente. Aja. Me suena a una gran predicción.”
Los otros rieron medio aliviados. Ron le dijo triunfal a Hermione, “¿Ves?” ella solo se limitó a contestar “Hmphm” molesta; y Parvati bajó la cabeza y comenzó a comer nuevamente, pensativa. Harry se preguntó si sabría mas de lo que había dicho sobre la mitología. Pensó en que era una coincidencia que Set fuera un dios serpiente y, como una cosa lleva a la otra, se encontró preguntándose si alguien mas sabría que el Señor Tenebroso había estado alguna vez en Slytherin.
Miró rápidamente a Ginny, quien también comía tan tranquila como siempre. ¿Qué sabía acerca de Tom Ryddle? ¿Sabía que había estado en Slytherin? ¿Sabía algo de lo que pasó en la Cámara? ¿Sabía que Ryddle era Voldemort?
¿Soñaba con él?
En ese momento, Ginny levantó la mirada hacia él y en vez de desviar los ojos, decidió sostenerle la mirada, ese duelo que se da cuando a uno lo han descubierto mirando fijamente, medio culpable e intrigado. La mirada que le regresó Ginny era inescrutable: no parecía como alguien que hubiera conocido la oscuridad – no como alguien que casi había muerto cuando tenía once años. No se veía como alguien atormentado por una sombra de su pasado.
Pero, se percató en ese momento con inquietud, él tampoco lo parecía.
“-Harry Potter.”
“¿Qué” se sobresaltó y volteó a mirar a Ron.
“La mujer en el sueño. Dijo, ‘Harry Potter’, y luego el mago -”
“¿Otra vez protagoniza Potter tus sueños, Weasley?”
La voz de Draco, que arrastraba las palabras aburrida, mandó escalofríos de anhelo, recuerdos y excitación a Harry.
Se volteó sorprendido, y también un poco aliviado; estaba harto de los sueños, y Draco era mas real que nada o nadie mas en ese momento.
Draco estaba parado en su pose clásica: con los brazos cruzados frente a él, los labios curvados en una sonrisa burlona, rodeado de Crabbe y Gorle. Harry miró a su alrededor pero no vio a Lucius Malfoy. El sentimiento de alivio creció.
Ron, que se había puesto rojo, lo miró furioso y apretó los dientes, y a su lado, Fred dijo, “Nadie lo sabe mejor que tu, ¿no, Malfoy?” los demás rieron por lo bajo y la expresión de Draco se marchitó. Harry sonrió burlón, mas por la ironía que por otra cosa, reprimiendo el impulso de encontrar una forma de tocarlo, de estar tan cerca de él como fuera posible. Esperaba que Draco tuviera lista un respuesta, pero en cambio estudiaba a Harry contemplativo. Por un momento, Harry le regresó la mirada, no queriendo decir las palabras que tenían que ser dichas, o pelear esa pelea sin sentido.
Tuvo que pasar saliva antes de hablar; cuando lo hizo, se escuchó cansado, no hostil. “¿Qué quieres, Malfoy?”
Antes de que Draco pudiera responder, Fred, evidentemente decidido a vengarse de Draco por el sonrojo que todavía tenía Ron, dijo sarcástico, “Malfoy vino a desearle a Harry una feliz Navidad – no podía irse sin decirle adiós a su enamorado.” Se paró y le puso una mano en el hombro a Draco. “¿No es cierto, Malfoy?”
Fue el contacto físico lo que provocó un siseo propio de una serpiente por parte del Slytherin, que se zafó de un empujón, se veía completamente lívido de coraje, y le dirigió una mirada que contenía mas veneno que todas las áspides de Egipto. Fred no se atemorizó, pero algo en su mirada provocó un estremecimiento en la espalda de Harry. Se levantó, quedando a la misma altura de Draco, en espera de la confrontación inevitable, pero sin saber qué mas esperar.
Draco destilaba ira por los ojos, tenía las fosas nasales dilatadas, los puños apretados. Por un momento, Harry estuvo completamente seguro de que iba a golpear a Fred, y levantó la mano por instinto para prevenirlo; pero casi al mismo tiempo, Draco controló la ira, y ejerció un control repentino sobre si mismo que fue escalofriante. La emoción desapareció de sus ojos, relajó la quijada y las manos, y en un instante fue como si nunca en su vida hubiera experimentado la ira. Harry casi nunca había visto nada tan siniestramente tranquilo como la expresión de Draco. Sin despegar la vista de la de Fred, sacó la varita de su túnica y sin parpadear le apuntó a la garganta. Éste levantó las cejas con desprecio absoluto, pero atrás de ellos, Ginny jadeó verdaderamente alarmada y Harry sospechó que ella fue el motivo por el que Fred levantó las manos.
“Nunca volverás a tocarme,” dijo Draco y fue obvio para todos los que lo observaban, que estaba hablando en serio. Bajó la varita lentamente y le permitió a Fred sentarse. Este hizo un gesto de fastidio. Malfoy sonrió burlón, luego les hizo una señal con la cabeza a Crabbe y Goyle, quienes gruñeron y se volvieron para unirse a sus compañeros en la mesa de Slytherin. Harry era el único Gryffindor de pie; los otros observaban expectantes, y pensó que era extraño que todos asumieran de forma tan natural que Draco era suyo para lidiar con él.
Se preguntó qué pasaría si lo tocara ahora – si pusiera una mano sobre su hombro o intentara quitarle la varita de sus dedos apretados. ¿Lo recibiría apuntándole con la misma, como lo había hecho con Fred? O, ¿estaría en su derecho? ¿También Draco tenía derecho de tocarlo?
“Potter,” dijo lánguidamente. Harry levantó los ojos hacia su cara.
“¿Qué cosa, Malfoy?”
La voz de Draco se aplanó. “Mi padre desea hablar contigo.”
Harry abrió mucho los ojos por la sorpresa. “¿Tu padre quiere hablar conmigo? ¿Por qué?”
Detrás de él, Ron intervino, “¿Tu padre? ¿Qué está haciendo aquí?”
Malfoy ignoró a Ron por completo. Una parte de Harry se sintió interiormente agradecida por esto. Le gustaba la forma en la que Draco mantenía los ojos fijos en él. Le gustaba la forma en la que brillaban, lo desordenado de su cabello. Le gustaba la sombra de sus labios bajo la deslumbrante luz del sol que llenaba la habitación. Le gustaba –
“¿Y bien, Potter - vienes?” el tono de Draco era de negocios, completamente desprovisto de emoción. Esto molestó a Harry. ¿No le incumbía ni siquiera un poco el hecho de que Lucius Malfoy quisiera verlo?
“¿Qué quiere” preguntó con brusquedad.
“No pregunté.” Malfoy estaba impasible.
“Debes tener una idea,” dijo Harry tenso. Draco se limitó a enarcar las cejas y señaló la puerta con la cabeza. Harry se cruzó de brazos y negó con la cabeza. “De ninguna manera, Malfoy. No pondré un pie en el mismo cuarto que Lucius Malfoy de manera voluntaria, aun cuando fuera lo único entre una horda de mandriles carnívoros y yo.”
Los demás rieron por lo bajo. Los ojos de Draco se encendieron. “Nunca, Potter – nunca – vuelvas a insultar a mi padre.”
“No es un insulto, Malfoy,” replicó Harry.
“Solo para los mandriles,” añadió Ron, y la mesa entera estalló en carcajadas-
Harry también se rió, y al instante lo lamentó, cuando vio la expresión de Draco. Sintió que un frío nuevo y completamente diferente se comenzaba a formar en la parte baja de su estómago y se expandía. El sentimiento y el dolor eran igual de confusos como la mirada de Draco – ese brillo mezcla de lividez y advertencia que lo hizo parecer un gato a punto de brincar sobre su presa.
Malfoy levantó la varita rápidamente; Harry se interpuso entre Draco y Ron justo a tiempo para desviar la maldición que el rubio había comenzado a murmurar. Escuchó que alguien, probablemente Ginny, soltó un grito estremecedor – sus dedos rozaron la varita y se le agitaron como si hubieran sujetado un cable al rojo vivo – la maldición se descontroló, y Draco volvió a guardarse la varita en la túnica, lanzándose hacia Ron con los dientes apretador. A su vez, Harry se lanzó hacia él; quedaron con los cuerpos presionados y por un momento no supo si era su sangre o la Draco la que sentía correr furiosa por sus venas.
Sus miradas se encontraron, y algo dentro de él se rompió al ver la dureza en la de Draco. “Ven conmigo, Potter,” escupió, haciendo esfuerzos en vano por liberarse del agarre de Harry, “O no solamente habrás insultado a mi padre.”
“Nunca iré por voluntad propia con tu padre, Malfoy,” siseó Harry agarrándolo con mas fuerza.
“Me ordenó que te llevara con él y es lo que pretendo hacer,” siseó Draco.
“Oh, vaya, es un gran incentivo, ¿no?”
De pronto, Harry se sintió tremendamente enojado con Malfoy, como no recordaba haberlo estado jamás.
“¿Harás ciegamente lo que sea que te pida? ¿Y si te hubiera mandado a matarme? ¿Te limitarías a asentir, decir ‘por supuesto’ y actuar como un esclavo?”
“¡Esto no tiene nada que ver conmigo!” se liberó finalmente, empujando tan fuerte a Harry que éste salió disparado contra la mesa de Gryffindor. En el proceso tiró platos y vasos, varios gritaron alarmados. Harry se levantó rápidamente. La gente a su alrededor comenzó a hacerles un hueco, y la profesora McGonagall se dirigía rápida y furiosamente hacia ellos. Harry regresó su atención a Malfoy, resistiendo el impulso de sacar la varita. Malfoy apenas si guardaba la compostura – tenía los puños apretados y los labios entreabiertos con su clásica sonrisa burlona; aún así, se alisó el cabello ya completamente desordenado en un intento por verse sereno.
“¿Por qué no admites que le tienes miedo, Potter?” preguntó con tranquilidad forzada. No quieres verlo porque eres un maldito cobarde.”
“¿Yo? Tu eres el que se doblega a hacer lo que sea que pida sin siquiera pensar, Malfoy - ¿ a eso le llamas entereza?”
Un golpe directo. Malfoy tragó con dificultad y sus ojos destellaron. Harry continuó, sentía que las mejillas le ardían de coraje, y no estaba muy consciente de lo que estaba diciendo. “¿Crees que porque obedeces a tu padre tienes disciplina? ¿Crees que porque respetas a tu familia está bien hacer lo que te pida sin pensar? ¿Crees que porque tienes el mismo apellido está bien que apoyes las cosas que hace, las formas en que ha intentado matar y las mentiras que -”
Al instante lo interrumpió la varita de Draco que reapareció repentinamente, para apuntarla a la base de su garganta.
A su alrededor brotaron jadeos y murmullos, y la voz de la profesora McGonagall rompió la conmoción, les gritaba a ambos y descontaba solo dios sabe cuántos puntos de sus casas. Estaba bastante cerca; pero Harry no veía y no comprendía nada que no fuera Draco. El contacto de la varita contra su piel era un choque eléctrico de hielo. Se atragantó, pues durante un momento estuvo seguro de que el Slytherin realmente le haría daño. Los ojos de Draco estaban mas allá de la furia, mas allá del frío – tenían una chispa completamente despiadada; y en ese momento, Harry entendió por primera vez lo que Draco le había querido decir cuando le dijo, “Esto es lo que soy.”
El suelo se movió, o quizá fueron las paredes: de pronto, Harry no estuvo seguro de cómo era que seguía de pie o si seguía así. Lo único que escuchaba era un rugido en los oídos, la voz de Draco en su mente - ¿Todavía quieres esto? ¿Podrías vivir contigo mismo? – un golpe sordo en el pecho, y la expresión de la mirada de Draco.
Cuando éste finalmente habló, su voz crujió el silencio que los rodeaba. Harry se dio cuenta de que se le había olvidado exhalar y que su aliento comprimía su garganta al punto de marearlo. “Jódete, Potter,” dijo Malfoy en voz baja. “¿Crees que voy a faltarle al respeto a mi padre y a mi familia para evitarte el inconveniente? ¿De verdad piensas que me importa?”
Harry jadeó, peleó contra la náusea que le revolvía el mundo a su alrededor y que lo amenazaba con hacerlo caer de rodillas. Draco se acercó, de tal forma que su cara casi quedó tocando la de Harry, por lo que éste, aún cuando repentinamente quiso alejarse, tuvo que encontrarse con el reto silencioso de los ojos de Draco de quedarse en donde estaba. Lo hizo, e hizo un esfuerzo por mantenerse alerta y sensible contra la sangre que subía acelerada a su cabeza, dejándole el resto del cuerpo frío y cavernoso.
“Puedes burlarte todo lo que quieras de mi lealtad hacia ellos,” dijo Draco lentamente, con voz alta y clara, cada palabra cristalina en el espeso silencio a su alrededor. “Mientras mas te burles, es mas claro que nunca entenderás esa clase de lealtad -” sus ojos se oscurecieron y su tono se volvió urgente – “y nunca la cambiarás.”
Su voz no tenía arrepentimiento, solo insistencia. Su tono podría haber sido desesperado o quizá solo intenso. Sus ojos estaban alertas, fijos en los de Harry, buscando dentro de ellos. Harry se limitó a regresarle la mirada, lo veía pero apenas si comprendía.
“Nunca,” volvió a decir con una voz tan fría como Harry nunca la hubiera soñado.
En algún punto de su interior, Harry encontró una reserva de coraje y odio – se obligó mecánicamente a que llegara a sus labios, ignorando las otras partes que querían hacerse ovillo y ceder ante este dolor nuevo y agotante.
“Jódete,” le escupió. “Lo único que demuestra tu tan llamada lealtad es que escondes tu propia cobardía detrás de la de tu padre, y que no entiendes y nunca lo harás, que hay algunas cosas mas importantes que cuidar la apariencia de tu familia.”
Pescó un destello de ansiedad en los ojos de Draco. Se aferró a él, deseaba confiar en esa mirada, en Draco y levantó la barbilla para mirarlo mejor. “Tu puedes decir eso mejor que nadie, ¿no, Potter?” preguntó Draco muy suavemente, casi con ternura. “Puedes hablar de cosas mas importantes – pero no lo sabes.” Harry debió imaginarse haber contenido el aliento. “¿Cómo podrías? No tienes familia.”
Lo dijo sin desprecio, sin repulsión; y de algún modo, la gentileza de su voz hizo que el puñal de sus palabras fuera mas rudo, que hiriera mucho mas.
Harry se tambaleó. Algo le debió indicar a Draco que destrozado a Harry en dos, porque bajó la varita lentamente y se alejó de él. En ese instante llegó la profesora McGonagall: sujetó a Draco por el hombro y lo volteó. “Cien puntos menos para Slytherin por apuntar a un compañero con la varita, Sr. Malfoy,” farfulló, evidentemente descontrolada. “Sr. Potter, setenta y cinco puntos menos para Gryffindor por provocarlo. Me avergüenzan los dos.”
“Por el contrario, profesora,” llegó la voz fría y clara de Lucius Malfoy.
Era la primera vez en cerca de seis meses que Harry veía a Lucius, que venía hacia ellos con una expresión de lánguida diversión en la cara de un blanco cenizo. Sus miradas se encontraron un momento, y al mirarlo, Harry, aún tambaleante por la pelea con Draco, sintió que en sus venas surgía algo negro y feo. Lucius Malfoy siempre le provocaba estremecimientos en la espina, pero ahora parecía mucho mas siniestro, mas calculador y cruel de lo que recordaba haberlo visto jamás. Se dijo a si mismo que este hombre era el único responsable de todo lo que acababa de pasar. Pensó que Draco no era como su padre, intentaba creerlo desesperadamente. Para nada. A pesar de lo que Draco acababa de decir y hacer – era vibrante, real y vivo; Lucius Malfoy era como una estatua de panteón ambulante: un monumento de piedra pulida alto y antiguo.
Lucius llegó y se detuvo junto a Draco, dejando caer una mano tensa sobre su hombro. La cara de Draco se volvió una réplica exacta de la de su padre y se enderezó en su lugar.
“Evidentemente mi hijo estaba actuando bajo coerción,” continuó. “Su casa debería ganar puntos por pensar rápidamente y defenderse en vez de quitárselos. Muy bien, Draco,” se dirigió a su hijo.
McGonagall se molestó. “Parezca lo que parezca, Sr. Malfoy, dudo mucho que conozca todas las circunstancias pertinentes a la peculiar enemistad entre su hijo-”
“Cierto, no las conoce,” la interrumpió el profesor Snape, que había entrado detrás de Lucius. “Pero yo si, y es evidente que el Sr. Malfoy estaba actuando en defensa propia.” Su mirada viajó hasta Draco, quien miraba fijamente a Harry. “Veinticinco puntos para Slytherin, por una rapidez de pensamiento serena.”
“Profesor Snape, esto es completamente inapropiado -”
“Veinticinco puntos menos para Gryffindor por provocar una pelea con Slytherin.”
El Comedor estalló en una serie de siseos y abucheos. Harry apenas si los escuchaba, y dudaba mucho de que Draco lo hiciera. Su expresión era tan lánguida como la de su padre, a pesar del hecho de que seguía volteando hacia el rostro de Harry, en lo que éste asumía era un intento de valorar sus pensamientos. Harry mantuvo la expresión en blanco, pero temblaba ligeramente, y miró a la gente a su alrededor dentro de la manta de neblina que eran sus emociones. Lucius bañaba a McGonagall con halagos vacíos, y ésta intentaba sin mucho éxito controlar su indignación. Ella y Snape se miraron con franca hostilidad, antes de que Snape señalara que ahora ya todo estaba bajo control, que la presencia de ella ya no era necesaria y la mandó de regreso a la mesa de los profesores al fondo del Comedor, hirviendo de furia apenas controlada.
Lucius se volvió hacia él. “Harry Potter,” arrastró las palabras. Su nombre se escuchaba como veneno en esos labios y Harry reprimió un estremecimiento, y sintió que se le paraba el cabello de la nuca. “No nos hemos visto desde hace, oh, creo que hace ya mas de un año.” Los ojos de Lucius brillaron desafiantes, retaban a Harry a que contradijera su mentira. Harry apretó los labios, levantó la barbilla y no dijo nada, desviando la mirada hacia Draco, que permaneció impasible. Lucius le sonrió burlón y parecía estar a punto de tronarle los dedos, pero pareció pensarlo mejor, porque en cambio se volvió hacia su hijo y le dijo cortante, “Le darás esto al Sr. Potter, Draco. Tengo asuntos que tratar con el director.” Sacó un sobre grande de su túnica y se lo dio con calma a Draco, todo sin quitarle la vista de encima a Harry.
“Por supuesto, padre.” Draco tomó el sobre sin verlo. Quizá se estremeció por la forma en que su padre mantuvo fija la vista en Harry, pero Harry no estaba seguro.
“Gracias, Draco.” Lucius seguía estudiando a Harry, sin que un rastro de emoción cruzara por ese rostro impasible. “Considérelo una tarjeta de Navidad temprana, Sr. Potter.”
Harry entrecerró los ojos, pero permaneció en silencio. No tenía intención alguna de tomar nada de Lucius Malfoy.
Lucius giró la cabeza para ver al maestro de Pociones, que había estado observándolo con intensidad, y con, pensó Harry, demasiada sumisión. “Ahora, Snape – dado que insistes en seguir todos mis pasos, me llevarás con Dumbledore para que me explique porque se siente tan cómodo revisando mi carruaje.” Snape se volvió dirigiéndole una ligera cabezada y caminó hacia la entrada del Comedor. Lucius se volvió y caminó hacia la entrada dirigiéndole antes una rápida mirada de aprobación distante a Draco, en donde la mayoría de los maestros lo observaban con distintos grados de curiosidad y desprecio.
Dejaron a Harry y Draco solos. Podía sentir la mirada de McGonagall desde el otro lado del comedor, en espera de intervenir si alguno de los dos volvía a perder el temperamento; pero Harry no tenía intención alguna de darle ese gusto a Malfoy.
Miró el sobre que Draco tenía en la mano. “No voy a tomar eso, Malfoy.”
Draco rió por lo bajo, una risa forzada. “¿Por qué, Potter?” preguntó con una sonrisa burlona que casi era de desprecio. “¿Eres demasiado bueno para tocar algo que ha sido ensuciado por un Malfoy?”
Harry lo miró, punzadas de dolor lo laceraban con cada palabra. “No es tan simple, Malfoy,” logró decir.
Se volvió hacia la mesa de Gryffindor, ligeramente mareado por el dolor. Ron, Hermione y el resto lo miraban con preocupación asombrada.
“Harry, ¿estás bien?” preguntó Hermione ansiosa.
“¿Qué te hizo ese maldito bastardo?”
“En serio, Weasley, cualquier idiota como tu debería ser mas prudente antes de hablar del maldito bastardo cuando éste todavía te puede escuchar y tiene una varita en la mano,” dijo Malfoy con brusquedad, pues no se había movido y los veía a todos furioso. Harry apartó la mirada de Draco y se sentó junto a Ron, moviendo la cabeza para limpiarla de la imagen de Draco.
“Vete al infierno, Malfoy,” siseó Ron. “Harry, ¿qué pasa? ¿qué es esa carta?”
“No lo sé. Pregúntale por qué su papá está hablando con el profesor Dumbledore,” dijo Harry bruscamente sin volverse.
“Quiere saber por qué Dumbledore está revisando su carruaje,” respondió Malfoy con frialdad. “Potter, no tengo todo el día. Apreciaría que tomaras esta carta antes de que te la meta en la garganta.”
“Si Dumbledore está revisando el carruaje de tu papá, es porque tiene una buena razón, Malfoy,” replicó Ron. “No será el primero que vigile a tu familia y no será el último.”
“Ron, déjalo,” dijo Harry cansado, sin volverse. “Vete, Malfoy.”
“Toma el maldito sobre o lo abriré yo mismo, Potter.”
Harry se volvió. “No,” dijo demasiado rápidamente con voz alarmada. “No tienes idea de lo que hay en ese sobre, Malfoy.”
Malfoy sonrió burlón y apuntó la varita hacia el sello de la carta. “¿No te encantaría que lo averiguara, Potter?”
“Dámela, entonces,” siseó Harry, extendiendo la mano molesto. La sonrisa burlona de Malfoy se hizo mas amplia, y le dio el sobre con mucha elegancia a Harry que se lo arrebató. “Bastardo,” murmuró amargamente, mirando a Draco con fuego en las venas.
La mano con la que Draco sostenía la varita vaciló un momento. Harry bajó la mirada hacia ella, el ébano pulido se volvió de un matiz lodoso en sus pensamientos. Cuando volvió a levantar la mirada, Draco lo veía con una súplica silenciosa de que lo entendiera dibujada en sus rasgos.
Harry negó con la cabeza casi imperceptiblemente. Volteó el sobre con los ojos fijos en Draco.
La mirada de Draco volvió a ser confiada y tranquila. Hermione jadeó y Ron hizo una mueca, Harry abrió el sello.
No pasó nada.
Después de un momento, Harry apartó la mirada de Draco y se obligó a mirar el pergamino. Parpadeó y volvió a mirarlo. El pergamino estaba en blanco a excepción de una línea escrita en el centro.
Saludos a la bestia del orgullo
Por lo demás estaba vacío – no tenía alguna inscripción ni ninguna nota. Sin embargo, la letra era inconfundible para Harry, y su sangre se volvió fría mientras acudían a ella imágenes de esas mismas letras cambiando de forma en el pergamino por cuenta propia, impresas en su memoria para siempre.
La letra – la única cosa que una persona no podía cambiar sin importar cuántas formas nuevas, disfraces o transformaciones sufriera.
Levantó la mirada. Draco sonreía burlón. “Sigues vivo, ¿no?” se burló. “En serio, Potter.”
Harry se levantó para encararlo, estrujando la carta, ignorando los intentos ansiosos de Ron y Hermione por leerla. “¿Qué diablos significa esto, Malfoy?” preguntó.
Draco se tensó. “No me preguntes, Potter,” replicó fríamente. “Sólo soy el mensajero.”
“¡No eres solo el mensajero!” explotó Harry.
El grito hizo eco en la habitación, sobresaltando a todo el mundo. A Harry ya no le importaba nada.
“Escogiste el lado perdedor, Potter,” dijo burlonamente, repitiendo palabras que recordaba demasiado bien, en una imitación demasiado perfecta de Draco. “¿Sabes algo, Malfoy? Al menos escogí un lado. Pase lo que pase, recuerda eso – escogí un lado. Tu no has escogido nada o nadie excepto a ti.”
Draco abrió mucho los ojos, un dolor real laceraba su expresión, un dolor tan sutil y tan bien escondido que nadie a excepción de Harry lo hubiera tomado por otra cosa que no fuera desprecio. Al otro extremo del comedor, Dumbledore hizo una pausa en medio de su discusión con Lucius Malfoy para observarlos con gravedad, mientras que Lucius les sonreía burlón y apreciativo.
De pronto, Harry ya no pudo soportarlo – tenía que irse, alejarse de Draco, de su padre, de todo. Se volvió a los de Gryffindor. “Voy a subir,” anunció. “Adiós, Ron – Fred, George, todos.”
Comenzó a romper el pergamino – pero éste no se rompió. Frustrado, lo aventó a la mesa, en donde Hermione se lanzó sobre él, se despidió con un gesto de sus compañeros, la mayoría de los cuales asintió débilmente.
Se estaba acostumbrando a las miradas sobre la nuca.
Se dirigió a Malfoy. “Estás en mi camino,” dijo tranquilamente.
“Perdóname,” respondió Draco con la misma tranquilidad.
Harry se puso rígido y lo empujó al pasar a su lado. Draco se enervó. “Potter.”
Su voz era tensa, pero sus ojos eran ávidos al mirarlo. Harry casi se ahogó al beber de la intensidad ardiente de esos ojos, que mezclaban dolor, incertidumbre, coraje y orgullo, en el mismo lugar en el que una hora antes habían albergado una luz de algo completamente diferente; nada tan distante y desconocido, sino dulce y tierno, y aún así, insondable – siempre, siempre insondable.
Espontáneamente le vino a la cabeza la inscripción del collar de su madre: Ama y haz lo que debas.
Miró a Draco.
“Maldita feliz Navidad, Malfoy,” escupió.
Harry se volvió y salió caminando tan rápido como pudo del Gran Comedor.
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