VIII
De este modo, emocionalmente hablando, Ospina estrech� a�n m�s su contacto con el arte precolombino, relaci�n iniciada en R�o (1988), una pieza contempor�nea de Los rom�nticos y de �rbol de la esperanza. El t�tulo alud�a a la risa y a la corriente fluvial o sea que se planteaba como una clara referencia a lo natural. Pero la cabeza, notable por su deformaci�n craneana, pertenec�a a la cultura Tumaco, cabeza a la postre intervenida al quedar dotada de una risa de mu�eco para infantes. El colmo de la iron�a, en un instante en que lo l�dico recorr�a sutilmente toda la obra que iba saliendo del taller, era el agigantado falo que se proyectaba del atl�tico torso. En el contexto del tema desarrollado en torno al S�sifo-tapir, la virilidad del aborigen y su respeto a la naturaleza redundaban en una fecundidad y un sentido de la vida tan corrientes y f�ciles de obtener que ignorarlo rayaba lo risible. En R�o estaban latentes algunas de las inquietudes que en Bizarros y cr�ticos llegaron a su esplendor. No obstante, hay una diferencia que vale la pena se�alar y es que Ospina model� con sus manos la figura de R�o mientras que los precolombinos de In partibus infidelium fueron adquiridos a traficantes que una vez se ganan la confianza del cliente, venden dos y tres piezas falsas por una sola aut�ntica.
Como buena parte de los artistas latinoamericanos del siglo XX, Nad�n Ospina hab�a empezado a coleccionar precolombinos. La decepci�n que tuvo al descubrir que hab�a sido enga�ado con falsificaciones, lo llev� a plantearse qu� valor podr�an tener. Ese valor, descubri� r�pidamente, pod�a depender de �l, del uso que quisiera darles. Con un esp�ritu cercano pero no igual al del ready made de Marcel Duchamp, Ospina se lanz� a trabajar con falsos precolombinos. Por ejemplo, las cuatro figuras cer�micas de In partibus infidelium fueron escogidas entre las que le presentaron en cajas y cajas llenas de ceramios reci�n fabricados. As� pudo seleccionar, para quedar incorporadas a la obra ganadora del Sal�n, un retablo quimbaya, una figura femenina tumaco, un cham�n sentado jama-coaque y un coquero tairona que representa a un personaje masculino mambeando. Al exhibirlos en las vitrinas, se volvieron cuatro farsantes del arte en un falso museo.
El paso siguiente consisti� en pasar por encima de los intermediarios para entrar en contacto directo con los artesanos que produc�an los falsos precolombinos. Varias cosas admiraba Nad�n Ospina en todos ellos, entre otras la capacidad de imitar tanto los estilos como las calidades de ceramios procedentes de culturas muy apartadas, lo que consegu�an gracias a un excelente manejo de arcillas y engobes. Al contratarlos para que realizaran las piezas de
Bizarros y cr�ticos, el artista se limit� a entregar los dibujos de las figuras que ordenaba modelar en tres dimensiones. Ospina daba las ideas y los artesanos aportaban la t�cnica o sea que delegaba la ejecuci�n.
Delegar la ejecuci�n no supone renunciar a la creaci�n de la obra. El ejecutante, como el int�rprete musical, no decide el tema ni el sentido que el tema escogido puede llegar a tener, en cambio aporta lo que es f�sicamente consubstancial a la realizaci�n o sea las particularidades de su superficie, particularidades dadas por el estilo que se imita y por la huella casi siempre mitigada que en sus diestros recorridos la mano va dejando. Esto hace que los hipop�tamos de
Bizarros gourmet sean parecidos pero no iguales, lo cual se repite en todos los conjuntos seriados que ha producido desde entonces. Para la realizaci�n de las decenas de piezas que componen Bizarros y cr�ticos, Ospina encarg� obra en talleres de cer�mica situados en diversas localidades de Colombia y en talleres de escultura que operan en la vecindad del Parque Arqueol�gico de San Agust�n. Estos �ltimos producen a diario, para su adquisici�n por parte del turista incauto, objetos y estatuas talladas en el mismo tipo de piedra arenisca que utilizaron los maestros del remoto pasado.
Invitado a exponer en M�xico en 1995, con motivo de la exposici�n colombo-mexicana que se titulara Por mi raza hablar� el esp�ritu, Ospina s�lo llev� unos dibujos. All� contact� a un fabricante de r�plicas que en lugar de trabajar con arcilla prefer�a hacerlo con resinas sint�ticas, logrando la misma calidad de un original. Quer�a decir que hasta el material pod�a ser imitado con �xito y alcanzar, por lo tanto, la cumbre de lo doblemente falso. La idea lo dej� fascinado. No hab�a le�do a�n La seducci�n de Baudrillard. Cuando se familiariz� con el pensamiento de este autor franc�s, corrobor� que su obra se mov�a entre lo "m�s verdadero que lo verdadero" o "colmo del simulacro" y lo "m�s falso que lo falso" o "secreto de la apariencia". Baudrillard menciona en su texto "la idea de una verdad alterada" como "�nica manera de vivir de la verdad".
Se dir�a que estas agudas consideraciones guiaron a Nad�n Ospina cuando realiz� las diferentes versiones de El difusionista (1995), concebidas a partir de la controvertida teor�a que desde el siglo XIX ven�a planteando que las civilizaciones mesoamericanas ten�an su origen en Asia y m�s concretamente en la India, recogida en Colombia por Miguel Triana en su libro Los Chibchas. El malentendido deriv� de los largu�simos picos de los guacamayos tallados en la famosa estela B de Cop�n, que el ilustre y muy serio investigador John L. Stephens describi� "como la trompa de un elefante, animal desconocido en ese pa�s". Aunque Stephens hablaba de un parecido y no de una representaci�n, la escueta verdad no hizo carrera. Dibujantes hubo, cuando la fotograf�a no era corrientemente utilizada en las investigaciones arqueol�gicas, que al acometer la tarea de reproducir relieves y glifos mayas se permitieron la licencia de remodelar el pico de los guacamayos y aun de sugerir grandes orejas con el prop�sito de que la figura resultante fuera m�s elefanti�sica.
Con este divertido relato en mente, Ospina tom� la "verdad alterada" y la volvi� realidad concreta. En M�xico, trabajando a partir del fant�stico dibujo que en el London Illustrated News acompa�� un art�culo de G. Elliot Smith, dibujo que se supon�a era el de un friso maya con motivo de elefante, Ospina orden� la realizaci�n de una urna azteca con un elefante en la tapa, urna que llam� '
'El difusionista'' y que exhibi� en el Museo del Chopo frente al dibujo ap�crifo trazado en la pared. Al refigurar la urna, Ospina hac�a completamente posible que el difusionismo de los historiadores G. Elliot Smith y D. A. MacKenzie adquiriera visos de certeza, tal y como antes hab�a hecho, de un cuadro de Carlos Salas, la obra maestra celebrada por Jos� Hern�n Aguilar. Ni Smith ni MacKenzie sospecharon nunca que las pruebas no estaban en el pasado sino en el futuro, en la creatividad del artista colombiano Nad�n Ospina. Con humor y sencillez, el joven escultor rehac�a la historia. As� tenemos que en M�xico mostr� urnas funerarias tipo Tamalameque, lugar situado en la zona colombiana del Bajo Magdalena, en las que la figura del cham�n que hay en las tapas fue remplazada por personajes de Walt Disney. Estos personajes y los de la familia Simpson iban a alternar durante un buen per�odo, ensayando soluciones de sofisticaci�n y elegancia extraordinarias como las de las anchas urnas de cer�mica negra de 1995, que no responden a ninguna cultura precolombina espec�fica y que logran ser, no obstante, gen�ricamente precolombinas. Un rinoceronte remata una de las vasijas y un hipop�tamo con la boca abierta la otra. La refiguraci�n es total y alcanza el rango de subversi�n estil�stica significtiva.
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