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El Padre Nuestro II  
 
  Decimos “Padre nuestro” y no Padre mío, porque Jesús nos enseñó que existe un Dios único y que somos una comunidad, que somos hermanos.  
 
La semana pasada explicamos que en el “Padre nuestro”, la primera palabra (Padre) es fundamentalmente una oración con la que conocemos el nombre de Dios, y nos referimos a El cariñosamente.

Ahora surge la pregunta ¿Y por qué no decimos “Padre mío” en lugar de “Padre nuestro”?

Al decir “Padre nuestro”, realizamos una imploración fraternal, universal: si tenemos un mismo Padre, un Padre “nuestro”, todos los que lo rezamos somos “hijos de Dios”, hijos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros mismos.

Así, esta oración parte de una comunidad de hermanos. Esta plegaria crea a la comunidad cristiana, la integra y la solidifica al hacernos profundizar en esta conciencia de hermandad universal bajo el dulce manto paternal del mismo Dios-Padre.

No solo invocamos a un Padre bondadoso y poderoso, sin oque lo hacemos apoyados como hermanos. El poder llamar a Dios “Padre nuestro” implica un descubrimiento (revelación) totalmente nuevo de la divinidad y de la fraternidad católica (universal).

El catecismo explica que “Gramaticalmente, «nuestro» califica una realidad común a varios. No hay más que un solo Dios y es reconocido Padre por aquellos que, por la fe en su Hijo único, han renacido de El por el agua y por el espíritu. La Iglesia es una nueva comunión de Dios y de los hombres: unida con el Hijo único hecho «el primogénito de una multitud de hermanos» (Rm 8, 29), se encuentra en comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu. Al decir Padre «nuestro», la oración de cada bautizado se hace en esta comunión: «La multitud [...] de creyentes no tenía más que un solo razón y una sola alma». (Hch 4,32).” (Cfr. CIG 2790)

Con el “Padre nuestro”, Jesús nos enseñó no solamente que tenemos un Padre único, que es Dios, sino que como católicos tenemos dos esencias: comunidad y hermandad. No estamos ni somos creyentes solitarios, no vamos a misa solo porque es una obligación, sino porque al hacerlo, asistimos a una reunión y participamos en la comunidad.

San Francisco de Asís se refería a las cosas y animales diciéndoles “Hermanas aves”, “hermano Sol”, pues era tanto su amor por la creación de Dios, que se sentía en perfecta comunión con ellos. Si con el ejemplo de San Francisco podríamos decir “hermana roca”, “hermano árbol”, ¿No tenemos aún una vocación más poderosa para llamara a todos los hombres y mujeres “hermano” y “hermana”?

El catecismo nos dice que “Si recitamos en verdad el «Padre nuestro», salimos del individualismo, porque de el nos libera el Amor que recibimos. El adjetivo «nuestro» al comienzo de la Oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones, no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.” (Cfr. CIG 2793)Así como Jesús nos reveló el nombre de Dios y nos dijo que se llamaba “Padre”, así también nos revela que en la salvación no estamos solos en la tierra porque tenemos hermanos. ¿Y en el cielo? ¿A quién tenemos? La próxima semana continuaremos con la explicación del Padre nuestro y veremos que nuestra ayuda para la salvación la tiene el Padre, que es nuestro, y que está en los cielos.

Para saber más:

Padre Nuestro - Ave María, Ma. de los Dolores Icaza R.D.L.C., Nueva Librería Parroquial, México pp 39-40

Catecismo de la Iglesia Católica, Coeditores Católicos de México, Núms. 2790-2793 pp 737-738

 

 

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