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El Padre Nuestro I  
 
  La oración más importante, la que nos legó Cristo Jesús mismo, no siempre es entendida por nosotros, a pesar de conocerla desde la infancia.  
 
Todos los católicos conocemos desde niños el Padrenuestro, la oración del Señor, que resume toda la enseñanza de Jesús. A pesar de sernos tan familiar, con frecuencia no sabemos su significado profundo. Mateo y Lucas nos la presentan (Cfr. Mt 6, 9-13 y Lc 11 1-4), y es la oración clave para descifrar la doctrina de Cristo Jesús.

En esta serie de artículos, iremos describiendo esta maravillosa oración parte por parte.

1. Padre

Cristo nos reveló el profundo misterio de un Dios que es ante todo Padre. Jesús, al ser hombre, nos hace hermanos suyos y nos obtiene el derecho de llamar a "su" Padre, Padre "nuestro". Jesús llama siempre a Dios (al menos en el evangelio de san Juan) "Padre mío","mi Padre" . Dios es nuestro Padre, aunque en un nivel distinto: Jesús es el Hijo unigénito del Padre, nosotros somos sus hijos por gracia, pero siempre por Cristo y en Cristo: somos hijos en el hijo.

La palabra aramea Abbá abarca la expresión familiar, íntima, sencilla con la que el niño acude a su padre: papá, papi, papito, papacito. Las antiguas concepciones religiosas vienen así a quedar superadas. Nuestro Dios no es un dios lejano, frío ni cruel; todo lo contrario: es el mas tierno, el más solícito, el más fuerte.

Cuando comenzamos nuestra oración diciendo "Padre", debemos hacerlo con una expresión de dulce matiz familiar: "Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños (Mt 18,3); porque es a «los pequeños» a los que el Padre se revela (Mt 11, 25): Es una mirada a Dios y sólo a Él, un gran fuego de amor. «El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad entrañable». «Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración [...] y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir [...] ¿Qué puede Él, en efecto, negar a la oración de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos?»" (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 2785)

Jesús nos hace un regalo extraordinario: el conocer el nombre de Dios. No olvidemos que los hombres de la Biblia no se atreven a definir ni a describir a Dios, ni siquiera a nombrarlo. Nombre, para los semitas, equivale a persona; y nombrar es, en cierto sentido, aprehender y medir la esencia de la persona, y Dios no se puede medir. Moisés pregunta a Dios cuál es Su nombre (Cfr. Ex 3,13-19). Dios no le dice su nombre, le dice "Yo soy el que soy". Lo mismo le ocurre a Jacob cuando pregunta "Dime, por favor, tu Nombre." Y la respuesta: "¿Para qué quieres saber mi Nombre?" (Cfr. Gén 32, 25-33) Esto mismo se lo responde a Manué "¿A qué preguntas mi Nombre? Es misterioso." (Cfr. Jue 13, 18). Dios no quiso revelar su nombre, hasta la llegada del Salvador. Es Jesús quien nos devela el Gran Misterio, el Nombre de Dios: "Padre"

La próxima vez que recemos el Padre Nuestro, digamos lenta, concientemente "Padre" y saboreemos esa palabra, porque en sí misma es una oración.

La próxima semana continuaremos con la segunda palabra: "Nuestro" y entenderemos por qué no decimos "Padre mío", sino "Padre Nuestro".

Para saber más:

Padre Nuestro - Ave María, Ma. de los Dolores Icaza R.D.L.C., Nueva Librería Parroquial, México pp 21-40

Muéstrame Tu Rostro, Ignacio Larrañaga, San Pablo, México 1990 pp 88-90

Catecismo de la Iglesia Católica, Coeditores Católicos de México, Núms. 2279-2793 pp 734-736

 

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