| 2. Impulsos, Instintos y Otros Mecanismos
Es preciso reconocer al hombre como un ser esencialmente biológico con instintos y con todo lo que la subyasencia de lo biológico le implica en la esfera psíquica y reconocerlo también fundamentalmente como un ser cultural con demandas ú "ordenes" (impulsos) que satisfacer o "cumplir" en este campo. En la lidia se representa y se ejecuta (con la muerte de uno y la "sobrevivencia" del otro) el dualismo de las dos supremas fuerzas opuestas, con cuyas demandas tienen que "lidiar" los procesos psíquicos: Auto conservación Vs conservación de la especie, instinto de vida Vs, instinto de muerte. Si hay algo que sinceramente sorprenda de sobre manera respecto a la faena, no es solo el hecho cruel que en ella se dá, sino además la asombrosa habilidad de los auténticos taurinos, quienes explotando profundos elementos psicosocioculturales, han logrado institucionalizar un acto que de otra forma, hubiera sufrido un repudio público inevitable: El papel del cuerpo del torero; su forma y su lenguaje al igual que su vestido, llevan para la mujer una carga erótica comparable a la que las mujeres romanas sentían por los gladiadores en el circo (a tal punto que la sangre de estos era utilizada como afrodisiaco), pero a su vez el vestido del torero, (ajustado, sensuales colores rosados o celestes, sus encajes, bordados y lentejuelas), desencadenan en ella una identificación con el matador, mas aún si en ella median frustraciones o represiones de una personalidad dominante, pero esta identificación con el toreo también se dá de parte del público masculino exaltando su genero en la medida en que la faena es entre "machos". (El reglamento taurino es claro en la exclusión del espectáculo de las reses hembras y es de todos bien conocida la diferencia porcentual entre toreros hombres y toreros mujeres.) En la plaza como en los hechos violentos colectivos de los estadios el comportamiento individual sé desestabiliza frente a lo que la mayoría decide, creando despersonalización. Nuestras sociedades sumidas en su fracaso ético, ambiental, político y económico (que no es otra cosa que nuestro fracaso como cultura) necesitan atenuantes, entre ellos, levantar héroes que no tienen, así sea sobre bases ilógicas, como por ejemplo, la apología a la muerte, la mercantilización del sufrimiento y la institucionalización de la tortura (elementos todos contenidos implícita o explícitamente en el toreo); esto lo ha hecho el hombre desde la antigüedad, de tal forma que el ser, arrastrado, ya sea por la borrasca instintiva o por la marejada cultural, necesita tanto de fetiches, como Homero y Virgilio necesitaban de musas, y el torero es elevado con la complacencia de los espectadores, a la condición de fetiche, que facilitará la remisión de un acto de instinto bárbaro, a los imaginarios de la sublimación del hombre frente a la supuesta bestia, aceptándose así públicamente el afán de poder ilimitado del individuo personificado en el torero y la supremacía de la especie. |