SAÚL

 

 

       Nombre: Alfonso Saúl Hernández Estrada

       Fecha de Nacimiento: 15 enero de 1964

 

       Saúl aulló: lo estaban depositando en una escuela. Parte de la culpa la tenía su hermana Irma, que ya lo había acostumbrado a, casi sin saberlo, vivir en un mundo en el que los susurros catarrientos de Lennon y las cachondas negritudes de Jagger derrotaban tarde a tarde a las mariconas huestes del ratón Miguelito. La atención que nunca merecieron los maestros se la ganaban sudor a sudor Janis, Jim y Jimi, Sagrada Familia que nunca tuvo un salvoconducto en la escuela. El resto de la música en la casa eran los Panchos, Benny Moré y la Sonora Santanera, del lado materno; Von Karajan y Karl Bohm, por el otro. Una hermana que no era Irma se había clavado en José José. Saúl asiste a todas esas materias, pero se queda con los discos de Irma por la razón vital de que le dejan un espacio más grande a la fantasía. Y cuando la escuela es una cagada que te ahoga con sus hedores no te queda más salida que la ficción.

 

       Con la nitidérrima sensación de ser un pájaro enjaulado, Saúl sale de la escuela deslizándose hacia el Mar de la Libertad, en cuyas profundidades cálidas y jugosas se pone a dibujar. Pinta historias donde los personajes hablan en globitos y se mueven de acuerdo al transcurrir de otros sonidos: los que Saúl trae entre las meninges y como puede saca en una guitarrita, usando exclusivamente dos cuerdas --método que ni sus demonios ni sus dedos van a abandonar, porque veinte años más tarde sus composiciones seguirán basadas en esas dos cuerdas. Las que pinta no son propiamente historias, sino cierta asociación libre de imágenes e intuiciones. Perro atrapado en la perrera municipal, Saúl va al kinder Amado Nervo a guardar silencio. No el silencio de las mentes inflamadas por mundos mejores que el que les tocó habitar, sino el de quien ha sido privado del derecho a imaginar.

 

 

 

 

 

 

 

       En el kinder Amado Nervo hay un chapoteadero. Un día Saúl no lleva la indumentaria adecuada para nadar, que es un traje de baño o unos shorts adecuables a la ocasión. Tú no puedes, le advierten, y él salta al agua con la ropa puesta, siguiendo una lógica impecable, por elemental: quieres nadar, échate al agua; no te vas a quedar mojado el resto de tu vida. Pero para todos los demás, y al final también para él, Saúl se queda para siempre mojado. Un día despiertas y resulta que los demás, todos, acaban de heredarte el monopolio de la incongruencia, porque cuando estás en un lugar como una escuela necesitas reunir un chingo de congruencia para, por ejemplo, meterte a una alberca. Saúl ignora, y la escuela nunca le ayuda a aprenderlo, que en las sociedades represivas, o en sus réplicas, que son peores, diferencia es igual a extravagancia, y extravagancia es sinónimo de ridículo.

  

       Para Saúl la escuela sólo tiene un lugar respirable: el patio. Y saliendo de la escuela está el sitio prometido por el Mesías: los dibujos. Cuando va a dar a una escuela peor que la anterior, hacer historias pasa a ser a un tiempo la más urgente de las drogas y el más abierto de los patios.

 

       Al despertar, se levanta con demasiada prisa. Hay que preparar el día. O mejor: prepararse para soportarlo, dándole velocidad a la mañana y abriendo en ella el espacio suficiente para escuchar un disco antes de ser transferido a la jaula. Frente al paredón, el condenado pide escuchar por última vez la voz del profesor J. W. Lennon. Una vez concedido el deseo, ya puede salir tranquilo y victorioso hacia el otro mundo, bailando juntas y libres en su cabeza las promesas del Sargento Pimienta.

 

       Afuera, en lo que se supone es la realidad, al niño Saúl le son cotidianamente administradas puntuales madrizas por ellos, los que son iguales entre sí, bajo la tácita aprobación de los pulcros guardianes de la Realidad Objetiva, ungidos por circunstancias inapelables con el título de maestros. Una mañana en la escuela, fortalecido como está por los otros sonidos, no soporta más el contraste de su cabeza con la realidad objetiva y se agarra a la maestra a madrazos. Inmediatamente lo corren. Y va a dar a otra jaula.

 

 

 

 

      

       De la escuela Dos Naciones Unidas también lo corren. Simplemente no estudia, no pasa materias, oye música. Así que tampoco dura en la escuela Luis Vives. Lo único que Saúl escribe con un deseo equiparable a la lujuria son sus rolas. Las compone, inventa grupos y decide que ellos, nunca él, las canten. De modo que el primer grupo que interpreta sus canciones se llama Violet Foggy, superestrellas en el privado hit parade de su disneylandia íntima.

 

       Deimos es uno de los satélites de Plutón, mas para el personal pesado de la secundaria es un grupo de rock. Cuando Deimos, el grupo, se forma, la primera pregunta es: ¿Qué tocamos? Contemplando la lenta retirada de sus inhibiciones, Saúl alcanza a decir: Yo tengo canciones. Los demás se limitan a responder pus tráelas, y es así como de un día para otro el grupo Deimos se hace de un repertorio.

 

       Saúl entra a la prepa y sigue en ella porque tiene más cuates que materias. Son años pachecos, y en la prepa rola de todo. En medio de tan vertiginosos remolinos, Saúl se pregunta qué es el glam, qué es el lado oscuro, qué fue el peace and love, hasta dónde va a tener que andar para poder contemplarlos.

  

       Para entonces, Saúl ya puede considerarse un iniciado. Cuenta con toda la información necesaria para reconocerse y ser reconocido como parte de un culto que entonces, a finales de los setentas, con Silver Convention y los Bee Gees todavía al mando de una generación de conformistas, sólo puede ser subterráneo. El primer tipo que lo reconoce no está en secundaria sino en prepa, toca en un grupo nombrado Auroc y se llama Ramón. Lo primero que hace Ramón es mostrarle a Saúl sus rolas y sus rollos. No se mete de un día para otro al mundo de Saúl pero en poco rato lo mete al suyo. No es difícil deducir que en un cierto tiempo Ramón ya está llegándole al material de Saúl. Años después, aquella complicidad clandestina terminará por traer al mundo a un grupo bautizado In Memoriam.

 

       Coming to take you away: de In Memoriam ya no hay regreso, aunque el único futuro posible para In Memoriam sea justamente la sepultura.

 

 

 

 

 

       Cuando entras al rocanrol en calidad de refugiado no te queda más opción que moverte en él, dormir en él y cuidarte mucho de nunca salir de él, porque afuera está lloviendo. Al tronar In Memoriam Saúl se encierra por un tiempo. No mucho tiempo: conoce a Leoncio Lara, que como él anda buscando nuevas compañías, y juntos forman Frac.

 

       Con Frac, los sueños de Saúl no tendrán muchas oportunidades ni mucho tiempo para despegar. Entran a un concurso de discos Peerless, tocan donde pueden, recorren algunas fiestas. Es el ochentaicuatro, el Dangerous Rhythm ya se llama Ritmo Peligroso y en los almacenes uno puede escuchar de cuando en cuando Marielito. No es momento para estar fuera de un reventón que se ha extendido con obstinación viral. Saúl Tiene que ejercitarse, conservarse en forma, y su manera de hacerlo es Frac.

 

       La relación de Saúl con Frac no se disuelve poco a poco, no tiene las grandes crisis. De hecho, Saúl sale de Frac por obra, gracia y maniobra de un accidente. Un puro, incongruente, desquiciado, e imprevisible accidente.

 

       Buscando, acaso tratando de encontrar una salida corporal a la cárcel sedienta mística que es su cerebro, Saúl se inscribe como alumno de danza clásica. Cagado de verguenza, con la pudorosa colaboración de unos pants --le horroriza la idea de usar mallas-- Saúl alterna su trabajo en las Insólitas con lecciones y exhibiciones de danza en las que todos los días descubre la existencia de un yo mucho más poderoso de lo que su hermetismo le ha permitido conocer. Un yo que se cansa y que demuestra dolor en músculos que el otro, el que imagina, el que ha vivido el resto de sus años con una indescifrable nostalgia del estado de gracia, no sabía que estuviesen en el que después de todo es su cuerpo; que siempre han estado allí, amantes silenciosas cuyas forzadas castidades aguardaron pacientes el momento de ser vestidas de una obscenísima, disponible desnudez.

 

 

 

 

                                                                   

 

 

 

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