MARCOVICH

       Nombre: Alejandro Marcovich

       Fecha de nacimiento: 6 de junio de 1960

      

       Nunca se sintió buen prospecto para el piano, tampoco para el violín. Pero, siendo parte de una familia cuyos hijos se meten cuanta sabiduría pueden, Alejandro ve llegar a un profesor de guitarra y eso le gusta. Del radio salen Palito Ortega, Leo Dan y Sandro, pero el profesor le enseña más que nada música folklórica sureña: sambas, chacareras, y de paso varios acordes beatleanos. Al entrar a primaria en la Buenos Aires High School lo escogen para el coro. En las tardes tocan flautas, claves, triángulos y panderos. Los maestros le exigen aprenderse cosas como la Historia del Perú, pero él anda más clavado en las clases de guitarra clásica de su hermana, su colección de timbres postales, las canicas y las historietas del Pato Donald y Periquita que llegan de México. En la tele lo más importante son Los Locos Adams y Los Tres Chiflados, todos ellos portadores de una absurdidad, una ironía y una disonancia que, como años después va a descubrir, pueden trasladarse a la guitarra. Mientras, se entretiene jugando a Los Tres Chiflados con sus hermanos de la única manera concebible, es decir a punta de chingadazos. Las clases de guitarra tienen un toque mágico: el profesor lo hace sacar por sí mismo una canción tras otra, de los nueve a los doce años. Es entonces, al llegar a la secundaria, cuando Alejandro pasa, de la introversión solapada por una niñez hogareña, a un espacio completamente nuevo donde se manejan códigos que le son del todo extraños. Pink Floyd, Led Zeppelin. Su rito de iniciación a la nueva logia se cumple con el Fireball de Deep Purple --lo escuché, me quedé pendejo y ahí empezó el vicio. Hasta entonces, Alejandro había pensado que Pink Floyd era el nombre de un tipo, pero poco tiempo después ya escucha no sólo a Roger Waters sino a Steve Howe y a Greg Lake. Le habían regalado un órgano eléctrico donde estudia un poco de Bach y algo de blues. Pero el virus ya prendió, y no le queda otra que ir a embarcarse con una guitarra en abonos. Es 1973. En una tienda de discos lo suficientemente alivianada para dejar a los clientes oir lo que van a comprar, Alejandro se le acerca a uno de esos prospectos de comprador y le pregunta qué carajo es lo que está oyendo. Va con el empleado y pide que le pongan el Dark Side Of The Moon. Lo escucha, lo compra inmediatamente.

 

 

 

 

 

 

       Llega a su casa a bajarle el estéreo a su hermana, sale a comprar un foco rojo y regresa para encerrarse en su cuarto, subir el volumen a tope y gozar las solitarias delicias de jalonearse las neuronas. Ya con una guitarra, Alejandro es elegible para un grupo, y no tarda en ser reclutado. Pero como lo que les falta no es un rascador de guitarra, su primer trabajo es el de organista. Al menos hasta que necesitan un bajista. Entonces, lo más fácil es habilitar al organista, que ya toca algo de guitarra, en el bajo. En este campechaneo Alejandro, organista y bajista a un mismo tiempo, se mira a sí mismo como un John Paul Jones, y eso ya es suficiente. Como guitarrista, su trabajo más importante es usar el amplificador del órgano, volver la bocina hacia la casa de la vecina, subir el volumen a 10 y tocar los acordes de Oye cómo va. El nombre de su grupo es Sinusoide, pero la cosa no dura mucho tiempo y un día Alejandro vuelve a estar solo. Llega el setentaiséis, y con él los militares. La familia Marcovich decide que ya no se puede vivir allí, la guitarra eléctrica de Alejandro se queda en Buenos Aires y él va a parar en Puebla, ciudad que como bien lo supieron las tropas del general Zaragoza, suele ser hostil hacia todo fuereño que no sea parte del ejército imperial francés. El resultado es que el adolescente Alejandro Marcovich, que llega a Puebla de dieciséis años, jamás podrá conseguirse ahí una sola novia. En medio de ese forzado celibato sólo queda una opción digna de voluptuosidad: tocar la guitarra. La ventaja de ser un extranjero argentino que toca el bajo es que al menos en la escuela te dicen Che, te hacen preguntas y te hacen popular. Así, un grupo de seguidores de Serrat y Mocedades se acerca a Alejandro:

 --¿Tú eres bajista?

 --Pues, sí.

        Inmediatamente Alejandro obtiene, si no dinero, por lo menos trabajo. Un empleo amateur tocando el bajo en las iglesias comandadas por la clase de sacerdote que, seducido por el Cat Stevens que aún no se mete de lleno a aplaudir los veredictos de los tribunales islámicos, acepta versiones levemente jipitecas del Cordero de Dios. Uno de sus colegas, acaso más hambriento de sonidos nuevos que los demás, digiere con honesta gula los discos de Sui Generis de Alejandro. El resultado de un poblano influido por John Denver y un argentino clavado en Charly García es un dúo, que no tarda en hacerse trío. Los sueños de Alejandro han ido deselectrificándose: David Crosby, Stephen Stills, Graham Nash, Neil Young y el mismo Cat Stevens le han abierto una posibilidad que no necesita de amplificadores. El sueño ya no es reemplazar una guitarra...

 

 

 

 

 

       ...eléctrica con otra, sino apropiarse algún día de una Gibson acústica. Tener un padre catedrático también guarda sus ventajas, y la de Alejandro consiste en entrar al departamento de música de la universidad, lugar donde empieza a aprender figuras rítmicas, construcción de escalas y ciertos rollos de guitarra clásica. Incluso algo de flauta. Esto implica la sana continuidad de una educación musical sin militancias definidas. Alejandro compra simultaneamente discos de Django Reinhardt, Genesis, John McLaughlin y Thelma Houston, y se empacha de información con el Guitar Player. Sin embargo, un hecho más bien surreal viene a removerle el parquet como nunca antes: resulta que a B. B. King se le ocurre ir a Puebla. El concierto le rasca las entrañas. Y poco después, en uno de los viajes a México, se encuentra con un libro repleto de rolas de B. B. King, acompañado de un disquito didáctico que facilita más las cosas. Luego se mete con muchos trabajos en la guitarra de Clapton, hasta que repentinamente es enrolado en un nuevo grupo, que entre otras cosas tiene contrato para tocar en un restorán. Alejandro se instala en el bajo, que en realidad es una guitarra a la que le faltan las cuerdas agudas, y con ella por primera vez gana dinero. El billete obtenido a fuerza de gastarse los dedos sirve para, finalmente, largarse a San Antonio y traerse la Gibson acústica. Eso, reinvertir en la música gran parte de lo ganado con la música, se convierte en una norma que Alejandro muy rara vez va a trasgredir. Por lo pronto, y a pesar de que el dueño del restorán ya accedió a comprar un bajo Fender, Alejandro se ha convertido en un guitarrista acústico que ni para reventarse los requintos de George Benson usa guitarra eléctrica. Por lo demás no la tiene y no habrá de tenerla sino hasta los diecinueve años. Cada vez más dentro de sus rollos y más lejos del resto, Alejandro termina la prepa y con su familia se muda a México. Entra a la Unam a estudiar Física por las mañanas y a la Nacional de Música por las tardes. En la primera dura tres semestres, y en la segunda dos, suficientes para aprender solfeo, armonías y otras exquisiteces. Lo bastante para, por ejemplo, aturdirse hasta el estreñimiento en las fiestas donde suenan, primitivísimos, los Ramones. Un tanto cerca del autismo, Alejandro se encierra a inventar sonidos y grabarlos. No es la clase de músico preocupado por conservarse al pendiente de las novedades discográficas. Conservar no es, de hecho, un verbo que le vaya muy bien. Conoce a Police con el Regatta de Blanc, se clava en él y le basta. No se entera del Ghost in the Machine ni del Synchronicity. Cuando lee el anuncio que solicita guitarrista para grupo de rock y blues no tiene que pensarlo. Con el dinero que ganó dando clases de física y...

 

 

 

 

       ...matemáticas va y se compra una guitarra eléctrica. Tres o cuatro veces tocan en territorios de banda. Y la cosa dura hasta que una novia lo conecta con el personal del grupo Cáscara. Se pasa una noche entera tocando con Areán y al día siguiente ya está en Cáscara. Ensayan varias tardes pero no llegan a ningún lado. De modo que Alejandro le propone a Areán hacer otro grupo, conchavándose para la batería a Octavio Natera. No lo dudan, y de ahí sale una nueva banda a la que llaman Leviatán. Ese es el lugar donde las canciones de Alejandro conocen lo que se dice el aire libre, y donde se dedica a componer una canción detrás de la otra. Tocan donde pueden, porque no hay nada más importante que tocar. Y de las tocadas va saliendo en lentos pujidos lo imprescindible, o sea el equipo. Un pedal, un amplificador, apenas lo elemental para un guitarrista que ya es parte del rocanrol. Cuando muere Leviatán, Alejandro se va con Francisco Mondragón a estudiar algo de jazz y canto. El resto de sus horas hábiles las pasa persiguiendo la irregularidad de un sueldo obtenido dando clases de guitarra, matemáticas y física. No es la peor manera de sobrellevar el desempleo pero este nuevo exilio, parte natural de la cadena de destierros sin más destino que el de sucederse, como las epidemias y los terremotos, habrá de terminar súbitamente. Como termina la calma de la beata con la visitación de un Arcángel, como el sicópata que en un segundo contempla el futuro de la doncella, como los gatos olisquean en la hembra el principio de sus propios ardores. Las Insólitas Imágenes de Aurora se han ido al Limbo y no parece haber nada que Alejandro pueda hacer para traerlas de regreso. Alfonso no quiere tocar más con él. Los sueños pierden toda ciudadania una vez que la realidad abre tus párpados a patadas. Después de las Insólitas, en la orilla de la Nada, Alejandro siente miedo. ¿Sabe tocar las canciones del grupo, y nada más, o sabe otras cosas? El aborto de Las Pistolas de Platino era predecible, pero los demás se regresan a sus proyectos y Alejandro, que sólo tiene los playbacks en la televisión, decide largarse a un nuevo exilio, sitio desolado cuya más alta prioridad es la simple supervivencia. En uno de los playbacks, todavía al lado de Alfonso, Alejandro había sacado un libro. Cuando dejó de leerlo fue por una escoba y se dedicó a barrer el escenario. Fue así como se les acabaron esas chambas. Y es de allí, de los trabajitos junto a gente como Laureano Brizuela, que se le aparece la idea de convertirse en un músico pagado, un profesional a sueldo obligado a justificar sus ingresos no con creatividad ni con iniciativa sino con plana eficiencia. Esto le dará, piensa, la experiencia y el dinero suficientes para, en un futuro.

 

 

                                                     

                                                                                                 

 

 

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