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ANDRÉ Nombre: Afonso André González Fecha de nacimiento: 22 de agosto de 1962 La primera vez que
Alfonso André se paró frente a un público numeroso con un micrófono en la
mano, faltaban cuarentaisiete horas para que terminaran los ochentas. Era un
homenaje a los Rolling pero nadie allí se sabía las rolas; no quedó otra que
ponerlas en el piso y leerlas a un metro setenta de distancia. Esa solución,
que permitía al cantante no mirar al público sino a sus pies y crear en el
centro del escenario una posibilidad de privacía, cerrada complicidad entre
cantante y papel, le vino a Alfonso como la insulina al diabético. Veintidós
años antes, Alfonso es feliz miembro de la generación de conejillos de Indias
en las escuelas activas. Contra lo que hubieran pensado los psicólogos de la
escuela, lo que Alfonso aprende allí es que el desmadre viene siendo asunto
personal, y que esa obscenidad de pararse en un escenario es cosa de
degenerados. El desmadre es entonces, y no va a dejar de ser, un rollo
completamente interno. Sin embargo, para ser interno, su desmadre es un
escándalo en todas partes. Tiene buenas calificaciones y lo toleran en la
escuela. Monta a caballo y lo toleran en su casa. Llega el día en que se cae
del caballo y en la escuela ya no lo soportan, así que va a dar a un colegio
de verdad y deja de divertirse. De la escuela activa, donde puede permitirse
ciertos protagonismos, es enviado un lugar idóneo para transformarse en un
mustio. Los maestros lanzan borradores y dan cachetadas, pero el personal
reprimido está lejos de ser el de una escuela de padres maristas. En ese
ambiente de perdedores infantiles, Alfonso llega a sexto de primaria como
llegan los cabrones: fumando. La batería
es una alineación de juguetes en derredor suyo y por baquetas toma un par de
ganchos. Por entonces papá, inflamado de una cierta fiebre sicodélica, lleva
a la casa el virus: Eric Burdon, Janis, Beatles, Doors. Los sesentas están
muertos, pero en la cabeza de Alfonso siguen moviéndose las brujas capaces de
convocar aquellas acideces y así los setentas se convierten en la repetición
de la función que él, nacido en el sesentaidós, no pudo ver. Un día sus
hermanas tuvieron edad para ir a fiestas, con la condición de que fuera él su
acompañante. Reventones alcohólicos, llenos de monos con muchos recursos para
silenciar a... |
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...una
ladilla de doce años, los happenings de sus hermanas son para Alfonso un rito
no por más breve menos fascinante: una cuba y mucho sueño. Sus sueños épicos
son escenarios repletos de instrumentos y bocinas, y en los mejores la
estrella es Alice Cooper. Esos delirios, capaces de hacer las delicias
místicas de quienes como él recién entran a la secundaria, le dan una razón
de suficiente contundencia para reforzar un mundo íntimo que ya puede muy
bien ser dignamente enfrentado al que propiamente es la moda inmediata y él,
adolescente programable, debe consumir. No es que Alice Cooper sea el último
de los jacobinos, pero como símbolo rebelde basta. Sobre todo si se considera
que por ahora el resto, los muchachitos normales de su edad, se mean a gotas
con las vocecitas de eunucos de los Bee Gees. Escoger como patria el rocanrol es, en 1975, causal directo de
segregación. México absorbe entera la moda disco y en las fiestas no se ve
otra cosa que coreografías pendejas de jovencitos sanos que prentenden bailar
exactamente igual al de junto. Y el de junto, putito bienvestido que se ha
pasado semanas enteras ensayando los pasos más predecibles del mundo, es el
héroe de la fiesta. Aunque para Alfonso y sus cuates, que disfrutan con todo
ello de la más feliz de las marginaciones, esta clase de héroes son los
idóneos prospectos para una buena madriza. De unas vacaciones en Haití se
trae un tambor, que ya en México se convierte en el centro magnético de sus
reventones privados. Cada quien toca lo que puede, todos berrean y así, solos
y marginados, van tomando la dulce autopista de los excesos. En las fiestas
convencionales no son muy bien vistos, amén de que tales homenajes vivos al
kitsch les resultan una franca invitación a guacarear. Así, Alfonso y sus
cuates inician la sana tradición de crearse sus propios reventones. En ellos,
y también fuera de ellos, Alice Cooper tiene ya dos flamantes relevos: Bowie
y el Zeppelin. Como el tambor haitiano resulta insuficiente para una banda
que desée hacerse respetar, Alfonso se hace de una batería. No tiene lo que
se llama un grupo pero por el momento, a punto de terminar secundaria, no lo
necesita. Tiene en el cerebro algunos universos sonoros y afuera, en el mundo
real, varios cuates capaces de darle a sus días una intensidad que no le pide
gran cosa a los bombardeos de John Bonham. Evidentemente, los cuates de
Alfonso vienen siendo el personal más pesado que ha podido encontrarse. Ahí
vienen los mazatlecos, retumba el grito de alarma en una de las fiestas del
Madrid, que suelen tener mejor música y mejor personal que las demás. Pero esto para los mazatlecos
sigue siendo poca cosa, porque como la gente de la fiesta... |
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...ya lo sabe los
mazatlecos siempre están ávidos y jamás conformes: llegan a acabarse el
alcohol, a acaparar las morras y, en consecuencia, a armar concurridísimas
madrizas. Con los mazatlecos va siempre Alfonso André. Alfonso, que muy
difícilmente siente deseos de romperse el hocico con nadie, ha encontrado en excesos, escándalos y otras yerbas, la milagrosa posibilidad
de participar en el mundo haciendo lo que en condiciones normales rara vez se
atreve a hacer. Esto es, hablar. Pasarla bien, volverse a un tiempo
espectador y protagonista de un mundo en el que si quieres ser feliz tienes
que andar rápido. Los otros, maricas de presencia escrupulosa, zombies
frecuentadores de boutiques plásticas, réplicas impotentes de John Travolta,
se han quedado demasiado atrás. Para ellos el futuro es una oficina
reluciente, una mujer decorativa y un sastre confiable, mientras que Alfonso
difícilmente se imagina un futuro donde la disciplina y la pulcritud,
dudosísimas virtudes, tengan la más mínima ciudadanía. Es 1978, los reyes del
mundo son Pierre Cardin y Christian Dior, pero en alguna parte del mundo
Johnny Rotten grita que la reina de Inglaterra es una idiota clínica. Lejos
de todos ellos, aún demasiado clavado en los sesentas, Alfonso comparte
ciertas utopías jipitecas, mas sigue en pie de guerra contra los tenebrosos
encantos del ascetismo. Algo le dice que no es momento para renunciar a nada
y él, rebelde a toda tiranía que no sea la de sus propios deseos y enemigo de
cualquier forma de límite, le mete a todo. La prepa le trae la posibilidad de
tocar en serio. Es decir, tan en serio como es posible hacerlo cuando nadie
te ha enseñado y tienes por colegas a una bola de libertinos que, para acabar
de cagarla, son iguales que tú. Así, Alfonso forma su primer grupo con ellos,
los cuates de la prepa. No se preparan gran cosa, pero cuando se enteran ya
está preparado todo para una tocada junto a Kerigma, en Coyoacán. El cerebro
musical del grupo es Julián Brody, y el nombre de la cantante es Mariana.
Como el grupo no tiene nombre, alguien que no es ninguno de ellos los bautiza
como Los Ejes Viales. Con el nombre, el grupo está listo para aprovechar la
oportunidad y tocar en su primera chamba, un festival del Psum. Todo queda
listo, con la notable excepción de Alfonso André, baterista que se está zurrando
de miedo porque resulta que cosas como el escenario y el público le caen peor
que una orden de tacos de kryptonita verde a Clark Kent. Sólo hay a la mano
un antídoto capaz de hacer que Alfonso suba al escenario sin que lo
despedacen los nervios: en la etiqueta dice Appleton y dentro trae un litro.
Alfonso se mete más de la mitad del milagroso líquido antes de subir. El resto se acaba entre rola y
rola, intervalos que el baterista aprovecha para huir hacia el... |
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...camerino por una nueva estocada del tesoro jamaiquino. Mientras,
la tocada está resultando, por decirlo bonito, desastrosa. Nadie se luce y
Mariana está cantando peor que de costumbre, lo que ya es decir bastante.
Tocan un cover de Police, So Lonely, que los instala velozmente en el temido
territorio del Ridículo. Terminado el suceso, la banda decide que lo mejor es
olvidarlo. Y todos lo olvidan menos la
cantante, que de la tocada se lleva de souvenir el nombre que ya no se va a
poder quitar: Mariana Solonely. Alfonso termina la prepa con un interés por
la biología que no es otra cosa que la herencia cientificista del flower
power. Así, se clava a la Universidad Metropolitana de Xochimilco a estudiar
Agronomía, ocupación que se conserva viva por exactamente un trimestre. Lo
demás está, entonces y siempre, lejos de ser lo de menos. Había digerido el
new wave con muchos trabajos. La nueva música le resultó tan impenetrable que
cuando Police, seguramente el grupo más influyente de los ochentas, tocó en
México, Alfonso se negó a ir por un motivo que no admitía discusions: le dio
hueva. Pasado el legrado de Los Ejes Viales, se dedica a tocar con quien
puede. Años después, cuando habrá adoptado una forma de vida de algún modo
casera, sus colegas se referirán al Alfonso de 1983 como "un guey que se
ponía hasta el culo y era feliz palomeando". Uno de estos palomazos lo
hace fugaz parte del no menos fugaz grupo María Bonita. Lejos de ahí, en el
mundo del deber, Alfonso piensa las cosas de nuevo y se mete a estudiar Diseño
Gráfico. Es muy posible que, incluso si la fiesta del diecisiete de marzo no
hubiese sucedido, Alfonso tampoco se habría titulado como diseñador. Pero esa
fiesta le rompe toda posibilidad de permanencia en el universo estéril donde
dos más dos suman cuatro. A partir de la primavera del ochentaicuatro Alfonso
encuentra un trabajo fijo en Las Insólitas Imágenes de Aurora. Jala la manija
del depósito y el universo precedente desaparece con todas sus promesas.
Entre los restos de ese pasado se hunde, caca insípida y mojada, la
Universidad. No son las Insólitas el único lugar donde Alfonso bebe los
agridulces elíxires del rocanrol. Por el contrario, el baterista del grupo
apenas se da tiempo para aparecerse en las tocadas porque su vida se ha
vuelto una exigentísima conyuge y le reclama demasiado de su tiempo. La vida
de Alfonso sucede toda de noche. Para 1984, ha dejado de palomear con sus
amigos los hermanos Tarriba, María y Jesús --quienes para él son, ya entrados
en simbolismos bíblicos, Sodoma y Gomorra--, pero los conserva para compartir
con ellos la inaplazable ocupación de rolarla de noche. O de día, cuando la
noche se niega a terminarse y el alcohol sigue fluyendo a la que para los
demás es la hora de la comida. |
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