El Filibusterismo
José Rizal
Los que han leído la primera parte de esta historia, se acordarán tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.
Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va a cazar ni a cortar árboles; como ha mejorado de fortuna sólo se dedica a hacer escobas.
Su hijo Tales (abreviación de Telesforo) primero había trabajado como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero, más tarde, dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.
Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los confines del pueblo y que creía no pertenecían a nadie. Durante los trabajos de roturación y saneamiento, toda la familia, uno tras otro, enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor, la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron a la venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus trabajos creyéndose ya aplacado. Cuando iban a recoger los frutos de la primera cosecha, una corporación religiosa que tenía terrenos en el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando que se encontraban dentro de sus línderos, y para probarlo trató de plantar en el mismo momento sus jalones. El administrador de los religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad, una bicoca, veinte o treinta pesos.
Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y sumiso a los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un kawali como él decía, (para él los frailes eran vasijas de hierro, y él, de barro) tuvo la debilidad de ceder a semejante pretensión, pensando en que no sabía el castellano y no tenía con que para pagar abogados.
Por lo demás Tandang Selo le decía: Paciencia. Más has de gastar en un año pleiteando que si pagas en diez lo que exigen los padres blancos. ¡Hmh!, acaso te lo paguen ellos en misas. Haz como si esos treinta pesos los hubieses perdido en el juego, o se hubiesen caído en el agua tragándolos el caimán.
La cosecha fue buena, se vendió bien, y Tales pensó en construirse una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tiani, vecino de San Diego.
Pasó otro año, vino otra cosecha buena, y por este y aquel motivo los frailes se subieron el cánon a cincuenta pesos, que Tales pagó para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.
Paciencia. Haz cuenta como si el caimán hubiese crecido, decía consolándole el viejo Selo.
Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado, en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang, y el padre y el abuelo pensaron en dar alguna educación a los dos hermanos, sobre todo a la niña, a Juliana o Juli como la llamaban, que prometía ser agraciada y bonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.
Pero este sueño parecía destinado a no realizarse.
El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver a la familia prosperar poco a poco, fue nombrar cabeza de barangay al miembro que en ella más trabajaba; Tano, el hijo mayor sólo contaba catorce años. Se llamó pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un sombrero de fieltro y prepararse a hacer gastos. Para no reñir con el cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padrón, pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas y en los viajes a la cabecera.