El Filibusterismo
José Rizal

Capítulo III. Leyendas

Ich weiss nicht was soll es bedeuten
Dass ich so traurig bin.

Cuando el padre Florentino saludó a la pequeña sociedad, ya no reinaba el mal humor de las pasadas discusiones. Quizás influyeran en los ánimos las alegres casas del pueblo de Pasig, las copitas de jerez que habían tomado para prepararse o acaso la perspectiva de un buen almuerzo; sea una cosa u otra el caso es que reían y bromeaban, incluso el franciscano flaco, aunque sin hacer mucho ruido: su risas parecían muecas de moribundo.

Malos tiempos, malos tiempos, decía riendo el padre Sybila.

¡Vamos!, no diga usted eso, vicerrector, contestaba el canónigo Irene empujando la silla en que aquel se sentaba; en Hong Kong hacen ustedes negocio redondo y construyen cada finca... ¡vaya!

¡Tate, tate!, contestaba; ustedes no ven nuestros gastos, y los inquilinos de nuestras haciendas empiezan a discutir...

¡Ea, basta de quejas, puñales, porque si no me pondré a llorar!, gritó alegremente el padre Camorra. Nosotros no nos quejamos y no tenemos ni haciendas, ni bancos. Y sepan que mis indios empiezan a regatear los derechos y me andan con tarifas. Miren que citarme a mí tarifas ahora, y nada menos que del arzobispo don Basilio Sancho, ¡puñales!, como si de entonces acá no hubiesen subido los precios de los artículos. ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué un bautizo ha de ser menos que una gallina? Pero yo me hago el sueco, cobro lo que puedo y no me quejo nunca. Nosotros no somos codiciosos, ¿verdad, usted, padre Salví?

En aquel momento apareció por la escotilla la cabeza de Simoun.

Pero, ¿dónde se ha metido usted?, le gritó don Custodio que se había olvidado ya por completo del disgusto. Se perdió usted lo más bonito del viaje.

¡Psh!, contestó Simoun acabando de subir; he visto ya tantos ríos y tantos paisajes que solo me interesan los que recuerdan leyendas.

Pues leyendas, algunas tiene el Pasig, contestó el capitán que no le gustaba que le despreciasen el río por donde navegaba y ganaba su vida; tiene usted la de Malapad-na-bató, roca sagrada antes de la llegada de los españoles como habitación de los espíritus; después, destruida la superstición y profanada la roca, convirtiose en nido de tulisanes desde cuya cima apresaban fácilmente a las pobres bankas que tenían a la vez que luchar contra la corriente y contra los hombres. Más tarde, en nuestros tiempos, a pesar del hombre que ha puesto en ella la mano, menciona tal o cual historia de banka volcada y si yo al doblarla no anduviese con mis seis sentidos, me estrellaría contra sus costados. Tiene usted otra leyenda, la de la cueva de doña Jerónima que el padre Florentino se lo podrá a usted contar.

Todo el mundo la sabe, observó el padre Sibyla desdeñoso.

Pero ni Simoun, ni Ben Zayb, ni el padre Irene, ni el padre Camorra la sabían y pidieron el cuento unos por guasa y otros por verdadera curiosidad. El clérigo, adoptando el mismo tono guasón con que algunos se lo pedían, como una aya cuenta un cuento a los niños, dijo: Pues érase un estudiante que había dado palabra de casamiento a una joven de su país, y de la que al parecer no se volvió a acordar.

¡Bonita leyenda!, dijo Ben Zayb; voy a escribir una artículo. Es sentimental.

Movimiento de asombro en padre Sibyla, quien vio al padre Salví estremecerse y mirar de reojo hacia Simoun.

Porque no es nada galante, continuó Simoun con la mayor naturalidad; dar una peña por morada a la que burlamos en sus esperanzas; no es nada religioso exponer así a las tentaciones, en una cueva, a orillas de un río; huele algo a ninfas y a driadas. Habría sido más galante, más piadoso, más romántico, más en conformidad con los usos de este país encerrarla en Santa Clara como una nueva Heloisa, para visitarla y confortarla de cuando en cuando. ¿Qué dice usted?

Yo no puedo ni debo juzgar la conducta de los arzobispos, contestó el franciscano de mala gana.

Pero usted, que es el gobernador eclesiástico, el que está en lugar de nuestro arzobispo, ¿qué haría usted si tal caso le aconteciese?

El padre Salví se encogió de hombros, y añadió con calma: No vale la pena pensar en lo que no puede suceder. Pero puesto que se habla de leyendas, no se olviden ustedes de la más bella por ser la más verdadera, la del milagro de san Nicolás, las ruinas de cuyo templo habrán ustedes visto. Se la voy a contar al señor Simoun que no debe saberla. Parece que antes, el río como el lago, estaban infestados de caimanes, tan enormes y voraces que atacaban a las bankas y las hacían zozobrar de un coletazo. Cuentan nuestras crónicas que un día, un chino infiel que hasta entonces no había querido convertirse, pasaba por delante de la iglesia, cuando de repente el demonio se le presentó en forma de caimán, le volcó la banka para devorarle y llevarle al infierno. Inspirado por Dios, el chino invocó en el momento a san Nicolás, y al instante el caimán se convirtió en piedra. Los antiguos refieren que en su tiempo se podía reconocer muy bien al monstruo en los trozos de roca que de él quedaron; por mí puedo asegurar que todavía dintinguí claramente la cabeza, y a juzgar por ella el monstruo debió haber sido enorme.

¡Maravillosa!, ¡maravillosa leyenda!, exclamó Ben Zayb; y se presta para un artículo. La descripción del monstruo, el terror del chino, las aguas del río, los cañaverales. Y se presta para un estudio de religiones comparadas. Porque mire usted, un chino infiel invocar en medio del mayor peligro precisamente a un santo que solo debía conocer de oídas y en quien no creía. Aquí no reza el refrán de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo si me encontrase en la China y me viese en semejante apuro, primero invocaba al santo más desconocido del calendario que a Confucio o a Budha. Si esto es superioridad manifiesta del catolicismo o inconsistencia ilógica e inconsecuente de los cerebros de raza amarilla, el estudio profundo de la antropología lo podrá solamente dilucidar.

Y Ben Zayb había adoptado el tono de un catedrático y con el índice trazaba círculos en el aire admirándose de su imaginación, que sabía sacar de las cosas más insignificantes tantas alusiones y consecuencias. Y como viera a Simoun preocupado y creyese que meditaba sobre lo que acababa de decir, le preguntó en qué estaba pensando.

En dos cosas muy importantes, respondió Simoun; dos preguntas que puede usted añadir a su artículo. Primera, ¿qué habrá sido del diablo al verse de repente encerrado dentro de una piedra?, ¿se escapó?, ¿se quedó allí?, ¿quedose aplastado?; y segunda, si los animales petrificados que he visto yo en varios museos de Europa no habrán sido victimas de algún santo antidiluviano.

El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frente contra la punta del dedo índice como en señal de gran cavilación, que el padre Camorra contestó muy serio: ¡Quién sabe!, ¡quién sabe!

Y pues que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago, repuso el padre Sibyla; el capitán debe conocer muchas.

En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que se extendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico. Todos se sintieron impresionados. Delante se extendía el hermoso lago rodeado de verdes orillas y montañas azules como un espejo colosal con marco de esmeraldas y zafiros para mirarse en su luna el cielo. A la derecha se extendía la orilla baja, formando senos con graciosas curvas, y allá a lo lejos, medio borrado, el gancho del Sugay; delante y en el fondo se levanta el Makiling magestuoso, imponente, coronado de ligeras nubes; y a la izquierda la isla de Talim, el Susong dalaga, con las mórbidas ondulaciones que le han valido su nombre.

Una brisa fresca rizaba dulcemente la extensa superficie.

A propósito, capitán, dijo Ben Zayb volviéndose; ¿sabe usted en qué parte del lago fue muerto un tal Guevara, Navarra o Ibarra?

Todos miraron al capitán menos Simoun, que volvió la cabeza a otra parte como para buscar algo en la orilla.

¡Ay, sí!, dijo doña Victorina; ¿dónde, capitán?, ¿habrá dejado huellas en el agua?

El buen señor guiñó varias veces, prueba de que estaba muy contrariado; pero, viendo la súplica en los ojos de todos, se adelantó algunos pasos a proa y escudriñó la orilla.

Miren ustedes allá, dijo en voz apenas perceptible, después de asegurarse de que no había personas extrañas; según el cabo que organizó la persecución, Ibarra, al verse cercado, se arrojó de la banka allí cerca del Kinabutasan y, nadando y nadando entre dos aguas, atravesó toda esa distancia de más de dos millas, saludado por las balas cada vez que sacaba la cabeza para respirar. Más allá fue donde perdieron su traza y un poco más lejos, cerca de la orilla, descubrieron algo como color de sangre... Y, ¡precisamente hoy hace trece años!, día por día, que esto ha sucedido.

¿De manera que su cadáver... ?, preguntó Ben Zayb.

Se vino a reunir con el de su padre, contestó el padre Sibyla; ¿no era también otro filibustero?, padre Salví.

Eso sí que son entierros baratos, padre Camorra, ¿eh?, dijo Ben Zayb.

Siempre he dicho yo que son filibusteros lo que no pagan entierros pomposos, contestó el aludido riendo con la mayor alegría.

¿Pero qué le pasa a usted, señor Simoun?, preguntó Ben Zayb viendo al joyero inmóvil y meditabundo. ¿Está usted mareado, usted, viajero?, y en una gota de agua como esta.

Es que le diré a usted, contestó el capitán que había concluido por profesar cariño a todos aquellos sitios; no llame usted a esto gota de agua: es más grande que cualquier lago de Suiza y que todos los de España juntos; marinos viejos he visto yo que se marearon aquí.


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