A las ocho del día en
febrero
aún es de noche.
Subimos a este tren algunos hombres
por motivos
diversos.
No hay aún luz en los vagones, sólo
oscuridad y
aliento.
No nos vemos los rostros pero sentimos
la compañía y
el silencio.
En el andén estalla la campana.
Nos sobresalta la crueldad de un silbido.
El tren arranca. Todo vuelve
a su antiguo sentido.
Nos dan la luz amarillenta y floja.
Salimos
de la oscuridad como del sueño:
torpemente
vivos.
Y ahora empezaremos a mirarnos
como hombres distintos:
amaríamos a éste, pero a aquél
nunca le amaríamos.
Sin embargo, la luz debiera ser
quien nos hiciese
amigos.
Éste es un tren de campesinos viejos
y de mineros
jóvenes.
Se ve algo que une
más que la sangre y la amistad.
Es una cosa del cuerpo y del alma.
Es grande y dolorosa.
Pero se está haciendo de día.
Ahora ya se puede ver la tierra
oscura bajo el hielo.
Es
hermosa la tierra en febrero.
Vemos los montes todavía en sombra,
los robles, del
mismo color del monte,
la yerba vieja sepultada en
escarcha
y, sobre lomas, las tierras de trabajo:
cada
surco endurecido por el río
como la resistencia de los
pobres.
Rectos y oscuros, los chopos
llenan de serenidad las
riberas
y, cerca de ellos, bajo el pueblo, el río
desciende azul y lleno de soledad.
Cruzan los pueblos de sonido humilde
—Pardavé, Pedrún,
Matueca—;
las casas montan las paredes tristes
sobre
el espacio de las huertas;
vemos las calles en silencio,
vemos
la iglesia muda y las cerradas puertas.
Esto es un pueblo; se construye a base
de paciencia y
tierra.
Cuando bajo del tren, siento frío
en medio de tanta
verdad,
y ya entiendo, sin pensar, muchas cosas.
Comprendo, por ejemplo,
la belleza de España.
España es también una tierra,
pero una tierra sólo no
es un país;
un país es la tierra y sus hombres.
Y un país sólo no es una patria;
una patria es,
amigos, un país con justicia.



