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. “Mística Ciudad de Dios” CAPÍTULO XIV EL TRIUNFO DE UNA NOBLE CAUSA << La definición dogmática de la Inmaculada (8/12/1854) Una nueva coyuntura histórica << A la muerte de Pío VI la Causa de la M. Ágreda era como un sepulcro cerrado y sellado. En su interior yacían dos cadáveres: el intento de llegar a la definición dogmática de la Inmaculada, y la beatificación de Sor María. Eran los dos grandes proyectos que había acariciado Clemente XIV. Para el Papa franciscano, se trataba de dos fases sucesivas de un mismo plan de conjunto. La glorificación de la M. Ágreda sería la gran preparación para el dogma mariano. Este plan quería – ante todo – hacer justicia a la memoria de la M. Ágreda. Tras esto vendría el dogma inmaculista. Aquel doble proyecto sufrió un colapso completo. La causa fue condenada a perpetuo silencio y la definición del dogma de la Inmaculada quedó postergada para tiempos más favorables. Las actuaciones de Pío VI confirmaron el funesto decreto de silencio, y la causa pareció arrumbada para siempre al mundo de los proyectos imposibles. Pero la historia estaba trabajando en favor de un vuelco completo de las circunstancias político–sociales que propiciaron el decreto del silencio. En el pontificado de Pío VI sobrevino el mayor cambio político que había tenido lugar en Europa después de la caída del Imperio Romano. Fue la Revolución Francesa de 1789. La política europea cambió completamente de rumbo. Muchas preocupaciones del siglo XVIII perdieron sentido y actualidad, y las cortes europeas que tanto interés mostraron por la supresión de la Compañía, por la condenación de la M. Ágreda, y se resistieron a la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, sucumbieron. En el interior de la Iglesia, muchas cosas cambiaron también en forma irreversible. La causa de la M. Ágreda cayó en el olvido, y el sueño de la definición dogmática de la Inmaculada, se desvaneció. En la sociedad civil surgió un orden nuevo, aunque no mejoraron las condiciones de la Iglesia. Pero bajo la ceniza de las ruinas históricas, ardía el rescoldo de la piedad inmaculista. En el desconcierto universal que siguió a la revolución francesa y el imperio de Napoleón, un insignificante suceso vino a suscitar un interés nuevo por la Inmaculada. Fueron las apariciones de la Virgen Milagrosa en 1830. En el anverso de la medalla se leía en torno a la Virgen una jaculatoria totalmente inmaculista: “¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos!”. Aquel insignificante suceso del orden de las revelaciones privadas encendió en la Iglesia un nuevo fervor inmaculista El año 1846 era elegido Papa Pío IX. Al poco de su elección – en 1848 – sobrevino la terrible crisis de gobierno de los Estados Pontificios provocada por el asesinato del Presidente de Consejo, Rossi, y la proclamación de la República Romana. El Papa hubo de huir a Gaeta. Pocas veces habían sufrido los Estados Pontificios una crisis tan grave. En esta ocasión, y ante una catástrofe tan enorme, el Papa pensó en recurrir a la Virgen prometiéndole proceder a la definición de la Concepción Inmaculada si se recuperaba la paz. En 1850 pudo volver el Papa a Roma, y no echó en olvido sus promesas. Una vez que Pío IX decidió proceder a la definición, las cosas se aceleraron. En 1848 formó dos comisiones – una de teólogos y otra de cardenales – con vistas a la definición. Debían estudiar la posibilidad de la definición, y los términos en que se había de formular el nuevo dogma. Antonio Rosmini aconsejó al Papa realizara una encuesta a todo el episcopado. En 1849 Pío IX dirigió a toda la Iglesia su encíclica Ubi primum proponiendo a los obispos expresaran su opinión al respecto. La respuesta fue plebiscitaria. De 603 obispos, 546 eran favorables. Con esto empezó ya en serio la preparación inmediata. Se hicieron nada menos que ocho redacciones de la bula definitoria. La M. Ágreda y la definición de la Inmaculada << Entre los monarcas europeos, los reyes de España fueron los que más se distinguieron por su interés imnaculista. Y entre todos ellos, descolló Felipe IV. Siguiendo el ejemplo y las consignas de su padre, realizó numerosas gestiones diplomáticas, y elevó innumerables peticiones e instancias a la Santa Sede solicitando la definición de la Inmaculada. Durante sus más de cuarenta años de reinado, insistió ante los Papas Gregorio XV, Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII, en su pretensión inmaculista 2 Y aun cuando murió sin ver coronados con el éxito sus grandes e innumerables esfuerzos, tuvo, con todo, la satisfacción de ver superados algunos muy graves obstáculos que se oponían a la definición dogmática de este misterio. No se puede olvidar entre otros méritos la obtención de la importante clarificación del sentido teológico exacto de la fiesta de la Inmaculada Concepción procurada el 8 de diciembre de 1661 por Alejandro VII en su Bula Sollicitudo omnium Ecclesiarum. Y en esta empresa, la M. Ágreda y el Rey trabajaban de consuno. La correspondencia entre Felipe IV y Sor María de Jesús nos muestra con toda claridad esta íntima colaboración y el fervor y entusiasmo con que la Madre Ágreda se sumó a los esfuerzos del monarca español. En efecto, no eran menos ardientes que los de su Soberano, los deseos de Sor María, para de que la Santa Sede definiera como dogma de fe el misterio de la Inmaculada Concepción. Ella era quien animaba y sostenía al Rey en sus piadosos deseos. Las actuaciones de Sor María desde la clausura concepcionista de Ágreda están tan íntimamente ligadas a las de su Soberano, que no es posible separarlas a la hora de evocar esta esplendorosa etapa histórica de la piedad católica. Permítasenos recordar algunos datos históricos que confirman la eficaz interacción entre el Soberano y la monja agredeña. El 15 de noviembre de 1644 escribía el Rey a Sor María de Jesús: “Con la elección del nuevo Pontífice ha llegado el caso de hablar en el punto de la definición de la Concepción Purísima de Ntra. Sra. y no penséis que me he descuidado en esto, pues están ajustados los papeles por las personas más doctas de estos reynos, y el embajador que envío a dar la obediencia a Su. Sd., lleva muy encargado tratar vivamente desta materia, y de mi parte se harán todos los esfuerzos que fuere posible por conseguir lo que tanto deseo; que si yo tuviera la dicha de ser medio para hacer este servicio a Ntra. Señora, viviera y muriera con el mayor consuelo del mundo; y ofrezco de muy buena gana a sus pies mi vida, si con ella se hubiera de conseguir esta dicha; que aunque he sido y soy malo, siempre he tenido particular devoción con la Reyna del cielo; y espero que por su medio e intercesión he de conseguir la salvación de mi alma, el acierto en el gobierno destos Reinos y la paz y quietud de la Cristiandad”. A esta carta del rey responde Sor María en los siguientes términos: “Muy poderoso espero ha de ser para todo el asentar la difinición de el misterio de la Concepción de la Reyna del cielo, y mi alma ha recibido singular alegría sabiendo que V. Mad., toma por su cuenta ese grande servicio y gloria de la piadosísima Señora, con tanta devoción y veras. Yo creo, sin duda, que la misma Reyna granjeará para V. Md. esta dicha, reservándole ella otras muchas, y la mayor de todas que es la salvación; y si esto y mis ruegos pueden aumentar la devoción y fe con la Madre de la gracia, suplico a Va. Mad. no la limite por ningún suceso; y no parece ocioso el haberse ajustado este año los papeles tan oportunamente para esta ocasión”. El Rey proseguía sus intentos en favor de la definición, y daba cuenta de sus gestiones a Sor María: “para que veáis en la forma en que escribí a Su Santidad sobre el punto de su Purísima Concepción, os envío esa copia de la carta que le escribí, que me la volveréis en viéndola. Hasta ahora no he tenido respuesta, pero de mi parte se hará todo lo posible para conseguir tan gran bien” 6 A esta carta contesta Sor María el 22 de mayo 1645: “Héme consolado sumamente de haber leído la copia de la carta que V. M. ha enviado a Su Santidad, y tal efecto, y devoción como en ella muestra V. M. no puedo creer se ha de quedar sin grande premio, solicitado por esta gran Reina; y por lo que estimo y amo a V. M., me alegro que la procure tener tan propicia, pues por su mano han recibido sus devotos tantas prosperidades en lo divino y humano”. El 23 de junio de 1646 vuelve el Rey sobre el tema inmaculista: “He tenido respuesta de Roma sobre el punto de la Purísima Concepción, y me dicen que el Papa oyó con mucho gusto mi carta y que le mostró en tratar de tan justa y santa obra; plegue a Dios que la inquietud de la Cristiandad no le impida tratar con veras de la definición de este misterio; de mi parte se solicitará lo posible, pues es cierto lo deseo más que la propia vida”. A esta carta contesta alborozada Sor María el 2 de julio de 1646: “Grandemente me ha consolado que Su Santidad haya hecho tan buena acogida a la devoción y piedad de y. M. en el punto de la Inmaculada Concepción de María santísima, y fío que esta gran Reina se dará por muy servida de que se tratase la definición de este misterio, y la Cristiandad lo conocería en sus beneficios. V. M. es el instrumento de su santa voluntad en esta causa, y en ella suplico a V. M. extienda su santo y piadoso celo hasta donde fuera posible, que nada se quedará sin abundantísimo premio”. No pasaban los años sin que el Rey multiplicara sus iniciativas inmaculistas. En carta de 30 de diciembre de 1652, escribía a Sor María: “Muy viva anda estos días aquella devoción de la Concepción Purísima de nuestra Señora, pues estando juntos los capítulos de las tres Ordenes Militares, han hecho juramento y voto de defender la pureza de su Purísima e Inmaculada Concepción; yo hice y le hizo en mi capilla y presencia la de Santiago. Espero que éste ha de ser el medio más poderoso para que su bendito Hijo nos ayude en las ocasiones presentes”. A las palabras del rey respondía Sor María el 7 de febrero de 1653: “El ser creyentes y observantes de la ley a todos nos compete y obliga, pero el solicitar la devoción a la Purísima Concepción y que este misterio se defina, a V. M. Yo le suplico que la potestad real que el Muy Alto ha dado a y. M., la emplee en tan grande y devota empresa” El 17 de septiembre de 1655 Sor María anima al Rey a continuar sus esfuerzos en favor de la Inmaculada: “Cuando se quieren ofrecer dones a Personas Reales, siempre se atiende a que la salvilla sea preciosa y de buen gusto: la del afecto y corazón de Va. Md. contrito y humillado será muy aceptable a la divina Reina, y que Va. Md. interponga su autoridad y potencia en procurar la difinición de fa Purísima Concepción por fe de la Madre de Dios, pues en orden a sí misma, es la mayor honra que se le puede dar; pues Va. Md. escribió a nro. muy Santo Padre Inocencio X para este fin, sería bien repetir la misma diligencia con todo encarecimiento al nuevo Pontífice Alejandro VII, y que Vuestra Majestad no desista de empresa tan gloriosa y digna de la piedad y devoción de Vuestra Majestad; de que se le seguirá el premio que contienen unas palabras del Eclesiástico a esta celestial Señora, que dicen: “El que me oyere no será confundido, y el que obrare en mí no pecará; quien me ilustrare alcanzará la vida eterna”. El Rey siente la satisfacción de haber tomado iniciativas importantes e informa de ello a su confidente concepcionista, el 28 de septiembre de 1655: “Y para que veáis cuán presente tengo esta materia de la Concepción, os diré que ha algunos años que tengo formada una junta de los sujetos más graves desta Corte, en que se va tratando y ajustando todo lo que parece conveniente para adelantar este santo negocio; que tengo nombrado por embajador al Papa, al Obispo de Cádiz, sólo para esta materia, el cual llevará mi carta e instrucciones muy copiosas para adelantarla cuanto fuere posible, y que no se omitirá diligencia alguna que fuere necesaria para llegar ver tan feliz y deseado día en toda la Cristiandad” I3 La M. Ágreda corresponde con idénticos sentimientos de gozo el 8 de octubre de 1655: “Gozosa y consolada me deja la carta de Vuestra Majestad y ver en ella que comenzase en tan tierna edad y se haya continuado siempre la devoción de la gran Reyna del cielo, que el piadoso y católico corazón de Vuestra Majestad se incline con tantas veras a solicitar la difinición de la Purísima Concepción de la Madre de Dios. Eminente ocupación que dará hermosísimos lustres a la Corona de Vuestra Majestad, preciosa oferta al Ser de Dios y agradable don para la Emperatriz de las alturas; y medio poderosísimo para obligarla a que nos solicite misericordia como Madre de ella, y nos alcance la paz destos reinos, pues es el arco del cielo que la anuncia, pide y consigue; y disponiendo Vuestra Majestad la salvilla con confesión y comunión, admitido será el don, que el corazón contrito y humillado Dios no le desprecia. De grande importancia y utilidad será para la difinición del misterio la junta que, con prudente acuerdo, hizo Vuestra Majestad de los sujetos graves y doctos para que pusieran en forma los motivos y causas más probables para esta materia; y llevándolas el Obispo de Cádiz con la carta de Vuestra Majestad y instrucciones tan copiosas, nos podemos prometer hallarán buena acogida en nuestro santo padre Alejandro para la más acertada determinación, y por lo menos el piadoso proceder de Vuestra Majestad no se quedará sin liberal premio. Con mis pobres oraciones, clamores y ejercicios, y los desta comunidad, acompañaré a las diligencias de Vuestra Majestad para suplicar al Altísimo incline el afecto de Su Santidad a tan grandiosa determinación de gozo para el cielo y alegría de la tierra, útil para la santa Iglesia y de honor a la Corona de Vuestra Majestad; y por lo que estimo y amo la real persona de Vuestra Majestad deseo sea viviendo Vuestra Majestad”. Felipe IV comunicaba a Sor María en carta de 28 de mayo de 1660, que se habían ajustado las paces entre Francia y España, y que dentro de pocos días entregaba a su hija María Teresa por esposa a Luís XIV, Rey de Francia. He aquí lo que Sor María escribía al Rey el 22 de junio de 1660, contestando a la carta que acabamos de citar: “Señor mío, muchos años ha que he deseado tres cosas con grande anhelo y conato, y he pedido al Altísimo que yo las viese ejecutadas antes de morirme. Son, la primera, que la Corona de V. M., tomase por patrona y protectora a la Reina del cielo; la segunda, que se ajustasen las paces entre Francia y España; la tercera, que se definiese por artículo de fe la Purísima Concepción. Las dos cosas, ya por la bondad de Dios las veo cumplidas, de que doy a Su Divina Majestad repetidas gracias; falta la tercera, de la Concepción de María santísima. Suplico a V. M. me avise qué estado tiene esta materia, y si le parece a V. M. que ejecute un deseo que repetidas veces he tenido de escribir a Su Santidad, como lo hice para las paces, que es voluntad de Dios que se defina por artículo de fe este misterio de la Inmaculada Concepción. El reconocerme pobre mujer e inútil instrumento me acobarda. Haré lo que V. M. me mandare. Prospere el Altísimo a V. M. felices años”. Semanas después el 6 de julio siguiente escribía el Rey a Sor María: “A propósito, sobre el negocio de la Concepción ha días que no tengo cartas, pero en las postreras que recibí me dan muy pocas esperanzas de que el negocio tenga buen fin, según los dictámenes que corren por allá; pero no vamos a perder en que escribáis a S. S. como de motu proprio vuestro y sin dar a entender que es con mi noticia; veamos si como habéis visto ejecutado el patronazgo y la paz, veis también la difinición de fe de este santo misterio, lo cual permita Dios que sea así para mayor gloria suya y de su Madre santísima”. La gestión de Felipe IV ante Alejandro VII de que se acaba de hablar en estas últimas cartas iba orientada a la definición oficial del objeto de la fiesta de la Concepción que se celebraba el 8 de diciembre. El 8 de diciembre de 1661 declaraba Alejandro VII en su Bula “Sollicitudo omnium Ecclesiarum” que dicho objeto no era sólo la Santificación de María santísima, sino su Concepción en gracia. Con ocasión de esta declaración de Alejandro VII, escribía el Rey a Sor María, el 9 de enero de 1662: “Estoy contentísimo de la Bula que el Papa nos ha concedido sobre la Purísima Concepción de Nuestra Señora, pues todos dicen que es la más favorable que se ha expedido, de que he dado infinitas gracias a su bendito Hijo, y espero que hemos de ver muy adelante este negocio santo:’7. Desde Ágreda responde Sor María de Jesús a la carta y el 11 de marzo de 1662 le escribe: “Señor mío de mi alma, con razón está V. M. tan gozoso con la Bula que 5. S. ha concedido con el favor y aprobación del misterio de la Inmaculada Concepción, por ser en honra y magnificencia de la gran Reina del cielo, y porque y. M. ha sido motivo y medio para conseguir la Bula, de que doy repetidas gracias al Señor y a V. M. afectuosas enhorabuenas. Quiera Dios por su bondad que veamos definido por fe este misterio. En nuestra comunidad hemos celebrado grande fiesta en hacimiento de gracias y tuvimos el Santísimo Sacramento descubierto”. En respuesta, el Rey escribía el 3 de abril siguiente a Sor María: “Creo muy bien la devoción y solemnidad con que habéis celebrado la fiesta de la Concepción; permita Dios que se celebre presto la definición de este santo misterio, aunque ha sido necesario vencer grandes dificultades para la Bula que ha salido”. Tres años más tarde morían Sor María de Jesús y Felipe IV: la primera, el 24 de mayo de 1665 y el Rey, el 17 de septiembre del mismo año. Tanto Felipe IV como Sor María bajaban al sepulcro sin haber visto realizado lo que con tantos anhelos y ansias habían deseado durante toda su vida: la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María. No es únicamente en las cartas al Rey donde la M. Ágreda aparece interesada en poner todos sus esfuerzos en promover la causa de la definición inmaculista. En varios escritos menores expresa la concepcionista los mismos sentimientos. He aquí algunos pasajes significativos: En Suspiros del alma, entre las intenciones con que ha de practicar sus obras señala la siguiente: “Porque la Virgen María santísima sea conocida en todas las naciones y amada de todas las criaturas, y su limpia Concepción definida por fe”. La misma inspiración inmaculista anima a Conciertos y Capitulaciones. Una de las intenciones al practicar sus obras es como sigue: “Porque la Reyna del cielo sea conocida, amada y ensalzada por Madre de Dios de todas las generaciones; porque su pura Concepción sea definida por fe; porque yo acabe e escribir su santísima vida, según voluntad y agrado de Dios; porque yo la ame, obedezca, sirva y imite perfectamente”. En Protestación pública de petición y concordia escribe: “Y señaladamente ordenamos nuestros deseos y peticiones, para que vuestra maternal clemencia mueva el corazón de nuestros católicos reyes Felipe y Mariana, para que os reciban por patrona y protectora de toda su corona... y procuren la definición del misterio de vuestra Inmaculada Concepción, y que la Santa Silla apostólica quiera y lo determine para gloria vuestra y universal consuelo de la Iglesia santa”. En Sucesos que me han pasado este año de 1656, la Madre nana una visión que tuvo el año 1656 y entre otras cosas escribe: “Previniéronme para la celebración que en el cielo se hacía del misterio de la Purísima Concepción; que allí como se estaba a la vista del ser de Dios, se conocía claro la verdad de este misterio, que en la tierra se ignoraba. Reparé y dije, que porque no disponía Dios, que se supiese en la tierra infaliblemente, pues definiéndose se tuviera por evidente? Y conocí que en la voluntad divina estaba definido en el cielo, y quería se definiese en la tierra por el Vicario de Cristo; y que los pecados del mundo lo impedían porque era tan gran favor que en la Iglesia santa se determinase por fe este misterio, y medio único para su remedio: y como irritada la justicia divina de lo que le ofenden, no se le da. Y cuando los pecados son grandes el mayor castigo es quitar los medios de la misericordia, y cegar a los hombres para que atinen con ellos”. En Letanía y Nombres misteriosos de la Reyna del cielo, una de las invocaciones que ocurre es como sigue: “Así, la santa Iglesia por verdad infalible determine tu limpia y pura Concepción”. En Protestación de la fe: “Confieso, juro y protesto fue concebida sin mancha de pecado original, y por esta verdad daré la vida: y en mi interior reverencio y creo como de fe este misterio, aunque en la Iglesia no está definido. Pido a Dios eterno lo haga por el bien que a la Iglesia santa se le ha de seguir”. En un Devocionario que escribió la V. Madre y la dedicó a su hermana Sor Jerónima de la Santísima Trinidad, entre las súplicas diarias que le recomienda encarecidamente, leemos la siguiente: “Por las Religiosas que se conserven y aumenten como columnas de la Iglesia, en particular la de nuestro Padre San Francisco que perseveren en la defensa de la Inmaculada Concepción, y que la Iglesia se defina por artículo de fe: esto te pido Altísimo, con verdad”. Si el rey Felipe IV fue el monarca católico que más trabajó por la definición de la Inmaculada, la M. Ágreda había sido su inspiradora, animadora y colaboradora. Lo que tanto había anhelado Sor María de Jesús y el Rey Felipe IV llegó en 1854. Aquella definición señaló el momento cumbre de toda la actuación de la M. Ágreda en favor de la Inmaculada. Ni el Monasterio por ella fundado, ni la MCD, habían tenido otra mira que la gloria de la Purísima Concepción de María. La frustración de su canonización afectaba sólo a su persona. El fracaso de la Causa era el fondo negro sobre el cual brillaba esplendoroso el triunfo de su misión cumplida. La definición dogmática en Ágreda << Hubo un lugar en el mundo donde la definición dogmática de la Inmaculada tuvo un sentido muy singular. Fue el Monasterio de las MM. Concepcionistas de Ágreda. Para las hijas de la M. Ágreda era el gran día, soñado largo tiempo por todas ellas. El Monasterio llevaba 236 años de existencia. Habían corrido 173 años desde que la MCD fuera puesta en el Índice. Hacía 78 años que pesaba sobre la Causa de la fundadora del Monasterio el decreto de silencio. A pesar de todo, la Comunidad había seguido creyendo en la misión de Sor María. Las hijas de la M. Ágreda habían dado una prueba heroica de sumisión a la Iglesia que había descalificado en forma tan inexplicable la obra mayor de su Madre. Benedicto XIV había pronosticado que si se condenaba a la MCD se seguiría en la Iglesia un conflicto parecido a la condenación del Jansenismo cuando la bula Unigenitus. El Papa no fue buen profeta. Ni los monarcas españoles, ni la orden franciscana dieron la menor muestra de rebeldía o desobediencia cuando se impuso el silencio perpetuo a la Causa. Si el Monasterio de Ágreda había sido el que más duramente sufrió el dolor del decreto de silencio, fue también el lugar del mundo donde el golpe de la suspensión de la Causa conoció la más dócil sumisión. Esta heroica reacción de las Concepcionistas de Ágreda – y devotos de Sor María de Jesús – ante las dolorosas decisiones romanas ha sido – tal vez – un ejemplo único en la historia. El 8 de diciembre de 1854 las monjas de Ágreda comprendieron el sentido profundo del gesto definitorio del B. Pío IX. Era el mejor reconocimiento de parte de la Iglesia, de la carismática misión inmaculista de Sor María, y de su MCD. Roma había sido la más persistente enemiga de la MCD. Pero Roma canceló esa dolorosa historia cuando Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada. El sobreseimiento del B. Inocencio Xl, la lectura impune de la MCD declarada por Alejandro VIII, y la extracción de la obra de la M. Ágreda del Índice por Clemente XI, habían sido unas parciales rehabilitaciones de la obra de la M. Ágreda. Mas la definición del dogma de la Inmaculada resultó la rehabilitación completa de la doctrina centra del la MCD sobre La Purísima Concepción de María. Del sepulcro donde yacían – tras el decreto de silencio de Clemente XIV – los huesos áridos de la Causa de beatificación de Sor María, y la definición de la Inmaculada, el 8 de diciembre de 1854 salió glorioso y triunfante el dogma inmaculista. La distancia temporal interpuesta por la Revolución Francesa entre los conflictos agredistas y la definición, había purificado el ambiente espiritual del mundo. El efecto más purificador consistió en que la Inmaculada Concepción apareció completamente desgajada de la causa de la M. Ágreda. Esto favoreció la proclamación del dogma. El 8 de diciembre de 1854 no hubo ni sombra de vinculación alguna agredista. En la gloria de la Inmaculada << Muchos personajes venerables de la historia habían contribuido – ciertamente – a preparar el día glorioso del dogma inmaculista. Una larga serie de papas beneméritos de la causa inmaculista como Sixto IV, S. Pío V, Clemente VIII, Paulo V, Gregorio XV, Alejandro VII, Clemente XI podían atribuirse su parte de gloria personal por haber contribuido el triunfo de la Purísima. Muchos santos y virtuosos doctores como Epifanio, Efrén, Sofronio, Germán de Constantinopla, Andrés de Creta, Juan Damasceno, Eadmero, Pedro Pascual, Guillermo de Ware, y Juan Escoto, habían contribuido, con sus predicaciones y sus escritos, a madurar la conciencia eclesial del nuevo dogma. En esta sucesión de grandes maestros marianos que habían fomentado la fe inmaculista, la M. Ágreda ocupa un privilegiado. Esta es una de sus glorias más puras. Sólo en el restringido y privado ámbito procesal, se escribieron textos impugnadores y acusadores contra su irreductible testimonio inmaculista. Nunca una publicación atacó a su persona o a su obra, hasta la censura de la Sorbona. Fue en Francia donde conoció Sor María de Jesús sus más acérrimos enemigos. Desde Francia la influencia antiagredista se extendió a Italia, como lo muestra el caso aislado de Luís A. Muratori entre los detractores italianos. También en Alemania, prendió la llama del antiagredismo. El erudito agustino E. Amort sometió la obra de Sor María de Jesús a una severa crítica. Sobre este fondo discretamente negativo, resalta con gloria esplendorosa la lista de personajes ilustres que prodigaran grandes elogios a su persona y a su obra. Ya los censores de la primera edición, el P. Mendo, S. 1, el P. Diego de Silva, OSB, y el Mons. Miguel Escartín tejieron los primeros elogios a la M. Ágreda. A ellos se unió bien pronto el P. Tirso González S. 1. Entre los purpurados de la misma Curia Romana, tuvo Sor María de Jesús entusiastas admiradores como el español José Sáez de Aguirre A ellos hay que añadir a los jesuitas P. Antonio Goyeneche y Felipe Aranda. El gran bibliófilo español Nicolás Antonio estampó también juicios de gran elogio para la M. Ágreda 32, el P. Pedro Mártir de Buenacasa, O. P., el abate Emery, el ilustre P. Próspero Guéranger, OSB el alemán Ganes, y otros. Mucho más importante fue la influencia ejercida por Sor María sobre algunas personalidades que descollaron en la Iglesia por su santidad. La gloria de la definición inmaculista transfiguró la imagen histórica de la M. Ágreda. La M. Ágreda había triunfado plenamente en su combate en pro de la Inmaculada. Tal vez pensó más de uno que el nuevo dogma era de por sí una suficiente rehabilitación histórica de Sor María, y no tenía interés alguno empeñarse en lograr su canonización. La orden franciscana se daba por satisfecha con la definición, y estaba ya demasiado cansada por las energías gastadas en favor de la empresa imposible de la beatificación de la M. Ágreda. Sin embargo, el dogma de la Inmaculada empezó a suscitar – milagrosamente – un nuevo interés por la beatificación de la M. Ágreda. El dogma de al Inmaculada puso en marcha un proceso de rehabilitación de la figura de Sor María de Jesús, lento, pero irreversible.
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