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. “Mística Ciudad de Dios” CAPÍTULO XIII LA LOSA SOBRE LA TUMBA << EL PONTIFICADO DE PÍO VI (1775–1799) Nuevas esperanzas << Hemos interrumpido la Historia de la Causa en el final de la vida de Clemente XIV cuando el embajador español le presenta un nuevo memorial para llegar a la definitiva aprobación de la MCD. La muerte de Clemente XIV impidió que aquella gestión tuviera resultado favorable. Apenas elegido el nuevo Papa Pío VI el 15 de febrero de 1775 se iniciaron las gestiones para hacer avanzar la Causa de la M. Ágreda. El mismo día de la elección papal Moñino se apresuró a presentarse a Pío VI para rendirle homenaje en nombre de su soberano el rey Carlos III de España. Aprovechó el momento para presentarle los intereses del rey en favor de la Causa de la Venerable Sor María. Antes de pasado un mes – según parece, el 17 de marzo – le expuso la súplica que le elevaba en nombre del Rey, del Arzobispo Eleta y de los Postuladores. Eran dos las gracias que le pedía: que entregase a los Postuladores el dictamen benedictino y nombrase una Congregación particular que, después de examinadas las respuestas de los Postuladores, dictase la resolución definitiva. Pío VI debió de acoger benignamente la súplica que se le elevaba. Pero bien pronto comenzó a surgir la oposición de los adversarios, quienes acudieron a todos los medios a su alcance para impedir que el asunto de la MCD volviera a replantearse, y que saliera del estado en que había quedado después del Decreto de 27 de abril de 1773. Seleccionemos algunos testimonios. En una carta de 22 de abril de 1775, el Ponente de la Causa, – Cardenal Albani – escribe al Canónigo Don Juan de Castillo 2 que el Papa no puede dedicarse a esta Causa, impedido como se halla por graves problemas de los comienzos de su gobierno. El 27.4.1775 Castillo escribe a Eleta que en la última audiencia que tuvo el Papa con Moñino le mostró a éste el consabido memorial y unos papeles que tenía dentro de él, sin decirle si eran favorables o contrarios. Si estos papeles – añade Castillo – son de Veterani, serán favorables a la Causa, pero si son del Promotor de la Fe, serán contrarios. El 11 de mayo de 1775 Castillo comunicaba a Eleta que la llegada del Ponente a Roma – el 2 de mayo – ha sido muy útil y necesaria para refutar los contrarios informes hechos al Papa; que el día siguiente que el Ministro del Rey presentó al Papa el consabido memorial, llamó al Promotor de la Fe; que el Promotor había informado al Papa en contra de la Causa, y consignado los dichos votos y el papel benedictino; que espera conocer el contenido del documento benedictino “por muy oculto que esté”; que el Promotor está fuera de Roma y regresará entre doce y catorce días; que “entretanto aquí es preciso trabajemos contra su injusta y “boloñesca oposición”. El P. Aguado comunica a Eleta en carta de 1 de junio de 1775 que ha oído que “mientras haya dominicos no saldrá la Causa”; que los cardenales Albani y Veterani son los que deberían ser escuchados por el Papa, pero que los que informan al Papa son los contrarios a la Causa. El 6 de julio de 1775, comunica el P. Aguado al P. Tadeo de Liévana que Moñino le ha dicho que el Papa saque sus dificultades del papel benedictino por sí mismo, sin fiarse de nadie, pero él sospecha que son otros los que están preparando las dificultades y que éstas no son las del “papel benedictino” y añade: “el Papa es de muy buena intención pero tira a dar gusto al Ministro”. Por lo que mira a la actitud personal de Pío VI, parece que el Papa había llegado a convencerse de que era necesario celebrar una nueva Congregación para decidir definitivamente este asunto. Es lo que se deduce de una carta que el 6 de julio de 1775 escribió Don Juan del Castillo al confesor del Rey, el Arzobispo Eleta. Alude en esta carta a la impresión que ha sacado el cardenal Albani de la última entrevista que ha tenido con el Papa dos días antes. La intervención directa de Carlos III << La oposición no cejaba en su empeño de disuadir al Papa de que entregase a los Postuladores el dictamen o juicio de Benedicto XIV, con el fin de que pudieran preparar sus satisfacciones o respuestas a los reparos de Benedicto XIV. Mucho menos cesaba en el empeño de impedir la celebración de una nueva Congregación para el examen de esta Causa. A su juicio, el asunto de la MCD y de la Beatificación de Sor María de Jesús habían quedado resueltos definitivamente, y sin posible apelación, en la Congregación de 27 de abril de 1773. Eleta en carta de 19 de julio de 1775 se queja de engaños, enredos, manejos siniestros y otros mil embrollos que siempre han ocurrido en esta Causa. Uno de estos manejos siniestros fue el rumor que se hizo correr en Roma por entonces: que los empeñados en la defensa de la Causa de la M. Ágreda eran el Arzobispo Eleta y los postuladores, y no precisamente el Rey Carlos III. Hasta se llegó a sospechar de la honradez y buena fe con que procedía en el asunto el mismo embajador de España Don José Moñino. El Arzobispo Eleta y los Postuladores llegaron a convencerse de que el asunto estaba completamente perdido si no intervenía directamente Carlos III escribiendo una carta personal a Pío VI. Y en este sentido orientaron todos sus esfuerzos los Postuladores. Finalmente Carlos III se resolvió a acudir directamente a Pío VI y lo hizo en la carta personal que le escribió el 7 de septiembre de 1779. Al mismo tiempo Carlos III encargó a su ministro D. Manuel Roda comunicase secretamente a Moñino que al entregar al Papa su carta de 7 de septiembre le informase que los verdaderos deseos y sentimientos del Rey no eran los que reflejaba aquella carta, sino que el Rey recibiría con igual disposición de ánimo la resolución definitiva que el Papa diese al asunto, fuese favorable o adversa. Moñino cumplió con toda fidelidad el encargo regio y al despedirse del Papa pidió a éste que de una vez “se feneciese esta causa, pues lo que más perjudicaba en ella era la conducta poco sincera y tortuosa que se había observado en Roma y producía malos efectos”. Las negativas << Pío VI escuchó con mucha complacencia cuanto Moñino acababa de comunicarle acerca de la disposición en que se hallaba el Rey, y prometió a Moñino escribir una carta a Carlos III exponiéndole las dificultades insuperables con que tropezaba para llevar a buen término esta Causa. El 23 de octubre de 1776 escribió Pío VI a Carlos III la carta que había prometido a Moñino. En ella le expone Pío VI las dificultades con que tropieza en la prosecución de esta Causa. Casi todas están tomadas del dictamen benedictino, a saber: que la Mística Ciudad de Dios contiene cosas nuevas y jamás oídas, contrarias al sentir común de la Iglesia y decisivas de algunas graves cuestiones que la Iglesia no ha decidido todavía y que está sacada de fuentes impuras, que han sido condenadas por la Iglesia desde hace muchos siglos. Insiste también en el valor de la censura de la Sorbona de París, a propósito de la cual se aduce también el testimonio del cardenal Aguirre, quien había afirmado que la censura de París era justificada si se aplicaba a la traducción francesa de la Mística Ciudad de Dios, hecha por el P. Croset. A toda esta serie de dificultades, tomadas del dictamen benedictino se añadía esta otra: que tampoco Clemente XIV quiso dar ninguna resolución definitiva a la cuestión de la MCD y que optó por dejarla en el estado en que se hallaba, si bien sin condenar la MCD como hubiera sido la consecuencia legítima de su Decreto de suspensión de esta Causa. No sabemos si la respuesta dada por Pío VI a Carlos III en su carta de 23 de octubre de 1776, satisfizo o no plenamente al Rey. Lo que sí nos consta es que no satisfizo en nada a los Postuladores de la Causa, pues en aquella carta no se hacía ninguna alusión a cuáles habían sido las intenciones de Benedicto XIV, para que no se aprobara, ni se condenara jamás la MCD. De aquí que los Postuladores volvieran a insistir en la misma petición que habían hecho ya hacía más de dos años: que se les entregara el dictamen benedictino para poder examinar sus reparos contra la MCD y preparar sus respuestas a los mismos, con el fin de que éstas pudieran ser examinadas por una Congregación particular designada para ello por el Papa. Tal es el origen de las dos nuevas instancias que fueron elevadas a Pío VI y que ahora pasamos a examinar. El estudio de estas dos nuevas y últimas instancias de los Postuladores nos interesa, no precisamente por los resultados que consiguieron los Postuladores, los cuales fueron absolutamente nulos, sino por las respuestas que recibieron. En estas respuestas, que son como un complemento de la respuesta dada a Carlos III, se vislumbran con bastante claridad cuáles fueron las verdaderas razones que movieron a Pío VI a dar por definitivamente terminada la discusión en torno a la “Mística Ciudad de Dios”. A la instancia que acabamos de mencionar, y cuyo resultado fue, como hemos visto, completamente nulo, siguieron de parte de los Postuladores otras dos; la primera el año 1777 y la segunda el año 1778. He aquí un brevísimo resumen de las mismas. En enero de 1777 los Postuladores prepararon en Madrid un Alegato para presentarlo a Pío VI”.Este Alegato Jurídico no es – en el fondo – sino una refundición del memorial que preparó Eleta para la instancia elevada el año 1775. Sus tres partes corresponden a las tres que vimos más arriba en el memorial de Eleta. Acentúa más la contradicción que hay en suspender la Causa y no condenar la MCD. Los Postuladores piden “sive pro justitia, sive pro gratia” al Papa que depute una Congregación especial que estudie el origen y la naturaleza del escrito benedictino; que se extraigan de él “los graves fundamentos” que aduce contra la MCD y sean comunicados a los Postuladores juntamente con las Animadversiones, y si las respuestas de los Postuladores satisfacen, sea aprobaba la obra, y si no, reprobada. El Alegato Jurídico fue presentado al Papa por el encargado de los negocios de España, Don José Nicolás de Azara, y el Papa respondió inmediatamente que ya no cabía hacer nada en el asunto. Los Postuladores añadían al final de su Alegato, que, si las respuestas de los postuladores no satisfacían plenamente a los reparos contenidos en el dictamen benedictino, se condenase la MCD. En orden a la petición hecha por los Postuladores al fin de su Alegato, a saber, que si las respuestas de los Postuladores no satisfacían plenamente a los reparos opuestos en el dictamen benedictino, se condenase la MCD, he aquí lo que escribía Azara a Don Manuel Roda el 17 de abril: “Su Santidad consideró mucho este punto de los escritos de dicha Venerable y me dijo que sin embargo de las qualificaciones referidas, era negocio muy serio el pasar a una prohibición absoluta por las controversias que han sufrido estos libros que, como todo el mundo sabe, han sido varias veces prohibidos y tolerados; y que los defensores de ellos eran gente un poco difícil de quietar. Por tanto, que era menester mucho tiento e ir despacio preparando poco a poco para materia”. Para completar la historia de las reclamaciones hechas contra la suspensión decretada el 27 de abril, añadiremos la tercera y última que intentó el Postulador de la Causa el año 1778. En esta ocasión se modificó la fórmula de la instancia en el sentido de que ya no se pedía la aprobación de la MCD, sino sólo la declaración de que la MCD no era obstáculo para la prosecución de la Causa de la Beatificación de la M. Ágreda. Sugirió, además, que en el Decreto de la concesión se podrían añadir las siguientes palabras: “Que no se entienda que la Santa Sede aprueba revelaciones, ni que al misterio de la Purísima Concepción se le da más aprobación que la que tiene por nuestra Madre la Santa Iglesia, sino que todo queda en el mismo ser y punto en que al parecer está, y que sólo se da curso a la Causa por dicho Decreto”. El encargado de presentar la súplica a Pío VI era el nuevo embajador de Carlos III Grimaldi. A éste advirtió el Postulador que fuese bien preparado para poder responder a las dificultades que sin duda alguna le había de oponer el Papa apoyándose en el dictamen benedictino”. Como era de prever, la respuesta de Pío VI fue absolutamente negativa. En ella se mencionan motivos que indujeron a Pío VI a dar por definitivamente resuelto este enojoso litigio, que había durado más de cuatro años. El nudo del problema << Las vicisitudes de la Causa en el pontificado de Pío VI ponen de manifiesto realidades que en aquel tiempo resultaban difíciles de comprender, especialmente para los Postuladores, para el embajador del rey, y para el mismo Carlos III. Se ha pensado que el nudo del problema estaba en las cuestiones de escuela que hubieran recibido un apoyo grandísimo con la aprobación de la MCD y la beatificación de la M. Ágreda. A esta explicación pueden aportar una apariencia de verdad las palabras que se atribuyen al mismo Pío VI, dichas a Grimaldi, y de las cuales se ha hablado ya. El lector se preguntará, sin duda: ¿qué discusiones peligrosas, relacionados “con el sistema de las respectivas escuelas” podía provocar la disertación benedictina? La respuesta resulta sencilla si se tienen en cuenta que una de las razones que aduce Benedicto XIV en su disertación para no aprobar la MCD es que muchos creerían, con razón, que la Iglesia habría decidido doctrinalmente contra la opinión, en algunas cuestiones que todavía estaban “sub judicio Ecclesiae”. Ha dado pie a estas cábalas el misterio que envolvió durante mucho tiempo al famoso Judicium de Benedicto XIV. A falta de documentación adecuada, se desató la imaginación, y se pensó en toda suerte de móviles partidistas. Buen indicio del malestar que provocaba la ignorancia del tenor verdadero de los papeles de Benedicto XIV son las indignadas palabras del arzobispo Eleta cuando reclamaba se diese a conocer el texto. Ahora que conocemos el contenido del documento benedictino, y conocemos también la argumentación de la Allegatio Juridica esgrimida para salvar la Causa de la M. Ágreda estamos en grado de emitir un juicio más sereno, y avanzar con más seguridad en un asunto tan vidrioso. Lo que los interesados en la aprobación de la MCD querían conocer era “el origen y la naturaleza” del documento benedictino: ¿era un decreto? ¿era un documento de mero alcance privado y personal de Benedicto XIV? Las protestas del Promotor de la Fe, de que se trataba de cuestiones de ortodoxia, no convencían a los Postuladores. Como hemos visto en el capítulo consagrado al pontificado de Benedicto XIV y su famoso Judicium, los argumentos fuertes del documento eran, ciertamente, de tipo dogmático: la irreformabilidad de las decisiones doctrinales del Santo Oficio, y la condenación de los apócrifos por el Papa San Gelasio I. Carece de interés preguntarse cuál era la autoridad jurídica del texto de Benedicto XIV. No se trata de saber si era un decreto o una mera opinión privada y personal. Era la autoridad máxima de que gozaba Benedicto XIV en materia de causas de beatificación y los trámites a seguir. En estos temas el Papa Lambertini era la mayor autoridad doctrinal que había tenido la Iglesia Católica. Y si el gran Papa creyó deber suyo apelar a toda su autoridad como experto en la materia para que no se llegase a una aprobación que consideraba de tan funestas consecuencias, era normal que ningún otro se atreviese a rectificar el veredicto de Benedicto XIV. Por esta razón, el camino para superar el terrible “impasse” en que dejó la Causa está en plantear las cosas en el mismo nivel en que él las planteó, que es lo que hemos hecho en los capítulos IX–X–XI. De no haber mediado el documento benedictino, tanto Clemente XIV como Pío VI, hubieran procedido sin reparo alguno a la aprobación de la MCD, y la beatificación de su autora. La revisión histórica de las bases en que se apoyaba aquel importante documento, quita la mayor parte de los impedimentos que retrasan todavía la reapertura de la Causa de la M. Ágreda. Con las intervenciones de Pío VI termina definitivamente la etapa primera de la Causa de Sor María de Jesús de Ágreda que comenzó en Tarazona en 1667. Aunque nada nuevo añaden las actuaciones de este Papa a cuanto ya lo hiciera su predecesor, en cierto sentido, su pontificado – en este punto concreto de la Causa de la M. Ágreda – es el epílogo de cuanto realizó su predecesor Clemente XIV. Una Causa tan rápidamente introducida a los dos años de la muerte de la Venerable en 1667, se vio entorpecida por obstáculos de una fuerza tan poderosa que no han bastado tres siglos de historia para superarlos. El Pontificado de Pío VI fue la losa sobre la tumba de la Causa de la M. Ágreda.
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