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. “Mística Ciudad de Dios” CAPÍTULO VII LA CONDENACIÓN DE LA MCD POR LA SORBONA << De Madrid a París, pasando por Roma << La intervención de la Inquisición de Madrid y del Santo, Oficio de Roma tuvieron como móvil secreto el rechazo de la MCD como obra de propaganda popular en favor de la creencia en la Inmaculada Concepción. La Sorbona lanzó su condena desde unos supuestos de matiz diferente. En París dominaba una fuerte oposición a la piedad mariana en general, y la condenación de la obra de la M. Ágreda en 1696 estuvo condicionada por un ambiente antimariano El drama de la condenación parisina de la M. Ágreda tenía cierta semejanza con otra condenación centrada en una mujer, y lanzada por la misma Facultad de Teología. Dos siglos y medio antes, la misma Universidad había condenado a Santa Juana de Arco como hereje, entregándola a la hoguera 2 En el caso de la M. Ágreda el motivo no era patriótico sino estrictamente teológico. La condena se centró en su obra mariológica. Y, como Santa Juana, también ella fue tratada como hereje. La traducción francesa de la MCD fue la ocasión que puso en marcha en París el proceso contra la monja española. Difundida dicha obra en España y Portugal, también Francia quiso tener su propia traducción. La llevó a cabo el conventual francés P. Tomás Croset. Sin esperar a la traducción completa de la obra en sus tres partes, rápidamente salió a la luz pública la parte primera, en Marsella a primeros de 1695. La publicación coincidió con un período turbulento del Catolicismo francés. El jansenismo – aunque había perdido su agresividad pública tras el llamado paso clementino de Clemente IX – seguía vivo y poderoso. Prueba de ello fue que dos años antes de la aparición de la MCD – 1693 – se publicó la segunda edición de la obra de Quesnel sobre el NT. El galicanismo estaba en su período más álgido desde que Alejandro VIII anuló el 30.1.1696 la famosa declaración de 1682. La opinión pública francesa estaba también fuertemente resentida contra algunos relevantes teólogos españoles contarios al galicanismo. Y el libro de la M. Ágreda venía de España. Esta situación un poco recalentada experimentó un punto de exasperación en 1695 con la condena de la obra mariológica de Baillet. La reacción no se hizo esperar de parte de la Facultad de Teología. Tan pronto como llegó a su conocimiento la noticia de la publicación de la MCD, el Síndico de la misma, Le Feu, la presentó a la Asamblea General el 2 de mayo de 1696. El efecto fue fulminante. Sin esperar a que se publicara el resto de la obra, la Facultad decidió intervenir sobre la ortodoxia de la obra. Había prisa en resarcirse de las humillaciones infligidas a la Facultad en materia mariológica, y la ocasión era buena para responder con un violento ataque a la tendencia mariológica opuesta. A la condenación, por Roma, de un libro minimalista francés en tema mariológico – Baillet – se respondió con la censura contra otro de tipo maximalista, la MCD, de procedencia española. Pero no parece que ninguno de tales hechos tuviera la suficiente fuerza como para provocar la censura. El documento ya citado del Santo Oficio, menciona un factor exterior que encendió peligrosamente la chispa. Fue la intervención de los maculistas, que quisieron desquitarse de la absolución de la Inquisición de Madrid, provocando una solemne condenación de la Facultad de Teología más prestigiosa de Europa. El resultado de esta inexplicable concentración de intereses opuestos fue que las iras de todos se centraron en la obra de una desconocida monja española. He aquí como se urdió la trama de esta penosa censura. En el acto mismo de la presentación, ya mencionada, de la MCD el 2 de mayo se nombró una comisión de sólo cuatro doctores para su examen X A ellos se unía el Síndico, y uno de los Decanos. Para su trabajo se les concedió un tiempo llamativamente breve de sólo dos meses. El 2 de julio presentaron a la Asamblea una lista de 60 proposiciones entresacadas de la obra, que luego se resumió en 19 artículos cada uno de los cuales llevaba la correspondiente censura. En esta sesión aparecieron claramente definidas las tendencias jansenistas de la Facultad de Teología. La actuación del Sr. Síndico suscitó desde el principio una fuerte oposición. En la sesión del 2 de julio en que se recogieron las conclusiones de la encuesta preliminar, se levantó una tempestad de protestas que puso en evidencia hasta qué punto las posiciones de los doctores eran irreductibles. Menudearon las sesiones en el verano, pero con duras protestas contra las irregularidades en que estaba incurriendo la gestión del asunto. Ante el cariz preocupante que tomaban las cosas, el Nuncio de París intervino para que la Facultad no se inmiscuyera en el tema de la MCD, que estaba en estudio ante la Inquisición romana” . A pesar de todo, el Síndico continuó su acción y presentó a la asamblea universitaria el texto definitivo El día señalado para las votaciones fue el 1 de octubre. La sesión resultó turbulenta. En el momento de proceder a las votaciones hubo incluso presiones y amenazas. Pero el texto se consideró aprobado en una apariencia de votación, y sin más fue hecho público El contenido de la censura << El planteamiento teológico de la Sorbona al condenar la MCD fue diferente del de la Inquisición de Madrid y de la censura de Roma. En Madrid se estudió en primer lugar la ortodoxia de la obra. Y, viendo que no había doctrinas contrarias a la fe y las costumbres, la declararon libre de error. Pero, conscientes de que la acusación principal se centraba en las revelaciones, orientaron hacia la discreción de espíritus el dictamen sobre la verdad de las mismas. La Censura Romana enfocó el tema desde le discernimiento del espíritu de la autora, pero dicho discernimiento lo intentó desde la ortodoxia de los contenidos. Por eso en el trabajo del censor romano hubo más de censura que de discernimiento. La Sorbona no atacó de frente el tema de las revelaciones. Después de los procesos de Madrid y de Roma, nada nuevo podía esgrimirse como dificultad teológica sobre la materia. Le interesaba más el carácter general de libro mariano maximalista cuya influencia había que neutralizar. Por eso, la Sorbona inició una metodología nueva, que podemos llamar de caricatura y descrédito de la MCD a base de una hermenéutica que exageraba los aspectos susceptibles de una lectura negativa. Se abría la censura con un Prefacio que se añadió a última hora. Es la pieza doctrinal más importante para comprender el verdadero trasfondo de las objeciones, y el espíritu que animaba a la Facultad de Teología en la tramitación de toda la Causa. Hay en él una parte tradicional que reafirma las verdades de fe sobre la Virgen, incluso un cierto tinte de piedad. Pero el espíritu nuevo que le anima aparece en la protesta contra el culto inmoderado, supersticioso y falso que la MCD pretende tributar a María. Las proposiciones censuradas se toman de los pasajes maximalistas de la MCD, leída con los criterios minimalistas de la Facultad, e interpretados con una clara voluntad de rechazo. Las proposiciones condenadas se estructuraban sobre una base de cuatro afirmaciones de tipo más general, que parecían los principios o enunciados fundamentales.: 1– La revelación de la MCD es un beneficio mayor que el de la Encarnación; II– Dios no man4festó a la primitiva Iglesia los misterios que se revelan en la MCD, porque los primeros fieles no eran capaces de recibirlos; III– Cristo no manifestó a los apóstoles en la Última Cena los misterios de la MCD, porque no eran capaces de recibirlos; IV– las revelaciones de la MCD no son opiniones o meras visiones, sino verdades constantes e infalibles. A estas proposiciones, se añadía una lista de 36 enunciados sin conexión interna. Las proposiciones recibieron – en conjunto – censuras severísimas: unas fueron consideradas falsas, otras temerarias, otras escandalosas; algunas como impías. La persona de la autora recibió unos ataques aún más violentos de los que recibiera en Roma. Se la acusó de impúdica, idólatra, pelagiana, luterana, desobediente a Dios. Se la recriminó de que en todas las páginas de su obra se había mostrado necia, impía, y digna de ser quemada viva. Se la trató de fautora de novedades, de favorable a los herejes, de contraria a la autoridad de la Iglesia, etc. A las 36 proposiciones secundarias se las calificó “Contra Eclesiasticae Regulae modestiam” (contrarias a la modestia eclesiástica) o que huelen a sueños de apócrifos. Como la censura se limitaba sólo a la Parte 1 de la obra, y además, dentro de esa misma parte creían encontrar otros errores, incluyeron una cláusula final de sospecha general para todo el resto del libro. Un cúmulo tal de reproches causa, ya de entrada, una impresión de algo excesivo que no cuadra con la imagen de una persona dotada de fama de santidad, cuya causa se estaba tratando con toda seriedad en Roma. Esto obliga a entrar con toda seriedad en el estudio del caso comenzando por la metodología utilizada en la selección y juicio crítico de las proposiciones agredanas. Y es aquí donde topamos con un hecho de la máxima importancia, pues condiciona a radice todo el montaje del proceso. En efecto, en lugar de atenerse al tenor estricto de las frases de la monja española, para dar el correspondiente juicio, se partió de una lectura interpretada de los textos. Con unas modificaciones casi imperceptibles, se ofrecían unos contenidos de alcance desorbitado e inadmisible. Veamos un par de ejemplos. La primera de las objeciones estaba formulada de la siguiente manera: La revelación de la MCD es un beneficio mayor que el de la Encarnación. Si la concepcionista española hubiera afirmado de veras una cosa semejante, no había duda de que era acreedora a una condenación inmediata. Pero la verdad es que esta proposición no se encuentra en la MCD. Se la había formulado modificando peligrosamente una afirmación de la Introducción de la MCD. Efectivamente, en MCD 1, 9 habla el Señor de las grandes mercedes hechas a la Humanidad; sobre todo, con la Encarnación. A esta misericordia, se añade otra muy grande con el don de la MCD. Ahora bien, la frase: “Ahora quiero hacerles otra (misericordia) muy grande”. (MCD, 1, n.9) se cambió en un beneficio mayor, mudando por completo el sentido de toda la afirmación. El resultado fue una afirmación de todo punto inaceptable. El segundo caso, es la afirmación cuarta: “Las revelaciones de la MCD no son opiniones o meras visiones, sino verdades ciertas e infalibles”. Esta proposición está dolosamente manipulada. La autora no estampó en su obra tal afirmación, sino que dijo algo literalmente parecido; y en un contexto y con un sentido bastante distinto. Estas formulaciones sesgadas y tendenciosas crearon la imagen que se ha impuesto hasta nuestros días de que la M. Ágreda es una autora que dogmatiza todas sus visiones, imponiendo al lector una sumisión de fe ciega a las mismas. El influjo de la Censura fue tan grande, que en Francia la mayoría de los que se han ocupado del tema, la aceptan sin más como justificada y doctrinalmente verdadera. Mucho más funesta resultó su influencia en Roma. La Sorbona gozaba allí de un crédito enorme, y la censura fue considerada como buena. Esta influencia es evidente en las censuras romanas de la MCD de los años 1734, 1747 y 1773. También Benedicto XIV tuvo en gran consideración la censura de la Sorbona, según veremos más adelante. La impresión general – acrítica – de todos estos autores fue que – si bien se dieron factores humanos indignos y no pocas irregularidades y manipulaciones en la tramitación de la causa – sin embargo, el juicio en sí era justo y verdadero. Y aquí estuvo el error. Mucho más dañinas para la persona de la M. Ágreda y su obra, eran las modificaciones interpretativas desviadas, que todas las irregularidades de tipo jurídico. Estas no afectaban ni a la persona ni a la obra de la Concepcionista, mientras que aquéllas dejaban irremediablemente manchada su fama. La recepción de la Censura << Las protestas se levantaron nada más promulgado el documento. La contestación comenzó en la misma Sorbona y en otras partes de Europa. España fue la nación que más en serio emprendió el ataque contra la censura. Del texto condenatorio y del proceso en que fue fraguado, no quedó aspecto que no recibiera su impugnación. Realmente, la tramitación de la Censura había funcionado mal desde el principio. Ya la decisión misma de iniciar la causa fue tachada de inaceptable, estando como estaba pendiente su estudio en Roma 24 Se contestó la legalidad de la comisión de cuatro doctores. Se le acusó de jansenismo y galicanismo. Los juicios contra la actuación llamativamente parcial del Síndico de la Facultad fueron implacables. Cada una de las actuaciones de la Comisión que actuó en el caso recibió su repulsa justificada. Se condenó el ambiente que envolvió toda la tramitación. Se recordaron las irregularidades incluso en el cómputo de votos. Había habido presiones y amenazas. Se descubrieron los móviles galicanos de la censura, incluso parece que se dieron algunas contaminaciones de tipo sociniano. En las sesiones se había atacado el hecho mismo de las revelaciones privadas. Las impugnaciones de la Censura se debieron a iniciativas privadas. Entre todas ellas, la batalla más fuerte a favor de la revisión de la censura, la encabezaron los Padre Falces y Sagredo OFM, Postuladores de la Causa. Es verdad que en las respuestas faltó cierta unidad de estratégica. Se incluían en las mismas con muy estrecho lazo tres cosas bien distintas: el proceso de la Sorbona, la beatificación de la M. Ágreda, y la definición del dogma de la Inmaculada. Esta mezcla de temas no favoreció nada a la clarificación de los problemas, y perjudicó mucho a la consecución del objetivo central que era la desautorización de la cesura como tal, en su vertiente doctrinal. Para conseguir los tres objetivos los Postuladores pusieron en movimiento los mejores resortes de que se disponía en España: la Real Junta de la Inmaculada Concepción, y la mediación del Cardenal Aguirre. Toda esta ofensiva tuvo – fuera de España – un efecto contrario. La propuesta de una anulación de la Censura dictada por la Sorbona provocó una reacción negativa, cuyo efecto más llamativo fue que en Francia se desatara una insólita ofensiva contra la M. Ágreda. Entre todas las naciones europeas fue en Francia donde los ataques contra la autora de la MCD fueron más furiosos y persistentes. Tomaron partido contra la concepcionista española autores del prestigio de Luís Elías du Pin, Nicolás Lenglet–Dufresno, Pedro de Bayle, Santiago Benigno Bossuet. Carlos II actuó eficazmente a través de una tupida red diplomática. Ante todo interesó en Roma al cardenal benedictino P. José Sáenz de Aguirre para que estudiara la doctrina de la MCD y viera si había en ella base para la censura de la Sorbona. El cardenal había seguido de cerca el desarrollo de las actuaciones de la Sorbona, y desaprobaba francamente la censura, por su contenido, y por las irregularidades de su tramitación, calificando a la censura de “dura y excesivamente rigurosa”. Ante la invitación del Rey de España, lo primero que hizo Aguirre fue examinar personalmente el contenido de la MCD. La impresión que le produjo aquella lectura fue francamente favorable El segundo paso consistió en defender ante el rey de Francia la causa de la Venerable. El rey de España Carlos II pidió al Cardenal interviniera ante Luís XIV. La primera providencia que toma el Cardenal fue enviar a los obispos de Francia el texto de una justificación de la MCD. El Cardenal comprendía muy bien que sería muy humillante para la Universidad de la Sorbona desdecirse de su dictamen. Por eso buscó una salida honrosa para el rey y para la misma Sorbona. Propuso la distinción entre el contenido mismo de la MCD y su traducción no siempre fiel. La censura estaba condicionada por el hecho de basarse en un texto no inmediato y directo, sino en una traducción. Si esa traducción no respondía exactamente al original de la MCD, la censura aparecía vulnerable y revisable. Con este sutil recurso se salvaban dos cosas: el honor de la Universidad, y la ortodoxia de la MCD. La resolución práctica que sugería al rey era que anulase la censura de la Sorbona. Tenía el Cardenal sus razones para aventurar la solución de la sutil distinción entre el original ortodoxo de la MCD en español, y la traducción incorrecta de la misma al francés. La fuerza principal se la daba la afirmación estampada en el Prefacio de la censura, de que el dictamen de la Facultad de Teología se basaba en la traducción francesa de la MCD. La segunda razón era más endeble. Se basaba en una cuestión de hecho, a saber: que la traducción del P. Croset no ofrecía un texto en todo fiel y exacto. Esta táctica de Aguirre de distinguir entre el original español, y la traducción francesa imperfecta, resultó imprudente. Era muy aventurado suponer que la Sorbona cediera en sus pretensiones condenatorias por algunas frases que no respondían al original español de la MCD. Quizá por esta misma debilidad de sus razones, el Cardenal proponía al rey de Francia una solución de fuerza: anular simplemente la censura. Esta desafortunada gestión del buen Cardenal tuvo unos resultados fatales. La distinción entre el contenido del original, y las deformaciones de la traducción era muy peligrosa. ¿Cómo demostrar que en el original no se contenían los errores condenados por la Sorbona, sino sólo en la traducción? La postura de Aguirre equivalía a admitir que, si las proposiciones estaban en el original, la MCD era herética. La reacción negativa de Francia << El Cardenal Aguirre cometió, en su buena intención de salvar a la M. Ágreda, dos errores de táctica. En primer lugar no captó la magnitud del esfuerzo que se pedía al rey de Francia para imponer a la Sorbona una revocación de la censura. En segundo lugar mezcló muy peligrosamente la rehabilitación de la M. Ágreda con la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. La corte real de Francia no tenía mucho interés en ninguna de las dos cosas. Unirlas ambas significaba una complicación sobreañadida. Digamos dos palabras sobre la implicación de ambas cuestiones. Aguirre estaba muy interesado en la definición de la Inmaculada Concepción cuando le llegó de Carlos II el encargo de defender la MCD contra la censura de la Sorbona. El Cardenal se entregó con ardor a la defensa de ambas causas 36 Pero había calculado mal las posibilidades de una salida airosa. En efecto, pronto se vio la precariedad de la política de Aguirre. El rey de Francia no cedió. Todas las gestiones del Cardenal Aguirre para obtener de Luís XIV la anulación de la censura de la Sorbona resultaron fallidas. He aquí cómo sucedieron las cosas. Cuando los reyes de Austria, Polonia y Portugal recurrieron al Papa para pedir la definición de la Inmaculada Concepción, el rey de España, Carlos II, se reservó la misión de escribir al rey de Francia, Luís XIV, para inducirle a hacer la misma petición al Papa. Al soberano francés no le agradó la propuesta, y se negó a apoyar la petición en favor del dogma de la Inmaculada Concepción Ciertamente no estaban los tiempos para definiciones dogmáticas. La misma suerte le cupo a la anulación de la censura de la Sorbona contra La MCD. También esta carta recibió una respuesta francamente negativa. Estaba dado el paso definitivo que frustraba la revisión del proceso de la Sorbona contra la MCD. La concepcionista española no tenía la misma suerte que Santa Juana de Arco cuando el rey Carlos VII, con la aprobación del Papa español Calixto III, ordenó la revisión de la condena de la santa. Tal vez había sido excesivo y poco diplomático pedir la anulación de la censura de la Sorbona. El hecho es que la Facultad de Teología no dio ningún paso atrás en su decisión condenatoria. La intervención del Cardenal Aguirre – tan benemérito en la causa de la MCD – al distinguir entre el original Español y la traducción francesa, había introducido en la controversia un elemento determinante que los censores romanos de épocas posteriores, y – sobre todo el Papa Benedicto XIV – utilizaron como una base teológica – aparentemente sólida – para mantener las dudas sobre la ortodoxia de la MCD. Lo que el Cardenal Aguirre no hizo fue desenmascarar las manipulaciones del sentido de ciertas frases de la MCD llevadas a cabo por la Censura. El sabio Cardenal no cayó en la cuenta de la manipulación hermenéutica del texto de la MCD llevada a cabo por al Censura. La peligrosa ambigüedad de Aguirre fue explotada luego por Benedicto XIV en la Carta–Decreto “Postulatum” de 16 de enero de 1748, y el Promotor de la Fe en su censura de 1773. Ambos documentos se basaron en las palabras del cardenal Aguirre a Bossuet, que imputaba la inconsistencia de la censura de la Sorbona a la deficiente fidelidad de la traducción francesa hecha por el P. Croset. Para dirimir la cuestión, se mandó hacer expresamente una traducción literal, y se vio que los puntos condenados por la Censura estaban sustancialmente concordes con el original español. No les pasó por la mente a los defensores de la M. Ágreda hacer un cotejo entre los textos verdaderos de la M. Ágreda, y las interpretaciones abusivas que de ellos se hacía en la Censura. Benedicto XIV aceptaría con ingenuidad todas las manipulaciones hermenéuticas realizadas por los teólogos de la Sorbona. Es de la máxima importancia histórica distinguir entre las irregularidades, que sólo afectaban a los aspectos jurídicos del proceso parisino, y los aspectos formalmente doctrinales de La Censura parisina. El fondo de la cuestión eran precisamente las cuestiones doctrinales. Allí las irregularidades eran más dañinas, pues se trataba de una formulación sesgada del pensamiento de la MCD. Que la traducción francesa fuera sustancialmente fiel al original español, era cosa suficientemente comprobada. Lo inaceptable de la Censura era la hermenéutica deformadora del texto, que hacía decir a la M. Ágreda cosas en las cuales jamás había pensado. Los diversos alegatos compuestos en España contra el texto de la Sorbona, atacaron esas manipulaciones, pero en la opinión pública produjeron más impacto las irregularidades jurídicas que las manipulaciones hermenéuticas difíciles de detectar. Esto creó un fatal estado de opinión según el cual, el proceso – en su gestión – fue irregular, pero la condenación que se pronunció en el mismo, era correcta. Esta persuasión acrítica sería compartida, sobre todo en Roma por las Comisiones que se formarían desde 1730. La imagen estilizada que quedó de la censura de la Sorbona en la mente de muchos fue la siguiente. El juicio de la Sorbona neutralizaba – doctrinalmente – la absolución de la Inquisición de Madrid. Y, como la censura parisina coincidía con la del Santo Oficio, la heterodoxia de la MCD era evidente. El personaje que más nefastamente asumiría esta creencia sería el Papa más erudito del siglo XVIII: Benedicto XIV. Francia y la Inmaculada << La negativa de Luís XIV a secundar la petición de Carlos II sobre la anulación de la Censura puede tomarse como el frustrado final de una noble causa. La causa de la M. Ágreda no sufrió un fracaso total. Fue un fracaso temporal que traería – con el tiempo – un maravilloso triunfo en el campo de la Mariología, y en el ámbito de la piedad mariana. La condena de la MCD por la Sorbona significó el punto culminante de un conflicto mariano que estalló en los últimos años del siglo XVII, entre la piedad mariana y las últimas derivaciones del jansenismo. La resistencia contra la piedad mariana que desde la Reforma iban tomando cuerpo en Europa, alcanzó su momento crítico en el conocido folleto de Windenfeld. Sus ideas – a través del jansenismo – se habían adueñado de muy significativos ámbitos intelectuales del Catolicismo europeo. El bastión institucional donde los críticos de la piedad mariana se hicieron fuertes fue la Sorbona. Y allí se iba a dar el golpe definitivo contra el minimalismo mariano. La victoria de las ideas jansenistas con la condenación de la MCD significó – como tantas otras veces en la paradójica historia del Cristianismo – una muerte que da vida. Murió la MCD. Surgió una Mariología integradora de la piedad popular y de la teología mariana sistemática. La condena de la M. Ágreda en la Sorbona tuvo su dimensión providencial. La mística española fue el signo de contradicción entre dos mariologías enfrentadas: la piadosa y la científica. La piadosa y tradicional estaba estructurándose como científica precisamente en el siglo XVII. Contra ella se levantó violenta la naciente mariología crítica. El conflicto de la Sorbona contra la M. Ágreda señala el fin de una época y el comienzo de una lenta elaboración de la mariología científica que tardaría aun en llegar. La línea original de la M. Ágreda con su Mariología de base mística, marcaba una línea que se desarrollaría – precisamente en Francia – por obra de San Luís María Grignion de Montfort. Anudemos entre sí sucesos históricos significativos. En los mismos años en que se debatía la cuestión de la ortodoxia de la MCD estaba estudiando en París – precisamente en la Sorbona – San Luís M. Grignion de Montfort. En su misma carne vivió el desgarro del catolicismo francés en materia mariológica. Perseguido por los jansenistas, el gran doctor mariano buscó la superación del minimalismo mariológico de la Sorbona en la auténtica tradición mariana católica. Conoció y admiró la MCD, y el año 1712 escribió su genial libro EL TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN, que señala el culmen de la teología devocional mariana. Sin duda la controversia mariana de la MCD le preparó para ofrecer al mundo su insuperable síntesis. Esta es la verdadera grandeza de la aportación de la M. Ágreda en el penoso conflicto de la Sorbona. La condena de la MCD no fue un fracaso total, sino más una simiente enterrada que daría fruto a su debido tiempo. A pesar de todo, en Francia continuó viva la tendencia antiagredista. Basta hojear algunos Diccionarios y Enciclopedias francesas para constatar esta aversión a la M. Ágreda. Aunque el Diccionario de Moreri editado el año 1704 se expresaba en un tono bastante moderado, en su edición de 1712 hallamos las más duras diatribas contra la MCD. Como justificación racional se aducen la censura de la Sorbona y el juicio desfavorable de Bossuet. El artículo de la edición de 1712 aparece reproducido en el Diccionario de Feller. En la colección “Biographie universelle, ancienne et moderne”, París 1843, t. 1 se publica un breve artículo dedicado a Ágreda (Marie d’), firmado por D. G. El autor califica a la MCD de “extraña novela”, aunque bastante bien tejida y escrita elegantemente: “ce roman, tout bizarre qu’est, ne laise pas d’ étre assez bien tissu, et méme élegantement écrit”. La oposición – incluso el desprecio – la MCD, duró en Francia hasta mediados del siglo XIX. El último representante del antiagredismo francés fue el Mons. Chaillot, quien publicó en 1863 un estudio histórico–crítico muy sesgado contra la M. Ágreda Pero un año antes (1862) el Obispo de Tarbes había reconocido públicamente la verdad de las apariciones de la Inmaculada de Lourdes. La suerte sobre las polémicas antiagredistas de Francia estaba echada. Salieron en defensa de Sor María de Jesús el Abad de Solesmes, Dom Próspero Guéranger, OSB, y el P. Pasionista Serafin del Sdo. Corazón. No fue inútil el trágico destino de la M. Ágreda en Francia. Por inescrutables designios de Dios en Francia – precisamente – se habían de dar las dos manifestaciones históricas más grandes de la Inmaculada Concepción, con una influencia en la piedad mariana popular que no ha tenido par en la historia. Son las apariciones de la Rue du Bac y de Lourdes. En ambos casos se trata de revelaciones privadas marianas – exactamente como en el caso de la M. Ágreda – y unas revelaciones privadas cuyo objeto era precisamente la Inmaculada. Estas apariciones de la Virgen María son las que han hecho de Francia, la nación escogida para confirmar el privilegio de su Purísima Concepción. En el mundo cultural francés, tan reacio a la Causa de la M. Ágreda, tuvo lugar el milagro de Nivelles que renovó el interés por la reanudación de la Causa en tiempos del 8. Pío IX.
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