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El Proceso Eclesiástico a la
“Mística Ciudad de Dios”



CAPITULO II

MISTICA Y TEOLOGIA MARIANA <<

Cuando se publicó en 1670 la primera edición de la MCD la impresión que produjo en los pocos lectores que tuvieron acceso a las pruebas de imprenta, fue de asombro. Una voluminosa obra de tres tomos in folio, escrita por una mujer, con un estilo tan depurado y castizo, que le había de merecer el honor de ser considerada como autoridad de la lengua por la Real Academia Española. Un libro dotado de una arquitectura literaria perfecta, como un tríptico de equilibrada división de partes. Un texto donde se manejaba con destreza los más sutiles conceptos de la teología escolástica. Una obra en la cual las ideas aparecían revestidas de imágenes brillantes, brotadas de una poderosa fantasía creadora, y penetradas del más elevado sentimiento de piedad mariana. Un tratado teológico estructurado desde la historia de la salvación, en un claro movimiento progresivo que – partiendo de los eternos designios de Dios – culminaba en la glorificación de Cristo y de María. Una teología pensada siempre en técnica narrativa, pero con altísimos vuelos de la más lúcida especulación, y con digresiones al gusto de la más exigente sistemática. Un escrito dotado de un fuerte aliento de inspiración creadora, que lo atravesaba todo, y causaba un inexplicable embeleso en el ánimo del lector sensible a la belleza de lo divino revelado en el misterio femenino de María. Un poema – en fin – grandemente unificado y concentrado, estructurado desde un solo tema unificador, que abarca una muy rica temática, penetrando y animando todo, elevándolo y sublimándolo todo desde el fascinante misterio de la Concepción Inmaculada de María, no dejaba indiferente a nadie.

Así salía al mercado teológico del último tercio del siglo XVII la Mística Ciudad de Dios de Sor María de Jesús, abadesa de la Concepción de Agreda.

La flor de toda una vida de mística mariana <<

Los censores que aprobaron el escrito para la imprenta, se expresaron con una admiración apenas controlada por su deber de actuar como teólogos críticos. El Ordinario de Tarazona – el teólogo y monje cisterciense de Veruela, Mons. Miguel Escartín – lo avalaba con un prólogo denso de teología mística.

El asombro cedió pronto – en algunos lectores – a un rechazo indignado. La obra no podía ser de la religiosa a quien la atribuía el editor. Su autor – o al menos su inspirador anónimo – sería algún sabio teólogo que velaba astutamente su verdadera personalidad. Durante más de un siglo se propalaría la sospecha de que fuera una obra espuria. Para los negadores de la Inmaculada Concepción, el libro encerraba una peligrosidad máxima como un nefando engendro, capaz de generar una fuerte propaganda inmaculista. Y no era para menos. El libro contenía abundantes referencias a un misterioso origen de revelaciones personales. La autora no hacía ningún misterio de este su origen inspirado. Todo se debía a las iluminaciones místicas con que el Señor había enriquecido su mente. En un importante prólogo teológico había analizado con toda claridad el método seguido en su composición. La autora no tenía empacho en adelantar desde el principio la llamativa novedad de que se veía llena su gran obra teológica. Anunciaba, sin tapujos, que su libro contiene muchas cosas nuevas y no conocidas hasta su tiempo. Por eso, la MCD llevaba una carga extraordinaria de mística que causó en algunos una profunda inquietud. Lo que en la obra arrebataba el espíritu del lector no era su teología, ni sus razonamientos, ni las artificiosas construcciones narrativas que esmaltaban de abundante material apócrifo los grandes misterios marianos. Era el poderoso aliento místico que lo penetraba todo. El original escrito de la Concepcionista agredeña era todo un poema teológico. Quizá por este raro conjunto de valores estaba destinado el libro a conocer un destino de contradicción. Y eso fue lo que sucedió. A la MCD le cupo la peor suerte que pude sufrir un libro. Antes de su puesta a la venta, fue secuestrado por la Inquisición.

Lo que el lector del año 1670 no sabía es que las revelaciones de la mística escritora no habían empezado en el acto de redactar la obra. La M. Agreda había ido un alma mística desde su niñez. Su obra era el resultado final de toda una vida acompañada de incesantes iluminaciones. Según confesión propia, desde muy niña estuvo bajo el influjo de elevados conocimientos supranormales, que experimentaron un fuerte desarrollo cuando se consagró a Dios en la vida religiosa. Su profesión religiosa en la orden concepcionista, y su elección para abadesa a la edad de 25 años señalaron un nuevo punto de partida. En aquella ocasión realizó un significativo acto de entrega de sí misma a la Virgen. Ella le respondió maternalmente, prometiéndole toda suerte de ayudas espirituales, y la introdujo en los secretos más interiores de su propia vida. Esto señaló el comienzo de la extraordinaria vida mariana que caracterizó la existencia de la joven concepcionista. Pronto fue elevada a un estado habitual de intimidad con la Virgen que se ha descrito como el primer caso de experiencia mística mariana. A partir de aquel momento la cascada de conocimientos marianos superiores fue en progreso continuo. Sobre todo en las festividades marianas, ese don habitual conoció una intensidad singular que se tradujo en abundantes iluminaciones. No se trataba únicamente de dones de orden puramente cognoscitivo sino que se completaban en gracias de imitación de la vida interior de la Virgen María.

Toda la personalidad de Sor María quedó así configurada según la imagen de María en un grado muy subido. Esta configuración unía en una coherencia perfecta el conocimiento místico alcanzado por las subidas experiencias de mística mariana, y la imitación virtuosa de las disposiciones interiores de la Virgen. Esta fue la preparación remota que la dejó dispuesta para la misión de mensajera de la Virgen que se le iba a confiar. Efectivamente, muy pronto le manifestó la Virgen que las gracias extraordinarias que se le concedían no eran sólo para ella, sino que debía irlas anotando cuidadosamente para una posible publicación de las mismas. Poco a poco estas insinuaciones interiores se convirtieron en órdenes imperiosas que le imponían el mandato de escribir una vida de la Virgen. En un principio resistió con todas sus fuerzas a estos mandatos, lo cual duró por espacio de diez años. La voz interior se vio confirmada por el mandato de su confesor. La humilde concepcionista obedeció y puso manos a la obra. Entre los años 1637–1643 redactó por vez primera el texto de la MCD, que su autora entregó a las llamas – como ya se ha dicho – por orden de un director ocasional. El nuevo director le mandó redactar otra vez el texto de la obra quemada. Al reemprender la tarea, es consciente de las grandes deficiencias de que adolecía la primera, sobre todo a causa de la dificultad que encontró a la hora de acertar con la expresión de las grande luces recibidas sobre el misterio de María I8 Por eso tomó la decisión de refundirla por completo.

Esta actividad redaccional le reportó unos efectos personales muy beneficiosos Todo lo que la luz divina le revelaba sobre la Virgen ella se sentía estimulada a ponerlo en práctica en su propia vida. Los consejos espirituales con que terminaba cada capítulo de la obra, eran otros tantos estímulos fuertes para modelar toda su existencia según la imagen de María. A todo esto se añadieron importantes experiencias místicas nuevas entre la primera y la segunda redacción. Fue en esta época cuando la M. Agreda vivió las etapas culminantes de su espiritualidad. Efectivamente, el año 1651 se entregó a la práctica de tres misteriosos noviciados que le había enseñado la Virgen Ya anteriormente la Virgen le había ordenado comulgar todos los días, y cada día – por la mañana y por la noche – realizaba la confesión de sus pecados con la Virgen. Esto la dejaba en unas condiciones de singular pureza de espíritu para el trabajo redaccional. El 1 de noviembre de 1651 experimentó por primera vez la realidad de la muerte mística. Los tres noviciados – con sus respectivas profesiones – la dejaron en un estado espiritual perfecto. Estas gracias de elección fueron la preparación próxima para la composición definitiva de la obra de modo que en 1655 pudo entregarse a la segunda redacción de su libro, concluyéndolo el 6 de mayo de 1660, cinco años antes de la muerte. Esta intensidad y elevación de la vida mística la puso en una participación de las condiciones de la bienaventuranza estando todavía en el mundo, adornada de unas disposiciones espirituales más de tipo angélico que humano cual si hubiera transcendido ya la condición carnal.

He aquí el itinerario místico que hizo de la M. Agreda una escritora penetrada de los más elevados dones místicos, apta para descubrir en la Escritura misterios altísimos sobre la vida de la Virgen.

Los conocimientos por revelación <<

Las novedades que la obra de la M. Agreda aportaba a los contemporáneos no eran creaciones suyas de la nada. Lo principal de sus conocimientos marianos era patrimonio común de la Iglesia. Así se lo dijo un día el Señor: “Muchos misterios hay en la iglesia militante manifiestos de mi Madre y los santos”. La concepcionista es consciente de que la Iglesia militante poseía en su tiempo gran número de verdades ya conocidas sobre el misterio de María. Se trataba de las verdades de fe que la Iglesia enseñaba en el siglo XVII sobre la Virgen. Estas las conocía la M. Agreda por la predicación de la Iglesia, la catequesis, las lecturas de los libros piadosos, y otros recursos. La Iglesia transmitía en tiempos de la mística agredeña un depósito de verdades mariológicas que eran propiedad común de todos. Tales doctrinas representaban un progreso y desarrollo de las verdades nucleares del Evangelio para los fieles cristianos del siglo XVII. Por eso, el elemento básico de su tratado mariano estaba formado por los relatos evangélicos sobre la vida de Jesús y de María. Desde esos contenidos nucleares la Iglesia había desarrollado en su predicación nuevos aspectos que los fieles recibían con docilidad a sus pastores. Las aportaciones de la MCD enriquecían ese acervo común con prolongaciones místicas de naturaleza muy personal. Estas prolongaciones constituyen lo nuevo del mensaje de la MCD. Lo esencial de estas aportaciones nuevas no consistía, contra lo que pudiera hacer pensar una lectura superficial de la MCD, en datos históricos nuevos, o en informaciones biográficas más o menos maravillosas, sino en una visión nueva del misterio de la vida divina de María, es decir: su maravillosa interioridad. Por tanto, las novedades que ofrece en su obra no tienen la pretensión de aportar nuevas doctrinas de fe reveladas, ni sucesos singulares de la vida de la Virgen. A la Mariología de su tiempo, ella ofrece una profundización de los aspectos más divinos, interiores y ocultos de la Virgen.

¿De dónde y cómo recibió la concepcionista el conocimiento nuevo y enriquecedor que quería comunicar generosamente a la Iglesia del siglo XVII en su obra mariológica? La autora es explícita a este respecto. Los nuevos contenidos los recibe por vía de manifestaciones místicas. Mas, ¿cómo tienen lugar estas comunicaciones superiores, y cuál es la relación de ese material con las verdades contenidas en la Sagrada Escritura? Es aquí donde el lector se encuentra con la primera sorpresa. La M. Agreda es una gran lectora de la Biblia, y de ella extrae su más original enseñanza. Y realmente es asombrosa su familiaridad con la Sagrada Escritura. De la Biblia bebe su doctrina con una técnica de lectura bíblica sorprendente, como veremos inmediatamente.

En una introducción metodológica muy rigurosa que sirve de prólogo a la obra describe ella misma la manera como realizaba la lectura mariana de la Biblia. Según este prólogo, las formas de actuación del Espíritu en la comprensión de los textos de la Biblia fueron tres: las iluminaciones de tipo revelacional; las profundizaciones de tipo inspirativo; y las interpretaciones desde la actuación normal de los dones del Espíritu Santo en las almas místicas.

Las iluminaciones <<

Las iluminaciones de tipo profético o revelacional las recibía, sobre todo, en la lectura de los textos simbólicos de la Escritura, tales como el Protoevangelio en el AT, y el Apocalipsis en el NT, cual si dicho género literario fuera el más propicio para el descubrimiento del misterio profundo de la Virgen. Esta es la parte más importante y sustancial de lo que en la autora pertenece al orden de las revelaciones privadas. En ellas la luz divina comunicaba a la autora una comprensión profunda de los textos bíblicos, que se completaba en la captación del sentido mariológico de los mismos. Estas comprensiones profundas proyectaban sobre la mente de la autora un potente foco de luz, a modo de una visión cuyo objeto eran las realidades mismas contenidas en los textos bíblicos. Esta potente luz, recreaba a los ojos de la autora el texto bíblico, revelándole sus más recónditos misterios. Es así como la primera y decisiva intuición totalizante sobrenatural la recibió cuando se le reveló el contenido mariano de Apocalipsis XII La descripción que de esta experiencia realiza nos lleva ya de la mano a la comprensión de su método exegético. Lo que se le comunicó fue una nueva comprensión del sentido profundo del citado capítulo del Apocalipsis. Su dinámica se desarrolló en tres tiempos. Lo primero que experimentó fue la impresión de que ante sus ojos se descorría un velo. Es el fenómeno típico de lo que en teología se ha llamado la “revelación”. Descorrerse el velo y “ver” es todo uno. Pero ¿qué fue lo primero que vio? Una señora vestida de sol, con la luna bajo los pies y coronada de doce estrellas. No era una evocación del cap. XII del Apocalipsis, sino la contemplación de la realidad misma actual, glorificada de la Virgen pero sin saber quién era la señora que se le aparecía. En un primer momento ella no acierta a identificar la persona que así se le manifiesta. Son los ángeles los que le notifican quién es esa persona. Es la mujer del Apocalipsis. Entonces capta la identidad de la visión y su correspondencia bíblica. Es en un segundo momento, cuando identifica a la persona de María con la imagen del Apocalipsis. Entonces comprende el simbolismo de los atributos, y su relación con el conjunto del misterio de María Una vez identificada la visión, y comprendido su sentido, viene el tercer paso, que es la invitación a comunicar por escrito a los hombres el conocimiento adquirido en las místicas comprensiones del texto y del misterio de María. Los mismos ángeles intérpretes son los que le ayudan a fijarse en todos los detalles de la visión y a expresarlos adecuadamente. Esta iluminación sobre el sentido de Apoc. XII dio a Sor María la intuición totalizante de la obra. Tan grande es la importancia de esta iluminación, que desde ella entiende el conjunto maravilloso del misterio de María. Intuye el principio y fin total de su historia divina. Por eso coloca la exposición de Apoc. XII en el lugar del Protoevangelio, al comienzo de la obra”. Con ella cierra luego toda la historia de María en la victoria de la Asunción. Apoc. XII le da también el marco de comprensión para presentar toda la historia de la salvación – y de la vida de Jesús y de María – como un sangriento combate entre la serpiente primera y el Mesías.

El segundo texto de tipo simbólico que le procuró la comprensión hermenéutica superior del misterio histórico de María es Apoc. XXI. Este pasaje es el que inspira también el título de la obra como Mística Ciudad de Dios, y le da la clave del título esencial de María. El pasaje le sirve para exponer la entrada de María en el mundo en su concepción, que fue como la bajada de la divina Ciudad a la tierra, como lo fue después la bajada de María a la tierra, tras la Ascensión de Jesús. También a la exposición de este pasaje le dedica tres capítulos. Estas iluminaciones eran las que le procuraban unas visiones muy ricas acerca del conjunto del misterio de María. Insistimos en que, por el elemento visionario que contienen estas iluminaciones, tienen una semejanza grande con conocimiento profético del AT a base de visiones y revelaciones.

El libro del Apocalipsis se prestaba bien a las iluminaciones místicas de tipo visionario. Por eso, tal vez – y a falta de textos bíblicos marianos que narrativamente facilitaran la elaboración de una síntesis mariológica completa – el género simbólico–profético ofrecía a Sor María amplias posibilidades para una Mariología de tipo inspirado.

Las inspiraciones <<

Después de las iluminaciones sobre textos simbólicos vienen las actuaciones de la luz divina al modo de una percepción superior que corresponde al conocimiento sapiencial de los relatos del Génesis sobre la creación. Captado en una intuición global del misterio de María a base de pasajes del Apoc XII y XXI, la obra entra en el desarrollo detallado de los temas, echando mano de un material más variado. El caso más claro y completo es el de la creación y sus relaciones con el misterio mariano. Comienza por narrar de qué manera conoció la autora –en la misma esencia divina– los decretos eternos referentes a su obra creadora. Aquí, en lugar de la visión simbólica, el punto de partida es una percepción directamente intelectual cuyo medio cognoscitivo es el ser mismo de Dios. Este primer conocimiento intuitivo se completaba luego en la comprensión de los textos sapienciales concretos en que se describen esos mismos decretos en su doble dimensión de la preexistencia y de la creación. Esto se lo procura el texto de Prov. VIII, que alude precisamente a esos momentos de los decretos divinos eternos sobre la creación.

La comprensión de los textos narrativos sigue una dinámica análoga. En ellos desaparece el elemento de visión, y la luz divina procura directamente la comprensión nueva y superior de sus contenidos. Tal sucede en MCD 1, 81–93 con Gn. 1. La captación profunda del contenido de la solemne narración genesíaca sobre la creación la introduce con la siguiente fórmula: “El Señor me ha dado inteligencia”. Para justificar la captación superior de todos estos sentidos, la autora parte de la convicción cierta de que esos misterios están ya encerrados en la objetividad de los textos.

Esta triple serie de lecturas místicas de la Biblia es suficientemente significativa para comprender el tipo de acercamiento escriturístico por superior iluminación. Añadamos que el triple modo de conocer los contenidos bíblicos que acabamos de describir, tiene esto de singular, y es que la autora no parte ni del texto, ni de las experiencias personales en la comprensión de los contenidos bíblicos, sino que el comienzo está en la iniciativa divina que le revela la realidad en sí de las cosas que va a narrar. De ese conocimiento por visión mística de la realidad sobrenatural en sí, pasa la autora a la comprensión de los textos bíblicos en que aquélla quedó objetivada; y de los textos así comprendidos, procede a la comunicación edificante de la historia mariana a los destinatarios del libro.

Los dones del Espíritu Santo <<

Aunque siempre en dependencia de la luz suprema que rige toda la obra redaccional de la M. Agreda, hay en la MCD otras maneras de acercamiento a los contenidos de la Biblia de metodología más convencional. Los reducimos a cinco: la transposición paralela de hechos; el recurso al midrash; el uso de textos apócrifos; las grandes construcciones narrativas de naturaleza teológica; y la íntima experiencia mística de la autora.

Las transposiciones significativas que realiza la MCD pertenecen al orden de lo que podemos llamar paralelismo extensivo. Tal es el caso, entre otros, de los numerosos relatos de anunciación. La doble anunciación a Zacarías y María, se amplía a otras numerosas anunciaciones. Así, se anuncia a Ana y a los ángeles la concepción de María, y – a la misma Virgen – su Asunción a los cielos.

Las aplicaciones midráshicas son abundantes. Veamos algunas... En MCD, II, 691, se narra que el calzado y vestido que la Virgen procuró al Niño Jesús fueron creciendo con él sin cambio hasta su muerte. El hecho es sorprendente y surge en el lector curioso la siguiente pregunta: ¿cómo justifica la autora esta extraña afirmación? La explicación es clara desde el principio de las transposiciones midráshicas Al mismo trabajo de ampliación de la información tradicional pertenece la utilización del material apócrifo que abunda en la MCD. Este material se encuentra, sobre todo en la infancia de Jesús y en el ciclo de la Asunción.

Pero donde campea el genio teológico–hermenéutico de la M. Agreda es en la elaboración de los grandes cuadros teológico–narrativos de la vida de María. Toda la MCD es una gran construcción poético–teológica. Pero dentro de ella hay una serie numerosa de relatos de base histórica en que los principios teológicos le ayudan a crear unos conjuntos narrativos de gran brillantez y profundo contenido doctrinal. Quizá el más logrado sea el de la institución de la Eucaristía. Indiquemos las partes principales de esta construcción.

En la casa escogida para la última cena están presentes, por separado, el grupo de los Apóstoles y el de las santas mujeres. Jesús comienza por explicar a sus discípulos los misterios de la cena histórica del tiempo del Exodo. El Maestro es consciente de que en este sacrificio lleva a la culminación todos los sacrificios antiguos Jesús se encuentra en un estado de singular unión con su Padre El Cenáculo se llena de ejércitos de ángeles, María acompaña en todo a su hijo. Terminada la cena pascual, tiene lugar el lavatorio, Judas está presente al acto Para celebrar la institución eucarística se trasladan desde su misterioso lugar celestial Henoc y Elías, que representan la ley natural y ley escrita. En el momento culminante se hace presente el Padre Eterno con el Espíritu Santo, como lo hiciera en las grandes teofanías del Jordán y el Tabor, y se traslada todo el cielo al cenáculo 6I Antes de instituir el sacramento de la Eucaristía, instituye Jesús allí mismo en el Cenáculo todos los sacramentos. En la parte central de la celebración se menciona a Lucifer, que había estado presente en toda la cena y el lavatorio, y había de actuar en toda la Pasión. Pero en este instante supremo, se entabla una lucha entre él y la Virgen, la cual le expulsa del cenáculo para que este gran misterio se celebre en total pureza y paz. Cuando Jesús pronuncia las palabras de la Consagración, el Padre repite las palabras de las teofanías del Jordán y del Tabor: “Este es mi Hijo”, y las confirma el Espíritu Santo. La Virgen conoce el misterio de la transubstanciación, lo cual permite a la autora una digresión explicativa de dicho misterio. Jesús se comulga a sí mismo, de modo que lo corporal de la Humanidad reciba a su Divinidad; los efectos de tal comunión en el ser humano de Jesús son los mismos de la Transfiguración del Tabor. San Gabriel lleva la comunión a la Virgen. Comulgan los Apóstoles junto con Elías y Henoc. Estos últimos retornan inmediatamente a sus lugares, llevados por los ángeles. El sacrilegio de Judas da oportunidad a la autora para explayarse en consideraciones sobre las malas comuniones.

Esta descripción revela bien la maravillosa unidad de los diversos niveles de conocimiento que tenía la autora de la MCD. En tales narraciones teológicas se funde su ciencia infusa, con los conocimientos eruditos de la historia bíblica, y sus intuiciones teológicas, llegando a ensamblar unidades literarias complejísimas en una bellísima y bien trabajada visión de totalidad. Para ello contaba la M. Agreda – además de las iluminaciones místicas habituales en su vida contemplativa – con los normales recursos de la lectura exegética. Además disponía de un bagaje mariológico relativamente rico, debido a sus lecturas teológicas. Las aportaciones originales de la M. Agreda al acervo mariano eclesial de su tiempo se debían a una fuente muy singular: las manifestaciones de la misma Virgen María en un orden de percepciones de tipo místico. En otras palabras, se debían a la acción directa de los dones del Espíritu Santo. Sobre este punto la Ven. es muy explícita. Sus conocimientos provienen de las visiones de Dios. Esas visiones le introducen en el secreto de las Escrituras sagradas, y en el misterio de la Virgen en sí misma. Aunque el acervo teológico y las iluminaciones nuevas constituyan objetos diferentes y complementarios, en la obra redaccional de la MCD un mismo elemento formal unifica la ciencia que posee la Ven: la luz divina comunicada por los dones del Espíritu. En este punto Sor María es explícita, como diremos más abajo.

La dinámica de las iluminaciones superiores <<

La intuición básica que explica la naturaleza de las ayudas superiores recibidas para componer la MCD la tenemos en el pasaje referente a la escala de Jacob. Según esta declaración las comprensiones bíblicas de la MCD siguen un orden ascendente– descendente, desde las grandes iluminaciones totalizantes, hasta las aplicaciones a la vida espiritual más concretas. La luz divina – a modo de escalones superpuestos – va acomodándose a los diversos niveles de la actividad teológica. En el citado pasaje señala la autora el modo como alcanzó los niveles de conocimiento superior. Fue a modo de una escalada hacia la cima divina que le procuró las luces necesarias para su obra redaccional. Este es el sentido de la visión de la escala de Jacob. Todo el proceso de su equipamiento para la redacción del libro queda simbólicamente descrito en este pasaje. El trabajo de la composición teológica consistió, pues, en una ascensión de conocimiento superior que luego se completó en el descenso de la actividad literaria. Esto confirma la idea de que en toda la estructura de la obra el elemento formal es la iluminación divina.

La ayuda específica que la autora recibió para componer su obra consistió en las iluminaciones superiores del orden de las visiones que dispusieron su mente para cumplir adecuadamente su misión de escritora mística. Durante todo el tiempo de su actividad redactora, estas percepciones supranormales eran casi habituales, de modo que ninguna cosa escribió sino bajo el influjo de esa luz divina.

Las visiones generalmente eran intelectuales; a veces también imaginaria; en raras ocasiones, eran también corporales o sensibles. El tipo de conocimiento que le procuraban era muy elevado. El más divino de todos se producía cuando a la Virgen María, y las demás realidades creadas, las veía en Dios mismo Cuando veía esas mismas realidades, en sí mismas, el conocimiento era algo inferior y diferente. La causa primera de tales conocimientos era siempre Dios, el cual le comunicaba sus mensajes a través de las mediaciones marianas o angélicas. Es un modo parecido al que utilizan entre sí los ángeles superiores para ilustrar las mentes de los inferiores (MCD, 1, n. 24).

Como se trata de conocimientos ordenados a ser plasmados en una obra, hay una actuación interdependiente entre la acción directa de Dios, de la Virgen, y de los ángeles. Dios es el que comunica los contenidos esenciales. La Virgen los aclara dando una luminosa percepción de los mismos, los ángeles ponen las expresiones, aunque muchas veces es el mismo Dios el que directamente interviene en todas, sin anular, las mediaciones citadas. Para comunicar sus conocimientos, Dios actuaba en formas diversas, pues se comportaba generalmente a modo de un espejo que voluntariamente manifiesta las cosas, variando orden e intensidad. Los efectos de esta luz en la Ven. eran maravillosos. Era una claridad infusa, un “lumen como sustancia que vivifica – aunque es accidente – que emana de Dios y un hábito para usar de él, ordenando bien los sentidos y parte inferior: pero en la superior del espíritu siempre goza de una visión y habitación de paz; y conozco intelectualmente todos los misterios y sacramentos que se me muestran de la vida de la Reina del cielo”.

Para la composición de la obra gozó de la singular protección del arcángel san Miguel El resultado fue que el libro no contenía nada que hubiese carecido de la correspondiente ayuda divina en su composición. Todo había sido obra de la obediencia y de la luz divina En esa altura de la luz divina, no había sentido duda ni vacilación alguna sobre la verdad de lo que conocía. A veces no se le daban a conocer los términos exactos para la redacción, pero en todo momento la misma Virgen María actuaba cuando ella buscaba las expresiones, sin que la autora se apercibiera de ello.

La iluminación divina no fue el don de una sola ocasión al comienzo de la redacción del libro sino que se mantuvo a todo lo largo de la actividad literaria, con continuas renovaciones de la intervención divina iluminadora de modo que el resultado fue una obra toda ella escrita con luz divina. Nada extraño, por tanto, que la autora contemple cómo la obra recibe la aprobación de Dios en persona. Según la autora, su libro no fue producto de meditaciones humanas o contemplaciones piadosas; ni fruto de estudio que tuviera en cuenta las opiniones de los doctores o ciertas conjeturas humanas N Era un libro, de origen divino, cuya finalidad era dar a conocer al mundo lo que deben los mortales a su divino amor, del que viven tan insensibles y olvidados los hombres.

Todo este mundo de iluminaciones que procura a la M. Agreda la recepción de lo nuevo de su Vida Divina de María, no se encierra en el aislamiento de su mundo íntimo personal sin otro juez que su propio yo crítico; antes bien, como buena hija de la Iglesia, somete toda su obra al juicio de la iglesia.

En resumen podemos decir que, según confesión explícita de la autora, todo el contenido de la MCD lo recibió por vía mística. Y esta persuasión se basaba en la experiencia de un lumen superior que le había guiado todo el tiempo de su actividad redactora. Esto quiere decir que el conocimiento mariológico acumulado a lo largo de su vida, le había procurado un tipo de conocimiento directo e inmediato, cuyo objeto era el misterio mismo de María aprehendido en la inmediatez de la fe y de los dones del Espíritu Santo. Los conocimientos previos de tipo adquirido que ella poseía, aparecen todos ellos transformados y transfigurados por el lumen infuso que le procuró un conocimiento superior del misterio de María. Este conocimiento era de naturaleza unitaria, que fundía en un todo, lo natural y sobrenatural, lo adquirido y lo infuso, lo teológico y lo místico. En esta totalidad, el elemento formal era el más elevado y superior, es decir: lo místico–infuso. El elemento unificante más profundo era la acción del Espíritu que realizaba la perfecta configuración del interior de la mística concepcionista con el alma misma de María Santísima. Este conocimiento tenía unas características bien especiales. Su fuente y origen eran de arriba, y su objeto era la realidad misma de María. No era un conocimiento discursivo por el cual desde los enunciados de fe, fuera profundizando sus contenidos mediante el razonamiento teológico, o la reflexión meditativa edificante. El objeto era la realidad misma de la Virgen, no sus objetivaciones en los enunciados de fe o en los textos escritos.

La lectura mariana de la Biblia <<

Del análisis a que hemos sometido la lectura bíblica de la MCD aparece claro un modo original de comprensión hermenéutica. No se trata de una intervención del Espíritu del tipo de creación de una nueva Escritura. La M. Agreda lee la Escritura al modo como los primeros intérpretes de la era apostólica leían el AT buscando en sus páginas el misterio de Cristo. Es lo que se ha llamado lectura deráshica. La M. Agreda leía toda la Biblia buscando en ella el misterio de María. Lo original de su hermenéutica es que no echa mano de técnicas racionales de exégesis, sino que su lectura procede desde dentro de ella misma: desde la posesión del Espíritu Santo como divino hermeneuta que la lleva a la comprensión del misterio de María desde unas formas de presencia que guardan una gran analogía con los carismas de la redacción bíblica. Como los profetas veían en Dios las realidades que habían de transmitir al Pueblo, ella ve los contenidos de la Escritura ya formada. En ella se cumplen perfectamente las condiciones de lo que San Pablo había descrito como la comprensión desde el Espíritu en 1 Cor. 2, 10–16.

La lectura mariana de la Biblia, tal como la llevó a cabo la M. Agreda, ha suscitado no poca polémica. Es cosa sabida cómo la polaridad entre la imagen de la Virgen que se contiene en la MCD y las fuentes evangélicas de la misma, afloró como problema nada más publicarse el libro en 1670. Denunciado a la Inquisición española, los detractores de la obra, la creyeron errónea, por tanto, inconciliable con la auténtica doctrina de la Iglesia. En esta perspectiva la polaridad hermenéutica entre la Biblia y la MCD fue comprendida como divergencia errónea, y una polaridad de contradicción. El conflicto se saldó con un final francamente favorable, toda vez que el proceso terminó en la más incondicional absolución. No sucedió lo mismo con la Inquisición Romana, la cual puso el libro en el Indice de los libros prohibidos, si bien fue muy pronto sobreseída la sentencia y, por fin, extraído del Indice el libro de la M. Agreda. Estos hechos revelan la existencia de un fondo de desconfianza respecto del método teológico utilizado por la MCD, y los resultados por el mismo. Sobre esta problemática retornaremos al final de la obra para responder a las dificultades que contra la Mariología de la M. Agreda opuso la carta de la Secretaría de Estado de S.S. el 19 de febrero de 1998.

Las iluminaciones superiores son la clave interpretativa de toda la MCD. Ellas son las que le confieren su sello inconfundible y le otorgan el singular valor por el cual se ha impuesto en la historia de la espiritualidad mariana como un libro único. Nadie puede negar que la MCD es un libro de gran originalidad. Une en sí mismo tres elementos que raramente se unen en una misma obra de teología: la experiencia mística, la poesía, y la especulación sistemática. La base de la MCD es una profunda experiencia mística personal. A ella pertenece la superior comprensión del misterio de María en una forma de conocimiento por connaturalidad cuyo objeto es la realidad misma del misterio de María.

La MCD es un gran poema, donde la intuición se alía con la fantasía creadora, con el sentimiento de una fervorosa piedad mariana, y con la expresión en un lenguaje clásico. La MCD es también una obra en que la experiencia y la poesía se vacían en el molde de un sistema teológico especulativo de corte escolástico. Esto es la MCD. No es sólo un libro de mística mariana, ni sólo una Mariología sistemática, ni un poema de pura creación estética. La MCD es un poema teológico, sí, pero, un poema teológico de enfoque mariológico: una Mariología de base experimental mística. Quizá sea éste el género teológico más adecuado para acceder a la comprensión del misterio profundo de la Virgen.



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