Salimos de Nájera muy temprano, a las 7 de la mañana, con la noche aún sobre nosotros. Los árboles, las plantas, el aire, el color, todo me era más cercano, todo era más afín a mi concepto de Naturaleza.

Las espesuras, los tupidos bosques de helechos, las praderas, no formaban parte de mi vida y los fotografiaba para poder llevarme un recuerdo de esos parajes. Sin embargo, la sordidez de los campos, sus colores tostados, sus inmensas llanuras, se parecían al trozo de España en el que yo me había criado y en donde había nacido.

Santo Domingo de la Calzada era un lugar emblemático en mi Camino. Marinieves, de la que me acordaba cada día, tenía una importante cita allí: su paso del Karma al Darma, que era como decir, el paso de la vida a la muerte, o de la muerte a la vida. No sé. ¿Debería llamarla al móvil? ¿Le gustaría? No estaba segura. ¿Dónde estaría ahora? En cierto sentido, algo parecido me ocurría a mí con Santo Domingo. A cada paso que daba, según me iba acercando, el estómago se me iba llenando de gatos. Yo tenía 15 años. Mucho ha debido de llover en Santo Domingo desde que estuve allí. Ecos de voces lejanas, adolescentes, recuerdos borrosos, confusos, barullo de sentimientos que tenía olvidados acudían a mi mente, transformándome. ¿Qué sería de mis compañeras de colegio con las que compartí dos semanas de mi vida en Santo Domingo? Cuando se tienen 15 años, se siente la vida en los poros de la piel.

En mis recuerdos se almacenaban las caras de mis compañeras, de las monjas que venían con nosotras (algunas ya fallecidas). Recuerdos de cigarrillos fumados en la noche, de soledades, de secretos compartidos, de fiestas clandestinas, de partidos de baloncesto, de juegos. Fue la primera vez que salí de mi casa durante tantos días, mi primera experiencia de libertad. Los recuerdos que aquellos días me venían al corazón y se agolpaban en el sudor de mis manos con cada paso que me acercaba a Santo Domingo. Cuando inicié el Camino me prometí visitar aquel colegio y saludar a las monjas que vivían allí. No estaba segura de hacerlo.

Estaba nerviosa. Ahora, caminaba, con mis pies destrozados, con mi vara de cerezo, con media vida hecha y otra media por venir y con la timidez y la inseguridad de aquellos 15 años míos, de los que aún conservaba más de lo que me imaginaba. Arantxa, Xabi, María, Haizea y yo íbamos charlando mientras los kilómetros pasaban bajo nuestros pies. Nunca había caminado con Xabi, María y Haizea. Ya iba siendo hora. Como dice el dicho: "Nunca es tarde si la dicha es buena". El destino quiso que fuese así. Desde que les conocí en Roncesvalles apenas había cruzado una palabra con ellos y ahora caminábamos juntos. El Camino hace estas cosas. Para ellos era el último día de marcha y parecía que lo saboreaban al instante, al milímetro. Arantxa no podía evitar hablar con ellos en vasco, pero mi presencia le hacía traducir todo lo que decían. Era un detalle. Yo le decía a Arantxa que no se preocupase.

En el fondo me gustaba oírles hablar en vasco. Era una lengua absolutamente extraña para mí y me gustaba escucharles. Sin embargo, al final acabamos hablando todos en castellano. Contamos chistes, cantamos canciones... María y Haizea me contaron con emoción como el día anterior le habían salvado la vida a un perro que se estaba ahogando. Para ellas fue toda una experiencia y se les notaba. Haizea, de vez en cuando, refunfuñaba. Se quejaba lastimeramente. Era su último día de Camino.

- Joder, yo no me quiero ir. Y pensar que mañana cuando me levante en mi casa vosotros estaréis caminando y yo no...Yo no me quiero ir...- Decía mientras la voz se le quebraba entre disimulos y daba patadas a las piedras.

La entendía más de lo que se imaginaba. María y Haizea me miraban como si quisieran hacerme una foto con los ojos. María era absolutamente dulce. Siempre con una sonrisa en la boca.

Nos detuvimos. Vimos amanecer. Un día más.

Mis amigos vascos rumbo a Santo Domingo de la Calzada: Xabi, Marìa, Haizea, Arantxa

 

María, a traición, me tiró una foto. Fue un fusilamiento pero lo entendí como un elogio. Seguimos la marcha. Xabi nos habló de las cosas que hacían en su vida cotidiana. El camino estaba adornado de pequeñas flores silvestres, amarillas, blancas...Haizea daba patadas a las piedras. María callaba. Yo también. Caminamos juntos 6 kilómetros y al llegar a Azofra nos separamos. El resto de la tropa de peregrinos estaba ya desayunando y Arantxa y yo nos quedamos con ellos. María, Haizea y Xabi continuaron su camino. Mientras se alejaban calle arriba les grité:

- ¡Eh, que yo quiero una foto con vosotros!

- ¡No te preocupes! - Dijo Xabi- ¡Luego, en el albergue!

Y se alejaron hasta desaparecer. ¿Volvería a verlos?

Repasé mis pies y me cambié de calcetines porque el par que llevaba puesto se había roto por los talones y eso era contraproducente para mi piel. Los bordes del roto podría rasparme y abrirme nuevas heridas y yo no estaba por la labor. El problema era que solo me quedaba un par de calcetines y que no tenía dinero para comprarme unos nuevos. Pero ese era el mal menor. Café y bollos y vuelta a las andadas. Marian, Arantxa, Carlos con Obra, Concha y su amigo Pedro, "Pedro el trovador", Elena, Ceferino... nos lanzamos al camino con las fuerzas renovadas. Hacía fresco a pesar de que ya había salido el sol. Pero es que hoy habíamos salido del albergue muy temprano. Eso era bueno porque la llegada a Santo Domingo no sería tan infernal como fue mi llegada a Nájera el día anterior. El salir a caminar en grupo te ofrece la posibilidad de comunicarte y charlar un rato con gente a la que no conoces y con la que después coincides en los albergues. Ese fue el caso de Antonio, con el que hablaba ahora.

Conocí a Antonio en el albergue de Logroño. Llevaba allí tres días por prescripción facultativa ya que tenía una infección en un dedo de un pie que le obligó a detenerse y de la que ya se había recuperado. Charlé con el un buen rato. Poco a poco me fui descolgando de la gente. De nuevo mis piernas, mis tobillos, mis heridas, mis rodillas, mis dolores... y el camino ante mí. Camine sola con mis pensamientos, con mi "monstruo", con mi pasado, con mis recuerdos y con los gatos de mi estómago, al son de mi vara, que me iba marcando el ritmo y en la que me apoyaba a cada paso. La ruta era llana y el horizonte estaba siempre frente a mí. Después de dos horas de camino en solitario, a la altura de Cirueña ,a lo lejos, un pequeño abrigo de árboles me gritaba desde lejos:

- ¡Eh, peregriná, peregriná!- me decía la voz con acento aragonés- ¡Peregriná!

Y según me fui acercando al diminuto bosque adiviné un grupo de peregrinos. Era Haizea la que me gritaba. Así que abandoné el camino y atravesando un sembrado me acerqué a ellos, muy contenta de volverles a ver. Allí estaban, bajo la sombra, almorzando: Erika, Arantxa, Marian, Antonio, Xabi, María, Haizea, Win (un seminarista belga de unos 20 años, rubio y muy callado, con el que yo hablaba de vez en cuando en francés) .Saqué el aislante de mi macuto y me tiré al suelo con ellos. Llevaban allí bastante tiempo y pronto, Haizea, María y Xabi se marcharon. Volví a acordarme de la foto que quería tirarme con ellos pero ya era demasiado tarde. El lugar donde nos habíamos detenido era de cuento. Un pequeño bosque por el que se filtraban los rayos del sol. La temperatura era perfecta y el suelo estaba tapizado en una fina capa de hierba verde y fresca. Me deshice de mis botas e hice mis ejercicios de respiración. No había vuelto a practicarlos desde aquella vez, con Elena, a los pies de aquel río en Zubiri. Los demás también se descalzaron pero ellos prefirieron poner las piernas en alto para hacer bajar la sangre., incluida Erika, una mujer valiente donde las haya.

Entre Azofra y Cirueña: haciendo bajar la sangre de las piernas.Erika en primer tèrmino, Marian, Arantxa, Antonio, Marìa...

Continué la marcha con Marian y Arantxa. El sol picando, la pista llana pero pedregosa... Fuimos hablando de nuestros amores y desamores, de la gente que íbamos conociendo, de nosotras. De vez en cuando, nos callábamos y caminábamos en silencio. Pensábamos. El sonido de nuestras varas acompasaba nuestros pasos. Si alguna de nosotras se retrasaba, nos esperábamos. Hacíamos paradas para retomar fuerzas. Habíamos formado un grupo de batalla, de esos de "a las duras y a las maduras".

Caminando... al fondo, Santo Domingo de la Calzada. Marian y Arantxa màs adelantada.

A pesar del mal estado de mis pies, entramos juntas en Santo Domingo. Un cartel nos lo hizo saber, con bastante ironía, por cierto: "Bienvenidos a Santo Domingo de la Calzada. Solo faltan 562 Km. A Santiago de Compostela".

Entrada a Santo Domingo de la Calzada ; el cartel anima a los caminantes: "Bienvenidos a Sto. Domingo de la Calzada. Solo faltan 562 km. a Santiago de Compostela ...

Llegué bastante fresca a Santo Domingo, y bastante nerviosa. Me había prometido visitar el colegio como fuese. Los recuerdos me llenaban de adrenalina las venas. Recordaba una avenida arbolada por la que yo paseé tantas veces, en aquellos días. Recordaba las luces de un tren, su sonido uniforme, alejándose en la noche, recordaba campos de trigo, la era, la trilla, y nuestros juegos en el patio del colegio. ¿Estaría como lo dejé? Avanzábamos por las adoquinadas calles de Santo Domingo, y a lo lejos, una voz que nos gritaba. Haizea corría hacia nosotras.

- ¡Venid, venid aquí! "Veniros" al albergue, que hay otro de monjas pero "veniros" al albergue, que nosotros estamos allí.

Me alegró verla y me apetecía compartir con ellos lo que les quedaba de Camino: su última noche. Así que nos hospedamos en el albergue de peregrinos. En cuanto solté el macuto, bajé de nuevo a la entrada y allí pregunté a unas chicas si conocían el colegio Monpellier. No sólo lo conocían sino que habían sido alumnas de él durante muchos años. Hablamos del colegio, de las monjas que conocíamos, les pregunté por ésta y por aquella. Algunas habían muerto. Otras estaban en Vizcaya, otras en Madrid, otras en Burgos, otras en Miranda de Ebro. Recorrí las calles buscando el Colegio. Me sudaban las manos. Nada me resultaba conocido. Al final decidí preguntarle a una señora que me acompañó hasta la puerta y se quedó conmigo para verme llamar al timbre. Yo no podía llamar con aquella señora mirándome. Estuvimos varios minutos allí, las dos, y yo sin decidirme a llamar. Al final, la señora, al ver que no llamaba a al puerta del colegio, se marchó. Y mis 15 años de inseguridad acercaron el dedo al timbre. Pero no llamé. Me marché al albergue.

Ducha, comida en un restaurante (mis últimos dineros), repaso al cajero y mi nómina que no había llegado, siesta y visita a la catedral. Yo no paraba de pensar en mi extraño comportamiento, en mi dedo cobarde y tonto. Concha, a la que había contado la visita que tenía intención de hacer, me preguntó que, cómo me había ido. Le dije que no había llamado, que nada era como lo recordaba. Cena comunitaria y a la cama.

Al final no conseguí la foto con Xabi, Haizea y María, ya que se habían citado en Santo Domingo con unos familiares y pasaron todo el día fuera. Así que, resignada, me metí en la cama. Era la primera vez que encontraba un albergue dotado de camas y no de literas. Era de agradecer un poco de confort. El cuarto estaba en oscuridad absoluta.

De pronto, un hilo de luz entró en la habitación. Se abrió la puerta y distinguí las siluetas de María y Haizea que miraban entre la oscuridad. Me incorporé en la cama y les dije en voz baja: - ¡Pero que yo quería una foto con vosotras!

- ¡Ahora, ahora, ahora!- Me decía María, haciéndome gestos para que me levantase.

Palpé en mi macuto, cogí la cámara, me puse los pantalones y salí sin hacer ruido. La escena era ciertamente cómica. - Y que conste- les dije con guasa- que esto de levantarme de la cama para hacerme una foto no lo hago yo por cualquiera. María y Haizea se reían. Fuera estaba Xabi, muy sonriente y especialmente comunicativo. Nos sentamos todos a la mesa del albergue y hablamos durante cerca de dos horas de nuestras historias, Xabi contó chistes de bilbaínos, hablamos de nuestras experiencias en el camino. Hablamos de la velada con la guitarra en Nájera, de la tristeza de las chicas por dejar el camino, de cómo lo habíamos vivido. Le pedí a Xabi que me escribiese la canción de "AITA", y así lo hizo, en euskera y en castellano. Se lo agradecí infinito. Era muy tarde pero ninguno nos podíamos ir a dormir. Irse a dormir significaba no volver a vernos, quizá nunca más. Yo asaltaría el camino al día siguiente mientras ellos volvían a su tierra, a "Euskal Herría". Al final no hubo más remedio que poner fin a la velada y nos tiramos la foto:

Cena en el albergue de Sto. Domingo

Por suerte, con el pretexto de las fotos, nos tomamos nuestras direcciones. Estaríamos en contacto. Haizea me dijo que se levantaría al día siguiente para despedirnos. Pero yo no contaba mucho con ello porque Haizea era muy dormilona. Me despedí de ellos y me fui a dormir con mis 15 años prendidos en las uñas, en la boca, en los ojos, en el pelo, y sintiendo cada instante, cada milímetro, en los poros de la piel.

NOTA:

"Libro del Peregrino" de Santo Domingo de la Calzada.

"Idazten dudan azken eguna da. Pena haundia ematen dit lagun guztiak berton uztea. Egia esen bi pertsonei eman behar diet eskerrak bihohetile, lagundu didatelako bidea egiten (eskerrik asko). Bizian gertatu zoidan gauza handienetankoc izanda. Urrengo arte. Haizea. (Negar egitera noa, barkatu)". PD.- Eskerrik asko, María eta Xabi.

 

"Este es el último día que escribo. Me da pena dejar a todos los amigos en el sitio. Debo de dar las gracias a las dos personas que me han ayudado a hacer el camino. (Gracias). Ha sido una de las cosas mayores que me han ocurrido en la vida. Hasta otra.

Haizea.

(Voy a llorar. Perdonad). PD- Gracias, María y Xabi.

 

 

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