Amanece y las calles de Logroño, sus aceras, sus pasos de cebra, sus jardines, rezuman humedad. La luna creciente aún nos vigila desde el cielo.

Arantxa y yo caminamos, desorientadas, perdidas en Logroño sin encontrar rastro alguno de las flechas amarillas que señalizan el camino hacia Santiago. Anoche soñé con Arantxa, lo sé porque fue Concha quién me despertó, de un suave balanceo de mi cadera. No oí su voz porque dormí con los tapones puestos, pero vi su rubia cabellera rizada a la altura de mi cara, y sus redondos ojos azules, mirándome. Se que soñé con Arantxa porque la última imagen de mi sueño era la de su rostro, muy latino: sus oscuros ojos de águila y su pelo negro, mirándome. Al abrir los ojos y ver la albina cara de Concha me asusté tanto que grité. No sé por qué soñé con Arantxa.

Ahora caminábamos las dos buscando la salida de Logroño. Tenía gracia. Dimos muchas vueltas. Volvimos sobre nuestros pasos para encontrar alguna flecha amarilla, hasta que lo conseguimos. Atrás fuimos dejando calles desiertas, semáforos destelleantes, almacenes, fábricas, gasolineras... atravesamos el polígono industrial de la ciudad donde hicimos un alto para ver amanecer. Un día más.

Como ocurre siempre que caminas con alguien, las conversaciones fueron animando nuestra marcha y, tal vez por haber soñado con ella esa noche o por lo impresionada que me dejó el sueño, le conté a Arantxa las razones que me impulsaron a hacer el Camino de Santiago. Por primera vez le hablé a alguien de lo que yo llamo mi "monstruo". Una relación laboral absolutamente irracional, destructiva, pasional, un caso típico de amor-odio. Ese fue el sino de mi vida durante tres años. Pelearme con una compañera de trabajo, con alguien a quién quería. Llegamos hasta la sangre. No quedaron insultos, desprecios, mentiras, complots, represiones, disparos, acusaciones, enfrentamientos, juegos de celos, lágrimas, gritos, impotencias, frustraciones, envidias... ni si quiera nos faltaron las manos para agredirnos. En esos tres años descubrí que llevaba dentro un monstruo y que ella se había encargado de hacerlo salir. ¿Podría haberlo evitado? Da igual, de haber sabido disimular, en cualquier caso eso no negaría su existencia. ¿Cuánto dolor era capaz de asimilar? ¿Y cuanto daño era capaz de infligir?

Para muchos, el Camino de Santiago era una huida hacia delante. El Camino estaba lleno de "corazones partíos" como digo yo. Y es normal. Para mí eran unas merecidas vacaciones. Había estado en guerra durante tres años y en ese tiempo había envejecido diez. Mi pelo se estaba llenando de canas. Me sentía triste, cansada, avergonzada y confusa. Necesitaba descansar. Necesitaba distanciarme del mundo, pensar, renacer si era posible. De todo ello fui hablando con Arantxa mientras cruzábamos por un bosque de cuento de hadas, de pinos perfectos y de césped, verde perfecto.

El aire olía a limpio hasta dolerme la nariz. Un riachuelo cruzaba a nuestro paso y al fondo, un pantano en el que algunos pescadores se asomaban para echar su caña al agua. - Hola, buenos días- les decíamos. - Buenos días- respondían los pescadores sonrientes. El Camino estaba donde estaba yo, el Camino era lo que yo quería hacer de él.

Arantxa me escuchó atentamente y después, me habló de su tierra, del mar, de su trabajo, de sus aficiones, de su madre, de sus hermanos, de cómo se relacionaba con su familia, de sus viajes... habló y habló sin importarle lo más mínimo la existencia de mi "monstruo" confeso. Arantxa no lo sabía, pero al contarme todas esas cosas, me regalaba paz en dosis de sobredosis. Era un consuelo.

Atrás fuimos dejando Logroño. Mi ritmo era algo lento. Mis tobillos estaban hinchados y mis pies llenos de ampollas que se iban formando día a día. Cada paso se convertía en una tortura. Así que le pedí a Arantxa que no me esperase, que fuese a su ritmo y que en algún pueblo del trayecto nos volveríamos a encontrar. Hasta Navarrete caminé sola, sola con mis pensamientos, acompasando mi precario paso con mi vara peregrina, aliviando mis dolores apoyándome en ella. Los conductores gritaban desde sus coches al verme y yo, levantaba mi vara en saludo hasta que se alejaban.

En cierto sentido, Arantxa había sido como los conductores, como mi vara, como todas las personas que había conocido y que, sin saberlo, me habían dado aliento. He comprobado que cuando la vida te regala belleza, los sentidos buscan belleza. Cuando tu vida es una cancha de tenis, los sentidos te empujan a devolver la pelota. Y devuelves el proyectil aunque desees que sea el último que te llega.

Al llegar a Navarrete me encontré con un numeroso grupo de peregrinos que se habían concentrado en una cafetería: Concha, su amigo Pedro, Marian (que escribía en su Guía del Peregrino), Elena, Arantxa, y también había caras nuevas(muchos inician el Camino en las capitales de provincia, en éste caso Logroño) como Ceferino, un andaluz alto y teñido de rubio platino bastante simpático con el que caminaría muchos kilómetros. Pero eso yo, aún no lo sabía. También había un chico que me sorprendió: por equipaje llevaba una pequeña mochila y una guitarra, un elemento poco práctico para caminar. Pero cada persona es un mundo. El desayuno (café y bollos) fue reparador. Aproveché la parada para comprarme un pañuelo para la cabeza ya que perdí mi gorra el día anterior en el autobús que nos llevó a Concha, Marinieves y a mí hasta Logroño. Si algo tenía claro es que no podía caminar bajo el sol con la cabeza descubierta.

Reanudamos la marcha todos juntos. Pedro, el amigo de Concha, propuso que cantásemos. A mí me pareció divertido así que cantamos, al principio, canciones de los 70 y 80. Al final, los demás se rezagaron e iniciaron conversaciones de caminantes mientras que Concha y yo revisamos toda la discografía de Alejandro Sanz, El Último de la Fila etc. para acabar haciendo imitaciones de Nino Bravo. Casi no me di ni cuenta de la cantidad de kilómetros que hicimos sin esfuerzo. El camino discurría desde que entramos en La Rioja entre viñedos, por lo que la pista era bastante llana. Las canciones me distraían y me hacían olvidarme de mis doloridos pies, de mis tobillos, de mis rodillas. Subía cuestas casi sin esfuerzo, incluso fumando. La música nos ayudó a darle una buena atacada a la ruta de hoy. Al llegar a una zona boscosa, el terreno se endureció y comenzamos a subir. La gente había cogido piedras, cantos rodados de río y los había apilado haciendo pequeños monolitos.

Mi sorpresa fue comprobar que los monolitos construidos por los peregrinos, surgían y surgían a cada paso, creando un paisaje impresionante. El auténtico "Monumento al Peregrino".

 

Durante varios kilómetros, las pequeñas montañitas de piedras apiladas formaron una estampa increíble. Era la huella de nuestro paso, la señal dejada por miles de peregrinos. Hasta las piedras del camino me transmitían belleza. Sin duda, estaba en el buen camino.

Poco a poco, las heridas de mis pies me impidieron seguir el ritmo de los demás y me retrasé tanto que me quedé sola. De vez en cuanto, paraba para hacerme curas, ponerme las gasas de forma que me doliese lo menos posible, pero todo era inútil. Incluso pensé en quitarme las botas y caminar descalza. El tiempo pasaba y el sol, sin piedad, cayó sobre mí. Entre los viñedos, un fino hilo de agua me invitó a pararme. Mojé el pañuelo que compré en Navarrete y me refresqué la cabeza. Un paso, otro paso, toc, toc, decía mi vara. El calor era insufrible y ya no me quedaba agua. Las dos de la tarde y Nájera aún estaba lejos. Un paso, otro paso, toc, toc... Parada, dolor de rodillas, agotamiento, sed, calor, sangre en los calcetines, viñedos y más viñedos. Nájera parece cercana. Algunos chalets flanquean el camino. ¿Y si entro en alguno para pedir un poco de agua? En uno de ellos, unos niños se bañaban en una piscina. Me acerqué. Su madre me miró como un "Rottwailer". Desistí.

Viñedos, más viñedos, sed. Mi caminar se había convertido en un deambular lento y cansino. Cada 100 metros paraba. La pista estaba llena de cantos que doblaban constantemente mis tobillos a un lado y a otro. Los pies se me rozaban por todas partes. Nadie por delante, nadie por detrás. A un lado del camino, una vieja fábrica. Alguien se había molestado en blanquear la fachada y en escribir en ella un poema. Comencé a leerlo sobre la marcha y me sentí tan identificada con él que me detuve de nuevo para leerlo entero:

 

 

 

 

Polvo, barro, sol y lluvia es el Camino de Santiago millares de peregrinos y más de un millar de años. Peregrino ¿Quién te llama? ¿Qué fuerza oculta te trae? ni el camino de las estrellas ni las grandes catedrales. No es Navarra ni el vino de los riojanos ni los mariscos gallegos ni los campos castellanos. Peregrino ¿Quién te llama? ¿Qué fuerza oculta te atrae? ni las gentes del camino ni las costumbres rurales. ni es la história y la cultura ni el gallo de la Calzada ni el Palacio de Gaudí ni el castillo de Ponferrada. Todo lo veo al pasar y es un gozo verlo todo mas la voz que a mí me llama lo siento mucho más hondo. La fuerza que a mí me empuja la fuerza que a mí me atrae no se explicarla ni yo sólo el de arriba lo sabe.

 

Creyente o no, lo cierto es que cuando vas caminando y las fuerzas te abandonan, leer algo así, a mí, al menos, me hizo detenerme.

Por fín llegué a Nájera. Lo sabía porque en la pared de una pequeña casita blanca rezaba: "Peregrino. En Nájera: najerino". Era un alivio pensar que en aquel pueblo, alguien nos quería. Estaba tan cansada que no tuve fuerzas para correr cuando vi aquella fuente en la que bebí con ansiedad y llené mi botella. Paré en la fuente un buen rato, metí la cabeza debajo y las piernas y los brazos...Bajo el puente de entrada a la ciudad, el río Najerilla, desafiándome. Me juré bañarme en él desnuda en cuanto soltase el macuto en el albergue. Pero ¿Dónde estaba el albergue? Le pregunté a un hombre. Al otro lado de la ciudad, es decir, lejos, muy lejos.

 

Tardé más de una hora en atravesar los 500 metros que me faltaban para llegar al albergue. Mi llegada fue absolutamente agónica.

Cuando entré en el albergue me encontré con Marian. Tenía la cara desencajada. Al entrar en Nájera se había encontrado con Erika, una señora de una elegancia extrema que hacía el Camino en solitario. Caminaba con ella cuando Erika tropezó y cayó al suelo magullándose y ensangrentándose la cara. Por suerte, sólo fueron arañazos y no se dio ningún golpe fuerte en la cabeza. Alguien las trajo en coche hasta el albergue. Eché un vistazo a las heridas de Erika y al comprobar que se trataba de heridas superficiales, le recomendé que se duchase y se aplicase betadine.

Erika era una de esas personas que me intrigaban. Mujer de cerca de 65 años, muy elegante y culta, que hablaba varios idiomas. En ocasiones nos hablaba de sus hijos, de su trabajo como profesora de idiomas en Brasil. Todos los peregrinos velábamos por ella. Erika me transmitía una paz indescriptible.

Me sellaron la credencial. Subí a la habitación donde Arantxa, Concha y Marian habían reservado una litera para mí y caí en ella exhausta, llena del polvo del camino y empapada en sudor. Dormí hasta las 6 de la tarde. Cuando desperté estaba ya seca de sudor pero seguía llena del polvo del camino. Me dolían tanto las piernas y los pies. Fue al ducharme cuando me di cuenta de que había perdido, no solo la gorra, sino también el gel de baño, el jabón y una camiseta. Así que me duché (con agua fría) sin jabón. Gracias a Dios, a parte de la camiseta que tenía puesta, tenía otra en la mochila, y por suerte limpia. Pero aún tenía un problema que resolver: necesitaba unos pantalones cortos. Los vaqueros que llevaba estaban muy sucios y no tenía otros. Por otro lado, estaba prácticamente sin dinero. Todavía no me habían ingresado la nómina. Luego necesitaba unos pantalones cortos, finos, frescos y a ser posibles que costasen en torno a las 300 pesetas. Me costó pero lo conseguí: un bañador de hombre con "belcro" por cremallera, estilo años 70, a rayas blancas y marrones. Feo pero práctico.

Aunque me dolían las piernas a cada paso, decidí salir un rato por la ciudad, hacer algunas compras y disfrutar del río Najerilla.

De vuelta al albergue descubrí que el chico de la guitarra estaba allí así que, para relajarme, le pedí que me la prestase un rato. Accedió. Y se produjo otro de esos instantes mágicos, cargados de emotividad como el que vivimos con Pablito y el piano en Azqueta. En un momento se formó en el salón del albergue un corrillo de peregrinos que nos observaban y nos seguían en nuestras canciones. Pedro, que así se llamaba el dueño de la guitarra, era un madrileño bohemio, que se ganaba la vida tocando la guitarra a la salida del metro. Tenía el pelo largo, ondulado, unos penetrantes y brillantes ojos verdes y una voz profunda, llena de cuerpo, embriagadora. Cuando cantaba, todos callábamos para escucharle. A veces me pedía que tocase yo la guitarra y yo lo hacía. Entonces, Pedro "el trovador" me miraba insistentemente con sus ojos verdes y me atravesaba y me seducía... Preferí no aguantarle la mirada. Tenía peligro y a mí me gustaba. Preferí no enredar. Enseguida fuimos un buen grupo el que nos reunimos en torno a Pedro "el trovador". Su voz lo silenciaba todo. De pronto, comenzó a cantar una canción que yo no había escuchado nunca, en Euskera: "AITA" .

Albergue de peregrinos en Nájera con guitarreada incluìda. Una velada inolvidable.

Inmediatamente otra voz le siguió, la voz de Xabi, el maestro de ciencias, que apareció de la nada con una enorme sonrisa en la cara. Me quedé tan sorprendida... era la primera vez que veía de cerca y durante tanto rato a Xabi, y encima cantando. También se acercaron María y Haizea. Los cuatro cantaron "AITA" . Yo me limité a escuchar.

"AITA"

Aita semeak tabernan daude Ama alaba jokdan. Berriz ikusi beharko dugu begi gizena auzdan Berrird ere ez da faltako trapu zaharrik gakoan.

-Aita semeak tabernan daude Ama alaba jokdan. Eta lapurrek ohostu dute guk gendukana etxean Eta hemen gaude erdi riluzik beti inaren menpean.

-Aita semeak tabernan daude Ama alaba jokdan. Geurea dugu erru guztia geurea dugu osoan Ez inori ba bota Euskal Herria hiltzean.

-Aita semeak tabernan daude Ama alaba jokdan. Baina gaztea naiz eta daukat etorkizuna eskuan. Ez zaigu hilko euskal herria ni bizi naizen artean.

-Aita semeak tabernan daude Ama alaba jokdan.

El padre y los hijos están en la taberna La madre y la hija jugando a cartas. Otra vez veremos el ojo crítico en el vecindario No volverán a faltar trapos sucios en el colgador.

-El padre y los hijos están en la taberna La madre y la hija jugando a cartas. Los ladrones han robado lo que teníamos en casa. Y aquí estamos medio desnudos, siempre dominados por alguien.

-El padre y los hijos están en la taberna La madre y la hija jugando a cartas. Nosotros tenemos la culpa, toda entera.No echéis la culpa a nadie cuando muera el País Vasco.

-El padre y los hijos están en la taberna La madre y la hija jugando a cartas. Pero soy joven y tengo el futuro en mis manos El País Vasco no morirá mientras yo viva.

-El padre y los hijos están en la taberna La madre y la hija jugando a cartas.

 

Yo estaba alucinada. Cuando terminaron deseé que aquel momento no se terminase nunca y les pedí que la cantasen de nuevo y así lo hicieron. Arantxa, Marian, Elena, Concha... todos estaban organizando una cena comunitaria. Quise ayudarlas pero Arantxa me dijo que no, que siguiese tocando la guitarra, que quería oírme. Me sorprendió tanto que se uniesen a nosotros Xabi, María y Haizea que decidí darles un pequeño homenaje y canté canciones de El Último de la Fila. Al menos sabía que a Haizea le gustaba. Al poco rato Xabi, con cara seria vino a decirnos (muerto de risa por dentro) que teníamos a las chicas llorando, que al día siguiente hacían su último día de Camino y que les daba mucha pena irse de vuelta. Que las chicas estaban muy emocionadas y que haber qué hacíamos, que él no se hacía responsable. Y Haizea gritó desde la cocina:

-¡ Yo no estoy llorando!

Por supuesto que no, me dije, y seguí tocando, sabiendo que mentía. Haizea iba de un lado a otro del albergue, como si estuviese haciendo tiempo, iba al baño, luego a la cocina o se paraba y me miraba desde detrás de la columna, semi-ocultando su cara. No quería irse a dormir. En un momento dado me dijo tímidamente:

- Tocas muy bien la guitarra.

- Gracias.

María y Xabi se fueron a dormir y Haizea aún estuvo un rato más, cepillándose los dientes, buscando cosas que no encontraba, pululando, escuchando... hasta que ya no encontró excusa y subió a la habitación. fue estupenda, especialmente porque participamos todos de ella. Felicitamos a Arantxa por su ensalada y nos tiramos una foto con su "obra" antes de devorarla.

Estábamos cansados. Cigarrito y a la cama. Yo aproveché el silencio y la soledad para escribir un poco en mi recién estrenado "Cuaderno de Bitácora". Como peregrina, la vida discurría vertiginosamente, llena de tantos acontecimientos que no era capaz de asimilarlos todos. Experimentaba demasiadas sensaciones y vivía demasiadas cosas en un solo día. Desde mi litera veía al resto de los peregrinos, oía sus respiraciones. Al fondo, Pedro "el trovador" se deshace de su camiseta y se acuesta. A la derecha, Arantxa levanta sus piernas para hacer bajar la sangre. Marian duerme profundamente en la litera de abajo. A su lado, Concha, y frente a mí, Haizea.

Ahora que ya les conocía se tenían que ir. Ahora era yo la que sentía tristeza.

 

NOTA:

En un panel informativo del albergue, había pinchada con una chincheta ésta frase:

LA SONRISA

Una sonrisa no cuesta nada y significa mucho. Enriquece a los que la reciben sin empobrecer a los que la dan. Dura solo un instante pero su recuerdo es eterno y nadie es tan rico como para poder vivir sin ella ni tan pobre como para no poder regalarla. Ella crea un clima amable, hogareño. Es el signo sensible de la amistad. Una sonrisa relaja al que está nervioso y da coraje al más descorazonado. En resumen: "sonríe"

 

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