|
|
|
|||||||
|
||||||||
|
Salimos de Los Arcos muy tarde, a las 8 de la mañana. La etapa de hoy era llana, lo que prometía un día de intenso calor como así fue. Antes de salir, reparé mis pies, como cada mañana, por lo que me retrasé de nuevo. Marinieves fue más madrugadora y asaltó el camino la primera. Pronto le dimos alcance y caminamos junto a ella un buen tramo. Había tomado su propio ritmo, el que necesitaba, y nos dijo que nos adelantásemos, que ella no iba a ir más deprisa. Yo me resistía a correr. Tenía la sensación de que no iba a verla más. El Camino era así. Siempre tenía la sensación de que todo era provisional, todo era momentáneo: los lugares, los albergues, los ciclistas, los bares... la gente. Saber que todo era viajero, como yo, me hacía vivir la vida al instante presente. Hoy conoces a alguien y al día siguiente no lo vuelves a ver. Era consciente de que Marinieves estaba haciendo un gran esfuerzo por hacer una etapa por día, pero ¿Hasta cuando podría seguir haciéndolo?. Desde que la conocí, me decía a mi misma: hoy lo conseguirá, seguro. Caminábamos por una pista de gravilla ancha y lisa como una carretera sin curvas. El sol ya estaba bastante alto y la bruma, que desfiguraba las formas al estilo de Manet, había enfriado la piel de mi cara, de mis brazos y de mis piernas. No quería correr. Tenía la sensación de que a Marinieves no la volvería a ver. El resto de la gente, con la zancada más fresca y ligera, iba abriendo espacio entre Marinieves, Concha y yo. Para Concha, aún impresionada por la noche de Puente de la Reina, era importante poder caminar un rato con Marinieves, así que me fui adelantando. Otros peregrinos avanzaban a lo lejos. Tenía las piernas frías y el corazón caliente. Siempre me propongo no mirar hacia atrás y siempre lo hago. Mal hecho. Cada vez que se mira hacia atrás, se ven las cosas más pequeñas. Como en una película de Fellini, Marinieves se fue haciendo cada vez más diminuta, hasta convertirse en un punto borroso, confundiéndose con el sol y la bruma. Aligeré el paso y me uní a Marian, Arantxa, Evelin y a otros peregrinos. La pista discurría paralela a la carretera y los conductores nos saludaban desde sus coches con gritos y con pitadas de claxon. Se alegraban de ver peregrinos. Probablemente ellos también lo fueron. Era emocionante. Todo era emocionante. Intentaba no mirar atrás pero los recuerdos de los días anteriores eran tan fuertes que me giraban la cabeza. Cuando volví a mirar, ya no se la veía. Por delante, tenía todo el camino... La marcha fue agradable. Hicimos los 10 primeros kilómetros muy rápidamente gracias a la fresca de la mañana y a la suavidad del terreno. Pronto llegamos a Torres del Río, donde nos detuvimos a desayunar. La idea era desayunar, claro, pero el único bar del pueblo se negó a abrirnos sus puertas. No hubo manera de convencerles. Incluso se enfadaron bastante cuando les insistimos. Por suerte, había una pequeña tienda de comestibles escondida en una estrecha callejuela donde compramos embutido, pan, refrescos, zumos supervitamidanos y mineralizados con iones, chocolate, gasas, esparadrapo, tabaco... incluso pudimos disfrutar de una mesa y unas sillas de terraza dónde nos acomodamos. Se estaba bien. Pasamos allí sentados más de media hora. En la puerta del bar, un hombrecillo pequeño, redondo y sudoroso me salió al paso. Me dijo que venía caminando desde Pamplona y que por el camino, unos hombres le habían asaltado y le habían robado todo. Que había tenido que parar en el médico por tener los pies en muy malas condiciones y que ya había llamado a su casa para que le mandasen dinero pero que aún no le habían ingresado nada en su cuenta. Dijo que lo había denunciado todo a la Guardia Civil y vi que tenía la cara, los brazos y el cuello quemados por el sol. Me contó una rocambolesca historia de bandoleros que asaltan los caminos y yo, ante la duda, le di 1000 pesetas para que desayunase. Probablemente estaba mintiendo pero ¿Y si era verdad? El hombre tenía aspecto de "tonto". Quizá esa era su arma, pero quizá no. Les conté a mis acompañantes lo que me había pasado con el hombrecillo y me aseguraron que acababan de timarme. Yo les dije que había hecho lo que tenía que hacer. Desayuné con todos a la sombra de la estrecha callejuela por la que destilaba una fría brisa de montaña. Durante largo rato me curé los pies, cada día más maltrechos y apliqué anti-inflamatorio (Voltarén Emulgel) en los tobillos y en ambas rodillas. En Torres
del Río hay una extraña Iglesia, la Iglesia del Santo Sepulcro, pequeña
y octogonal, de esas de Evelin es una mujer sorprendente, brasileña, como tantos y tantos brasileños que recorren el Camino de Santiago, que sabe tocar el piano, el acordeón... Evelin habla siempre con dulzura y con esa aterciopelada forma de pronunciar las palabras como sólo los brasileños saben hacerlo, como si hablase al son de un fado portugués. Como Concha, Evelin es una "reincidente" en el Camino y ésta vez, ha vuelto para ser peregrina y hospitalera. Llegado el momento, Evelin se detendrá en el Camino, ocupará un albergue y, tal como nos contó, despertará a los peregrinos al alba, con los sonidos del canto gregoriano y al olor del café. Evelin era también un "ser de luz", llena de la sabiduría de muchas vidas anteriores. Yo no era más que una recién nacida al mundo y me dejaba empapar. Era un placer. Después de un rato, por la estrecha y empinada calle por la que se accede al pueblo, apareció otra de esas luciérnagas del Camino, Marinieves y corrimos hacia ella. Llegaba deshecha, con la cara desencajada y muy cansada, subiendo por la calle como quién asciende al Everest, apoyándose en su bastón de peregrina. Me alegró tanto verla... Inmediatamente la sentamos en la mesa de terraza. Nos dijo que venía desde hacía varios kilómetros con un calambre en uno de sus gemelos así que le di un buen masaje con Voltarén . Era peregrina, necesitaba poder caminar. Llevábamos más de una hora parados en Torres del Río. No había prisa, el sol podía abrasarnos y Santiago podía esperar. Marian aprovechaba cualquier escalón, cualquier piedra, para sentarse, sacar su guía del Camino y ponerse a escribir al sol. El "Camino" estaba allí donde estábamos nosotros. Marinieves , poco a poco, se fue recuperando del esfuerzo hecho pero no quiso que la esperásemos. Sobre la mesa quedó una auténtica montaña de comida que todo el mundo fue dejando para ella. La dejamos sentada y acomodada y volvimos a nuestras andadas. Caminé durante un largo trayecto con Evelin que, poco a poco, se fue acomodando a su propio paso y después caminé con Arantxa. Parecía que Arantxa y yo congeniábamos muy bien. Arantxa me llamaba "MARIJO" y a mi eso me gustaba mucho porque así me llamaba una amiga mía. Era un gesto de confianza que me gustaba. Poco a poco me fui acostumbrando a su acento vasco. Ese acento me traía muchos recuerdos que poco a poco fui superando. Tal era mi grado de sanación con respecto a mis experiencias anteriores con los vascos que empecé a sentir curiosidad por el vasco, algo que a Arantxa le encantó. Así que empezó a contarme cosas sobre su tierra, sobre el lugar donde ella vivía... Cada día, desde entonces, me fue enseñando algunas palabras en vasco y, cada día, me hacía un examen para ver si me las había aprendido. Palabras como "KAIXO" (hola), "ZER MODUZ ZAUDE" (Cómo estás), "GOZO" (dulce, suave) o "BIXI" (vivir, vivo). Arantxa, con su báculo de peregrina sacado de la raíz de algún árbol de Roncesvalles, nadaba por los caminos con un pañuelo en la cabeza anudado en la nuca, como una lagarterana sacada de alguna antigua estampa y cuando por la mañana le decía " Kaixo Arantxa, ¿Zer moduz zaude?" se reía con fuerza. Al menos sus clases de euskera servían, no solo para reírnos un rato; para mí era importante hacerle un exorcismo a mi pasado y con Arantxa, poco a poco lo fui consiguiendo. Estaba contenta. Esa mañana, la mayoría de las conversaciones giraban en torno al tema del "exhibicionista". El día anterior, dieron aviso en Los Arcos a cerca de un hombre de unos 30 años que había asustado a una chica en los caminos. Era un exhibicionista. Si se nos aparecía con los pantalones bajados ¿Qué haríamos? ¿Cómo nos defenderíamos, un grupo de pobres chicas indefensas, caminando solas por esos caminos de Dios? El sol comenzó a martillearnos. Yo tenía las piernas y los brazos quemados (aún llevando crema con el factor de protección solar más alto). Aprovechando las pocas sombras que había, decidimos hacer un alto bajo unos arbustos y allí nos comimos algunas de las cosas que compramos en Torres del Río. Arantxa, Evelin, Concha, Marian, Asun y yo. Era curioso como las seis habíamos venido solas y por separado a éste viaje y el destino nos había reunido. Charlamos distendidamente al pie del camino mientras otros peregrinos pasaban por delante de nosotras y se despedían al vernos. Algunos se paraban con nosotras, bebían algo de agua y después seguían. Muchos de los peregrinos eran viejos conocidos, veteranos de Roncesvalles. Otros eran caras nuevas. Siempre aparecía gente nueva que iniciaba su andadura desde algún pueblo, otros desaparecían y no volvías a verlos nunca más, ya fuese por que abandonaban, por finalizar sus vacaciones, por cansancio... cada persona es un mundo. Por delante de nosotras pasó una chica algo insólita, una joven rubia, "la danesa", con un macuto enormemente grande y pesado. Era una chica muy delgada pero muy fuerte que nunca desfallecía. Tenía un ritmo lento, uniforme e invariable por lo que siempre llegaba de las primeras a los albergues. Por el horizonte vimos aparecer a un hombre que nos llamó la atención. Alguien dijo de broma que era una aparición, "Tarzán". Llevaba pantalones cortos, zapatillas de deporte, una camisa de botones anudada a la cintura, el torso desnudo y sin mochila alguna. Empezamos a reírnos sin poder parar. Ni si quiera frenamos nuestras risas cuando "Tarzán" pasó por delante de nosotras, algo acongojado, mirándonos de reojo : - ¡Vaya cachondeo que tenéis! Para nosotras no había duda. Era el exhibicionista. La verdad es que un par de kilómetros antes habíamos visto un coche aparcado en el camino, al igual que el día anterior. Un coche, en medio de la nada. ¿Por qué? Nos fuimos riendo del exhibicionista el resto de la mañana. 45 grados de temperatura y subiendo. El calor era sofocante. Le dije a Marian que se pusiese una gorra en la cabeza ya que el sol le daba de lleno. Las demás, al menos, íbamos cubiertas pero Marian es una entusiasta del sol. Gracias a Dios me hizo caso. De vez en cuando parábamos para tirarnos una foto o para beber. Aprovechábamos cada sombra para reponer fuerzas. Era una etapa muy dura por el calor. El terrero discurría por llanos abrasadores, sembrados y campos de viñedos en los que el camino se sumergía, convirtiendo el ambiente en un horno. Las uvas estaban madurando pero aún les faltaba tiempo. Y ocurrió lo peor: me quedé sin agua. La llegada hasta Viana fue una agonía. Caminamos dejando atrás fábricas, almacenes, viñedos y más viñedos. Por fin, Viana estaba a lo lejos, pero nunca llegaba. Nuestro caminar era cada vez más cadencioso. Evelin y Asun se descolgaron de nosotras. A cada sombra yo suplicaba una pausa, pero el calor aumentaba y ya , lo peor era parar. Me ardía la cara, los pies, las piernas. Mi boca era de madera. Por fin, ¡Viana! Caminar por asfalto caliente era peor, si cabe, hasta que nos metimos en el primer bar que vimos. La mujer de la barra se quedó asustada al vernos. Le dimos nuestras botellas y cantimploras, que llenó de agua y metió enseguida en la nevera. Después, litros y litros de agua que bebimos con ansia. Estábamos deshidratadas y congestionadas por el sol. Yo me compré un helado de hielo. Necesitaba bajar la temperatura de mi cuerpo como fuese. Arantxa me pidió que esperase a tomármelo cinco minutos, pero no fui capaz de esperar. Me moría. Era tal el calor que pasamos que fuimos entrando al servicio una a una para cambiarnos de camiseta. Las que traíamos estaban empapadas, y al entrar al bar, se estaban quedando frías. En el bar tenían la televisión puesta. Estaban dando las noticias. Yo, que trabajo en una televisión y vivo de ello, no la echaba de menos en absoluto. Era un consuelo. Allí estábamos Arantxa, Marian, Concha y yo, pensando cómo llegar hasta Logroño, calibrando nuestras fuerzas. Yo estaba muy cansada. Tenía los pies muy magullados y los tobillos hinchados y doloridos. ¿Cómo estaría Marinieves? ¿Por donde andaría? ¿Le faltaría mucho por llegar? ¿En qué condiciones físicas estaría? ¿Se habrá quedado tirada? ¿Necesitaría ayuda? La verdad es que nos preocupaba mucho su estado y si se encontraba bien o mal. Concha dijo que ella se quedaba en Viana a esperarla. Yo, que estaba agotada, decidí quedarme con Concha. Marian y Arantxa se pusieron sus macutos y siguieron, rumbo a Logroño, bajo un sol justiciero. Concha y yo, fuimos a la plaza del pueblo, y ¿A quién nos encontramos allí, fresco como una rosa recién cortada? Al tonto al que le di las 1000 pesetas para desayunar en Torres del Río. Un tonto veloz, un auténtico "correcaminos". Concha y yo nos quedamos alucinadas al verle. El hombrecillo redondo y pequeño se nos acercó, hablando del tiempo y de cosas de esas, las típicas coletillas para iniciar una conversación. Estaba intentando quedarse con nosotras. No le hicimos caso. Yo estaba pensando, irónicamente, en el poco dinero que me quedaba, en esa nómina que nunca llegaba. Entré en un cajero para ver mi saldo y... nada. El asunto se ponía feo. Sin dinero, fin del camino. El tonto, que era menos tonto de lo que parecía, se sentó junto a un abuelo en una de esas sillas de mimbre típica de los pueblos, frente a nosotras, hablando con él pero sin dejar de mirarnos. Me estaba poniendo muy nerviosa. Decidí, a pesar de mi insoportable dolor de pies, levantarme y me fui a que me sellaran la credencial en el albergue de peregrinos de Viana y a comprobar si Marinieves había pasado por allí. No sabían nada de ella. Al volver
junto a Concha, a lo lejos, vi un paraguas: ¡ Era Marinieves! Me alegré
muchísimo. ¡Lo logró!. Recuperamos a Marinieves, al menos por un día más.
- ¡Marinieves! Eres una tía grande. Pensábamos que te perdíamos. - ¡Qué
dices! El masaje me vino muy bien, he caminado muy bien y me lo he comido
todo, todo lo que me dejasteis. Me quedé asombrada. Sobre la mesa en la que la dejamos en Torres del Río había un camión de comida. Pero si le sirvió para llegar hasta Viana... Al principio pensamos en la posibilidad de ir andando hasta Logroño, pero era una locura. El calor era insoportable, yo diría que, hasta peligroso. Eran las cuatro de la tarde y el sol explotaba sobre la cabeza. Por otro lado, estábamos agotadas. Lo mejor era coger el autobús, y así lo hicimos. Total, eran solo 9 kilómetros de autobús. Eso en realidad, no era pecado. Y ¿Quién estaba en la estación de autobuses cuando llegamos? El tonto, que no era tan tonto. Estaba sacando billete para alguna ciudad donde pudiese tener una buena combinación para llegar a Santiago. Cuando nos vio me dijo: - Hay que llegar a Santiago, como sea. Y se rió. La vida es así. El conductor del autobús nos hizo rebaja por ser peregrinas. También nos dejó fumar dentro y ocupar dos asientos cada una para poder ir con las piernas estiradas. Yo no fumé. No podía, cosa rara en mí, que fui capaz de subir el Alto del Perdón con un cigarro en la boca. Pero sí estiré las piernas. Me dolían tanto... Me quedé amodorrada en el asiento. Llegamos
a Logroño hacia las 4 de la tarde. Teníamos hambre y decidimos comer antes
de ir al albergue. Se me ocurrió una idea: comer en un Burguer y Concha
y Marinieves aceptaron por complacerme. Caminamos por las calles de Logroño
como tres apariciones, como "Cocodrilo Dandie" cuando llegó a Nueva York.
Todo el mundo nos miraba. Concha estaba indignada por el "pijerío" de
las damas logroñesas. - ¡Anda, pero mira esa, pero que se habrán creído!
Y de nuevo, la risa floja. Eramos tres "cazafantasmas", cansadas, arrastrando
los pies, cayéndonos de risa por la "Gran Vía" de Logroño, sin poder contenernos. Al fin dimos con el Burguer y entramos por la puerta acristalada, como pudimos, enganchándonos con los macutos, para comernos una hamburguesa. Marinieves nos invitó. Fue una comida muy agradable. Marinieves nos contó más y más anécdotas de su familia, de ella, de sus hijas... hablamos de los "seres de luz" y de ciertos triángulos invisibles que Concha y yo teníamos en la frente. Hablamos de la noche en Puente de la Reina, del camino, de nosotras... Era como si en el fondo, necesitásemos hablar y escuchar. Parecía como si buscásemos la mínima excusa para perdernos en nuestras interioridades. Fue una gozada comer con aire acondicionado. El cuerpo me cambió de status, de registro. Pero sin duda, Concha y Marinieves fueron lo mejor de la comida. Llegamos al albergue por la tarde. A partir de ese momento, el día transcurrió rápido. El albergue era absolutamente paradisíaco. Contaba con una piscina pequeña para que los peregrinos metiésemos los pies.
Albergue de peregrinos en Logroño. Un paraiso. El albergue contaba con una pequeña piscina en el patio para que los peregrinos pudiesen meter los pies en ella. El agua fría es lo mejor cuando se tienen los pies hinchados. Fué la única vez que pude hacer eso, llegar de una etapa y refrescar los pies. Marian y Arantxa, que habían hecho el trayecto Viana-Logroño a pie, acababan de llegar así que coincidimos todas en la ducha. Montamos un curioso gallinero. Nos arreglamos, nos pintamos... Bajé al patio y metí los pies en el agua, que era algo con lo que venía soñando desde que salí de Roncesvalles. La piscina tenía un pequeño surtidor en el centro y caía produciendo un constante gorgoteo del agua al caer. El cielo estaba azul intenso con algodones y frente a mí, un viejo convento en cuya torre, unas cigüeñas habían construido su nido. Me encendí un cigarro y apoyé mi espalda contra el suelo. Arantxa me trajo una lata de cerveza. ¿Se puede pedir más?. Carlos estaba en el albergue. Aún no le había visto pero si a Obra, que dormía plácidamente a la sombra. Me acerqué y enseguida, se levantó y empezó a rozarse contra mis piernas y a buscar mis caricias. Se alegraba de verme y yo también de verla a ella. Esa tarde decidimos, por primera vez, salir por la ciudad a tomar algo. Nos lo merecíamos. Arantxa, Marian, Marinieves, Concha... también vinieron dos personas nuevas: Pedro, un amigo de Concha (que había conocido el año anterior haciendo el Camino) y que había venido esa tarde desde Madrid y Haizea, una de las chicas vascas. Me sorprendió bastante ver con nosotros a Haizea ya que, desde que la conocí en Roncesvalles, no había cruzado una sola palabra con ella. Lo cierto es que, cosas del destino, pasamos el poco rato del que disponíamos para divertirnos, hablando entre nosotras. Las cervezas caían velozmente ya que a las 10 teníamos que estar en el albergue. Ibamos de bar en bar, de caña en caña, bebiéndolas de un solo trago. Haizea era una chica de 16 años, espigada, alta, de pelo moreno recogido casi siempre en una coleta. Tenía una peculiar y desgarbada forma de caminar, con las manos en los bolsillos, como un muchacho. Decía muchas palabrotas y cuando hablaba, parecía enfadada. Era como si estuviese siempre protestando. Todas esas formas contrastaban con su belleza, con su rostro lleno de dulzura. Siempre me había intrigado, tanto Haizea como las otras dos personas que viajaban con ella ya que siempre hablaban en vasco y rara vez les veía hablando con otros peregrinos. Siempre pensé que eran sus hermanos, sin embargo Haizea me contó que se trataba de su prima María y de su maestro de Ciencias, Xabi. Haizea me habló de su pueblo (en el País Vasco), me habló del tipo de Euskera que hablaba, de su trabajo, de sus estudios, de lo que tenía pensado estudiar a partir de septiembre, de cómo le estaba resultando el Camino, hablamos de la música que nos gustaba, de "El Último de la Fila", de Manolo García..."El Último de la Fila" había representado durante muchos años, todo lo que yo hubiese querido decir y había canturreado sus canciones hasta la lágrima. Hoy, llevo cintas de "El Último..." en el coche y aún hoy, me siguen emocionando. Me sorprendió tener afinidades con una persona tan diferente a mí. Pero En realidad ¿Eramos tan diferentes? En un momento de la velada, Haizea se enfadó con migo porque me referí a ella como "la niña". Protestó enérgicamente. Ella no era una niña. Era un apelativo cariñoso. Haizea me había caído bien y me producía algo que rara vez sentía: candor. Era como verme a mí, unos cuantos años atrás, rebelde y sensible. Difícil combinación. Desde esa noche se inició una comunicación con el grupo de chicos vascos muy especial, mucho más de lo que yo me podría imaginar. Volvimos al albergue. Desde que salí de Roncesvalles, Marian me había animado a que escribiese pero me faltaba tiempo, tranquilidad. Sin embargo, eran tantas las cosas que estaba viviendo... No podía permitir que se las llevase el olvido así que esa noche, cogí el bolígrafo que robé en el restaurante de Estella y, con él, empecé a escribir éstas líneas. Sólo tenía tiempo para hacer breves anotaciones, pequeñas referencias de acontecimientos y de lugares en los que había estado, sin entrar en detalles. Confiaba en completarlo frente al ordenador con lo que quedase en mi memoria. Abajo, en el patio, se escuchaban voces. El agua del estanque seguía fluyendo, llenando todo el silencio de la noche. Marinieves estaba dando masajes en los pies a todos. Era nuestra terapeuta particular. Yo también recibí sus curas, no a petición mía sino por insistencia de ella. Cogió mis pies, los puso sobre su regazo y comenzó a pasar las palmas de sus manos abiertas por mis piernas, pero sin tocarlas. El Camino me había enseñado muchas cosas invisibles, y esa era una de ellas. Perfectamente podía notar el contacto de sus manos, que flotaban sobre mi piel a una distancia de unos 10 centímetros. Marinieves cerraba los ojos y respiraba profundamente, insuflándome todos sus voltios hasta dentro. Yo no daba crédito. Marinieves se reía al verme. Decía que le encantaba ver mi cara de asombro. Estaba tan tranquila. Hacía mucho tiempo que no sentía por dentro tanta paz. Quizá fue esa la razón por la que me decidí a iniciar éste viaje. Por buscar algo de sosiego por dentro. Cuando se tienen los sentidos disparados, se perciben todos los olores, todos los sonidos, todos los colores, se aprecian todos los favores, todas las sonrisas, todos los detalles, sentía abrasadores los latidos de la sangre de las manos que me tocaban, las frecuencias y los armónicos de las voces que me hablaban, la temperatura de las miradas y de las palabras. A la mañana siguiente, Marinieves se levantó a despedirnos. Me abrazó. No volví a verla. |
||