Gran acantilado rumbo a Los Arcos

 

De madrugada, cuando aún no había salido el sol, Concha me despertó. Serían las seis de la mañana. Muchos de los peregrinos se quedaron durmiendo. Era normal. La mayoría veníamos de Roncesvalles y después de tantos kilómetros a veces es necesario dormir un poco más para recuperarse del cansancio. Yo me hubiese quedado en la cama de buena gana. Notaba que ya no era suficiente con echarse una siesta y dormir por la noche para recuperarme del esfuerzo del día anterior. El cansancio se acumulaba en todo el cuerpo y me levantaba cansada, pero ese era el mal menor. A oscuras me vestí, hice mi macuto y salí de la sala intentando no hacer ruido. Había gente durmiendo con colchones en los pasillos. Bajé las escaleras y fui a la gran cocina del albergue para desayunar con las demás. Dos cafés de máquina y una magdalena.

Antes de salir revisé el estado de mis pies. Tenía los emplastes de barro del viejo curandero. Las heridas no me dolían, algo que me resultaba increíble. En cuanto a las piernas, la acupuntura de Elena me relajó los músculos tibiales pero aún las tenía doloridas. No sabía cómo respondería a los distintos tratamientos. A lo largo del día se vería.

Entre unas cosas y otras, me retrasé bastante por lo que fui de las últimas en salir del albergue. Concha me esperó e inicié la marcha con ella. Salimos por las calles de Estella en la oscuridad de la noche, intentando adivinar dónde estaban las flechas amarillas que conducen a Santiago. El suelo estaba adoquinado, ideal para mis maltrechos tobillos. Poco a poco empezó a clarear. Concha y yo alcanzamos un buen ritmo de paso. Como ya conté, Concha es una atleta camuflada. Íbamos hablando, conociéndonos algo mejor. Imagino que cuando te levantas, te acuestas, te duchas, comes y cenas con una persona que acabas de conocer, te entra una cierta curiosidad sobre su vida, así que la conversación versó sobre nuestras vidas. El camino es un escenario ideal para el diálogo, para la conversación. Caminas y hablas con quién te acompañe. Todo va unido.

En general, lo primero que se pregunta es la profesión. -¿A qué te dedicas? Le conté en qué consistía mi trabajo, mis peleas diarias con el ordenador, mi labor creativa, mi trabajo con las musas, con la inspiración. Ella me contó sus aventuras como abogada, sus pleitos, sus juicios, sus criminales... El Camino en una vía de curación, de sanación. El Camino cura el estrés, la fatiga, aminora el dolor, enseña a ver, a respirar, a notar las temperaturas, a vivir con muy poco, a saber acelerar y a aprender a detenerse. El camino no es una vía de milagros. Es una senda pedregosa y dura. Pero cura.

La fuente del vino en Irache. Barra libre.¡Sirvase usted mismo!

Concha y yo estábamos en el camino, en el buen camino. Ambas nos negamos a dejarnos embrutecer, algo que en nuestros mundos es sumamente fácil. Quizá por eso, llegado el momento, nos detuvimos, encendimos un cigarro, nos dimos la vuelta y observamos como el sol se levantaba por el horizonte hasta cegarnos los ojos. Concha, la valenciana, habla arrastrando notablemente las "erres", pronunciándolas con energía. Concha tiene ojos azules, la piel blanca y cara de niña. Concha es un "ser de luz", un cerebro prodigioso, una hambrienta de humanidad.

Desde que la conocí con su bastón de esquiar en Roncesvalles, siempre me habló de Pablito el de Azqueta, un hombre que regala palos a los peregrinos que se lo solicitasen. Muchas veces estuve tentada de entrar en una tienda y comprar un bordón, pero Concha siempre me instaba a que tuviera paciencia y que esperara a llegar a Azqueta. Todos los días me lo decía. Por fin, a lo lejos, estaba Azqueta.

 

Llegamos al pueblo a las 8 de la mañana, con la fresca en la cara y el sol tostándonos las pantorrillas. Dimos con una fuente dónde llenamos nuestras botellas.

Yo le decía a Concha:

- ¿Pero dónde es? ¿No es aquí donde estaba el hombre ese de los palos que decías tú?.

- Sí, pero no sé dónde vive. A demás es muy temprano, no hay nadie en la calle. Yo no sé dónde es.

- Pues yo no me voy de aquí sin el palo.

Decidida a encontrarle, empecé a recorrer las calles de aquel pueblecito, sin encontrar a nadie. Al fin, un hombre regordete, de unos 60 años, apareció en mi camino.

- Perdone- le dije- estoy buscando a un hombre, que me han dicho que regala palos a los peregrinos y que vive aquí. ¿No sabrá usted donde puedo encontrarle?

- Sí, soy yo mismo. Sígueme.

Como dice la canción: "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida".

Le seguí hasta su casa. Antes de entrar le dije a aquel hombre que no estaba sola, que había una amiga esperándome. - ¡ Pues ve a buscarla! Corrí hasta la fuente donde dejé a Concha. Con ella estaban Marian y Arantxa. - ¡ Venid, venid, que le he encontrado! Y corrimos hasta su casa. Yo estaba entusiasmada. Al entrar, Pablito nos estaba preparando un café. Su casa estaba llena de fotos familiares. La cocina y el salón eran una sola pieza, separadas como por una especie de barra de bar. En el centro, una mesa camilla donde Pablito iba sellando nuestras credenciales. Al instante, estábamos en nuestra casa, sentadas en la mesa camilla, tomándonos un café con leche mientras Pablito nos hablaba de sus hijos, de los peregrinos... Yo no daba crédito. ¡Estaba tan a gusto, tan cómoda!

Al entrar en la casa vi un viejo piano presidiendo la entrada, un piano de pared con un vistoso tapete de colores. Le pregunté si el piano funcionaba. Con un gesto rápido e inmediato me invitó a tocar. No tuvo que decirme más. Salté de mi silla olvidándome del delicioso café que me había servido y corrí hasta el piano. ¡Fuera tapete, arriba la tapa! Y el piano, que estaba justo en la entrada de la casa, empezó a resonar por las calles de Azqueta, perdiéndose en mil ecos. Estaba feliz. Nunca hubiese imaginado que podría producirse una situación así. Yo de peregrina por el mundo, de repente, tocando el piano en un pueblo perdido, en la casa un desconocido que me da de desayunar sin pedírselo. Toqué y toqué las pocas cosas que mi oído me ha permitido aprender. Al son de los ecos que se perdían por las calles del pueblo, como si de cierta flauta de un flautista famoso por encantar ratones se tratase, comenzaron a llegar peregrinos por la puerta de la casa de Pablito que, sin mediar palabra y boquiabiertos al verme, soltaban sus macutos y entraban dentro de la casa. Pronto, fuimos una multitud. Todos tenían su café. Mis manos comenzaron a tocar la banda sonora de la película "Memorias de Africa" una película muy especial para mí. Cuando la terminé, Concha llegó hasta mí y me dijo que la tocara de nuevo. Lo hice. Concha, detrás de mí, escuchó la canción una y otra vez. Sólo cuando me di la vuelta y me giré, me di cuenta que Concha y Marian lloraban sin control. Tuve que tocar esa canción unas cuantas veces más.

Los peregrinos no paraban de llegar. En la casa de Pablito ya no se cabía. Todo el mundo tiraba fotos.

Marian,Concha,Pablito, Arantxa y yo al piano, en casa de Pablito en Azqueta. Una experiencia que no olvidaré nunca. Nos abrió su casa, nos dio de desayunar, nos enseñó sus fotos familiares...Su vara me acompañó todo el camino, me ayudó a salvar obstáculos y acompañó mi paso.

Una chica brasileña a la que había visto alguna vez, Evelin se llamaba, se puso a mi lado, a escucharme. Después de un rato dijo que sabía tocar una canción. Sin dudarlo, le cedí mi puesto en el piano. Cual no sería mi sorpresa cuando sus dedos comenzaron a bailar sobre las teclas velozmente haciendo sonar una increíble sonata de Bethoven. La boca se me abrió, los peregrinos se agolpaban en torno al piano, de vez en cuando saltaba el flash de una cámara, las lágrimas se me saltaron a mí... era una borrachera de emoción. Concha y Marian tenían los ojos enrojecidos. Arantxa también estaba emocionada, camuflada entre la gente, pero estaba allí. Fue emocionante.

Poco a poco, la gente fue saliendo de la casa. Al final nos quedamos Concha, Marian, Evelin, Arantxa y yo, con Pablito. Me terminé el café y me selló la credencial. Ya nos íbamos cuando Pablito me dijo: - Pero bueno ¿Tú no venías a por una vara? La verdad es que con lo del piano y con la escena que habíamos vivido, lo había olvidado. Pablito me tomó del hombro y me hizo entrar a un garaje lleno de trastos. Allí, de entre un montón de varas, probó unas cuantas hasta que dio con una que le gustó. Lo primero que hizo fue enseñarme a caminar con ella haciéndome una demostración. Me dijo que ni se me ocurriera cortarla aunque me pareciese muy larga. Ese era el truco. La vara tenía su propio movimiento. Yo la echo hacia delante y ella vuelve sola hacia atrás para iniciar un nuevo paso. Después me la dio.

- Toma, esta vara es para ti. Es una vara especial, de avellano, ligera y dura, para que te ayude en tu "camino". Después me señaló una caja de cartón llena de conchas, de "viéiras" que él mismo había taladrado para poder ponerlas un cordón.

- Elige la que quieras.

Pablito y yo salimos de la casa. Me despidió desde la puerta. Atrás le dejé, corriendo hacia el coche repartidor de pan, como aquellos que viví en el pueblo de mis abuelos de pequeña, ese tipo de coches, modelo "dos caballos", de motor escandaloso, que van dejando a su paso olor a pan caliente. En casa de Pablito, había un cuadro colgado en la pared, presidiendo la entrada de su casa que rezaba lo siguiente:

Peregrino, estás en Azqueta. Haz un alto en éste hito, que fuerte bordón de avellano aquí te ofrece Pablito para llevar en tu mano. Santiago está muy lejos para quién va caminando. Será lanza para tu valentía, defensa ante los miedos, ayuda en las subidas, sostén en el descenso, apoyo en las fatigas. ¡Bordón, amigo de avellano!

Retomé el camino junto a Marian, Concha, Arantxa y Evelin, llena de una profunda emoción. Mis acompañantes me miraban con la cara iluminada. El viejo curandero me había curado los pies, Marinieves me arregló la rodilla, Elena me hizo acupuntura en las piernas, Concha me había despertado por la mañana, me contó sus historias y lloró junto a Marian al son de "Memorias de Africa", Arantxa había estado con migo, a su manera, en el tumulto de la casa de Pablito y se había emocionado con nosotras, Evelin me había regalado en el lugar y en el momento más inesperado a Bethoven, había tocado el piano, tenía vara, viéira... el sol estaba ya coronando el cielo y hacía un calor de muerte pero ¿Qué importaba?

Retomamos nuestro camino, con el corazón bailándonos dentro, saltando sobre nuestras baldosas amarillas, rumbo a Santiago, rumbo a Oz. El resto del trayecto fue ligero.

Arantxa tenía un humor excelente, bromeaba sobre todo. El campo amarillo estaba tostado por el sol. A ambos lados del camino, enormes pacas de paja prensada se apilaban unas sobre otras formando enormes montañas de cubos de paja. Algunas de las montañas se habían desmoronado formando estampas cubistas, de formas cuadradas irregulares. Arantxa decía: - ¡Mirad, el "monumento al peregrino" ! Tenía gracia, era el monumento que nos merecíamos. Me reí con ganas. Creo que fue en ese momento cuando empecé a hablar con Arantxa.

Desde la cena en Cizur Menor, cuando nos contó la historia de su camiseta y de su hermano, no había vuelto a hablar con ella. Arantxa siempre se iba a la piscina cuando llegábamos a los albergues o dormía en hotel, o comía en restaurantes, o yo me iba a dormir... lo cierto es que por unas cosas o por otras, yo había coincidido poco con Arantxa. Durante un rato caminé con ella. Me hacía gracia su fuerte acento vasco y poco a poco, le fui perdiendo miedo a ese raro temor que me producen los vascos. Arantxa me comentó lo que habíamos vivido en casa de Pablito. Realmente estaba contenta por aquello. Se fijó en mi recién estrenada vara. Le expliqué lo que me había contado Pablito sobre ella, cómo se utilizaba, de qué estaba hecha... Arantxa no llevaba bordón. A cambio, tenía un palo retorcido, una especie de raíz larga que la venía acompañando desde Roncesvalles.

Arantxa y Marian

Arantxa era simbólica. Para mí, ese era un punto a su favor. Según iban pasando los días, a medida que iba viviendo experiencias nuevas, el aire iba tomando un olor diferente. Los colores del campo eran siempre más bellos. El paisaje, según nos acercábamos a Castilla, se iba endureciendo. Las montañas desaparecían, el clima se hacía más caluroso, el campo amarilleaba, la tierra era más marrón y el cielo más azul.

Llegué a Los Arcos cansada. A pesar de que la etapa había sido bastante llana y de que los kilómetros no habían sido excesivos. El albergue de peregrinos contaba con un pequeño edificio con cocina, máquina de café y otra de refrescos. Era agradable, tenía hasta una sala para la lectura. Nos sellaron las credenciales. Al final no dormimos en ese edificio. Nos mandaron a una especie de caja metálica, Concha los definió como "containers", que a primera vista echaba para atrás. Sin embargo, el container se convirtió en un oasis: contaba con cuatro literas y aire acondicionado. Era ideal: una habitación para nosotras solas y con ¡¡AIRE ACONDICIONADO!!. Nos encantó la idea. Alguien sugirió que, ya que íbamos a estar solas, sin hospitalero vigilando, podíamos organizar una fiesta. La idea era tentadora, si no fuese por el cansancio. Todo se vería. Lo primero que hice antes de ducharme en el "container-ducha" fue tirar mi aislante en el cesped que había a la entrada de nuestro container, tumbarme a la sombra y beberme una Coca-cola fresca con un cigarro. Pronto se me unió Arantxa y más gente. Era incapaz de hacer nada. Estaba sofocada por el esfuerzo.

Me quité las botas y comprobé el estado de mis pies. Me hice las curas. La verdad es que empezaba a faltarme de todo en mi botiquín: gasas, esparadrapo... y lo peor es que estaba sin dinero, a la espera de cobrar una nómina que nunca llegaba. Arantxa, que estaba tumbada a mi lado, me dijo que si me apetecía ir a la piscina del pueblo. Ella, siempre que tenía oportunidad, iba a las piscinas, que para los peregrinos, eran más baratas si enseñabas la credencial o te daban un vale en el albergue. Yo no podía dar un paso así que rechacé su invitación. A lo lejos, apareció Marinieves con su paraguas. Venía exhausta. Así que Arantxa, Concha y Marian se fueron a la piscina y yo me quedé allí con Marinieves, que durmió con nosotras en nuestro container. Cuando cayó la tarde, juntamos dinero para hacer compra para la cena. Ensalada, como siempre y un maravilloso e inmenso perol de espaguetis. Por cierto, según me contó Marian, compramos 6 latas de atún para aderezar el plato y sin embargo, a la olla cayeron 9 latas. ¿De dónde salieron las 3 latas restantes? Pues del pobre Carlos, que puso sus latas en la cocina junto a las nuestras y que se quedó sin atún para su cena. Al final, comió de nuestros espaguetis. ¡Vaya despiste!

La cena la organizamos fuera, en la calle, en una gran mesa que había en el patio donde estaban instalados los containers. Allí no había problema con el hospitalero ni con despertar a nadie. Una vez acabada la cena, todo el mundo se dispersó, excepto Arantxa y una chica que se llamaba Asun. Asun nos contó que estaba harta de un hombre que la venía acompañando desde Roncesvalles y que se le había "pegado", no sabe como. Este hombre era inconfundible. Tenía hecha una traqueotomía, a parte de tener muy mal genio. El caso es que trataba a Asun muy mal y ella estaba cansada de él. Asun se estuvo desahogando con nosotras un buen rato. Arantxa se levantó y después de un par de minutos, apareció con un par de vasos con wisky que le pidió a Carlos. Así que bebimos.

 

Se nos unió Marinieves que empezó a contarnos sus historias: su divorcio, algunas aventuras sobre su padre, sobre sus hijas, sobre su hermana, sobre su ex-marido, sobre ella... Nos reímos tanto que se nos saltaban las lágrimas. Asun , que se reía con la "A", lloraba de risa...el caso es que, yo, que me quería ir a la cama, no me fui, y Marian, que ya se había metido en la cama, se levantó, picada por las risas y se unió a nosotras. Pero no sólo ella, sino medio albergue. Nos fuimos a dormir y las risas continuaron aún un rato más. Marinieves, algo misteriosa esa noche, cogió algunas cosas de su macuto y se salió fuera. A saber. Salvo por que al subirme a la litera me destrocé un talón (dolor inhumano) el día fue perfecto, de principio a fin, uno de esos días que no podré olvidar mientras viva. Me metí en la cama y caí en brazos de Morfeo rápidamente, anestesiada de cansancio y emoción.

De mi mochila colgaba hoy una vieira, a los pies de mi cama, mi vara y a mi lado... mis compañeros de camino, cómplices, confidentes... peregrinos.

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