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7 en punto de la mañana. Elena, Concha, Marian, Arantxa, Carlos con Obra... todos nos dimos cita a la puerta del albergue junto con otros peregrinos y salimos a caminar. Yo desayuné un par de cafés de máquina, mi gasolina. Sin café no soy nadie. La mañana estaba fresca y aún era de noche. Mientras esperábamos a los rezagados, el cielo iba clareando. Ese día había un interés especial en caminar juntos. Pareciese que daba igual el camino que quedaba por andar o la amenaza del calor. La noche anterior había sido muy especial. Habíamos cenado todos juntos y se habían creado unos lazos afectivos de los que aún no éramos conscientes, pero que estaban ahí. Desde ese día, nadie caminaba sólo, es decir, en soledad. Podíamos retrasarnos o adelantarnos, pero los demás siempre estaban pendientes de dónde estabas y en qué estado. Eso era bueno. Seguíamos siendo independientes, con la libertad de decir adiós en cualquier momento, pero estábamos unidos. Ahora nos conocíamos más, compartíamos más... éramos, como digo yo, una panda de locos bien avenidos, cada uno con sus historias a cuestas, sus problemas, todos diferentes, y todos peregrinos. Seguimos la flecha amarilla que conduce a Santiago a través de las calles de la ciudad, pasamos por el "Puente" y salimos por el camino, en grupo. Poco a poco, como ocurre siempre, cada uno adopta el ritmo más cómodo para sus pies y nos fuimos diseminando. La mayor parte del trayecto lo hicimos Marian, Concha y yo. Desde la noche anterior, cuando Marinieves nos leyó las manos a las tres íbamos siempre juntas. No era una obligación pero a mí me apetecía estar con ellas. Eran buenas compañeras de camino. En el primer tirón al comenzar a andar, intentábamos hacer al menos, la mitad del trayecto para aprovechar la fresca. Se camina mejor. Así, entre viñedos y semillanos, en una pista de tierra bastante transitable aunque con bastantes subidas, hicimos 10 kilómetros, dos horas andando. Después de eso, paramos para comer algo aprovechando unas rocas que encajonaban nuestro pequeño sendero y que se encontraba en una hondonada.
Por tierras de Navarra Yo saqué una bolsa de magdalenas rellenas de chocolate que compré el día anterior y aproveché para curarme los pies. La principal consecuencia de la caminata del día anterior fue la colección de ampollas que se me organizaron. Los dedos, debido al rozamiento entre ellos, estaban literalmente despellejados, así como ambos talones. Con todo ello, cada paso se convertía en un martirio. Por otro lado, las ampollas que se me formaron en días anteriores, no se me curaban. Todo lo contrario, iban aumentando. Tenía que hacer grandes esfuerzos para caminar. Hay momentos en el camino que rayan lo surrealista y éste fue uno de ellos. Mientras desayunábamos, Marian cogió su teléfono móvil y comenzó a hablar con gente de Madrid. Estaba interesada en vender un piso. Pero no solo eso. Durante los días que caminé con ella, la vi vender un piso, compara otro y alquilar un apartamento en Ibiza, móvil en mano caminando entre piedras y riscos o sudando bajo un sol de justicia. Mientras Marian vendía pisos, yo, descalza, me curaba los pies. Pasó
un pastor que se quedó algo alucinado, mientras por lo alto del camino,
rocoso y hundido, apareció un ciclista que casi se mata para bajar entre
las piedras. Poco después, apareció una persona a la que pensé que nunca
volvería a ver: Marinieves, con una cinta de Nike en el pelo y un paraguas
en la mano. Venía muy sofocada y se quedó con nosotras a desayunar. Como
venía haciendo desde que la conocimos el día anterior en Puente de la
Reina, Marinieves comenzó a contar sus historias y nosotras a morirnos
de risa. Estuvimos un buen rato paradas en medio del campo. No había prisa.
Santiago podía esperar. Imagino que lo que el camino podía ofrecernos,
al menos en lo que a mí respecta, estaba allí. Por cierto, Marinieves
no solo nos contó historias graciosas, también me curó los pies, algo
impagable cuando se es caminante. No me acostumbro a que me curen. No
es algo fácil de devolver. No hay con qué. Seguimos nuestra marcha entre viñedos, carrascas, matorrales y algunas zonas arboladas y al llegar a Lorca, paramos de nuevo para llenar nuestras botellas y cantimploras en la fuente del pueblo. Ya apretaba el calor y estábamos totalmente empapadas en sudor. Se estaba formando a marchas forzadas entre Concha, Marian, Marinieves y yo un clima de complicidad que nos hacía olvidarnos del reloj. Bebimos, reímos, nos tiramos fotos, nos tiramos al suelo...El pueblo era nuestro. Una mujer barría las calles adornadas con plantas. La fuente daba el agua más limpia y refrescante del mundo. El cielo tenía el azul más azul y yo era la niña del Mago de Oz, por mi camino de baldosas amarillas. Quise tener para siempre una foto de Concha y Marinieves juntas, los dos "eres de luz". Y la hice. Deseo cumplido. Retomamos el camino. Marinieves se quedó más tiempo en Lorca porque necesitaba recuperar más. A partir de ahí, el calor apretó sin piedad. Ya era tarde y el sol se había levantado hasta la cima del cielo. Cada vez, según avanzábamos hacia la España más árida, las sombras iban desapareciendo. Cada vez había menos árboles, lo que no facilitaba la marcha con calor. Al pasar por Villatuerta, nueva parada. Necesitaba agua, necesitaba beber desesperadamente. Marian y Concha también.
Tierra de viñedos rumbo a Villatuerta
El pueblo estaba como muerto, como abandonado al sol. Era una sartén desierta y me parecía estar viviendo alguna secuencia de "La chaqueta metálica" de Kubrick, cuando los soldados entraban a las aldeas desiertas y abandonadas, arrastrando las botas en medio de la nada. Esa era la sensación. Por fin, vimos un cartel en el que ponía la palabra mágica: BAR, y nos dirigimos a él como locas. Estaban abriendo. Concha y yo subimos las escaleras que conducían al bar y nos bebimos las latas de la Coca-cola más refrescantes del mundo. Marian, se quedo escribiendo en su guía del peregrino (algo que venía haciendo desde Roncesvalles) pero ¡bajo el sol!. Concha y yo no salíamos de nuestro asombro. Marian, que vino al camino con un impresionante bronceado, no quería perder color. Marian no notaba el sol, estoy convencida. Junto al bar había una fuente muy graciosa, con forma de payaso, donde nos tiramos unas fotos y donde nos estuvimos riendo un buen rato. Reír es muy saludable y nosotras lo hicimos mucho. Mientras nos preparábamos para continuar, apareció Carlos con Obra. Carlos iba muy cansado pero lo que era realmente penoso era el estado de la perra. Iba buscando cualquier sombra para refugiarse en ella, arrastrando la barriga por la acera para aprovechar los escasos centímetros que, a esas horas de la tarde proyectaba el sol. Carlos nos contó que esa raza de perros, los Boxer, no podían aguantar mucho el calor debido a que su corazón no podía soportarlo. Atrás dejamos a Carlos y a Obra, escalando una interminable cuesta de asfalto. Me dolían los pies y los tobillos. Concha comenzó a contarnos como era su vida en Valencia, como era su profesión como abogada, los casos que llevaba, el tipo de gente con la que tenía que tratar... nos contó como conoció el Camino de Santiago y sus experiencias como peregrina el año anterior. Concha es una "camino-adicta", en el buen sentido de la palabra. Aquí, quién más o quién menos viene buscando sosiego. El Camino está plagado de grandes mentes y de grandes sensibilidades y solo en el Camino pueden desplegarse con tranquilidad. En ocasiones el mundo es demasiado agresivo para los que son peregrinos. El Camino, éste viaje de dolores, ampollas, temperaturas extremas, necesidades, sencilleces, confidencias, nostalgias, velocidades... es una litera de algodón y yo, como Concha (imagino) me he acomodado en ella. ¿Valiente, cobarde?. Da igual. Al menos durante dos semanas, me he olvidado del mundo y he mirado al cielo sin pensar que estaba perdiendo el tiempo. Según iban pasando las horas iba aumentando el calor. Caminábamos, unas veces por pista, siempre llena de piedras, otras veces por estrechos y accidentados hilos de tierra donde los tobillos se quebraban con suma facilidad . Al llegar a lo alto de una empinada loma, dimos con una fuente decorada con tubos, al estilo de los órganos de las iglesias. Llenamos de nuevo nuestras botellas. Aunque ya faltaban apenas un par de kilómetros para llegar a Estella, el agua nos iba a ser necesaria. Estaba cansada, tanto que, mientras Marian y Concha bebían, me apoyé en un árbol. ¡Mala suerte! Antes de que me diese cuenta, el macuto y toda yo estaba cubierta por una "marabunta" de hormigas que me mordían las piernas, la cara, el cuello, la espalda... Era como una película de terror. Rápidamente buscamos algo con qué sacudirme las hormigas y como siempre, el material más socorrido y utilizado salió del bolsillo de alguien: el papel higiénico. La anécdota de las hormigas no fue agradable pero sirvió para reírnos con ganas durante un buen rato más. La llegada a Estella fue muy dura. De vez en cuando paraba para pasar revista a mis ampollas, y me retrasé hasta quedarme sola. Paraba cada vez más, y cada vez más tiempo. Me costaba mucho andar. Los demás sabían que yo iba por detrás. Me tenían fichada. El calor era insoportable. Notaba el pelo empapado bajo mi gorra. Me retrasé tanto que Marinieves me dio alcance. Marinieves iba con su paraguas, atado con la cinta del pelo a un tirante de su mochila. Era un "paraguas manos libres". Cada vez que la veía, con el paraguas abierto por los caminos de Dios... me venían a la mente aquellas viejas películas de Fellinni con Julietta Massina. Marinieves era espectacular en todo.
Camino de Estella. Marian y Marinieves con su paraguas...es ùnica. El problema de estar llena de ampollas, no es el dolor que me producían, que era mucho. Lo peor era que, por evitarme el dolor del roce, posicionaba mal los pies, con lo cual, me iba haciendo daño en los tobillos y en las rodillas. El dolor en los tobillos, la mala pisada, el suelo, siempre lleno de piedras... todo se unió para que me diese un calambre en una pierna. Me quedé tirada. Por suerte Estella estaba cerca. Sin embargo no podía dar un paso. El dolor en la rodilla derecha era insoportable. Marinieves, que caminaba detrás de mí, me echó un cable de nuevo. Insistió en darme un masaje. No sé por qué me cuesta tanto aceptar... que me toquen. Ancló su rodilla en tierra y con ambas manos tomó mi rodilla derecha. Me dio un masaje y llegué a Estella. Otro regalo impagable. Soy caminante.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo que echaba de menos escuchar música. Me sellaron la credencial y antes de subir a las habitaciones me dijeron que allí había un hombre mayor que a las 8 de la tarde acudía para curar los pies a los peregrinos. No le di importancia pero se me quedó en la mente la idea de visitarle. Me duché. Como no tenía nada para comer, decidimos ir a un restaurante. Recuerdo una extraordinaria crema de verduras y una trucha, antojo del que me desquité cuando, días antes, al cruzar por Pamplona, vimos Jesús, Elena y yo unas truchas en un río. Recuerdo que estaba a gusto, que entre tontería y tontería, siempre había alguna de nosotras que buscaba hablar de cosas más serias, aunque solo fuese a retazos, recuerdo que firmamos en el libro del peregrino, recuerdo los cigarros que me fumé con Concha y las veces que miré a Marinieves. Recuerdo, sobre todo, que al salir me llevé el bolígrafo con el que firmé en el libro del peregrino, para no olvidarme de que ese día, Concha, Marinieves y yo comimos allí. Al volver al refugio, fui directa a la cama, es decir, a la litera, pero Elena me avisó de que se iba a hacer acupuntura. Muchas veces le pedí que, cuando le fuese a poner agujas a alguien, me avisase para verlo. Y así fue. Vi como se colocó varias agujas en las piernas y en las muñecas para distintos males. Era un poco desagradable. Elena me dijo que si quería ponerme agujas para los dolores que tenía en las tibias y en la rodilla. Me aseguró que no dolía nada. Fue la primera vez que oí hablar de los canales de energía, que por lo visto nos recorren el cuerpo, y de los puntos energéticos, que es donde se aplican las agujas. Me convenció. Me clavó las agujas más de tres centímetros en ambas piernas, sin dolor. Diez minutos y se hizo el milagro y ésta atea de lo no científico, bajó las escaleras con la agilidad de una gacela. Al bajar, pasé por la cocina y vi a las chicas vascas con su hermano. Eran, para mí, un trío extraño. Me saludaron y les saludé. Debo reconocer que, desde la sonrisa de una de ellas en Puente de la Reina, les buscaba al llegar a los albergues y me alegraba de encontrarlos, aunque no hablásemos. Me gustaba verles. Abandoné la cocina y al llegar a la entrada del albergue me encontré con que ya había llegado el señor que curaba los pies a los peregrinos. La verdad es que me lo encontré de frente sin buscarlo. Ese fue el DESTINO, así que... "me entregué a él". Con suma delicadeza, examinó las heridas de mis pies, que eran muchas, y me aplicó un barro negro, que cubrió con un plástico. Me dijo que no me lo quitase en tres días. Mientras me curaba me contó que se trataba de una mezcla de plantas secadas, trituradas y mezcladas con agua, receta que él mismo había creado. Cuando terminó no supe como agradecérselo. No había con qué. Era peregrina, caminante. No me acostumbro a que me curen. No había nada que yo pudiese darle , porque no aceptaría nada por curarme. Pensé en una de esas cosas que se dan gratis, que te reconfortan más que nada en éste mundo, una cosa que es tan preciada que no tiene precio... un beso. Y se lo di. Con aquel gesto violé, en cierto sentido, su intimidad, su espacio vital. Creo que a aquel viejo curandero de peregrinos no le han besado demasiado dado el color blanco que tomó su rostro. Pero era lo único que podía darle. La generosidad no tiene precio. La tarde era calurosa y el cielo empezó a ponerse rojo. Se había levantado una brisa suave que refrescaba el ambiente. Concha, Marian, Marinieves y yo salimos por la ciudad a comprar cosas para la cena y para el desayuno y a tomarnos una cerveza. Vimos una terraza y nos sentamos allí. Charlamos. Marian, como venía haciendo desde Roncesvalles, apuntaba sin cesar anotaciones en su guía, sobre sus vivencias en el Camino. Me admiraba su fuerza de voluntad. Muchas veces le había comentado mi intención de hacer lo mismo. Marian me animaba insistentemente para que escribiese y cada día me preguntaba si había empezado ya a hacerlo. Sin embargo, me faltaba tiempo. Cuando realmente podía ponerme a escribir era cuando llegaba a los albergues, pero para entonces, tenía que lavar la ropa, ducharme, recuperarme de la caminata... incluso dormir inmediatamente. Marian era capaz de parar en medio del camino y ponerse a escribir allí mismo. Todas las presentes le pedimos que nos leyese algo de lo que había escrito, sin duda para saciar nuestra curiosidad sobre lo que había puesto sobre nosotras. Y nos leyó. Fue interesante, pero sobre todo bonito. Hablamos de nosotras, de la gente que hace el Camino, del tipo de personalidad de los peregrinos. Hablamos de la noche en Puente de la Reina, de la cena, de las historias de Marinieves... de lo que estaba suponiendo para nosotras ésta experiencia. Para mí, era más de lo que en ese momento era capaz de asimilar.
Una terracita en Estella..relax, buena conversaciòn y ...una foto. Estaba como en una nube, bebiendo una Coca-Cola concentrada en su sabor, escuchando a mis acompañantes, disfrutando de sus palabras y del timbre de sus voces... Puede decirse que tenía los sentidos disparados. Vivía al día, al instante presente. No había más. Después, a la cama. El hospitalero se había puesto muy serio y nos dijo que a las 10:30 se apagaban las luces del albergue. Concha y yo nos quedamos más rato, en la cocina, fumándonos un cigarro. Concha y yo compartimos muchos cigarros. Cuando subimos a la habitación todos dormían ya excepto Marian. Hacía un calor insoportable. Subí a mi litera, lo cual me resultó muy complicado, a oscuras, sin saber donde ponía los pies. Marian ocupó la litera bajo la mía y como cada noche, le dio un ataque de risa. Por otro lado, Concha no lograba subir a su litera y empezó a reírse también. Las literas, hechas con un metal escandaloso, crujían con cada movimiento. Concha caía al suelo una y otra vez sin lograr llegar a su cama. Marian acudió en su ayuda. Yo estuve por bajarme de mi cama y ayudarla también, pero iba a ser peor. Al oírlas, no pude contenerme y empecé a reírme también. La gente comenzó a dar vueltas en la cama y a carraspear. Algunos incluso dejaron de roncar, signo inequívoco de que se habían despertado con nuestras risas. Por fin, Concha subió a la litera. Marian se acostó y atacada de la risa, empezó a dar patadas en mi somier. La gente comenzó a mosquearse. Yo no podía parar de reírme. "Éramos como niñas". Cuando ya nos tranquilizamos (que fue después de un rato largo) los ronquidos y las respiraciones profundas de las 100 personas que estábamos durmiendo en aquella habitación, volvieron a la normalidad. El calor era sofocante. Por fin, después de un día intenso, tenía tiempo para mí, aunque parezca increíble decirlo. Por un momento, antes de que me venciese el sueño, podía pensar en todo lo que había acontecido ese día. Recordé a Marinieves agachándose con dificultad en la tierra pedregosa del camino, bajo un sol abrasador, para curarme la rodilla, recordé a Elena aplicándome las agujas de acupuntura en las piernas, recordé al viejo curandero poniéndome su barro milagroso en las heridas de mis pies. Recordé la comida en el restaurante Roma...Me di cuenta de que hacía varios días que no me sentía triste ni abatida, como cuando inicié mi andadura en Roncesvalles. Algo había cambiado. Mi vida estaba llena de regalos. Me dejé embriagar por el calor y por la lámina de sudor fino que bañaba mi cuerpo y me sumergí en el sueño, vaporoso y abrazador. |
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