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La mañana se levantó fresca. Casi al alba, con la oscuridad de la noche aún sobre Cizur, salí del albergue encaminándome al lugar donde me había citado con Jesús y Elena para caminar juntos. Eran las 7 de la mañana y los peregrinos avanzaban ya por la carretera, formando una hilera de mochilas que se alejaban, calle abajo. Esperé a mis acompañantes una media hora. Amaneció. Empecé a preocuparme por la tardanza de Jesús y Elena, ya que eran siempre muy puntuales. Fui a aquella casa en la que durmieron . Estaba cerrada. Allí ya no quedaba nadie. Me marché. Esa mañana
parecía mi mochila más ligera que nunca y mis pies, estaban como nuevos.
Notaba mucho los kilos que había enviado para Madrid. Por otro lado el
dolor de ovarios había desaparecido. Ya no me dolían las caderas. Había
aprendido a ponerme la mochila, apretando bien el cinturón para que el
peso no recayese por completo sobre la espalda sino que quedase repartido
entre hombros y caderas. Y no era solamente una cuestión de peso: mi cabeza
funcionaba muy deprisa, estaba muy despierta. Tenía alas y planeé los
caminos. Pamplona, a lo lejos, amanecía. El frescor se me pegaba a la
cara. El terreno discurría por primera vez por semillanos, campos trillados
surcados por el arado en grietas alineadas. Mis pies, uno tras otro, iban
devorando el camino. Caminaba con un ritmo uniforme, invariable, ya fuese
subiendo colinas o bajando. Cuando llegué arriba, a la cima del Alto del "Perdón" un intenso y gélido viento me hizo detenerme y ponerme el chubasquero. Y observé.Estuve allí unos 10 minutos, observando, respirando. De nuevo caminaba sola, pero por primera vez desde que inicié mi personal camino, no me sentí abatida. Todo lo contrario. Era fuerte, el camino , mi aliado, siempre iba hacia delante, y hacia delante me conducía. En el Alto del Perdón, mi vista se perdía en los montes lejanos. Roncesvalles quedaba oculto tras la sierra azul. Pamplona era un valle apenas perceptible. ¿Tanto he caminado? Nunca lo hubiese creído. En ocasiones desconfiamos de nuestras propias fuerzas y no somos capaces de vernos haciendo heroicidades. A un lado, el frío navarro, del otro, el sol iluminaba una vasta extensión de España por descubrir, calurosa, llana, amarilla. Descendí del Perdón con fuerza renovada. No caí en que, a pesar de mi ímpetu ,los pies se me iban rozando por dentro. Pero ese era el mal menor.
Seguí sobrevolando los caminos y a la altura de Muruzabal , a los pies de una vieja casa, levantada junto a una fuente, me encontré con quién menos me esperaba: Elena y Jesús, que habían parado para tomar un bocadillo. La verdad, se quedaron algo sorprendidos de que les hubiese dado alcance. Yo también. Hoy, yo no era una peregrina, era una cigüeña. Hubiese seguido a delante porque me sentía fuerte y tenía las piernas calientes, pero no quería que pensaran que me estaba tomando lo del camino como una competición deportiva de ver "quién llega antes". Me parecía absurdo generar recelos así que me quedé y almorcé con ellos. A partir de ese momento caminamos los tres juntos de nuevo. Jesús no paraba de decir, (como hacía cada día desde que le conocí) que quería hacer más kilómetros al día, que se encontraba como si no hubiese caminado nada. Yo realmente, iba siempre con las fuerzas justas. Llegaba a mis destinos agotada. Esa mañana Jesús estaba tenso. Hablaba y hablaba como nunca, sin parar, algo insólito porque él era bastante silencioso y parco en palabras.
Vistas desde el Alto del Perdón. Cuando lo hacía, dejaba entrever un tipo de vida bastante opulenta, sin estrecheces, donde hay cabida para jornadas de caza en Toledo, comidas, compras de coches de varios millones de pesetas, viajes espectaculares, negocios, compras de terrenos inmensos, acciones en la Bolsa, juegos especulativos con fincas ,dinero, dinero ,dinero... Jesús era un hombre muy agradable pero, para mí, misterioso. ¿Por qué estaba haciendo el Camino de Santiago? ¿Qué buscaba? ¿Qué necesitaba? Jesús, entre líneas, mostraba un cierto hastío por esa vida de la que hablaba, pero nunca se decidió a contárnoslo. Quizá era pronto. Jesús tenía demasiadas ganas de correr. Cuando llegamos a la puerta del albergue de peregrinos de Puente de la Reina, Jesús nos detuvo a Elena y a mí, nos dio dos besos y se marchó. No nos dejó ni su teléfono para poderle mandar algunas fotos. No volví a verle. Muchas veces me acordé de Jesús. El albergue
de peregrinos de Puente de la Reina pertenecía a los Padres Reparadores.
Su entrada estaba formada por arcadas de piedra que formaban el porche. Elena se instaló junto a la puerta pero yo, temiendo las entradas y salidas constantes, me fui para el fondo. Necesitaba dormir. La noche anterior me fue imposible por los ronquidos de mis compañeros de habitación. Por otro lado, había perdido los tapones para los oídos mientras dormía. La noche se prometía inquieta. Me duché, me puse las chanclas en mis despellejados pies y lavé por primera vez mis vaqueros. Hacía mucho calor y la ropa se me secó en un par de horas. A la puerta del albergue, bajo la sombra de un árbol, Carlos acampó; plantó allí su tienda de campaña , sacó el camping gas y se hizo una sopa de sobre. La perra dormía. No le dejaron entrar en el albergue con la perra. Me acerqué a hablar con él. Carlos era un chico que siempre estaba solo. Era sorprendentemente simpático, de unos 27 o 28 años. Tenía el cuerpo lleno de terribles cicatrices. Su nariz estaba desfigurada y tenía el labio inferior cosido. Era de Tarragona y venía andando desde allí. Decía que había decidido hacer el viaje con la perra y que por eso llevaba una mochila tan grande: tienda para dormir cuando no le dejasen entrar en los albergues, camping gas, comida para la perra, ropa de abrigo, medicinas para los dos... Era una opción de la que no se arrepentía. Charlé con él largo rato. La brisa suavizaba el intenso calor. Obra se había tumbado a la sombra y respiraba con agitación. Estaba cansada. Dejé que se tomase la sopa en intimidad y volví al albergue. Al entrar alguien me dijo: -¡Hola cariño! Era una señora de pelo largo, visiblemente teñido de rubio limón, bastante gruesa. Los chicos vascos, a los que no veía desde la etapa de Roncesvalles, estaban sentados en una de las dos grandes mesas que había en el salón del albergue. Las chicas parecían aburridas. La señora rubia tenía una lechuga en las manos. - Hola, respondí. ¿Se puede cocinar aquí?, le pregunté a la señora. Pensé que era la hospitalera. Me dijo que sí, que había cocina. Me alegré muchísimo. Además, aún tenía tiempo de salir a comprar pan y algún filete. Le propuse a la señora hacer una ensalada a medias para las dos. Accedió encantada. A la media hora, estábamos las dos en la cocina preparándonos la comida. Yo traje pan, algunas cosas para la ensalada y un par de filetes de hígado, que me vuelven loca. También traje aceite, pero con tan poca visión que lo compré de girasol, un aceite totalmente insípido para las ensaladas pero que era el más abarato. Por otro lado, ¿Qué iba a hacer después con un litro de aceite? Cargarlo en la mochila era impensable por el peso. Aquel detalle del aceite me dio vueltas en la cabeza y me remordió la conciencia todos los días que duró mi viaje. Pecados a parte, la comida resultó... fue el más grande regalo de mi personal camino. - Bueno como te llamas, me dijo la señora - Mª José - Hola, yo soy Mari Nieves. Me hizo mucha gracia eso de "Mari Nieves" porque era el típico nombre que toda mujer odiaría y ella lo llevaba por bandera. Para mí, decir Mari Nieves, era como decir Mari Pili , Mari Conchi o Mari Pepi. Pero no, ella era MARINIEVES, todo junto. La comida resultó deliciosa. Las chicas vascas y su hermano pululaban por el comedor y comieron de nuestra ensalada. Creo que esa fue la primera vez que logré comunicarme con ellos. Nos dieron las gracias a Marinieves y a mí por la ensalada. Después de aquello, me sentí algo observada. Noté que algo había cambiado en muchos sentidos. Tuve la sensación, sin notarlo, de que el aire olía diferente. Por la tarde, me sentí con fuerzas para dar un paseo por la ciudad con Elena. Me dolían mucho las piernas a lo largo de la tibia y tenía ampollas en ambos dedos gordos de mis pies. Pero estaba bien. Visitamos el famoso "puente" dondenos tiramos unas fotos.
El Puente de la Reina Después vimos una Iglesia románica preciosa. Elena entró y escuchó misa. Salió llorando como casi siempre que escuchaba algo emocionante. Yo ya me había acostumbrado a verla así. Imagino que cada uno es como es. El camino es así. Fue una tarde muy agradable. Olía a calor en la puerta del albergue y había miles de moscas. Una de las chicas vascas, la de apariencia más tranquila y dulce (la que menos palabrotas decía) me vio jugar con el sello del albergue, (con el que se sellan las credenciales) y comenzó a jugar ella también y a imitarme. Creo que nos llenamos las piernas y los brazos de sellos. Es una tontería, pero por primera vez, se quedó mirándome. ¿Qué vería? Nos reímos. Fue la primera vez que me comuniqué con el grupo vasco: con una sonrisa. Marinieves se había hecho la dueña de la gran mesa del comedor y nos observaba a todos, abarcándolo todo, hasta la conciencia. La gente entraba y salía. Aparecieron de visita por el albergue Arantxa, Marian y Concha, la valenciana. Habían decidido dormir en el hotel en lugar de hacerlo en el albergue. Elena también estaba allí. Estábamos todos. Había mucha gente hablando en inglés. Me seguía remordiendo la conciencia por el tema del aceite y le propuse a Marinieves repetir la experiencia de la comida compartida, pero ésta vez con la cena. Una gran cena comunitaria, como la llamaba yo, en la que estuviésemos todos. Y así fue. Compramos patatas que Marinieves peló, picó y frió con esmero. Unas tortillas, vino y ensalada. También estaba Carlos y el abuelo con su nieto, a los que había adelantado subiendo el Alto del Perdón. Los chicos vascos decidieron ir a su aire.
La primera cena comunitaria de todos los peregrinos que caminamos juntos ese día y que, juntos, descansamos en el albergue para peregrinos de Puente de la Reina. Una noche inolvidable.
Una vez, en la historia, hubo una cena, única, importante, pero ésta, la de Puente de la Reina, fue para nosotros , peregrinos, la primera. Aquel fue el inicio de una serie de intensas relaciones llenas de calor. Pero eso, ninguno lo sabíamos todavía. A nuestro lado, en la otra gran mesa, un numeroso grupo de ingleses reía fuerte, como nosotros. Se habían preparado una inmensa cazuela de espaguetis. Después de tanto rato en la cocina, Marinieves no probó la comida. Pasó toda la cena atendiendo las llamadas que le llegaban al móvil en la puerta del albergue. Poco a poco, todo el mundo se fue retirando: los vascos, Arantxa (que se fue al hotel), Elena, el grupo de ingleses, Carlos, el abuelo y su nieto, la parejita de valencianos...nos quedamos Concha, Marian, Marinieves y yo. Al final resultó que Marinieves no era la hospitalera, ni la "dueña" como pensaban algunos. Era una peregrina más. Nos contó los avatares de su peregrinación, la historia de su hermana, con la que inició el camino y que pronto se volvió a casa, de cómo retomó ella el camino sola, sin preparación, sin condiciones físicas (ya que Marinieves era algo obesa), con las botas nuevas a estrenar (algo totalmente desaconsejable para caminar largos trayectos)... una historia rocambolesca, llena de un crudísimo y ácido sentido del humor. Marinieves tenía la virtud de embriagar con sus relatos, absolutamente reales, vividos. Contaba las tragedias de su vida con tal sentido del humor que nos hacía reír a todos. Miraba nuestras caras buscando nuestra risa y se complacía en nuestras carcajadas. Enseguida, Marian, Concha y yo nos convertimos en oyentes de una magnífica narradora, que hacía de lo cotidiano una historia alucinante. Lo pequeño lo volvía grande, lo vanal en mágico. No era Nieves, era más que eso, era MARINIEVES, que no parece nada y que no es poco. Pronto descubrimos Concha, Marian y yo las dotes de videncia de Marinieves. Leyó las manos de Marian, una persona, (según las líneas de la mano, claro), muy complicada y sensual. Leyó las manos de Concha, en las que adivinó algo que jamás en mi vida había escuchado antes: algo semejante a un conflicto cármico, una especie de confluencia de líneas que daban a Concha ciertas sensibilidades ¿paranormales? Yo no entendía nada, pero Concha se quedó helada porque ya antes, alguien le había dicho lo mismo y, además, le habían pasado cosas extrañas difíciles de explicar. Yo empecé a asustarme. No sabía de qué estaban hablando. Marinieves le decía a Concha que no debía asustarse, que todo era natural, que se dejase llevar, que no le pasaría nada, que todo aquello era bueno. Concha decía que no podía... yo no entendía nada. Comenzaron a hablar de las reencarnaciones, del carma, de seres, de ver cosas o no ver cosas, y sobre todo, de algo de lo que oiría hablar muchas veces en el camino: de ENERGÍA. Marinieves decía que todo eso le pasaba porque era un "ser de luz" como ella, encaminada ya a sus últimas reencarnaciones y que estaba empezando a estar dotada de sabiduría, de conocimiento. Desde ese momento Concha y Marinieves se convirtieron en personas muy especiales, tanto entre ellas como para mí. Eran los "seres de luz" e iluminaban con su sola presencia, con lo que decían. Aún me faltaban muchas cosas por descubrir de ellas, pero eso yo, aún no lo sabía. Serían cerca de las dos de la mañana cuando Marian y Concha decidieron volver al hotel. Olía a calor y había miles de moscas. El albergue dormía. Algunos chicos ingleses charlaban fuera, de lejos. Yo no podía irme a la cama sin pasar por las manos de Marinieves y le pedí, por favor que me las leyera. - Trae aquí, cariño- dijo Marinieves mientras cogía mis manos, frías de miedo ,entre las suyas, ardiendo. Me vio como una persona muy sensible, demasiado dominada por el dios "corazón", me vio cosas del pasado y del presente. Yo intentaba ni admitir ni negar. Quería que hablase ella. Y habló. Me auguró un extraño amor en mi ámbito laboral al que describió físicamente y que, hoy por hoy, no existe. Marinieves me dijo que era para ¡ya!, para Navidad más o menos. Si acierta será de lo más increíble que me haya pasado en la vida (después de encontrar a mi gran amor, claro). Dieron las tres de la mañana. La maga Marinieves dijo que le iba a resultar imposible poder dormir. -¿Por qué? Le dije yo. - ¿Es que no has visto lo que ha pasado aquí esta noche? -¿El qué, lo de la cena? - Si. - Ha estado bien- le dije- pero no entiendo por qué no vas a poder dormir. -¡ Es que había tanto amor! Jamás olvidaré aquella frase. En un instante, mi mente volvió a vivir todos los momentos del día en el albergue, vi de nuevo la sonrisa de la chica vasca y a su hermano comiendo la ensalada, vi a los chicos ingleses con la fuente de espaguetis, riendo a pleno pulmón, vi nuestra cena, Carlos, Arantxa, Elena, Marian, Marinieves con el móvil. Nos vi, por primera vez, como si fuésemos una familia, comiendo, bebiendo. Vi a Marinieves, sentada a la mesa en pleno calor de agosto, observando a todo el que entraba y salía del albergue, oteando como un ave, cada mirada, cada gesto. Marinieves estaba esperando. Pero ¿El qué? Y era cierto. Hubo mucho amor ese día, pero tubo que decírmelo Marinieves para que yo me diese cuenta. ¿Dónde estaba yo mientras me pasaban esas cosas? Volando con la mente. Muchas veces vivimos absortos en nosotros mismos y nos olvidamos de disfrutar lo que nos viene de frente. Soy una ciega. Marinieves dijo que se iba a la cama pero sabía que lo hacía para mandarme a dormir. La jornada siguiente iba a ser dura y había que reponer fuerzas. Me soltó las manos. Siempre me miraba hasta dentro. Después de un rato dando vueltas en mi litera, oí ruido de platos en la cocina. Marinieves estaba fregando. Hacía calor, olía a sudor. Miles de moscas danzaban por la habitación. No podía dormir. Tenía demasiados pensamientos en la cabeza. Tenía miedo, como una niña chica, miedo real. Me asustaba tener las manos palma arriba. Me asustaba sentirme leía por dentro. Y para mí, Marinieves era, desde lo más profundo de mi conciencia, una lectora de pensamientos. |
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