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Dos eran mis mayores preocupaciones cuando me acostaba cada noche. ¿Cómo iba a despertarme sin despertador? Y por otro lado ¿Qué iba a desayunar? ¿Podría contar con una rica y aromática taza de café, mi dopaje indispensable de cada mañana? Elena fue mi despertador. En cuanto al tema del desayuno, por fortuna, los organizadores del Camino habían previsto esa circunstancia y la mayoría de los albergues contaban con máquina de café. Así que en Zubiri lo tuve fácil. Café (dos vasos) y unas magdalenas que había comprado en el pueblo el día anterior. Nosotros, Elena, Jesús y yo, (junto a los chicos vascos) fuimos de los más madrugadores. Elena me dijo que la máquina de café, que estaba instalada en el mismo aula, junto a las literas, organizó un escándalo increíble. Pero ¡Qué quieres!, había que desayunar ¿No?. El café me devolvió la vida. Salimos casi de noche. Había que aprovechar todo el tiempo que se pudiese de marcha ante la temible amenaza del sol. Pero en Navarra no tuvimos problema con el calor. Casi todo lo contrario. Segundo día de marcha. Orden del día de mi cuerpo: ¡Agujetas! Esperaba demasiado de mí, pero debo reconocer que el caminar es un ejercicio especial, para el que se utilizan unos músculos concretos. Por lo tanto, por mucho gimnasio que se haga, cuando hay coche, hay músculos que no se utilizan casi nunca y ahora me estaban pasando factura. Pero ese era el mal menor. La noche y la larga siesta del día anterior me recuperaron bastante del esfuerzo de la etapa de Roncesvalles, que fue especialmente dura. Lo que peor llevaba era el increíble dolor de caderas ocasionado por el peso del macuto y por la regla (aunque quede "cutre" el decirlo, pero es así). El dolor de ovarios se mezclaba con el de las caderas formando un cinturón doloroso como el que lleva una faja de espinos. Un tormento. Malestar general, estómago revuelto, dolor de piernas... ideal para un día de marcha. La mañana estaba fresca y eso era de agradecer. Esta etapa era en descenso hacia Pamplona, con zonas llanas pero con un tramo grande por carretera que me disgustaba, tanto por el peligro que entraña caminar junto a coches que pasan por tu lado a gran velocidad, como por la dureza del asfalto, que va machacando poco a poco los tobillos. En la medida de lo posible, intentábamos caminar por la arena del arcén. Fue una etapa bastante bonita. La vegetación aún era intensa, con grandes bosques de pinos y helechos que, como en la bajada de Roncesvalles, también hacían túneles de fronda. En el Camino siempre hay una primera vez para todo. Hoy tocó hacer nuestras necesidades en el campo. ¿Hay mayor angustia que la de ponerse de "parto" caminando y notar como se te va la vida pierna abajo? Elena y yo buscamos un arbusto desesperadamente pero durante kilómetros no había más que carretera y más carretera. Por fin, atravesamos un río y allí, entre la espesura... Por cierto, me caí al río. Las conversaciones entre Jesús, Elena y yo giraban casi siempre sobre nuestro estado físico y sobre la posibilidad de avanzar más, de hacer los máximos kilómetros posibles en cada etapa. Yo iba al límite de mis posibilidades. Pero cada uno podía hacer lo que le diese la gana. Los tres habíamos aparecido en el Camino por separado y en solitario y yo era consciente de ello. En cualquier momento, Jesús o Elena o cualquiera ,podrían meter el turbo y avanzar, o yo misma podría decidir en cualquier momento, parar en un lugar y pasar allí un par de días. Todo era posible, todos éramos independientes. Estábamos juntos pero separados, unidos por un destino común pero inmersos en nuestras individualidades. ¿La vida no es realmente así?. Yo pienso que sí. Poco a poco, según fueron pasando los días me fui dando cuenta de que el Camino no es más que el reflejo de nuestra vida. Después de unas horas de caminata, pasamos por un pueblecito muy desvencijado, al que se accedía bajando por un estrecho sendero de tierra. A la entrada de la aldea un cartel escrito a mano indicaba un lugar para tomar café, bocadillos etc. y curiosamente, bajo el cartel, había una de las flechas amarillas con las que se señaliza el camino a seguir hasta Santiago. Así que seguimos la flecha. Fuimos a dar a una casa de piedra derruida, en la que habían puesto unos tablones a modo de barra de bar. Ofrecían café, pero de sobre, ni si quiera café de puchero. El hombre que regentaba el chiringuito se enfadó cuando rechacé su café de sobre y me sentí defraudada. Se había servido de los signos del Camino (de la flecha amarilla) para desviar a los peregrinos de su ruta y atraerles hasta el bar. Decidí no consumir nada en aquel lugar. Una de mis ilusiones antes de iniciar el Camino era pasar por Villaba, la tierra de Miguel Indurain, mi ídolo admirado. No quería marcharme de allí sin haberme tirado una foto frente a la casa de "Indu" o de alguna estatua conmemorativa con la efigie de mi héroe. La verdad, estaba deseando llegar a Villaba porque tenía los piés destrozados y muy mal cuerpo. Me sentía realmente cansada. Antes de que nos diésemos cuenta, estábamos entrando en Pamplona. ¿Cómo es posible? ¿Pero donde coño está Villaba? Pués pasamos de largo sin darnos cuenta ya que Villaba, más que una localidad en sí, es casi un barrio de Pamplona. No ay separación física entre Pamplona y Villaba así que me quedé sin foto delante de la casa de Indurain. Porque lo que estaba muy claro es que yo no daba marcha atrás. No era capaz de dar un paso más de lo estrictamente necesario. Durante
toda la etapa, Elena y yo caminamos muy silenciosamente. Yo en lo único
que pensaba era en deshacerme de peso. El dolor de caderas era insoportable
y no hacía más que recordar lo que nos dijo el hombre de la consigna de
la estación de autobuses de Pamplona. En La Ciudadela (Pamplona)
- Elena ¿En qué piensas? Elena pensaba en lo mismo que yo: en mandar para Madrid todo lo que no era imprescindible. Pero ¿El qué? Yo me había venido con lo justo. No había nada de lo que me pudiese desprender. Pero necesitaba una solución. La situación era crítica: o el macuto o yo. Al llegar a Pamplona, lo primero que hicimos fue ir a Correos. Mandé para Madrid cuatro kilos y medio de cosas imprescindibles. Era consciente de que a partir de ahora viajaría con mentalidad de McGuiver, sustituyendo lo que me faltase con imaginación y creatividad. Y Diós sabe que lo hice... hasta cotas insospechadas. ¿No quería aventura? Elena, Jesús y yo pasamos unas horas en Pamplona y aprovechamos, entre otras cosas para tirarnos fotos en las impresionantes murallas de entrada a la ciudad.
Las murallas de Pamplona eran tan gigantescas que decidí tirarme una foto a los pies para que se viera su tamaño real. La comida la hicimos sentados en los bancos del parque de la Plaza Mayor. Yo me hice un bocadillo de sardinas en tomate con una lata que me había comprado en un supermercado que me supo a gloria. Elena nos invitó a unas cervezas. En ese rato aproveché para echarle un vistazo a mis pies. En dos días me había llenado de ampollas. Mis botas, aunque estaban usadas, tenían aún poco rodaje y lo estaba pagando caro. El rato en que Elena, Jesús y yo paramos para comer en Pamplona fue de lo más enriquecedor porque empezamos a hablar de nosotros, empezamos a conocernos de verdad. Hablamos sobre todo de las razones que nos empujaron a hacer éste viaje tan peculiar. No voy a relatar en éstas líneas razones personales de otras personas, contadas en un contexto de intimidad. Sin embargo sí puedo decir algo que era común a los tres: la búsqueda y la huida, algo que era muy frecuente entre la mayoría de los caminantes. La vida es así. Para unos el motor es religioso, una promesa, un compromiso, un acercamiento a sus creencias. Para otros es el deporte, la cultura, la dinámica de conocer gente... ¿Qué hacía yo ahí? Podría estar gastando mi dinero en otro lugar, en la playa por ejemplo. Podría estar en el pueblo, durmiendo y viendo la tele, pegándome grandes comilonas, leyendo, escuchando música, tocándome la barriga tranquilamente ¿Por qué estaba haciendo el Camino de Santiago cuando yo ni siquiera creo en Diós ni me interesa la religión? Sólo tenía una respuesta que pusiese darme a mí misma en esos momentos: necesitaba estar sola y lejos. Huida y búsqueda. Por eso, a mí me era indiferente llegar a Santiago o no, hacer más o menos kilómetros, correr más o menos, llegar antes o después. Mi meta no estaba en Santiago. Mi meta era yo. Cuando empecé a caminar tenía el corazón acongojado y triste y ahora me sentía mejor. El Camino me planteaba interrogantes. En mí estaba el contestarme o no, como lo está en cada uno de nosotros. El Camino me planteaba muchas cosas y eso es bueno. Cuando terminamos de comer y repusimos nuestras fuerzas, retomamos la marcha rumbo a Cizur Menor. Yo fui incapaz de volver a ponerme las botas así que el resto del trayecto lo hice con las chanclas. Al salir de Pamplona me tiré unas fotos con Jesús y Elena en la Ciudadela, una fortificación impresionante. Según el señor que nos tiró la foto, allí se había rodado una película de la época de los nazis. Interesante, sí. El trayecto de Pamplona a Cizur Menor fue muy duro para mi y eso que la distancia no era mucha, sólo cuatro kilómetros y medio. Todo era cuesta arriba ; me daban calambres en las piernas debido al esfuerzo que tenía que hacer a cada paso para evitarme el dolor de las rozaduras y para que no se me saliesen las chanclas de los pies. Por el camino nos cruzamos con un chico que viajaba con una perra. Llevaba un macuto impresionantemente grande, tanto que parecía un buhonero con la carabana a cuestas, con un sin fin de objetos colgando de la mochila ya que no le cabían en los bolsillos. Su caminar era penoso, lastimero, parándose a cada paso en aquella ascensión hacia Cizur. Me daban ganas de ayudarle pero ¿Con qué fuerzas podía ayudarle yo, que iba también a rastras? Le dejamos atrás. Cuando llegamos a Cizur Menor, lo primero que hicimos fue ir a la casa en donde habíamos reservado alojamiento el día anterior (500 pesetas, como en toda Navarra). El contacto estaba en un bar. Esperamos un buen rato hasta que el hombre del bar nos atendió. Yo solté la mochila y me tiré en un banco de la calle. Se me unieron una pareja formada por un chico alemán y una chica española que también iban a dormir con nosotros en el mismo sitio. Llegamos
a la casa después de más de una hora de espera. La entrada estaba presidida
por una gran parra , una casa vieja y destartalada de una sola planta,
habilitada "con calzador" para los peregrinos. Cada uno intentaba sacar
partido del dinero de los peregrinos a su manera. Jesús, Elena y yo entramos
en una de las habitaciones. En total seríamos seis durmiendo en un espacio
muy reducido, faltaba el aire, la ventana se abría con dificultad ya que
le estorbaba los barrotes de una de las literas, el olor a sudor fresco
de todos los presentes se me metió en el cerebro como una obsesión. El
ambiente estaba tan cargado que se podía cortar. Mi litera estaba cubierta
por una sábana azul llena de mugre y de lamparones. Era la suciedad de
meses sin lavarse, ennegrecida y maloliente. Solté el macuto y fui al
servicio, que no estaba en mejores condiciones, la cocina, sin muebles,
llena de oxido en las superficies de metal y con los azulejos agrietados
y ennegrecidos. Todo respiraba suciedad, todo estaba viejo, roto, empobrecido
por el abandono, como si al dueño o dueña le diese igual que allí entrase
cada día gente desconocida a dormir. Las ventanas tenían la pintura levantada
a costras y el pavimento, de plástico adhesivo, desgastado, descolorido,
se estaba levantando formando bolsas de aire por debajo. El olor, la falta
de espacio, la mugre... Había dos habitaciones más, una de ellas también
estaba ocupada por completo, y en la otra, se había instalado el chico
del macuto grande con su perra, que durmió con él. Ante aquel panorama,
le dije a Jesús y a Elena que me marchaba al albergue de peregrinos, aunque
corriese el riesgo de encontrarlo sin literas libres. Cogí mis cosas y
me fui. El albergue de peregrinos de Cizur Menor estaba regentado por hospitaleros de la Orden de Malta, que me acogieron con simpatía. Tenía todas las literas libres que quisiese, baño limpio, cocina amueblada con una nevera llena de Coca-colas y máquina de café. No es que mi característica fundamental sea el ser escrupulosa, todo lo contrario, pero antes de instalarme le pedí al hospitalero echar un vistazo al albergue: impecable. Yo no exijo demasiado, solo un poco de higiene. Decidí pasar aquella noche en una litera libre que quedaba en una habitación, junto con otras cuatro personas más. Cuando entré, estaban fumando, eso sí, con la ventana abierta de par en par. Incluso se podría decir que allí hacía frío. Era un gusto encontrar a gente que fuma con la ventana abierta. Era de agradecer. Me dijeron que me quedase con ellos pero me previnieron de sus ronquidos, especialmente de los del único hombre que estaba allí, un tipo de pequeños ojos azules y sonrisa de niño que dejaba al descubierto sus pequeños y separados dientes. Les dije que no se preocupasen, ni del cigarro ni de los ronquidos porque tenía tapones. Tras ducharme, entablé una larga conversación con el hospitalero, que me contó la história de la Orden de Malta, de sus caballeros militares y de sus obras benéficas, algo de lo que yo no había oído hablar nunca. Me dijo que la iglesia románica que estaba enfrente del albergue, estuvo abandonada durante siglos y que pasó a ser propiedad de un granjero que la convirtió en granero hasta hace un par de años. Después, la Orden de Malta la adquirió y la restauró. Se trata de un templo sin consagrar, de planta basilical, con un románico bastante puro. Era un templo templario (primera vez que oía la palabra "templario" pero que escucharía muchas veces más a lo largo del Camino). Por lo visto, los templarios eran los antiguos caballeros que e encargaban de luchar y de proteger los caminos de peregrinación, ya sea a Santiago o a Tierra Santa y uno de cuyos cometidos era encontrar el Santo Grial, una historia que a mí me sonaba a "caballeros de la mesa redonda del Rey Arturo y a película de Indiana Jones". El hospitalero, llegado un momento, se despidió de mí y se marchó a cenar. Me quedé sola en el albergue. Todos se habían marchado. Me tomé un bocadillo y me dí un paseo. Hacía frío y estaba anocheciendo. Estaba sola. Tras el albergue, un extenso campo de labor estaba siendo peinado por un buscador de metales, estampa insospechada. Me quedé absorta contemplándole; removía las piedras con las manos mientras pasaba aquella máquina por la superficie de la tierra. Estaba sola. Hacía frio, mucho frio De pronto recordé que Elena y Jesús me comentaron que iban a cenar en un restaurante. En el pueblo solo había dos, así que no me sería difícil encontrarles. Me dolían mucho los pies y la espalda. Cada paso era un encontronazo con el dolor y ya ni las chanclas me aliviaban. Hacía frio y no quería estar sola. Volví a sentirme de nuevo como al principio del Camino, triste. No merecía la apena. Me uní a ellos, que ya estaban por el segundo plato. Con Jesús y Elena había más gente: una pareja de catalanes (chico y chica) y una chica vasca a la que recordaba haber visto por Roncesvalles. También estaba Marian, aquella rubia con la que coincidí en la estación de autobuses de Madrid, la rápida, a la que perdí en el Alto del Erro. No contaba con volver a verla. Tampoco contaba con volver a ver a Concha, la chica valenciana con la que compartí el desayuno en Roncesvalles. Me alegraba verlas de nuevo. Así es la vida, así es el Camino. Me pedí una Coca-cola. Me sentía un poco violenta, apareciendo de repente, sentada en la esquinita de la mesa como un pegote mientras los demás cenaban. Marian no paraba de relatar que le habían robado unos pendientes de oro y perlas y que no pararía hasta volver a recuperarlos. Estaba indignada. Hubo un momento en la cena en que la chica vasca tomó la palabra. Descubrí que se llamaba Arantxa. Alguien le preguntó sobre la camiseta que llevaba puesta. Fue entonces cuando Arantxa empezó a hablar de su hermano el aventurero. Aventurero en el más justo sentido de la palabra, de esos que se suben al Hynmalaya y atraviesan la Antártida, que recorren los más inhóspitos parajes... un hombre, como decía Arantxa, que había vivido muchas situaciones límite, incluso para su propia vida. Arantxa hablaba de ello con un brillo intenso en los ojos, disimulando, llena de orgullo. Su camiseta era un recordatorio de uno de esos lugares en los que su hermano casi se deja la piel. Era un regalo, para que superase los malos momentos durante su "camino", como los tuvo que superar él en aquella expedición. ¿Cabe un regalo mejor? Más que lo que contaba, era cómo lo contaba. Me quedé escuchándola y así es como conocí a Arantxa. ¿La primera impresión es la que cuenta? En mi caso nunca ha sido así; siempre me he equivocado. Por alguna extraña razón, nunca he tenido buenas relaciones con los vascos que he conocido a lo largo de mi vida, relaciones difíciles, mentales, viscerales, competitivas... complicadas (especialmente en tiempos anteriores). He llegado, incluso, a enamorarme de vascos, y a pegarme con ellos también. Arantxa estaba sentada al otro lado de la mesa, frente a mí. Rondando los treinta y muchos, pelo corto, mirada oscura, de pequeños ojos de alfiler, a lo águila, de esos que escudriñan y esconden la memoria de toda una vida presente en un solo instante. Mientras contaba la historia de su hermano, hubo un momento en el que creyó que nadie la escuchaba y decidió dar por terminado su relato. Y fue en ese preciso instante cuando me percaté realmente de la presencia de Arantxa. Le pedí, por favor, que continuase. Hasta ese pequeño brote de inseguridad, ella me había parecido como el resto de los vascos de mi vida. Una persona dura. Caminé mucho con Arantxa. |
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