|
|
|
|||||||
|
||||||||
|
A la mañana siguiente, me desperté muy temprano. Durante la noche, cuando sonaron las 5 en el campanario de la iglesia, logré rehacerme del frío y en un arranque de valor, saqué el brazo del saco, alcancé mi sudadera y mis mayas , que estaban empapadas de humedad, y me las puse. Era preferible enfermar por ponerme ropa mojada a morir de frío. Con ello conseguí dormir un par de horas. Los primeros madrugadores nos fueron despertando a todos con sus conversaciones. Me levanté dejando en sus literas a la parejita de catalanes y a los ciclistas, que dormían profundamente. La mañana estaba despejada y limpia pero el frío era intenso. Tuve que ponerme el impermeable. El campamento militar contaba con un barracón destinado a los servicios y a las duchas, pero fui incapaz de ducharme esa mañana. Me lavé la cara y usé por primera vez el pequeño cepillo de dientes de Iberia. Todo en mi macuto era pequeño. Llevar poco peso en la mochila era muy importante. Debía darme prisa. Elena, Jesus, Marian y yo nos habíamos citado a las 7 de la mañana para desayunar todos juntos en la hospedería, un antiguo hospital de peregrinos del año 1127, donde habíamos reservado el desayuno el día anterior. Llegué a mi hora pero mis compañeros aún no habían aparecido. Una joven me hizo pasar al comedor y me acomodé en una mesa con una chica rubia y un ciclista. Al momento aparecieron Marian, Elena y Jesus pero yo, por no hacer un desaire a mis compañeros de desayuno, permanecí en mi asiento. Café de puchero, pan con mantequilla y mermelada, galletas, zumo de naranja... inmejorable, y por 200 pesetas. Más inmejorable fue la charla con el ciclista y la chica rubia. Él era vasco, alto, delgado, guapo. Sabía que cuando nos levantásemos de la mesa nunca volvería a ver a aquel chico. Los ciclistas son aves de paso. Hacen al día cientos de kilómetros, corren por las carretera y por los caminos, dejando atrás a los peregrinos de a pié, coinciden contigo en los albergues, en los restaurantes, en las tiendas, en los bares, en los monumentos, en un rellano del camino; ves sus caras, charlas con ellos brevemente, duermen contigo una única vez y al día siguiente, arrancan y no los vuelves a ver. Así son los ciclistas. Me parecía emocionante desayunar con aquellos desconocidos. Los trés hablábamos como si ya nos conociésemos. En el fondo era así. Éramos peregrinos. La chica rubia tenía unos treinta y tantos años. Era muy guapa, de piel blanca y aspecto delicado. Me contó que era la segunda vez que hacía el Camino de Santiago, que había mucha gente que repetía la experiencia .Algo bueno tendría el Camino para que la gente repitiese. Me contó de algunos que lo había hecho 7 y 8 veces. Concha, que así se llamaba, era de Valencia y durante el invierno, se hacía el Camino a tramos, los fines de semana. Me dijo que quería contactar con gente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago para informarse sobre las excursiones. Yo le comenté que Marian era de la Asociación. Ese fue el principio de una bonita amistad aunque yo aún no lo sabía. Jesus, Elena, Marian y yo, fuimos a recoger mi macuto al campamento militar y aprovechamos para tirarnos unas fotos en las tiendas.
Roncesvalles antes de iniciar mi primera marcha en el camino. Empezamos a caminar (y digo "empezamos" y no "empecé", como pensaba .Eso es significativo) El trayecto hasta Zubiri fue de una belleza sobrecogedora, quizá una de las etapas más bellas. Durante kilómetros avanzamos por un túnel de vegetación, una vía frondosa y espesa. Era, dicho estrictamente, ¡el camino y la espesura!. Marian empezó a apretar la marcha hasta el punto de que me fue imposible seguirla. Durante algunos kilómetros seguí su paso pero la emoción tiraba de ella. La fatiga comenzó a afectarme y tuve que aminorar el ritmo. Marian estaba en un estado físico admirable. ¡Chao, Marian!. ¿Volvería a verla? Seguramente no.
Camino frondoso a la salida de Roncesvalles. Al final, con un ritmo más calmado, seguimos Elena, Jesus y yo. Hacìa fresco y pronto empecé a sudar. Tenía el pelo empapado por la niebla. Algunos se pusieron la capa de agua. Yo iba con la cámara de fotos en ristre, disparando por todas partes, inmortalizando todo aquello que me impactaba y que quería conservar para siempre. El primer pueblo por el que pasamos y que ya había visto desde el autobús al ir hasta Roncesvalles, fue Burguete, para mí, el más bonito de todo el camino. Sus casas estaban decoradas con geranios cuajados de flores perfectas. Había casas de geranios granates, rojos, otras de blancos.
Burguete, un pueblo de ensueño. Cada casa estaba decorada de un color, casas de tejados afilados preparados para la nieve, con vigas, puertas y ventanas de madera. Parecía un decorado para una película, una ciudad encantada, apareciendo misteriosa entre la niebla. Yo no paraba de tirar fotos mientras "macutos con piernas" como los llamaba yo, me iban dejando atrás. Cada vez que me paraba a tirar una foto, luego tenía que correr para alcanzar a Jesus y Elena. Pero no me importaba. Estaba emocionada por todo lo que estaba viendo y viviendo, por toda la gente que estaba conociendo. A cada paso descubría un rincón o un motivo para una foto. Me retrasaría, sí, pero me llevaría la foto a casa .
Parajes cercanos a Burguete Poco a poco fui notando el peso del macuto a la espalda y la presión de las botas en los piés, pero de forma poco consciente. Todo me parecía tan hermoso que no reparaba en que me empezaba a faltar el aliento. Pasado Burguete llegamos al Alto de Mezquiritz desde donde disfrutamos de una vistas asombrosas: pueblos apareciendo como por magia bajo un manto de niebla, bosques, horizontes montañosos... los Pirineos. Fue en éste paraje donde ví por primera vez al grupo de ingleses, que aprovecharon para tirar fotos de los paisajes. Para mí el grupo de ingleses era el prototipo de gente con la que no podía comunicarme por culpa del idioma (mi asignatura pendiente), salvo por las sonrisas que nos regalábamos cuando nos cruzábamos, algo que ocurría constantemente entre los peregrinos. Era la historia de una incomunicación y del cruce de destinos. Eran como la mayoría de peregrinos, como Marian, como Elena y Jesus, como tantos otros: hoy los ves, mañana no los ves, y vuelves a verlos al día siguiente...Así era el grupo de ingleses, unos chicos jóvenes con los que me cruzaría de vez en cuando y de los que no llegaría a saber ni su nombre. Pero eran peregrinos, y yo también. El camino, por unos kilómetros abandonó el túnel de fronda y comenzamos a subir el temido Alto del Erro. ¡Un auténtico rompepiernas!. El problema principal no era en sí la subida sino el estado del suelo por el que pisábamos, siempre lleno de piedras y de desniveles que me iban destrozando los tobillos. Subiendo el Alto del Erro, me alcanzó Concha, la chica rubia con la que había compartio el desayuno esa mañana. Caminamos juntas durante la subida, charlando sobre sus experiencias anteriores en el camino. Me llamó la atención el bastón de esquiar con el que se ayudaba. Los peregrinos, en general, llevaban su vara de peregrino pero nunca hasta ahora había visto un peregrino con un bastón de esquiar. Era el progreso. Los peregrinos de ahora no son como los de antes. Concha me explicó las ventajas de su bastón, plegable, ultraligero, resistente y útil. Igual que me pasó con Marian, también me costaba seguir el ritmo de Concha en aquella subida. Hay que tener respeto por todo el mundo. Nunca se sabe cuando vas a conocer a un atleta camuflado. Y Concha, bajo su aspecto delicado, era muy fuerte. Concha era muy fuerte en muchos aspectos que tiempo después descubriría. Pero eso, yo aún no lo sabía.
Alto del Erro Por fortuna, durante el ascenso al Alto del Erro, dimos con una zona en obras y tuvimos que detenernos. Un camión estaba echando gravilla en el camino mientras que un hombre la extendía con una azada. - ¿Véis como me veo? -decía elhombre mientras doblaba su espalda y esparcía la gravilla- todo el día con el culo pino, todo el día con el culo pino para que paséis mejor los peregrinos. A mí me hizo gracia la expresión. Poco después Concha aceleró y yo me quedé atrás.¿Volvería a verla?. Seguí caminando en solitario. Los había perdido a todos. Después de unos kilómetros, me encontré con Jesus y Elena que se habían detenido a descansar y yo me quedé con ellos. Elena pensó que era bueno parar un poco cada dos horas de marcha, para recuperar fuerzas y comer algo. Fue mi primera revisión de los piés. No sería la última. Comí un bocadillo y seguimos la marcha. Desde donde nos encontrábamos, el camino se endureció, el terreno por el que andábamos era, no solo pedregoso: el agua de la lluvia, los deshielos, la erosión, habían arrancado la arena al terreno dejando al descubierto la roca viva que apareció en forma de afiladas losetas de piedra inclinada por cuyos filos teníamos que descender. La pisada se hacía muy difícil por los bordes de piedra afilada , el descenso discurría por un barranco estrecho y traidor donde un pié podría troncharse al menor descuido. Cuando el terreno es duro durante un pequeño tramo, solo puedes decir eso, que era duro. Cuando la dureza abarca 4 o 5 kilómetros, no puedes decir nada. Unos rezan, otros maldicen... Roncesvalles- Zubiri fue sin duda la etapa más dura y la más bella. Llegamos
a Zubiri a tiempo para conseguir una litera en un centro habilitado especialmente
para los peregrinos al que llamaban "Las Escuelas". Tenía literas para
unas 100 personas repartidas en dos aulas. Sería mi segundo sello en mi
credencial, rito obligatorio si querías dormir (por poco dinero). La ducha fue reparadora. Estaba realmente cansada. Había caminado 21 kilómetros por un terreno durísimo, algo que no había hecho desde que tenía 11 años y hacía marchas con los "boys-scouts". No comí. Me acosté en la litera y dormí profundamente durante algunas horas. El cansancio y el hecho de que llevaba casi dos días sin dormir nada, me hicieron caer en la cama de forma rotunda. En esa ocasión no oí ronquidos, ni pasos, ni charlas... Estaba rota. Por la tarde Elena, Jesús y yo nos fuimos a dar un paseo por el pueblo. Compramos fruta, pan y embutido para el día siguiente y después bajamos al río que cruzaba el pueblo: ancho, de poco calado, limpio, encajonado por una espesa vegetación. Hubo quién prescindió de la ducha y se bañó en el río. Elena me dijo que le apetecía hacer algo parecido al Tai-chi. Ambas estábamos pensando en lo mismo: en relajarnos. Elena me contó que ella tenía una clínica de medicina natural en la que hacían acupuntura, digitopuntura, yoga y todas esas cosas. Ella practicaba una especie de yoga especial, que no era Tai-chi pero que se le parecía mucho, basado en ejercicios de "energía". Era la primera vez que oía hablar de la "energía", y no sería la última a lo largo de mi camino. Buscamos un remanso del río y allí, ella hizo sus ejercicios y yo los míos de Hapkido, mis ejercicios de respiración. Jesús alucinaba un poco con todo aquello y por no quedarse descolgado, se unió a nosotras y le enseñé mis respiraciones. Parecía que el tema le interesaba o, al menos, daba la impresión de querer saborear las rarezas que le ofrecía el camino. Jesús era un hombre que me inquietaba, no por nada en especial, tal vez por ser una persona silenciosa. Yo me encontraba muy a gusto porque estaba haciendo delante de desconocidos algo que sólo hacía en el gimnasio, y no solo no me catalogaban de loca, sino que además, al menos en lo que a Elena se refiere, compartían con migo ciertas afinidades: las respiraciones, ya sean del Hapkido, del Tai-chi, del Yoga o de cualquier otro arte oriental. El silencio, o lo que es lo mismo, el sonido del agua del río, nos acompañó en aquel rato de paz. Después de aquello, volvimos al albergue. Yo iba flotando, como siempre que hago mis ejercicios de respiración. Yo, que confiaba en mi estado físico y en todo el tiempo invertido en el gimnasio, estaba doblada por las agujetas y por el dolor de espalda ocasionado por el peso del macuto. Era consciente de que superaba el 10% del peso recomendado, pero eso ya no tenía solución. Estaba cansada, dolorida y molesta por una fuerte urticaria que me habían producido en las piernas las ortigas junto al río. Pero me sentía muy bien. Estaba llena de tranquilidad, de paz. En sólo un día de camino, el estrés me había abandonado. Era una experiencia nueva. Estaba bien, muy bien. Elena me dio After-Bite (compuesto de amoniaco puro), tanto para la urticaria como para los picotazos que los mosquitos me habían dejado en una pierna y que tenían el tamaño de una moneda de 500 pesetas, picotazos que estarían conmigo hasta el final del camino. Pero eso yo no podía saberlo. Daba igual .Ya de vuelta, en el albergue, sentadas en las escaleras de entrada, ella me enseñó a dar masajes en la espalda. Yo le dije que no sabía hacerlo y me enseñó que el truco estaba en hacerlo en círculos. El músculo tenía que estar blando. Si no, es que estaba agarrotado y había que aplicar un masaje en círculos apretando fuertemente en la zona. Ella me masajeó a mí y yo la masajeé a ella. Me puso un "notable". Jesús siguió alucinando con nosotras. Por la noche alguien nos recomendó que llamásemos a una casa de Cizur Menor, nuestro siguiente alto en el camino, para reservar alojamiento, ya que la cosa parecía muy difícil. Así que Jesús y yo nos acercamos a una cabina e hicimos la reserva para los trés. Esa noche dormí profundamente. A mi lado se habían instalado las chicas vascas. La verdad es que me parecían algo serias. Una de ellas, la más alta, parecía estar siempre de mal humor. Para mí, eran un misterio, tanto ellas como el chico con el que viajaban. Seguramente son hermanos, pensé. ¿Qué diran? ¿De qué estarán hablando? No les vi demasiado comunicativos, todo lo contrario. Ni siquiera me caían bien, y sin embargo, llegaron a ser una de las páginas más bonitas de mi "personal camino". Pero eso era algo que yo aún no sabía.
|
|||