Mientras circulaba por las calles de Madrid rumbo a la estación de autobuses, el taxista no paraba de intentar darme conversación y de interrogarme para averiguar a donde iba con ese macuto. Yo no tenía ganas de hablar. Llegué con 20 minutos de antelación, con lo cual, tenía tiempo de sobra para fumarme un cigarro antes de subir al autobús. La estación estaba atestada de gente. Yo intentaba descubrir sus destinos. Buscaba varas, conchas del Camino, pines... algo que delatase al que fuese a hacer el Camino de Santiago. Enseguida entró por la puerta de la estación una chica rubia que me llamó la atención, no solo por que iba perfectamente uniformada de "peregrina": el palo, la concha, la mochila... sino también por la precipitación con la que se conducía. Entró a tal velocidad y se movía entre la gente tan deprisa que imaginé que llegaba con el tiempo justo o peor aún, que ya era demasiado tarde para ella y que su autobús ya habría partido.

En realidad, la chica rubia me era indiferente, al igual que el resto de la gente. ¿Quiénes eran, a donde iban? ¿Realmente importaba algo? Mi autobús partió puntual. No me atraía la radio, ni siquiera la lacrimógena película que nos pusieron en el trayecto a Pamplona. Sussan Sarandon cada vez llora mejor en las películas, especialmente si su personaje muere de cáncer. El viaje no se me hizo demasiado largo, excepto porque dos hombres de raza árabe que se sentaron detrás de mí desprendían un intenso y pegajoso olor a pescado. Realmente olían a bacalao. El aire acondicionado no era suficiente para mandar hacia atrás el olor. Cualquiera sabe porqué esos hombres huelen así. Quizá no tienen forma de asearse, o tal vez llevan días pululando por España, de un lado a otro, buscándose la vida. ¿Serán inmigrantes ilegales? Probablemente. Cualquiera sabe las razones de cada extraño.

Por fin terminó la película. Sussan Sarandon murió, pero antes hizo una buena acción. Final feliz. No puedo dormir, huele a bacalao. Resignación. Hicimos escala en Logroño: café y una pulga de chorizo. Cigarrito. Vuelta al autobús. No se nada de la chica rubia. Sin duda va en éste autobús. Da igual. Mejor no haber coincidido con ella en Madrid. Si resultase ser una pesada me hubiese dado el viaje y yo no tenía ganas de hablar. Intento fijarme en el paisaje. Intento dormir. No puedo. La noche anterior no dormí nada. Estaba nerviosa por el viaje. Me sentía como cuando tenía 10 años y me iba de excursión con el colegio, con el estómago lleno de gatos. Por fin llegué a Pamplona. Desde ahí, tendría que coger otro autobús que me llevaría a Roncesvalles, mi punto de partida. Desde que salí de Madrid, me encontraba en un estado pseudo catatónico. No pensaba en nada, no quería nada, iba a la aventura y estaba preparada para todo, igual podía quedarme tirada en Pamplona que coger una enfermedad o que me atracasen en cualquier momento y dejarme sin nada. Todo era posible y yo estaba preparada para todo. Yo solo esperaba que pasase algo. Mi mente era un folio en blanco, un lienzo sin estrenar, una pantalla sin escribir, un teléfono descolgado. Estaba a la espera.

Y el destino llegó. Nada más poner pié en Pamplona una pareja formada por un hombre robusto de unos 45 años y su novia , una chica menuda y muy delgada, ambos vestidos de excursionistas, me salieron al encuentro en la misma estación. Ella, de unos 40 años, habló:

- Perdona ¿Vas a Roncesvalles?

Así conocí a Elena y a Jesús. En realidad no eran pareja pero cuando les vi, estaban tan juntos que así lo creí. Acababan de conocerse en el autobús que salió de Madrid a las 8 de la mañana. Buscaban a dos personas más para compartir taxi y subir a Roncesvalles porque el siguiente autobús no salía hasta dos horas después y para entonces, quizá fuese tarde para encontrar alojamiento allí. El tema no era para tomarlo a la ligera. Durante todo el verano, los informativos de las distintas cadenas hablaban de la masificación que se estaba produciendo en el Camino de Santiago al coincidir el Xacobeo con el fin del milenio. A mí realmente me daba igual encontrar alojamiento o no. Estaba mentalizada para dormir al raso. Sin embargo tampoco me importaba demasiado ir en taxi con ellos. Pero hacía falta una persona más, que fuese sola, para que el viaje saliese algo más barato. En ese momento apareció la chica rubia que vi entrar a toda velocidad en la estación de autobuses de Madrid. Yo les dije a mis dos nuevos conocidos que esa chica podría ser una buena candidata. Efectivamente. Elena habló con ella. Esa fue la primera vez que vi la cara de Marian. Era algo mayor de lo que esperaba, pero lucía un intenso bronceado que hacía destacar sus clarísimos ojos verdes ,lo que le daba un aire muy juvenil. Los cuatro decidimos apartar la idea del taxi y arriesgarnos a ir en autobús. Como nuestro autobús no salía hasta las 8 de la tarde, aún teníamos un par de horas para dar una vuelta por Pamplona y comprar algunas cosas que nos faltaban.

Lo primero que hicimos fue dejar las mochilas en la consigna de la estación. Allí el encargado nos previno sobre el problema que supone llevar macutos que excedan el 10% de nuestro peso. Nos sugirió que, en el caso de tener demasiados kilos a la espalda, cuando bajásemos andando desde Roncesvalles podíamos mandar por correo desde Pamplona todo lo que nos sobrase. Quise creer que ese nunca sería mi caso. En ese rato de paseo por Pamplona, Marian, Elena, Jesus y yo empezamos a conocernos. Aún no había llegado a Roncesvalles y ya tenía compañía. Mis nuevos compañeros no me resultaron desagradables. Todo lo contrario. Yo era la de menor edad de todos. Marian jugueteaba constantemente con su móvil y hablaba de sus vacaciones en Ibiza. Allí, todos habían estado en Ibiza, en sus carísimas discotecas, en sus playas, y yo, buscando la manera de comer por 300 pesetas. Qué desequilibrado está el mundo.

¡Rumbo a Roncesvalles! Marian se sentó a mi lado. Yo iba en la ventanilla y por primera vez en muchos años sentí ilusión por algo. Estaba entusiasmada con mi viaje, con mi personal aventura. Mi destino estaba cada vez más cerca. Miraba los bosques pirenáicos pasar a mi lado a gran velocidad como "una niña chica", encontrando belleza por todas partes, sorprendiéndome por todo, empapándome de todo. Marian consultaba la guía del Camino mientras yo sujetaba su vara, su "bordón", entre mis piernas. Nunca había tocado uno y ahora me gustaba hacerlo. Yo no paraba de preguntarle: - ¿Esto son ya los Pirineos? - No, aún no - decía Marian. En realidad, sí lo eran. Llegamos a Roncesvalles a tiempo para asistir a la misa del peregrino, toda una tradición. Dejamos los macutos en el campamento organizado por el ejército para los peregrinos y fuimos a la misa. Yo no tenía ganas de entrar, haciendo gala de mi condición de atea, pero al final, picada por el gusanillo de la curiosidad, entré en el templo. En el fondo, no quería perderme ninguna de las tradiciones que pudiese ofrecerme el camino y esa era una de ellas. Fueron 10 minutos de respetuosa presencia. Después me salí. Necesitaba desesperadamente una Coca-cola. Pasé esa media hora perdida, pululando de un sitio a otro sin saber que hacer, pensando para mis adentros que estaba sola y sola debería seguir, buscando por todas partes una máquina de Coca-cola como el que busca cobijo.

Campamento en Roncesvalles

A demás eso era lo mío ¿No? ¿Acaso no iba mentalizada para la aventura?. Conseguí la Coca-cola y ya, con la noche encima, me fui al campamento, sepultado por una espesa bruma que empapaba hasta el pensamiento. Poco a poco se me fueron pasando las penas y empecé a disfrutar del frío, que ahora era, simplemente, olor a limpio. Con el corazón más sosegado me fui a mi tienda. Hacía muchos años que no dormía en saco y la idea me divertía. Algunos ciclistas y una pareja de catalanes (un chico y una chica) compartían la tienda conmigo.

Hacía frío en ese atardecer de Roncesvalles, hacía frío y yo tenía frío, frío en la cara y frío por dentro. Optar por viajar en solitario, en ocasiones, no es sólo una opción; puede ser también algo inevitable. Al final, Elena, Marian y Jesus prefirieron dormir en el albergue de peregrinos. Yo, que no quería hacer gastos innecesarios, ya que iba con el dinero justo, me quedé en el campamento militar, lo más parecido que he visto a la película "M.A.S.H.". El campamento estaba en un bajo, detrás del conjunto monumental de Roncesvalles, junto a un riachuelo de aguas frías y limpias, a los pies de un frondoso bosque de pinos semi enterrado en la niebla que empezaba a bajar.

Dentro de las tiendas en el campamento de Roncesvalles

No sé por qué, cada vez que alguien se cruzaba conmigo, me regalaba una sonrisa y ellos, los catalanes, acababan de regalarme todo un ramo. La noche fue... ¿Cómo lo diría yo? : los sacos de dormir de la pareja de catalanes eran nuevos, de ese tipo de tela impermeable y absolutamente rígida que suena al moverse. Creo que los catalanes no debieron de dormir nada porque el crujir (el rugir) de la tela de sus sacos, no paró en toda la noche. Una vuelta, otra vuelta, y otra, y otra más. Quizá no podían dormir por los fuertes ronquidos de los cinco ciclistas que dormían con nosotros.

Quizá fue por las campanadas del reloj de la Iglesia, que marcaban las horas y las medias sobresaltándonos el corazón, cuando más tranquilos estábamos. Quizá fue por ¡esa guitarra! ,esa guitarra que empezó a sonar a eso de las cuatro de la mañana, cuando ya parecían superados todos los obstáculos que nos separaban del sueño. Yo, por mi parte, lo que peor llevaba era el frío. No es que mi saco fuese ligero, es que la bruma y la humedad bajó tanto, que entraba por debajo de la lona de la tienda, empapando los sacos, las literas, los macutos y hasta el pelo. Era tal el enquilosamiento de todo mi cuerpo que me dolían las caderas y los riñones del frío que traspasaba la loneta de mi litera, congelándome la espalda. Dicho como lo voy a decir ahora, parecerá una ironía, pero estaba contenta. Me sentía bien porque estaba donde quería estar y hacía simplemente lo que quería hacer. Eso significa ser libre y ejercer, un lujo que raramente podía practicar.

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