7 de la mañana. Una interminable hilera de peregrinos nos alejábamos por una llana pista de tierra. A ambos lados del camino, surtidores de agua vaporizada regaban los campos. Atrás quedaba Santo Domingo, clavado en medio de una vasta llanura, sumergido en una niebla que nos empapaba, a mí, hasta el alma.

Atrás dejaba recuerdos y a mis amigos vascos, a los que me prometí volver a ver. O al menos escribirles. La humedad de la niebla y de los surtidores de agua que calaban el asfalto de la carretera hacían la marcha muy ligera y agradable.

El día anterior me compré unas plantillas para las botas y notaba mucha mejoría al andar. Pedro "el trovador" pasó a mi lado y me adelantó a gran velocidad, hasta perderse a lo lejos. Pedro era un gran caminante, con su guitarra a cuestas. Tenía fuerza en las piernas. Era inalcanzable. Le perdí de vista. Concha tenía muchas ganas de pasar por Grañón. Quería que viésemos el albergue de peregrinos de allí, habilitado dentro de una Iglesia. Cuando llegamos a Grañón nos lo enseñó.

La verdad es que era ideal, con ventanales románicos auténticos, rescatados de la propia iglesia y todo terminado en madera... Desayunamos allí y al retomar la marcha, Concha dijo que nos dejaba, que se quedaba allí. Nueva despedida, y de golpe. Nos tiramos una foto en la puerta del albergue de Grañón y nos marchamos.

Despedida en la puerta del albergue de peregrinos de Grañón.

Yo no quería mirar hacia atrás, pero lo hice. Concha nos vio marchar desde un balcón del albergue.

Adiós Concha, abogada, con su cara de geranios rojos, en la ventana. Volví a mirar hacia atrás. Concha seguía allí.

Para mí, el camino se iba convirtiendo en una despedida y dos en un día era demasiado. Como ya he comentado en otras ocasiones, los días como peregrina estaban llenos de acontecimientos y de vivencias. Muchas veces era tanta la información que llegaba hasta mi cabeza que era incapaz de asimilarla. Casi siempre olvidaba lo que había hecho el día anterior. No podía recordar como era el albergue o cuales eran los pueblos por los que había pasado. Algo así me ocurre con la etapa de hoy. Pocos recuerdos me han quedado de ésta etapa. Pero recuerdo muy bien la llegada a Belorado.

La marcha no debió de ser muy dura porque llegué al pueblo bastante bien, dentro de lo que cabe. El albergue de peregrinos estaba ubicado en la Iglesia de Belorado. Nos sellaron las credenciales y nos instalamos en nuestras literas. No todos los albergues son de la misma calidad. Los hay nuevos, viejos, con buenas dotaciones en sus instalaciones, los hay con y sin cocina, con o sin lavadero, con o sin máquina de café...En el albergue de Belorado había que esperar a que se calentase el agua para poder ducharnos. Así que esperé. Salí fuera, me senté en el suelo y me encendí un cigarro. Win, el seminarista belga, se sentó a mi lado. A la sombra, junto a mí, descansaba Obra, la boxer de Carlos, que respiraba fatigosamente. Algunas chicas del pueblo se asustaron al verla. No sabían que Obra era la perra más afable del mundo.

Estaba reventada, recostada bajo una pequeña sombra, respirando con agitación. Enseguida, todo el pueblo apareció por allí. Se iba a celebrar una misa. Belorado estaba en fiestas: la banda del pueblo, con sus trombones, saxofones, flautas y bombos, las chicas, vestidas con sus trajes regionales. Win me preguntó en francés que qué estaba pasando. Le dije que eran las fiestas del pueblo. Todos tan guapos y tan peinados y yo, llena de polvo, sudorosa, con las chanclas en mis pies destrozados, sentada en el suelo. Era como una película de Rosellini: "Belorado, ciudad abierta".

Cuando me duché serían las 5 de la tarde. Había esperado mucho. Pedro "el trovador" estaba por allí y le pedí su guitarra. Como no tenía ganas de conciertos en grupo, cogí la guitarra y me fui a la parte trasera de la Iglesia. Allí, tiré mi aislante y toqué, mientras que cientos de golondrinas volaban sobre mi cabeza, silbando y rompiendo el silencio de la tarde. Al poco rato, apareció por allí un hombre, un peregrino que había ido a tender su ropa y que se había sentido atraído por el sonido de la guitarra. Así conocí a Carlos, un hombre de unos 45 años que resultó ser cardiólogo infantil . El camino aúna a gente muy peculiar. Me dijo que si le dejaba tocar la guitarra y allí estuvimos cantando canciones, en castellano y en euskera mucho rato.

En Belorado conocí a personas muy "peculiares", como Antonia, una brasileña algo gordita, amante de San Francisco de Asis, destista y con su forma particular de hablar, con un fuerte acento brasileño. Le pregunté que cual era la razón por la que había tantos brasileños haciendo el Camino de Santiago. Y la razón era que en Brasil había un programa de televisión que veían millones de personas, dedicado al Camino. Sorprendente. Antonia era muy mística, adoraba a la Virgen y a los Santos por encima de todas las cosas. También conocí a Mª José, la hospitalera, una fisioterapeuta que nos dio masajes en las piernas a todos y con la que congeniamos muy bien, tanto que por la noche compartió con nosotros la cena, algo que hasta ahora no había visto hacer a ningún hospitalero. Mª José nos cuidaba y se preocupaba de nuestras piernas. Nos hacía caminar descalzos para comprobar el estado de nuestra columna y verificar si teníamos algún vicio al andar. Estaba con cada uno de nosotros todo el tiempo que fuese necesario. Marian, que ya estaba algo tocada de las piernas, como todos, estuvo bajo los cuidados de Mª josé una hora.

Esa noche se planteó en el albergue un problema. Acabábamos de pasar por un fin de semana, lo que significaba tiendas cerradas y nada para cenar. Por otro lado, al encontrar el pueblo en fiestas, todo estaba cerrado. ¿Qué íbamos a hacer ahora?. En los albergues era habitual encontrar comida que otros peregrinos habían dejado para los que viniesen detrás. Era una buena idea, tan buena que gracias a un puñado de arroz y a unos botes de kepchup que había en la nevera, cenamos todos esa noche. Fue una auténtica cena comunitaria por varias razones: porque cenamos todos juntos, porque ninguno teníamos nada y porque la precariedad y la escasez nos unió más. Arantxa, como buena vasca, fue la cocinera.

Mientras ella zarandeaba por la cocina, yo, con las líneas en euskera que encontré en el libro de peregrinos de Santo Domingo de la Calzada en la mano, buscaba la forma de que me ayudase a saber lo que ponía.

- Arantxa.

- ¿Qué?- me decía mientras que cocía el arroz.

- Mira, dime lo que quiere decir esto: "Idazten dudan azken eguna da. Pena haundia ematen dit lagun guztiak berton...

Arantxa, al escucharme hablar en vasco, se volvió hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Bueno! ¡Pero qué es esto!

A Arantxa le encantó que aquello lo hubiese escrito Haizea. Así que allí, sobre la mesa de la cocina, con su tapete de hule de cuadros azules, me tradujo el texto, mientras, el resto de peregrinos, pululaba de un lado al otro de la cocina, unos fregando, otros buscando en la nevera qué comer y otros preparando los platos y los vasos para poner la mesa.

Cenando en el albuergue de peregrinos de Belorado.

 

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