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Hubo quién no pegó ojo esa noche. Los mozos y las mozas, en plenas fiestas de su pueblo, organizaron una buena juerga a la puerta de la Iglesia de Belorado: gritos, petardos, la música que se perdía entre las callejas...Nadie movió un dedo para espantarlos, nadie murmuró lo más mínimo para que se callasen. Ninguno osó quejarse por sus risas. La luna llena alumbró la noche mientras nosotros, luchábamos por conciliar el sueño. Esa noche, entre los gritos y los ladridos de los perros lejanos, perros de pueblo, como digo yo, de esos que se escuchan entre ecos distantes, alguno decidió que Belorado era el final de su camino. La estudiante de medicina danesa no se levantó con nosotros. Esa mañana me costó mucho salir de la cama. Arantxa me despertó puntualmente y en cuanto recuperé la "cordura", hice café de puchero para todos. Arantxa siempre lo toma sólo y yo siempre me olvido. Como siempre, bien temprano, todos los peregrinos nos lanzamos al camino. Una etapa más, un día más. Caminamos todos juntos, en hilera, hasta Villafranca Montes de Oca. Allí paramos para desayunar de verdad. Aproveché para llamar por teléfono a casa y dar señales de vida, para comprar un pan de aceite y para curarme los pies. Mis curas ya no servían de nada. Era imposible cerrar las ampollas. Por otro lado, mis tobillos y mi rodilla derecha estaban cada día peor y eso sólo tenía una solución: reposo. Pero yo era peregrina y mi oficio, caminar. A partir de éste punto, la etapa transcurrió entre bosques de robles y pinares: los Montes de Oca, donde los bandoleros asaltaban a los peregrinos medievales escondiéndose después entre la maleza. Una de las etapas de mayor belleza. El aire caliente acariciaba mi cara, mis piernas, mis brazos. El camino estaba flanqueado de bosque, de cojines de helechos gigantes, de flores moradas, blancas. El camino dijo que quería subir, y nosotros, maltrechos peregrinos, ascendimos por él. Yo clavaba mi vara entre las piedras y tiraba de mí haciendo fuerza con los brazos, ya que mis pies se negaban a hacerlo. En las zonas de mayor ascensión, donde el terreno se endurecía más, mi vara se convertía en alcotana, en garra y mi respiración en grito, y me decía para mis adentros: - ¡Esta cuesta me la subo yo por mis muertos! Y apretaba los dientes, sufriendo, haciendo de tripas corazón y sintiendo la sangre inflar los músculos de mis brazos y de mis piernas. Eso significaba que en poco tiempo empezaría a tener calambres.
Atravesando los montes de Oca, de increible belleza. La etapa era dura pero llena de belleza. Arantxa y Erika caminaron conmigo un buen tramo. Ambas recogían flores por el camino. Se habían hecho un ramillete de flores malvas. Pronto Erika se descolgó. Llevaba su propio ritmo. Arantxa y yo seguimos juntas, charlamos, nos callamos, nos tiramos fotos, hicimos descansos, vimos un manto de nubes fantásticas al llegar a la cima de los Montes de Oca y nos maravillamos del increíble espectáculo del cielo comiéndose la tierra. Llegado un momento le dije a Arantxa que no me esperase. No podía seguir su ritmo y me quede sola. Caminaba tan despacio que llegué al albergue descolgada. San Juan
de Ortega era simplemente un monasterio (un santuario) y un bar. El Camino
te da la oportunidad de A Jordi le habíamos visto muchas veces y habíamos cruzado algunas palabras con él, pero nunca habíamos entablado una auténtica conversación hasta que llegamos a Belorado. El destino quiso que esa noche, aprovechando que el pueblo estaba en fiestas, saliésemos a tomar una copa a la plaza. Allí, nos sentamos todos en una terraza y charlamos. Jordi nos contó que había iniciado el Camino junto a otros amigos y que llegada la fecha, se marcharon. Jordi había visto desde fuera el tipo de convivencia y de amistad que había surgido entre los peregrinos y cuando llegó el momento de marcharse, decidió convertirse en peregrino de verdad. Cargó a la espalda su macuto, caminó con nosotros, sudó y sufrió con nosotros, comió con nosotros y durmió con nosotros. Jordi era uno de los más reputados peluqueros de Tarragona y la noche de Belorado, prometió cortarnos el pelo a todas. Y así fue.
Jordi cortándole el pelo a Marian Al llegar a San Juan de Ortega, colocó una silla en el patio del albergue, cogió sus tijeras (con las que siempre viajaba) y una a una, nos cortó el pelo a todas. Después, se montó en el coche de un amigo, que vino a buscarle y marchó para su tierra. |
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