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6:30. La noche está cerrada y todos los peregrinos, a una, hemos salido para iniciar una nueva etapa. La luna llena guía, a duras penas, nuestros pasos. Sacamos las linternas para poder ver donde pisamos. Pedro "el trovador" ha sacado una armónica y, a ciegas, va tocando canciones que el resto tarareamos. Parece una excursión del colegio. Poco a poco empieza a clarear, pero para entonces ya hemos hecho unos cuantos kilómetros. Se avecina un intenso día de calor y hay que aprovechar la noche. Hoy, desde los primeros pasos, lo voy pasando mal con los pies, pero intento no pensar en ello, como siempre. Pasamos por Ages y por Atapuerca. Todos hablábamos de los restos arqueológicos de Atapuerca pero quedaban muy alejados de nuestro camino. Carlos, el cardiólogo, velaba siempre por nosotros. Nos decía cómo teníamos que caminar, cual era la forma correcta de pisar para no hacernos heridas: talón, planta, punta, talón, planta, punta... incluso nos decía cuándo teníamos que beber agua. - Bebe agua, ahora, bebe aunque no tengas sed que tu cuerpo lo necesita. Carlos era un descubrimiento y se le veía cómodo con el resto de peregrinos. Siempre llevaba al cuello una pañoleta roja, como la que llevan los mozos en las fiestas de San Fermín en Pamplona.
Durante kilómetros el viento sopló con fuerza, viento helado del norte que me obligó a ponerme el impermeable. Aunque estaba sudando por el esfuerzo, no soportaba el frío. Durante más de 10 kilómetros ascendimos suavemente por una extensa llanura, el cielo nublado y el viento, soplando. A nuestro paso íbamos dejando monolitos de piedras levantados por los peregrinos que nos precedieron en el Camino. Desde lo alto divisábamos kilómetros y kilómetros de llanura, de mi España amarilla y trigueña. Cardeñuela, Orbaneja, Villafría... uno tras otro mis pies destrozados pisaron piedras, baches y desniveles.
yo...menuda peregrina... Camino con Arantxa, con Marian, con Elena, con Carlos y Obra. Como venía ocurriendo desde unos días atrás, me descuelgo del resto. Nunca me hubiese imaginado que pudiese llegar a Burgos caminando. Imagino que nadie es consciente de sus capacidades hasta que se pone a prueba. Llegué a Burgos habiendo alcanzado un buen ritmo de paso, tan bueno que mis piernas ardían. Era el pundonor el que tiraba de mí. Atravesé el polígono industrial de Burgos, de casi 5 kilómetros, mientras los coches me pitaban a su paso. Me saludaban a la manera de los coches, con el claxon. Me emocionaban. Divisé a Antonia al otro lado de la autopista. - ¡Peregrina! - Le grité Y me saludó alzando el brazo. Llegué al caso urbano de Burgos con calor, el sol picando y agotada. Me dolían tanto los pies y la rodilla derecha que sentía un irrefrenable deseo de tirarme al suelo. Pero detenerse era peor. A la entrada de la ciudad me encontré con Carlos y Obra y caminamos juntos hasta el albergue de peregrinos de Burgos. Me dijo que Marian, Arantxa, Elena, Ceferino y otros peregrinos ya habían pasado por allí. Que iban a ver la catedral y que después, seguirían el camino hasta Tardajos. Eso significaba que, de no tener fuerzas suficientes para llegar a Tardajos, no volvería a verles. La llegada al albergue se me hizo interminable ya que estaba al otro extremo de la ciudad. No podía caminar más. Era tarde, demasiado tarde para echarse al camino con el calor que hacía. No sabía qué hacer. Carlos había decidido quedarse en Burgos. Hacía mucho calor para seguir caminando con la perra. Erika también se quedaba, y Antonia, y muchos otros peregrinos. ¿Qué hacer?. No podía perder de vista a Marian, Arantxa y a los demás sin despedirme, al menos. Era un final patético para nuestro encuentro. Por suerte, ya nos habíamos intercambiado nuestras direcciones y nuestros teléfonos y llamé a Marian al móvil. -¿Dónde estáis? ¿Qué vais a hacer? La salida de Burgos pasaba necesariamente por el albergue así que nos vimos. Las vi desde lejos, acercarse por el inmenso parque arbolado en el que habían instalado el albergue Tenía un nudo en la garganta. No pararon ni para refrescarse. Les dije que no podía continuar, que no tenía fuerzas para hacer 10 kilómetros más, en mi estado. Me pidieron que lo intentase. Marian y Arantxa me animaron como pudieron. Yo no tenía fuerzas, pero se me ocurrió una alternativa: comer en Burgos, mirar en el cajero si habían ingresado mi nómina, comprarme otro calzado si había dinero y tomar el autobús para Tardajos. Arantxa y Marian me miraron a los ojos, pensando si sería capaz de dar un paso más, si volverían a verme. - Te esperamos allí. Te esperamos.
Era más una orden que un ruego. Caminé por las calles de Burgos con cuchillos en los pies y con un dolor insoportable en la rodilla derecha. No había llegado la nómina y saqué las últimas 4000 pesetas que me quedaban. Era consciente de que mi Camino estaba terminando. Respiraba con profundidad y vivía cada instante como si fuese el último. Atrás dejé a Carlos "el buhonero", a Obra, su perra boxer, a Antonia, la dentista, a Pedro "el trovador" y a Erika, a los que no volví a ver más. Comí en la estación de autobuses y dos horas después tomé el ùnico autobús que pasaba por Tardajos. Estaba cayendo la tarde y hacía fresco. Se notaba que agosto estaba terminando. Ahora atardecía antes, el verano estaba llegando a su fin. Sentía por dentro una leve tristeza. No me acostumbraba a ver pasar el mundo desde una ventanilla, veloz. Los kilómetros, en éstos últimos días habían transcurrido despacio, bajo mis pies. El concepto del espacio y del tiempo eran diferentes siendo peregrina, pero no solo el espacio y el tiempo. También la idea del color, del olor, de los sonidos, de las temperaturas, de lo bueno y de lo malo, del tú y del yo, sobre todo del YO.
La vida del caminante es amable y yo, que venía de pelear con demonios, me dejaba sorprender y embaucar. Me dejaba y me abandonaba a ello. Así aprendí que no es sangre todo lo que es rojo, ni batalla todo lugar en el que se grita. Mientras se camina hay poco tiempo para pensar. Sin embargo, caminar, es decir, "hacer el Camino" me llenó de paz, me hizo diferente a como era un par de semanas antes, más inocente y más sabia; quizá, hasta más limpia, algo a lo que es difícil renunciar.Concha siempre me decía: - ¿Entiendes lo que quiere decir que el Camino de Santiago empieza cuando termina el Camino de Santiago? Tal como lo veía yo, el Camino no es más que el reflejo de la vida, tal cual es. No es una senda de santurrones, ni de beatos, ni de excursionistas "per se". Los que hacemos en Camino somos aprendices. Aunque Marian y Arantxa no lo sabían, iban a volver a verme. Bajé del autobús con un deseo irrefrenable de verlas. -¡ Marijo! ¡Marijo! Era Arantxa. Me habían reservado cama en el albergue porque tenían la intuición de que iba a llegar a Tardajos. ¿Cómo no iba a hacerlo? Hoy era el día de despedida de Arantxa, su último día como peregrina. Yo tenía que estar. Había caminado mucho con ella. Desde que salimos de Navarra, los albergues de peregrinos eran gratuitos aunque siempre era bien recibida "la voluntad". Sin embargo, la hospitalera me dijo que la voluntad eran 300 pesetas y que como la hucha estaba rota y que, total, iba a dar el dinero de todas formas, que se lo diese en mano a ella, pero ¡ya!. Extendió su mano esperando las 300 pesetas. Lo de la hucha era un pretexto. En otros albergues, el dinero se dejaba en una cestita de mimbre, sobre la mesa. No era la cantidad. Lo que me molestó fue que me mintió y que me exigió un dinero que iba a ir directamente a su bolsillo. Le pagué religiosamente, solté el macuto y me curé los pies. El precio del buen ritmo de paso que adquirí atravesando el polígono industrial de Burgos fueron las ampollas que me salieron en la mayoría de los dedos de ambos pies. Perdí una uña de uno de ellos. Por la noche, Marian, Arantxa y yo fuimos a un bar a tomar una caña de despedida. Cuando volvimos al albergue la hospitalera lo había cerrado con llave y se había metido en su casa. Fuimos a buscarla para que nos abriese. Nos trató como si fuésemos niñas pequeñas que habían sido malas. Me dieron ganas de escupirla. Esa noche dormí en cama. Arantxa se comprometió a despertarme y así lo hizo. Como cada mañana, me hice las curas antes de ponerme las botas. Entonces, Arantxa se sentó frente a mí, cogió mis pies, los puso en su regazo y me aplicó en ellos vaselina, en las plantas, en los dedos... Le dije que lo dejara, que estaba llena de heridas. Me sentía abrumada. No me hizo caso. Mientras me daba la vaselina, me decía que tenía que cuidar más los pies, que debía darme vaselina en las zonas más sensibles. Después me regaló unos calcetines de montaña, con los que caminé esa mañana. Hice café de puchero y de nuevo se lo puse con leche. Nos reímos. Arantxa = a café sólo. Nunca me acordaba. Como siempre, tardé demasiado en preparar mi mochila. Arantxa no dejaba de preguntarme: - ¿ Has recogido tu ropa de las cuerdas, llevas pinzas, llevas agua, llevas tal, llevas cual? Y yo le respondía que sí a todo, mientras recogía mis cosas. Arantxa estaba siguiéndome por todo el albergue hasta que de repente se detuvo y me dijo: -¡ Por Dios, parezco tu madre! Un poco sí. Pero se lo agradecí. La abracé y me fui. Era noche cerrada. Miré hacia atrás. Arantxa estaba en la ventana. Doblé la esquina. Marian me preguntó que qué me pasaba. - Nada- le dije yo. Se me habían llenado los ojos. Agur, Arantxa. AGUR. |
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(NOTA: Agur: Adiòs en vasco)