Como hacía cada día, me detuve en el camino, me di la vuelta y contemplé el un nuevo amanecer. Un día más.

Elena , Marian y otros peregrinos me acompañaban. Caminamos por un estrecho camino entre eras segadas. La bruma de la mañana bañaba los campos, las espigas caídas en pequeñas montañas cobijaban a algunas aves que los cazadores tenían ya por presas. Perros y hombres de chaleco y rifle al hombro, pateaban y olisqueaban el suelo para hacer salir de entre las pajas a las aves. Por la senda que separaba una era de otra, sólo cabía una persona. Las bicicletas pasaban con dificultad entre los peregrinos, rozándonos con sus alforjas, haciendo equilibrios, saludándonos con una sonrisa. Atravesábamos una zona tradicionalmente muy calurosa, tanto que a uno de los pueblos lo llamaron "Hornillos del Camino". Por suerte, el viento era fresco, por lo que hicimos un buen número de kilómetros fácilmente.

Hoy, Marian nos dejaba. Lo del "adiós" se estaba convirtiendo en una costumbre. Así es la vida. Porque, realmente, la vida es así. Caminé con ella hasta Hornillos, charlamos, nos tiramos fotos, nos callamos...

 

Marian y yo viendo amanecer. Al fondo...Hornillos del camino.

Marian siempre estaba sonriendo, aunque la fatiga y el cansancio la estuviesen machacando. Fue la primera peregrina que conocí, aquella rubia veloz que vi entrar en la estación de autobuses de Madrid y con la que llegué a Roncesvalles. Parecía que habían pasado 100 años desde aquello. La vida, en el Camino, es muy intensa.

A los pocos kilómetros de iniciar la marcha, me quedé sola. Ningún peregrino volvió a adelantarme. Todos iban ya por delante. Solo los ciclistas. Decidí echar las botas al macuto y caminar con las chanclas. Acababa de perder una uña y no aguantaba las botas.

Camino hacia Hontanas...tierras de labor y pastos

 

Pronto, el esfuerzo por conseguir que no se me saliesen de los pies a cada paso, me produjo calambres en ambas piernas. Necesitaba sujeción. ¿Qué hacer?. Tomé las gomas del aislante y me até las chanclas a los pies. Así hice toda la etapa.

A pesar del inadecuado calzado de hoy, cogí un ritmo y lo mantuve hasta el final. Antes de que me diese cuenta estaba llegando a Hontanas. Allí, Elena y Ceferino me recibieron, casi, con aplausos. Me animaron, me dijeron que lo conseguiría. Ellos me dejaron pronto. Llevaban en Hontanas tres cuartos de hora. Aproveché la sombra y la gélida agua de la fuente de la iglesia para refrescar unos melocotones, beber y descansar. No me atrevía a quitarme los calcetines, ennegrecidos por la tierra del camino.

El sol se alzó hasta las 12 en el cielo y empezó a calentar la tierra sin piedad. El calor llegó a ser muy intenso. La tierra era blanquecina, caliza, cegándome por el reflejo del implacable sol. Me lloraban los ojos. Los trigales hundieron el camino en una zanja emparedada, donde el calor se acumulaba y lo volatilizaba todo. Me abrasé.

A lo lejos, cuando parecía imposible imaginar algo de frescor, una lejana sombra verde me dio esperanzas. ¡Un oasis! ¡Castrojeriz!.

Entrada a Castrojeriz. Un oasis en medio de un desierto de abrasadores trigales.

 

Pero aún quedaban algunos kilómetros para llegar hasta allí. Mis pies ardían. Las chanclas me aliviaban de las rozaduras, pero me dejaban el pie desprotegido por las plantas. Sentía fuego en la cara, en los brazos, en las piernas, en las plantas de los pies. No me quedaba agua.

Llegué a Castrojeriz fuera de mí, ausente, anestesiada.

Me sellaron en el albergue y fui directa a la cama. ¿Se podía estar más cansada?

Quería despedirme de Marian. Había quedado con unos amigos en Castrojeriz y después de comer se marcharía a Madrid. Pero ¿Dónde estaba?. Yo no tenía fuerzas para esperarla. Caí en un profundo sueño al instante. Dormí durante horas. Serían las 6 de la tarde cuando la voz de Marian me despertó. Lloraba desconsoladamente, como una niña pequeña, tirando de un pico de mi saco de dormir. Bajé de la litera y nos abrazamos. La acompañé a la puerta del albergue. Un coche la esperaba. Se marchó llorando. Llorando y sonriendo. Volví al albergue. Saqué mis cuartillas, escribí un rato.

A la fuerza me lavé la ropa, no tenía más remedio.

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