Hoy es mi último día de Camino. Lo sé porque mis piernas me han dicho que pare, que no pueden más.

El ligamento de mi rodilla derecha me ha dado ya demasiados avisos. Camino muy despacio, tanto que es imposible que nadie me espere. Por el camino perdí una camiseta, el jabón, el gel, mi navaja, me dejé los pies, los tobillos, las rodillas y un par de kilos. Me despedí de toda la gente que conocí. Vi amanecer un día más, caminé lentamente, entre sembrados, saboreé una manzana como si fuese la primera y la última que tomaba, respiraba como si cada bocanada de aire que entraba en mis pulmones fuese una experiencia nueva. Sentía su frescor. Cada 100 metros paraba. La rodilla me mataba. Sabía que si no abandonaba ya, podría acabar con muletas.

Elena y Ceferino me ofrecieron comida, dinero, me esperaban en el camino. Les dije que siguiesen.

Cuando llegué a Fromista, en la provincia de Palencia, lo primero que hice fue entrar en la Iglesia de San Martín, esa que tantas veces había visto en los libros de arte. Allí, me senté en un banco.

 

 

Iglesia de San Martín en Frómista.

 

Hacía mucho tiempo (más del que podía recordar) que no me sentaba en un banco de una iglesia, y contemplé.

Sobre el altar había una imagen en madera policromada de un peregrino. Allí dentro se respiraba paz. Había llegado al final de mi personal camino.

Sin que me diese cuenta, Elena se sentó a mi lado.

- Elena- le dije- hasta aquí he llegado. Vuelvo a casa.

Se quedó callada. No se lo esperaba. Puedo imaginar lo que sintió. Salió de la iglesia y yo, permanecí en el banco un rato más, admirándome y embriagándome por aquel románico maravilloso.

Estaba en paz.

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