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El albergue de peregrinos de Castrojeriz era un lugar muy peculiar. Carecía de encanto y de muchas de las prestaciones básicas para que un peregrino pueda descansar. No tenía camas, ni literas. En su lugar, unos habitáculos parecidos a "nichos", con una colchoneta, nos servían como literas. No había calefacción para el invierno y su única ducha solo daba agua fría. Tampoco tenía cocina. Su patio era un espacio selvático, cubierto de maleza al estilo de los patios de las casas "okupas". No, el albergue de peregrinos de Castrojeriz no era el Ritz, sin embargo allí me dieron cobijo, charlaron conmigo, me dieron todo lo necesario para curarme los pies, velaron por mi descanso y al alba, me despertaron con cantos gregorianos y al olor de café recién hecho. Así conocí a Bea y a Mª Paz, las hospitaleras. Me contaron sus experiencias como peregrinas y aseguraron que, mientras se camina, es muy difícil recordar los detalles del viaje, los lugares, los nombres, las sensaciones...especialmente las sensaciones. No olvidé ni sus palabras ni sus atenciones, un bien impagable para mí, caminante, peregrina. Sabiendo que mi Camino estaba llegando a su fin y que las fuerzas me habían abandonado, pasé el resto del tiempo haciendo ejercicios de memoria, intentando recordar ... "las sensaciones". Y recordé, recordé a todos los que habían caminado conmigo, recordé los pueblos por los que había pasado, los albergues en los que había dormido. Recordé que había vivido, sin saberlo, al instante presente, sin nada por delante , sin nada por detrás, saboreando el increíble milagro de vivir con los "sentidos disparados". Recordé el color de los campos, del cielo, el sabor del agua, el olor a jabón de mi ropa. Recordé que, cada día, cogía el coche para ir a trabajar y me lanzaba, suicida, a las calles de Madrid, con los ojos hinchados, maldiciendo la hora en que me había levantado y al sol que me cegaba. Recordé la locura, la violencia de mi vida. No llegué a Santiago porque aprendí a detenerme en el Camino y mientras lo hacía, llenaba mi alma de paz. Durante dos semanas, cada día, hice un alto, me volví a mis espaldas y vi amanecer. En cuanto a la gente que caminó conmigo, Ceferino, que resultó ser banquero, se adelantó a todos y llegó a Santiago el primero porque tenía una boda en un pueblo de Andalucía. Wim, el seminarista belga, llegó a Santiago en compañía de Elena. Allí fueron a la catedral para que Wim se presentase al obispo de Santiago, como le habían ordenado sus superiores en el seminario. Al final todo le resultó mejor de lo que esperaba: concelebró la misa en la catedral con el obispo y Elena, le tiró fotos desde la primera fila del templo. El día que me despedí de Elena en la Iglesia de San Martín de Frómista, le pedí que abrazase al Santo por mí. Y no solo abrazó al Santo sino que siguió todos los ritos del peregrino por mí, incluida una misa. En cuanto a Carlos, "el buhonero", todos pensábamos que no lo lograría por el enorme peso de su mochila. Sin embargo, según fueron pasando los días, Carlos se iba haciendo más y más fuerte. Sus delgadas piernas levantaban su casa y echaban a andar con más energía y fortaleza. Cada uno tiene su motivación y a Carlos le empujaba algo muy fuerte. Al final llegó a Santiago adelantando a todo el mundo. Su perra, Obra, llegó algo coja. Pero no solo llegó a Santiago sino que pasó de largo y siguió caminando hasta Finisterre, el "finis terrae" que decían los antiguos peregrinos medievales, el fin del mundo, donde se dejó maravillar por el mar y coleccionó conchas. ¿Donde termina el camino del peregrino? Quièn sabe. Probablemente detrás del horizonte... |
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