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Naturismo y Ecologia

Vivimos más años que nuestros antepasados primitivos, disfrutamos de más confort que los "salvajes", estamos casi exentos del dolor, de muchas enfermedades, del hambre, de la sed y de la fatiga. Pero nos reímos mucho menos que los pueblos primitivos. Nos aburrimos infinitamente más y carecemos de la espontaneidad, del optimismo permanente y de la fe en sí mismo que tiene el hombre de la naturaleza.

La impresión que han sacado todos los viajeros y etnólogos que entraron en contacto por primera vez con tribus de cultura antigua, es la de su permanente felicidad, alterada únicamente por los imperativos del medio ambiente, imperativos a los que, generalmente, estaban magníficamente adaptados. Y la hospitalidad, la ayuda mutua, la sinceridad y el carácter "infantil" de los hombres de la naturaleza, son virtudes en las que coinciden todos los científicos que les han estudiado.

¿Por qué han perdido los hombres civilizados todas estas características del comportamiento que podrían encerrarse en la palabra "espontaneidad"? ¿Por qué tienen que pensar tantas veces las cosas antes de realizarlas? Seguramente porque llevamos mil años alejados de la naturaleza. Porque nuestras ansias infantiles de conocimiento, de contacto y de amor hacia los seres vivos, han sido transformadas por una educación utilitaria en inclinaciones agresivas que llevan al hombre no a usar sino abusar de su mundo.

Hoy la preocupación de todos los grandes pueblos de la tierra estriba en la destrucción del medio. La falta de ética hacia la naturaleza ha llevado a la humanidad a emponzoñar el ambiente en que se deselvuelve. El aire de las grandes ciudades está envenenado con el monóxido de carbono de los tubos de escape de los automóviles. Los ríos y las costas cada día aparecen más infestados por los vertederos de las fábricas, los detritus de las grandes urbes o los carburantes que vierten los petroleros al limpiar fondos. Inmensas zonas que en otro tiempo fueron bosques se han transformado hoy en estepas y desiertos. Docenas de especies animales han sido exterminadas. Y como final de tan cruenta aventura, nos estamos envenenando a nosotros mismos con los insecticidas y los residuos de nuestras propias industrias.

Desde la Casa Blanca de los Estados Unidos hasta el Parlamento de la República Sudafricana, pasando por todas las naciones concientes de Europa y Asia, se extiende un grito de dolor, una llamada de alarma:

¡estamos destruyendo nuestro mundo!


     
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