UN CUENTO QUE NACIo EN LA SOLEDAD

Hace muchos siglos vivió un hombre con un corazón muy débil. Débil en todos sentidos. Una debilidad para decir que no y una debilidad para expresarse. Debilidad para no poder resistir la hermosa sonrisa de una princesa e impedir que se robe su corazón. Bastó una sonrisa y una mirada de la princesa para que el humilde ser estuviese dispuesto a cambiar por un beso su parcela de verduras y su corral de aves, que era todo lo que tenía. Estaba dispuesto a darlo todo por esos ojos y esos labios, pero su débil corazón no le daba la fuerza que necesitaba, y tenía que volver a su triste soledad. Cuando la princesa visitaba el pueblo, el era el primero en llegar a la plaza. A veces tan cerca de ella que hubiera podido susurrarle al oído un delicado te quiero pero a la vez tan lejos que el dulce aroma de la princesa se desvanecía entre la multitud. El soñaba por las noches con la princesa como si estuviese a su lado cantándole una tierna canción de amor, y soñaba por el día con la dulce mirada de esos ojos negros y se imaginaba el sabor de esos labios color rosa. Soñaba con la sonrisa y la mirada que le impedían concentrarse en la forma normal de continuar la rutina. Esa rutina donde el hombre tiene que trabajar día y noche para poder comer, esa rutina que consume el tiempo tan rápidamente, esa rutina de vivir día a día lo mismo y lo mismo, esa rutina que muchos llaman vida. El soñaba día y noche con su piel, el podía oler su aroma cuando ella estaba lejos. El vivía en un mundo de sueños donde se imaginaba hermosos momentos que pasaba con ella. Pero solo eran sueños, sueños que cada mañana parecían más inalcanzables para aquel hombre de débil corazón. A el solo le quedaba esperar que la princesa se de cuenta algún día que el amor no está dentro de un castillo de roca fría, y esperar que salga a buscarlo en las pequeñas chozas de paja que dan más calor que unas simples piedras. Unas piedras que rodeaban a la princesa y le impedían ver que para terminar con la soledad hay que decirle no a la perfección. El humilde hombre deseaba que la princesa no espere a aquel príncipe azul de el reino lejano, sino que busque el amor entre su propia gente. El deseaba que la princesa le de solamente una señal de interés.

Cada noche, el invierno visitaba la estera del campesino, un invierno cada vez más frío. Dormía solo, acompañado solamente por su fiel cachorro que a veces aullaba porque no resistía el sentimiento de soledad que los rodeaba.

A veces la princesa no visitaba el reino por varias semanas, y al campesino solo le quedaba ver las pequeñas fotografías de la princesa que se muestran a al entrada de la iglesia, para ver si así no la extrañaba tanto. Varios días el campesino visitó el castillo en busca de la princesa, pero el mayordomo y las sirvientas le decían que salió en un viaje de negocios, y el campesino la volvía a extrañar. El campesino lloraba, porque cuando creía que su corazón había ganado la fuerza suficiente para decir te amo, no encontraba a la princesa por ninguna parte. El hombre muchas veces le pidió a su dios que apague el fuego de su corazón, o que encienda el fuego en el corazón de la princesa. Pero parecía que dios no escuchaba al pobre campesino, o talvez tenía planeado algo diferente en su destino. Así pasaron varios años…

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