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La primera noche (El Despertar, 1998).
Película de Alejandro Gamboa.
Con Mariana Ávila y Osvaldo Benavides.

La Primera Noche (El Despertar, México, 1998)



foto Cinta de erotismo frívolo y pacato que circula en abundantes lugares comunes. Su tema, nada original, es la iniciación sexual de un grupo de adolescentes clase media en la ciudad de México. Ese gregarismo es bien significativo: se trata de una convocatoria social, de una identidad sexual manipulada (y manipuladora). Tras de esta mescolanza del discurso erótico del Premio Nobel Octavio Paz (uno de sus puntos fuertes, aunque no más convincentes); de Santa Televisa y del cómico Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) en la producción, no se disimula el ansia de penetración social: el aggiornamento comercial del cine mexicano.

La obsesión sexual adolescente urbana es exageradamente machista. En el cine un muchacho puede prestar las piernas de su novia para que las acaricie su amigo. La permuta de la novia no es una eventualidad trágica (a penas melodramática). La iniciación con una prostituta sirve sólo para confirmar el cliché de la puta de buen corazón y para evidenciar la permisividad: es el "método del padre". Los enfoques más comerciales (y "mexicanos") del cuerpo femenino, tan de cómic y tan fervorosamente machistas, siguen confirmando más prejuicios. Por su lado, el director, Alejandro Gamboa, anda buscando una belleza visual (la ciudad bajo la lluvia, la autorreferencialidad, por medio de uno de los muchachos que quiere ser cineasta) que no se articula al discurso amarillista y conservador de la película. Cinta "para adolescentes"; tosca, con personajes huecos y exceso de manierismo. El flujo no evita incluir al Kama Sutra y Octavio Paz en un discurso pedagógico para las vecindades que Roberto Gómez Bolaños encarece parodiar y sustraer como el "buen ladrón" que esta vez es también "erótico".



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Tres Reyes (Three Kings, 1999). Película de David O. Russell.
Con George Clooney, Mark Wahlberg,
y Ice Cube.

Tres Reyes (Three Kings, 1999)



fotola guerra sin costos humanos? una fábula



Si Rescatando al Soldado Ryan es la neoépica nacional, y La delgada línea roja el pacifismo poético y anárquico. Tres Reyes es, a la vez, la neoépica cínica y el reconocimiento alternativo de "los otros". La Guerra del Golfo (1991) estuvo lejos de ser una "guerrita televisada". Hace poco, la guerra aérea contra Kosovo provocó un debate entre tradicionales y modernos. Los tradicionales decían que "los soldados son para morir"; esta tesis está salvaguardada por Rescatando al soldado Ryan (canto nacional) y es la que da el elemento revulsivo de La delgada línea roja.

Los "modernos" (y con ellos Tres Reyes) analizan la guerra "sin costos húmanos" hecha con tecnologías "de punta". Esto faculta un análisis fenomenológico de la violencia. ¿Es un discurso la violencia? Sí, claro, y en las "guerritas televisadas" abundan las manipulaciones y el avasallamiento de las culturas diferentes. Tres Reyes se plantea esto con frivolidad que va dando cada vez más notas trágicas. La distorsión de la guerra tecnológica lleva entre otras cosas a: reafirmar la pasión colonialista por el oro, disminuir la importancia de la agresión ecológica, folklorizar el abuso informático de los medios de comunicación, analizar la fenomenología de las heridas de bala.

Formalmente, Tres Reyes es una película que aprovecha las lecciones de contrapunto entre ideas narrativas y visualidad (Tarantino, Spike Lee, Godard). Pero la continuidad es acentuada y no dejada a la eventualidad de los cortes videoclipescos (como a veces abusan algunos cineastas). No es, por supuesto, una película de "autor" en el sentido estrecho del término. No se reafirma por prescindencia y categorías escuetas, sino por inclusiones (la publicidad, el cine de aventuras), humor y ritmo. Aunque el final no sea el más feliz (y parezca hasta cierto punto abusivo de frente al desarrollo dramático), su optimismo va más para el haber del análisis crítico que para el ensalzamiento de una guerra que también fue sucia.



Más películas



Misterio en la calle Arlington (Arlington Road, 1999).
Película de Mark Pellington.
Con Jeff Bridges, Tim Robbins, Joan Cusack.

Misterio en la calle Arlington (Arlington Road, 1999)

De vez en cuando los norteamericanos necesitan que se les recuerde que el orden social no es infinito. Entonces los amenazan, en el cine, extraterrestres, inmigrantes y fantasmas. En Arlington Road la amenaza viene de las organizaciones de extrema derecha que trabajan afanosamente en colocar bombas en edificios llenos de civiles. Esto lo descubre el profesor Faraday (Jeff Bridges), obsesionado con las potencialidades de la violencia (es profesor universitario con cursos sobre terrorismo). Como en las películas de Costa Gavras, el mecanismo represivo aniquila cualquier intento de denuncia, de manera que Faraday pasa a ser victimario en vez de víctima. Anécdota muy exagerada, que quiere aprovechar cierto "revival" del terrorismo. Esta vez los enemigos son, sin embargo, más íntimos. Arlington… no desaprovecha la presencia de Tim Robbins y su tipología entre neurótica y siniestra. Algunas buenas salidas de thriller, demasiado melodramatismo y guiñadas de pelo que sobran.



Más películas



Erin Brockovich. Una mujer audaz (Erin Brockovich, 2000).
Película de Steven Soderbergh.
Con Julia Roberts, Albert Finney y Aaron Eckhart
Guión de Susannah Grant

ERIN BROCKOVICH



juliaOtra mamá...



Erin Brockovich tiene cualidades de imantación que rozan lo inesperado: uno olvida que es Julia Roberts quien está actuando. Esto no sucedía desde Pretty Woman. A Soderbergh hay que admirarle el que sin rendirse del todo a la belleza de la actriz, la aproveche en un argumento muy esquemático pero llevado con pasión.

Erin Brockovich, dos veces divorciada y con dos hijos, con educación elemental, malas palabras a granel, desempleo crónico y sensualidad casual acentuada por una vestimenta invicta (que no es viciosa sino "libre"); logra llevar a juicio a una gran compañía que había estado contaminando aguas y ciudadanos. Se multiplicaban así los casos de cánceres, y, sin embargo, Brockovick lleva a sus ciudadanos a una victoria civil envidiable, que es también su victoria personal, cuando la empresa tiene que resarcir los daños.

Aunque uno sabe que al final ganarán el juicio, y que es Julia Roberts quien actúa, Erin Brockovich no deja de imantar, como ya dije. Por un lado por la disposición formal del argumento: ningún elemento, ni siquiera la belleza de la actriz principal, es ofrecido como un hecho. Son necesidades de baja densidad compensadas para el público pero también para el argumento. Una mujer bella pero desempleada y con dos hijos; de inteligencia aguda pero con mala suerte; de corazón bondadoso pero victimizada; con sueños abundantes pero desempleada y sola. Esta Cenicienta escandalosamente rural y de caminado trastabillante sólo merece un buen triunfo (eso sí lo sabe el público) y Erin Brockovich lo ofrece sin mucho trámite.

El trámite, eso sí, no está enviciado por la retórica de los grandes abogados y los juicios insulsos que abundan tanto en las series de televisión y las películas. En esto Soderbergh ha sido casi radical. En el "casi" se pierden algunas cosas: hay un exceso de complacencia pecuniaria, por ejemplo. Las recompensas son escandalosamente materiales. Erin recibe un cheque de 2 millones al final, y ha ingresado al círculo de los grandes abogados, aunque sea como "consciencia pragmática ciudadana": otro sueño cumplido para el público.

Pero, por otro lado, Erin Brockovich no canta a la tecnología ni la industria ni las ciudades metropolitanas ni los símbolos más grotescos de la justicia. Se conforma con entonar un canto ciudadano. No necesariamente sin simplismo, al contrario quizá este simplismo termina por marchitar sus incipientes brotes de poesía. (Cómo sí se podía encontrarlos florecidos en Los muchachos no lloran)

En los antípodas del canto pro corporativo e idólatra de la superorganización y la superdiversión que fue Any given sunday, Erin Brockovich examina de manera poco tramposa algo de la vida común de los gringos. La fotografía sintoniza de manera excelente con este cometido, y el sol californiano "quema" con sus oros desvaídos la pantalla (no es un sol turístico, por cierto), y enmarca ambientes que no se distinguen por su elegancia sino, al contrario, por su simpleza y anonimato.

La cercanía emocional de Albert Finnley y Julia Roberts da acabado a la configuración "democrática" de Erin Brockovich. El contraste histriónico y de caracteres posibilita que la Cenicienta ignorada luche en el desconocido mundo junto a un hombre sabido y pragmático. Es el encuentro de lo bueno de las consciencias ciudadanas, elemento clave para que la convocatoria democrática funcione.

Por otra parte, el triunfo de Brockovick no se da, según la película, sin una masculinización indirecta: un motociclista probo, y sin miedo a la parodia (Aaron Eckhart), se hace cargo del cuido sus hijos. Las riñas entre los dos no son diferentes de las tradicionales entre ama de casa y marido empleado, nada más que al revés. Así que los tics democráticos son bastantes extensos en Erin Brockovich, aunque esquemáticos, como se puede ver.

Julia se parodia casi cuando con la corona de Miss Wichita recita su viejo y bien intencionado discurso de reina de belleza (ella diría de "jodida reina de belleza"). Después es su novio el que se coloca la corona en la cabeza. El mensaje es evidente pero tosco y "contracultural". Así es Erin Brockovich, pasional y esquemática, con apariencia de verdad y tosca. Un crítico famoso dijo que no pasaba de docudrama para televisión. Pero Erin… está en el límite de excelencia que un jodido docudrama para televisión raras veces alcanza. Además, ¿cuál es la roña contra la T.V.?



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La niña de tus ojos (1998).
Película de Fernando Trueba.
Con Penélope Cruz, Antonio Resines, Neus Asensi, Jesús Bonilla, Jorge Sanz, Loles León

LA NIÑA DE TUS OJOS

penelopeLa apagada melancolía de esta película (se trata de una comedia en realidad) está asociada con la tanda de frustraciones nacionales que fueron los regímenes europeos duros pre II guerra mundial. La niña de tus ojos es la parodia de una "españolada" filmada en Alemania, gracias a una coproducción hispano-germana, y funciona a la vez como una reflexión sobre la cultura en tiempos de autoritarismo, y como una alegoría (otra más) de una España sometida al abuso.

Un equipo de filmación algo esperpéntico, ingenuo, procaz y desorientado, viaja a Berlín a firmar una película folklórica (por tanto musical y dramática), en tiempos del nazismo y de la guerra civil española. La diva en ciernes es Penélope Cruz y el grupo guarda (es decir, esconde y revela a la vez) una historia común con no pocas frustraciones, sueños y prejuicios. La película avanza entre multitud de gags, que no resultan en ternuras o deudas de gratitud, sino al contrario: se distancian a cada paso hasta rozar la frialdad o el cinismo, sin abandonar la cuerda patética; pertenecen a molidos deudores del arte, a viejos comediantes, a circenses metamorfoseados.

Enamorado (es un decir) Goebbels ("Güebel" dicen los españolitos), de la diva, trata de seducirla suciamente. El grupo trata de adaptarse a esta eventualidad confiados en que se juega aquí el futuro del cine para ellos y para España. Pero el horror fascista gana. Los extras de la película son tomados de un campo de concentración, atendiendo a su tipología racial. Eso hace de las distancias de los grupos humanos otro chiste negro más, y recuerda el humor de La vida es bella. En fin, todo el equipo filmador, con Penélope a la cabeza, involucrado en el salvamento de un ruso prisionero, y obligados a abandonar la filmación.

La resolución de la película parece algo apresurada y varias posibilidades dramáticas se desperdician. No es dejadez quizá, sino ganancia de la ironía (que de negra va deviniendo en tenue y azul). La obsesión del director de la españolada (Antonio Resines) por la creación cinematográfica no lo lleva a abjurar de los demás y endiosar la técnica, posibilidad que habría alzado el argumento, ya en cercanías de su resolución que es cuando más pierde.

Uno celebra y ríe con la gracia del micromundo que Trueba forja, nada fácil por cierto. La opresión de los ambientes subraya en todo momento la imposibilidad de que la comedia fulja y vuele. Pero tampoco hay una decidida opción dramática o melodramática. Uno no espera ver el tanque gringo más feliz de todos los tiempos (el altamente comercial del final La Vida es Bella), pero al agridulce desarrollo dramático de La niña de tus ojos, se añade la reseca sensación de una conclusión poco acertada y poco creíble. Si bien la escapada de la cultura (y de España) del negro autoritarismo es la "política correcta", uno duda del réquiem de la "españolada", sarcástico (pero también penitente) y muy poco fascinado (la película que llegan a filmar no se termina, su interruptus se debe al clima "real").

En última instancia una industria extraviada en un mundo unipolar (y el polo es Hollywood, más que el cine nazi) ni puede renegar de su tradición ni puede dejar de pensar en su anulación. Esto lo trae a colación Trueba en La niña de tus ojos. Pero no sé por qué siento que le falta contundencia. Será la salacidad de sus personajes, su desamparo y condición esperpéntica, en últimas su inocencia y retorno a la feria destartalada y fragmentada que es la producción de cine.

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