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Matrix. Película de los hermanos Wachowski. Con Kenu Reeves. Foro: merece MATRIX estar entre las mejores películas sci-fi de todos los tiempos? |
MATRIX: del karate, el idiotismo y la redención
Articulo recomendado El Tigre y el Dragon Ya casi no recordaba los días de mi incursión fanática en los matinés "de chinos". Tengo que confesar, sin embargo, que, en aquella lejana infancia, el entusiasmo por Bruce Lee y, más luego, Jackie Chang, lo paladeaba mejor en la alquimia de las palabras (jiu jitsu, kun fu) que no necesariamente me llevaban a la facultad de saltar sobre ríos y atrapar moscas con un movimiento de dedos. Dice un psiquiatra managüense (aquí es justo el anonimato) que todos los niños son idiotas. Se refiere este discípulo de Freud, al inconmensurable poder de creencia de la mente infantil que los (o nos) lleva (o llevó) continuamente, a los dislates más enternecedores e irritantes. Por ejemplo, financiar el imperio de Disney. El nihilismo inquietante del profesional de la mente antes aludido, lleva a un corolario esperanzador. Sin idiotismo (o poder de creencia) tampoco el arte es posible, mucho menos la niñez ni la vida en general. El postmodernismo, sea este de alcurnia o de arrabal, confirma esta aseveración. Pero, claro, no todo el mundo maneja los idiotismos con inteligencia. Matrix (1999) es un buen ejemplo de cómo los idiotismos ingresan al orbe poco entusiasta de la historia, en este caso de la historia del cine. Matrix ha cerrado, de hecho, la década (y el siglo) homenajeando las películas que ya ni recordábamos. Los espurios seriales "made in Hong Kong" con su estructura narrativa complaciente. Generalmente, un chinito que por razones de honradez o humillación social, quiere ser el mejor peleador del mundo y es entrenado por un viejo maestro de artes marciales. El guerrero, al final, derrota a sus temibles enemigos. En Matrix este chinito genérico es sustituido por Kenu Reeves, hombre de ojos un poco rasgados, pero blanco de hígado y tuétanos. El poco práctico objetivo de ser "el mejor peleador del mundo", es sustituido por un designio mesiánico, Neo (Kenu Reeves) es el Elegido. La estructura de la fábula de Matrix, de hecho muy maniquea, da cauce, no obstante, a una idea narrativa desconcertante. Se trata ni más ni menos de la puesta en cuestión del carácter sucesivo de la historia humana. La "realidad histórica" de 1999, es sustituida por una realidad simultánea de tiempos "de ninguna parte", sólo presentidos (y vividos) por medio de las computadoras. ¿A quién se le ocurría hace 25 años que las "películas de chinos", darían para tanta elucubración, que nos toca de fondo y superficie?
Para Matrix el presente es una simulación del futuro. Es decir, el presente ya pasó, porque en el futuro las máquinas pensantes devoraron la cultura humana. Entonces, lo que creemos presente, es la simulación de vida que las máquinas nos ofrecen. En vez de vivir esta vida "presente", en realidad hibernamos obligatoriamente para dar energía a las máquinas (que, por supuesto, están disfrazadas de blancos ejecutivos de grandes compañías). Si no basta con la alarmante fenomenología del simulado presente, en Matrix todo se agrava con el hecho de que las realidades virtuales, creadas por computadoras, pueden convivir entre ellas hasta negar la posibilidad de un presente "lógico". Sospecho que hasta Octavio Paz, habría querido ver Matrix. A los hermanos Wachoswki, principales responsables de la película, no parece amedrentarles este enredo ético-filosófico. Al contrario, juegan (y danzan) con él. A veces en la superficie (las más veces), otras en la profundidad, o mejor dicho, en la oscuridad. Pero nunca sin ironía. Los guionistas y realizadores, hermanos Wachoswki (Andy y Larry, 33 y 31 años respectivamente) estilizan el cine de Hong Kong, probando tanto su ductilidad autorial como la plasticidad del cine de matiné, llevando su fábula hacia preguntas claves en nuestra época. Para los que quedamos totalmente insatisfechos con Men in black (1997), no obstante las piernas de Linda Fiorentino; Matrix es la película soñada, que corrige la blandenguería y falta de coraje demostrado por Barry Sonnefield. Este último, director de Men in black, se propuso, con una idea argumental de muchas posibilidades, jugar a la chacota, con el auxilio de Willie Smith. Básicamente, las dos películas siguen el mismo esquema: un mundo autoritario superpuesto a este mundo , que por miopía, consideramos "libre". También en la magnífica idea de Invasion of the Body Snatchers (Los usurpadores de cuerpos, hay dos versiones, una de 1956, y la otra de 1981; con Donald Sutherland) se advertía cómo, progresivamente, los humanos eran sometidos "ideológicamente" por unos extraterrestres que, impertinentemente invadían el sueño y los cuerpos, hasta dominar la civilización. En la culminación de 2,001: una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, el "hombre nuevo" post-espacial, vivía tiempos simultáneos, luego de haber cruzado "la barrera del tiempo y el espacio", como era en moda decir en los años sesenta. Andrei Tarkovski, parecía comentar esto con la desesperación típica de la literatura rusa en Solaris (URSS, 1971). En Solaris, el planeta, el pasado se corporizaba a través de las esperanzas, las ansiedades y los sueños de los humanos. La recurrencia del pasado (sobre todo los seres amados que volvían insistentemente) se volvía un tormento insufrible. Tarkovski demostraba que había un ethos terrenal (del "medio ambiente" se diría hoy) oculto, al que no le hacemos demasiado caso. Tanto Kubrick como Tarkovski proponían, sin embargo, una reconciliación con la cultura o las bellas artes, es decir, un horizonte utópico. Los Wachowski no son tan profundos, ni tan esperanzadores. Su pragmatismo, motivado por un contrato de 70 millones de dólares con la Warner, los lleva a favorecer los gadgets pecuniarios del presente y el futuro. Y aún cuando debajo de la almohada manejan el libro La simulación del filósofo francés Baudrillard, ya firmaron para otras dos secuelas. Pronto vendrán las series de televisión en animados.
El "viaje" por computadoras resulta altamente sugestivo, sobre todo para el público joven. Por otra parte, con un nivel tolerable de pedantería, los Wachowski mezclan diversas alusiones culturales: los grandes discursos redentores del cristianismo y el judaísmo, junto a Bruce Lee, Alien y Alicia en el país de las maravillas. De esta mezcolanza no sólo son elogiables los efectos especiales y las coreografías de las batallas, filmadas con bastante distancia irónica por cierto, sino, también el planteamiento "cultorológico". La vida superpuesta, real, está organizada por las máquinas. Ojo, al contrario de Lucas, que confía tanto en los muñequitos, en Matrix las máquinas, que en la realidad son tan alienantes como el Alien (1979) de Ridley Scott o como los Usurpadores de cuerpos, han sobrepasado a los humanos. Los que organizan la rebelión, y sueñan con una ciudad futura que nunca aparece en la película (Zion) son dirigidos por un hombre negro (Lawrence Fishburne). Además, una de sus guerreras es mujer. Otro de ellos, homosexual. La mayor parte de ellos, negros y/o jóvenes. Un precedente de este tipo de discurso es la película de Luc Besson El quinto elemento (1997). En esta, estaba lo de la muchacha guerrera (Milla Jovovich) que, a la vez, era la Mesías. Estaba, el salvador (blanco) del mundo (Bruce Willis), pero la mezcla cultural (alta cultura, hip-hop, música de Bristol, modas, etc.) devenía en dionisíaca y celebratoria. En Matrix, al contrario, las culturas "no blancas y ejecutivas", vuelven a las catacumbas, aunque esta vez virtuales. Traspasados, según los filósofos postmodernos, los "grandes relatos" de emancipación, Matrix contempla con ironía la alternativa de su resurgimiento. Keanu Reeves no es un Mesías rotundo, sino dubitativo y vacilante. El relato de emancipación suena en nuestros oídos, remoto y desconcertante e irónico. Ya nos habíamos acostumbrado a que detrás del héroe modélico estaba la televisión, como sucede en The Truman Show (1998). La hipótesis de redención individual de Truman (Jim Carey), en esta última cinta, es, sin embargo, bastante teatral: salir por la puerta del set, luego de golpear las puertas del cielo. En Matrix todo está planteado de forma menos tortuosa y melodramática. Hay más fe en el hedonismo cinematográfico, y eso lo puede poner a uno en la sintonía celebratoria, antes que en el diván psicoanalítico. Aún así, no se trata de un película inocente o disipada políticamente. Las máquinas optan por disfrazarse de ejecutivos blancos, como ya quedó dicho. Todo esto hace de Matrix una cinta consciente de la realidad actual. Vivimos, en la aldea global, dominados por un grupo de directores, hombres y blancos, de un grupo de corporaciones (incluida la de los grandes productores y distribuidores de cine). Matrix es una paradoja o una ilusión. No sabemos cuál de todos esos ejecutivos mandó a hacerla, no sabemos para qué.
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