ECONOMÍA
INTRODUCCIÓN
Economía, ciencia social que estudia los
procesos de producción, distribución,
comercialización y consumo de bienes y
servicios. Los economistas estudian cómo
alcanzan en este campo sus objetivos los
individuos, los distintos colectivos,
las empresas de negocios y los
gobiernos. Otras ciencias ayudan a
avanzar en este estudio; la psicología y
la ética intentan explicar cómo se
determinan los objetivos, la historia
registra el cambio de objetivos en el
tiempo y la sociología interpreta el
comportamiento humano en un contexto
social.
El
estudio de la economía puede dividirse
en dos grandes campos. La teoría de los
precios, o microeconomía, que explica
cómo la interacción de la oferta y la
demanda en mercados competitivos
determinan los precios de cada bien, el
nivel de salarios, el margen de
beneficios y las variaciones de las
rentas. La microeconomía parte del
supuesto de comportamiento racional. Los
ciudadanos gastarán su renta intentando
obtener la máxima satisfacción posible
o, como dicen los analistas económicos,
tratarán de maximizar su utilidad. Por
su parte, los empresarios intentarán
obtener el máximo beneficio posible.
El
segundo campo, el de la macroeconomía,
comprende los problemas relativos al
nivel de empleo y al índice de ingresos
o renta de un país. El estudio de la
macroeconomía surgió con la publicación
de La teoría general sobre el empleo, el
interés y el dinero (1936), del
economista británico John Maynard
Keynes. Sus conclusiones sobre las fases
de expansión y depresión económica se
centran en la demanda total, o agregada,
de bienes y servicios por parte de
consumidores, inversores y gobiernos.
Según Keynes, una demanda agregada
insuficiente generará desempleo; la
solución estaría en incrementar la
inversión de las empresas o del gasto
público, aunque para ello sea necesario
tener un déficit presupuestario.
HISTORIA DEL PENSAMIENTO ECONÓMICO
Las
cuestiones económicas han preocupado a
muchos intelectuales a lo largo de los
siglos. En la antigua Grecia,
Aristóteles y Platón disertaron sobre
los problemas relativos a la riqueza, la
propiedad y el comercio. Durante la edad
media predominaron las ideas de la
Iglesia, se impuso el Derecho canónico,
que condenaba la usura (el cobro de
intereses abusivos a cambio de efectivo)
y consideraba que el comercio era una
actividad inferior a la agricultura.
La
economía, como ciencia moderna
independiente de la filosofía y de la
política, data de la publicación de la
obra Investigación sobre la naturaleza y
causas de la riqueza de las naciones
(más conocida por el título abreviado de
La riqueza de las naciones, 1776), del
filósofo y economista escocés Adam
Smith. El mercantilismo y las
especulaciones de los fisiócratas
precedieron a la economía clásica de
Smith y sus seguidores del siglo XIX.
Mercantilismo
El
desarrollo de los modernos nacionalismos
a lo largo del siglo XVI desvió la
atención de los pensadores de la época
hacia cómo incrementar la riqueza y el
poder de los estados nacionales. La
política económica que imperaba en
aquella época, el mercantilismo,
fomentaba el autoabastecimiento de las
naciones. Esta doctrina económica imperó
en Inglaterra y en el resto de Europa
occidental desde el siglo XVI hasta el
siglo XVIII.
Los
mercantilistas consideraban que la
riqueza de una nación dependía de la
cantidad de oro y plata que tuviese.
Aparte de las minas de oro y plata
descubiertas por España en el continente
americano, una nación sólo podía
aumentar sus reservas de estos metales
preciosos vendiendo más productos a
otros países de los que compraba. El
conseguir una balanza de pagos con saldo
positivo implicaba que los demás países
tenían que pagar la diferencia con oro y
plata.
Los
mercantilistas daban por sentado que su
país estaría siempre en guerra con
otros, o preparándose para la próxima
contienda. Si tenían oro y plata, los
dirigentes podrían pagar a mercenarios
para combatir, como hizo el rey Jorge
III de Inglaterra durante la guerra de
la Independencia estadounidense. En caso
de necesidad, el monarca también podría
comprar armas, uniformes y comida para
los soldados.
Esta preocupación mercantilista por
acumular metales preciosos también
afectaba a la política interna. Era
imprescindible que los salarios fueran
bajos y que la población creciese. Una
población numerosa y mal pagada
produciría muchos bienes a un precio lo
suficiente bajo como para poder
venderlos en el exterior. Se obligaba a
la gente a trabajar jornadas largas, y
se consideraba un despilfarro el consumo
de té, ginebra, lazos, volantes o
tejidos de seda. De esta filosofía
también se deducía que era positivo para
la economía de un país el trabajo
infantil. Un autor mercantilista tenía
un plan para los niños de los pobres:
“cuando estos niños tienen cuatro años,
hay que llevarlos al asilo para pobres
de la región, donde se les enseñará a
leer durante dos horas al día, y se les
tendrá trabajando el resto del día en
las tareas que mejor se ajusten a su
edad, fuerza y capacidad”.
Fisiocracia
Esta doctrina económica estuvo en boga
en Francia durante la segunda mitad del
siglo XVIII y surgió como una reacción
ante las políticas restrictivas del
mercantilismo. El fundador de la
escuela, François Quesnay, era médico de
cabecera en la corte del rey Luis XV. Su
libro más conocido, Tableau Économique
(Cuadro económico, 1758), intentaba
establecer los flujos de ingresos en una
economía, anticipándose a la
contabilidad nacional, creada en el
siglo XX. Según los fisiócratas, toda la
riqueza era generada por la agricultura;
gracias al comercio, esta riqueza pasaba
de los agricultores al resto de la
sociedad. Los fisiócratas eran
partidarios del libre comercio y del
laissez-faire (doctrina que defiende que
los gobiernos no deben intervenir en la
economía). También sostenían que los
ingresos del Estado tenían que provenir
de un único impuesto que debía gravar a
los propietarios de la tierra, que eran
considerados como la clase improductiva.
Adam Smith conoció a los principales
fisiócratas y escribió sobre sus
doctrinas, casi siempre de forma
positiva.
Escuela clásica
Como cuerpo teórico coherente, la
escuela clásica de pensamiento económico
parte de los escritos de Smith, continúa
con la obra de los economistas
británicos Thomas Robert Malthus y David
Ricardo, y culmina con la síntesis de
John Stuart Mill, discípulo de Ricardo.
Aunque fueron frecuentes las
divergencias entre los economistas desde
la publicación de La riqueza de las
naciones (1776) de Smith hasta la de
Principios de economía política (1848)
de Mill, los economistas pertenecientes
a esta escuela coincidían en los
conceptos principales. Todos defendían
la propiedad privada, los mercados y
creían, como decía Mill, que “sólo a
través del principio de la competencia
tiene la economía política una
pretensión de ser ciencia”. Compartían
la desconfianza de Smith hacia los
gobiernos, y su fe ciega en el poder del
egoísmo y su famosa “mano invisible”,
que hacía posible que el bienestar
social se alcanzara mediante la búsqueda
individual del interés personal. Los
clásicos tomaron de Ricardo el concepto
de rendimientos decrecientes, que afirma
que a medida que se aumenta la fuerza de
trabajo y el capital que se utiliza para
labrar la tierra, disminuyen los
rendimientos o, como decía Ricardo,
“superada cierta etapa, no muy avanzada,
el progreso de la agricultura disminuye
de una forma paulatina”.
El
alcance de la ciencia económica se
amplió de manera considerable cuando
Smith subrayó el papel del consumo sobre
el de la producción. Smith confiaba en
que era posible aumentar el nivel
general de vida del conjunto de la
comunidad. Defendía que era esencial
permitir que los individuos intentaran
alcanzar su propio bienestar como medio
para aumentar la prosperidad de toda la
sociedad.
En
el lado opuesto, Malthus, en su conocido
e influyente Ensayo sobre el principio
de la población (1798), planteaba la
nota pesimista de la escuela clásica, al
afirmar que las esperanzas de mayor
prosperidad se escollarían contra la
roca de un excesivo crecimiento de la
población. Según Malthus, los alimentos
sólo aumentaban adecuándose a una
progresión aritmética (2-4-6-8-10,
etc.), mientras que la población se
duplicaba cada generación (2-4-8-16-32,
etc.), salvo que esta tendencia se
controlara, o por la naturaleza o por la
propia prudencia de la especie. Malthus
sostenía que el control natural era
“positivo”: “El poder de la población es
tan superior al poder de la tierra para
permitir la subsistencia del hombre, que
la muerte prematura tiene que frenar
hasta cierto punto el crecimiento del
ser humano”. Este procedimiento de
frenar el crecimiento eran las guerras,
las epidemias, la peste, las plagas, los
vicios humanos y las hambrunas, que se
combinaban para controlar el volumen de
la población mundial y limitarlo a la
oferta de alimentos.
La
única forma de escapar a este imperativo
de la humanidad y de los horrores de un
control positivo de la naturaleza, era
la limitación voluntaria del crecimiento
de la población, no mediante un control
de natalidad, contrario a las
convicciones religiosas de Malthus, sino
retrasando la edad nupcial, reduciendo
así el volumen de las familias. Las
doctrinas pesimistas de este autor
clásico dieron a la economía el
sobrenombre de “ciencia lúgubre”.
Los
Principios de economía política de Mill
constituyeron el centro de esta ciencia
hasta finales del siglo XIX. Aunque Mill
aceptaba las teorías de sus predecesores
clásicos, confiaba más en la posibilidad
de educar a la clase obrera para que
limitase su reproducción de lo que lo
hacían Ricardo y Malthus. Además, Mill
era un reformista que quería gravar con
fuerza las herencias, e incluso permitir
que el gobierno asumiera un mayor
protagonismo a la hora de proteger a los
niños y a los trabajadores. Fue muy
crítico con las prácticas que
desarrollaban las empresas y favorecía
la gestión cooperativa de las fábricas
por parte de los trabajadores. Mill
representó un puente entre la economía
clásica del laissez-faire y el Estado de
bienestar.
Acerca de los mercados, los economistas
clásicos aceptaban la “ley de Say”,
formulada por el economista francés Jean
Baptiste Say. Esta ley sostiene que el
riesgo de un desempleo masivo en una
economía competitiva es despreciable,
porque la oferta crea su propia demanda,
limitada por la cantidad de mano de obra
y los recursos naturales disponibles
para producir. Cada aumento de la
producción aumenta los salarios y los
demás ingresos que se necesitan para
poder comprar esa cantidad adicional
producida.
Marxismo
La
oposición a la escuela clásica provino
de los primeros autores socialistas,
como el filósofo social francés Claude
Henri de Rouvroy conde de Saint-Simon, y
el utópico británico Robert Owen. Sin
embargo, fue Karl Marx el autor de las
teorías económicas socialistas más
importantes, manifiestas en su principal
trabajo, El capital (3 vols.,
1867-1894).
Para la perspectiva clásica del
capitalismo, el marxismo representó una
seria recusación, aunque no dejaba de
ser, en algunos aspectos, una variante
de la temática clásica. Por ejemplo,
Marx adoptó la teoría del valor trabajo
de Ricardo. Con algunas matizaciones,
Ricardo explicó que los precios eran la
consecuencia de la cantidad de trabajo
que se necesitaba para producir un bien.
Ricardo formuló esta teoría del valor
para facilitar el análisis, de forma que
se pudiera entender la diversidad de
precios. Para Marx, la teoría del valor
trabajo representaba la clave del modo
de proceder del capitalismo, la causa de
todos los abusos y de toda la
explotación generada por un sistema
injusto.
Exiliado de Alemania, Marx pasó muchos
años en Londres, donde vivió gracias a
la ayuda de su amigo y colaborador
Friedrich Engels, y a los ingresos
derivados de sus ocasionales
contribuciones en la prensa. Desarrolló
su extensa teoría en la biblioteca del
Museo Británico. Los estudios históricos
y los análisis económicos de Marx
convencieron a Engels de que los
beneficios y los demás ingresos
procedentes de una explotación sin
escrúpulos de las propiedades y las
rentas son el resultado del fraude y el
poder que ejercen los fuertes sobre los
débiles. Sobre esta crítica se alza la
crítica económica que desemboca en la
certificación histórica de la lucha de
clases.
La
“acumulación primitiva” en la historia
económica de Inglaterra fue posible
gracias a la delimitación y al
cercamiento de las tierras. Durante los
siglos XVII y XVIII los terratenientes
utilizaron su poder en el Parlamento
para quitar a los agricultores los
derechos que por tradición tenían sobre
las tierras comunales. Al privatizar
estas tierras, empujaron a sus víctimas
a las ciudades y a las fábricas.
Sin
tierras ni herramientas, los hombres,
las mujeres y los niños tenían que
trabajar para conseguir un salario. Así,
el principal conflicto, según Marx, se
producía entre la denominada clase
capitalista, que detentaba la propiedad
de los medios de producción (fábricas y
máquinas) y la clase trabajadora o
proletariado, que no tenía nada, salvo
sus propias manos. La explotación, eje
de la doctrina de Karl Marx, se mide por
la capacidad de los capitalistas para
pagar sólo salarios de subsistencia a
sus empleados, obteniendo de su trabajo
un beneficio (o plusvalía), que era la
diferencia entre los salarios pagados y
los precios de venta de los bienes en
los mercados.
Aunque en el Manifiesto Comunista (1848)
Marx y Engels pagaban un pequeño tributo
a los logros materiales del capitalismo,
estaban convencidos que estos logros
eran transitorios y que las
contradicciones inherentes al
capitalismo y al proceso de lucha de
clases terminarían por destruirlo, al
igual que en el pasado había ocurrido
con el extinto feudalismo medieval.
A
este respecto, los escritos de Marx se
alejan de la tradición de la economía
clásica inglesa, siguiendo la metafísica
del filósofo alemán Georg Wilhelm
Friedrich Hegel, el cual consideraba que
la historia de la humanidad y de la
filosofía era una progresión dialéctica:
tesis, antítesis y síntesis. Por
ejemplo, una tesis puede ser un conjunto
de acuerdos económicos, como el
feudalismo o el capitalismo. Su
contrapuesto, o antítesis, sería, por
ejemplo, el socialismo, como sistema
contrario al capitalismo. La
confrontación de la tesis y la antítesis
daría paso a una evolución, que sería la
síntesis, en este caso, el comunismo que
permite combinar la tecnología
capitalista con la propiedad pública de
las fábricas y las granjas.
A
largo plazo, Marx creía que el sistema
capitalista desaparecería debido a que
su tendencia a acumular la riqueza en
unas pocas manos provocaría crecientes
crisis debidas al exceso de oferta y a
un progresivo aumento del desempleo.
Para Marx, la contradicción entre los
adelantos tecnológicos, y el
consiguiente aumento de la eficacia
productiva y la reducción del poder
adquisitivo que impediría adquirir las
cantidades adicionales de productos,
sería la causa del hundimiento del
capitalismo.
Según Marx, las crisis del capitalismo
se reflejarían en un desplome de los
beneficios, una mayor conflictividad
entre trabajadores y empresarios e
importantes depresiones económicas. El
resultado de esta lucha de clases
culminaría en la revolución y en el
avance hacia, en primer lugar, el
socialismo, para al fin avanzar hacia la
implantación gradual del comunismo. En
una primera etapa todavía sería
necesario tener un Estado que eliminara
la resistencia de los capitalistas. Cada
trabajador sería remunerado en función
de su aportación a la sociedad. Cuando
se implantara el comunismo, el Estado,
cuyo objetivo principal consiste en
oprimir a las clases sociales,
desaparecería, y cada individuo
percibiría, en ese porvenir utópico, en
razón de sus necesidades.
Escuela neoclásica
La
economía clásica partía del principio de
escasez, como lo muestra la ley de
rendimientos decrecientes y la doctrina
malthusiana sobre la población. A partir
de la década de 1870, los economistas
neoclásicos como William Stanley Jevons
en Gran Bretaña, Léon Walras en Francia,
y Karl Menger en Austria, imprimieron un
giro a la economía, abandonaron las
limitaciones de la oferta para centrarse
en la interpretación de las preferencias
de los consumidores en términos
psicológicos. Al fijarse en el estudio
de la utilidad o satisfacción obtenida
con la última unidad, o unidad marginal,
consumida, los neoclásicos explicaban la
formación de los precios, no en función
de la cantidad de trabajo necesaria para
producir los bienes, como en las teorías
de Ricardo y de Marx, sino en función de
la intensidad de la preferencia de los
consumidores en obtener una unidad
adicional de un determinado producto.
El
economista británico Alfred Marshall, en
su obra maestra, Principios de Economía
(1890), explicaba la demanda a partir
del principio de utilidad marginal, y la
oferta a partir del coste marginal
(coste de producir la última unidad). En
los mercados competitivos, las
preferencias de los consumidores hacia
los bienes más baratos y la de los
productores hacia los más caros, se
ajustarían para alcanzar un nivel de
equilibrio. Ese precio de equilibrio
sería aquel que hiciera coincidir la
cantidad que los compradores quieren
comprar con la que los productores
desean vender.
Este equilibrio también se alcanzaría en
los mercados de dinero y de trabajo. En
los mercados financieros, los tipos de
interés equilibrarían la cantidad de
dinero que desean prestar los
ahorradores y la cantidad de dinero que
desean pedir prestado los inversores.
Los prestatarios quieren utilizar los
préstamos que reciben para invertir en
actividades que les permitan obtener
beneficios superiores a los tipos de
interés que tienen que pagar por los
préstamos. Por su parte, los ahorradores
cobran un precio a cambio de ceder su
dinero y posponer la percepción de la
utilidad que obtendrán al gastarlo. En
el mercado de trabajo se alcanza
asimismo un equilibrio. En los mercados
de trabajo competitivos, los salarios
pagados representan, por lo menos, el
valor que el empresario otorga a la
producción obtenida durante las horas
trabajadas, que tiene que ser igual a la
compensación que desea recibir el
trabajador a cambio del cansancio y el
tedio laboral.
La
doctrina neoclásica es, de forma
implícita, conservadora. Los defensores
de esta doctrina prefieren que operen
los mercados competitivos a que haya una
intervención pública. Al menos hasta la
Gran Depresión de la década de 1930, se
defendía que la mejor política era la
que reflejaba el pensamiento de Adam
Smith: bajos impuestos, ahorro en el
gasto público y presupuestos
equilibrados. A los neoclásicos no les
preocupa la causa de la riqueza,
explican que la desigual distribución de
ésta y de los ingresos se debe en gran
medida a los distintos grados de
inteligencia, talento, energía y
ambición de las personas. Por lo tanto,
el éxito de cada individuo depende de
sus características individuales, y no
de que se beneficien de ventajas
excepcionales o sean víctimas de una
incapacidad especial. En las sociedades
capitalistas, la economía clásica es la
doctrina predominante a la hora de
explicar la formación de los precios y
el origen de los ingresos.
Economía keynesiana
John Maynard Keynes fue alumno de Alfred
Marshall y defensor de la economía
neoclásica hasta la década de 1930. La
Gran Depresión sorprendió a economistas
y políticos por igual. Los economistas
siguieron defendiendo, a pesar de la
experiencia contraria, que el tiempo y
la naturaleza restaurarían el
crecimiento económico si los gobiernos
se abstenían de intervenir en el proceso
económico. Por desgracia, los antiguos
remedios no funcionaron. En Estados
Unidos, la victoria en las elecciones
presidenciales de Franklin D. Roosevelt
(1932) sobre Herbert Hoover marcó el
final político de las doctrinas del
laissez-faire.
Se
necesitaban nuevas políticas y nuevas
explicaciones, que fue lo que en ese
momento proporcionó Keynes. En su ya
citada Teoría general (1936), aparecía
un axioma central que puede resumirse en
dos grandes afirmaciones: (1) las
teorías existentes sobre el desempleo no
tenían ningún sentido; ni un nivel de
precios elevado ni unos salarios altos
podían explicar la persistente depresión
económica y el desempleo generalizado;
(2) por el contrario, se proponía una
explicación alternativa a estos
fenómenos que giraba en torno a lo que
se denominaba demanda agregada, es
decir, el gasto total de los
consumidores, los inversores y las
instituciones públicas. Cuando la
demanda agregada es insuficiente, decía
Keynes, las ventas disminuyen y se
pierden puestos de trabajo; cuando la
demanda agregada es alta y crece, la
economía prospera.
A
partir de estas dos afirmaciones
genéricas, surgió una poderosa teoría
que permitía explicar el comportamiento
económico. Esta interpretación
constituye la base de la macroeconomía
contemporánea. Puesto que la cantidad de
bienes que puede adquirir un consumidor
está limitada por los ingresos que éste
percibe, los consumidores no pueden ser
responsables de los altibajos del ciclo
económico. Por lo tanto, las fuerzas
motoras de la economía son los
inversores (los empresarios) y los
gobiernos. Durante una recesión, y
también durante una depresión económica,
hay que fomentar la inversión privada o,
en su defecto, aumentar el gasto
público. Si lo que se produce es una
ligera contracción, hay que facilitar la
concesión de créditos y reducir los
tipos de interés (substrato fundamental
de la política monetaria), para
estimular la inversión privada y
restablecer la demanda agregada,
aumentándola de forma que se pueda
alcanzar el pleno empleo. Si la
contracción de la economía es grande,
habrá que incurrir en déficit
presupuestarios, invirtiendo en obras
públicas o concediendo subvenciones a
fondo perdido a los colectivos más
perjudicados.
Economía analítica
Tanto la teoría neoclásica de los
precios como la teoría keynesiana de los
ingresos han sido desarrolladas de forma
analítica por matemáticos, utilizando
técnicas de cálculo, álgebra lineal y
otras sofisticadas técnicas de análisis
cuantitativo. En la especialidad
denominada econometría se une la ciencia
económica con la matemática y la
estadística. Los económetras crean
modelos que vinculan cientos, a veces
miles de ecuaciones, para intentar
explicar el comportamiento agregado de
una economía. Los modelos econométricos
son utilizados por empresas y gobiernos
como herramientas de predicción, aunque
su grado de precisión no es ni mayor ni
menor que cualquier otra técnica de
previsión del futuro.
El
análisis operativo y el análisis
input-output son dos especialidades en
las que cooperan los expertos en
análisis económico y los matemáticos. El
análisis operativo subraya la necesidad
de plantear los problemas de una manera
sistemática. Por lo general, se trata de
coordinar los distintos departamentos y
las diferentes operaciones que tienen
lugar en el seno de una corporación que
dirige varias fábricas, produciendo
muchos bienes, por lo que hay que
utilizar las instalaciones de forma que
se puedan minimizar los costes y
maximizar la eficiencia. Para ello se
acude a ingenieros, economistas,
psicólogos, estadísticos y matemáticos.
Según su propio creador, el economista
estadounidense de origen ruso Wassily
Leontief, las tablas input-output
“describen el flujo de bienes y
servicios entre todos los sectores
industriales de una economía durante
determinado periodo”. Aunque la
construcción de esta tabla es muy
compleja, este método ha revolucionado
el pensamiento económico. Hoy está muy
extendido como método de análisis, tanto
en los países socialistas como en los
capitalistas.
SISTEMAS ECONÓMICOS
En
toda comunidad organizada se mezclan, en
mayor o menor medida, los mercados y la
actividad de los gobiernos. Es más, el
grado de competencia de los mercados
varía, desde aquellos en los que sólo
opera una empresa, ejerciendo un
monopolio, hasta la competencia perfecta
de un mercado en el que operan cientos
de minoristas. Lo mismo ocurre en cuanto
a la intervención pública, que abarca
desde la intervención mínima al regular
impuestos, crédito, contratos y
subsidios, hasta el control de los
salarios y los precios de los sistemas
de economía planificada que imperan en
los países comunistas.
Incluso en las sociedades en las que se
defiende a ultranza la planificación de
la economía se ha tenido que modificar
la postura oficial y se hacen
concesiones a la empresa privada. Por
ejemplo, la Unión Soviética permitía a
sus agricultores, aunque fuese a través
de empresas colectivas, vender las
cosechas de sus parcelas privadas.
Durante la dominación comunista en
Polonia, casi todas las granjas estaban
en manos privadas. En Yugoslavia se
permitió la gestión de las fábricas por
los trabajadores bajo el mandato del
mariscal Tito, que al mismo tiempo
asentaba la evolución de su régimen
hacia sistemas de economía mixta,
alejados de las premisas dominantes en
la Unión Soviética.
En
las economías de mercado también se
producen este tipo de divergencias. En
casi todas existe monopolio estatal
sobre las líneas aéreas y los
ferrocarriles. Incluso en los países en
los que el Estado no tiene empresas
públicas, como en Japón, su influencia
sobre la actividad económica es enorme.
En Estados Unidos, el más firme defensor
de la economía de mercado, el gobierno
ha tenido que intervenir para evitar la
quiebra de empresas en crisis, como
Lockheed y Chrysler; de hecho, ha
convertido a los principales fabricantes
de armamento en empresas públicas de
facto. Muchos economistas
estadounidenses han tenido que aceptar
la existencia de una economía mixta:
combinación de iniciativa privada e
intervención del gobierno.
Libre empresa
Las
principales diferencias entre la
organización económica planificada y la
capitalista radica en quién es el
propietario de las fábricas, granjas y
el resto de las empresas, así como en
sus diferentes puntos de vista sobre la
distribución de la renta o la forma de
establecer los precios. En casi todos
los países capitalistas, una parte
importante del producto nacional bruto
(PNB) la producen las empresas privadas,
los agricultores e instituciones no
gubernamentales como universidades y
hospitales privados, cooperativas y
fundaciones.
Aunque existe una fuerte oposición en
los países industrializados al control
de precios y a la planificación de la
economía, los gobiernos han tenido que
recurrir a este tipo de medidas en casos
de emergencia, como durante la II Guerra
Mundial. Sin embargo, en las economías
de libre mercado se considera que la
propiedad pública de medios de
producción y la intervención pública en
la fijación de precios son excepciones,
que se deben evitar, a las reglas de la
propiedad privada y de la fijación de
precios a través de mercados
competitivos.
Economía planificada
La
visión totalmente opuesta a la anterior
es la que prevalece en los países
comunistas, donde predomina la tendencia
hacia la planificación centralizada de
la economía. Aunque cada vez se tolera
más la existencia de empresas privadas,
y a pesar de que ninguna economía
planificada ha podido funcionar sin
cierto grado de privatización de la
agricultura, la ideología dominante
favorece la planificación estatal, al
menos en teoría, para fijar los precios,
la propiedad pública de las fábricas,
las granjas y las grandes redes de
distribución, públicas.
En
teoría no existe ninguna razón que
impida a una sociedad democrática optar
por una planificación centralizada de la
producción, los precios y la
distribución de la renta. Sin embargo,
la experiencia demuestra que la
planificación central de las economías
ha ido en general acompañada del control
del partido político. No obstante,
existen importantes diferencias en el
grado de control entre los distintos
países comunistas, e incluso en un mismo
país a lo largo del tiempo. Y también se
puede constatar que el capitalismo a
veces ha ido acompañado de regímenes
políticos totalitaristas.
Los
principales problemas a los que se
enfrenta el capitalismo son el
desempleo, la inflación y las injustas
desigualdades económicas. Los problemas
más graves de las economías planificadas
son el subempleo o el masivo empleo
encubierto, el racionamiento, la
burocracia y la escasez de bienes de
consumo.
Economías mixtas
En
una situación intermedia entre la
economía planificada y la economía de
libre mercado se encuentran los países
socialdemócratas o liberal socialistas.
Entre ellos destacan las democracias de
los países escandinavos, sobre todo
Suecia. En este país la actividad
económica recae en su mayor parte sobre
el sector privado, pero el sector
público regula esta actividad,
interviniendo para proteger a los
trabajadores y redistribuir la renta
entre los de mayores y los de menores
ingresos.
Por
otra parte, Yugoslavia constituyó otro
ejemplo importante de economía mixta
entre la décadas de 1950 y 1980. Aunque
el partido comunista institucional
seguía ejerciendo un férreo control, la
censura fue escasa, la emigración no
estaba prohibida, existía libertad de
cultos y una mezcla de propiedad
pública, cooperativismo y propiedad
privada, que crearon una economía
bastante próspera.
PROBLEMAS ECONÓMICOS ACTUALES
Entre 1945 y 1973 las economías de los
países industrializados de Europa
occidental, Japón y Estados Unidos
crecieron lo suficiente para aumentar el
nivel de vida de sus ciudadanos. En
algunos lugares menos industrializados
también se produjo un crecimiento
similar, sobre todo en los del Sureste
asiático. Este crecimiento se debió a
una serie de circunstancias. Tras la
destrucción del tejido económico
ocurrida durante la II Guerra Mundial,
se produjo una expansión económica sin
precedentes, gracias, entre otras, a la
ayuda financiera que Estados Unidos
concedió a los países de Europa
occidental y a Japón. Las
multinacionales estadounidenses
realizaron fuertes inversiones en todo
el mundo. Es probable que los factores
que más contribuyeron a su desarrollo
fueran los bajos precios y la abundancia
de los productos energéticos (sobre todo
petróleo).
Problemas energéticos
En
1973 la creciente demanda internacional
de petróleo hizo que los precios se
dispararan. Ese año, la Organización de
Países Exportadores de Petróleo (OPEP),
que controlaba la producción mundial,
aprovechó su poder para elevar los
precios. Las políticas llevadas a cabo
por la OPEP redujeron las posibilidades
de crecimiento económico tanto de los
países industrializados como de los
países en vías de desarrollo que no
tenían reservas petrolíferas. El barril
de petróleo bruto costaba en el otoño de
1973 dos dólares; a mediados de 1981 su
precio se había multiplicado por 20.
Para los países ricos, las importaciones
de petróleo suponían una transferencia
de rentas y riqueza a los países de la
OPEP. Los países en vías de desarrollo
importadores de petróleo tuvieron que
acudir a la financiación de los grandes
bancos de Europa occidental y de Estados
Unidos. Asfixiados por el pago de
intereses, los países menos
industrializados se vieron obligados a
frenar sus planes de desarrollo. Aunque
la gran caída de los precios energéticos
durante la segunda mitad de la década de
1980 benefició a los consumidores de los
países importadores, supuso un grave
quebranto para los ingresos de los
países exportadores menos desarrollados,
como México, Nigeria, Venezuela e
Indonesia.
Inflación y recesión
Algunos de los países más desarrollados,
como Japón y la República Federal de
Alemania, lograron superar la crisis de
las décadas de 1970 y 1980 mejor que el
resto de los países. Sin embargo, todos
los países desarrollados han tenido que
enfrentarse al problema de una alta
inflación acompañada de altas tasas de
desempleo y escaso crecimiento
económico. La transformación que impuso
la OPEP en el mercado energético mundial
agravó los problemas de inflación al
elevar los precios del petróleo y, por
lo tanto, aumentar el coste de la
calefacción y de la producción de
importantes bienes que utilizan petróleo
en sus procesos de producción, entre los
que hay que destacar los fertilizantes
químicos, los productos plásticos, las
fibras sintéticas y los productos
farmacéuticos. Estos precios elevados
reducían el poder adquisitivo de la
misma manera que lo hubiese hecho un
elevado impuesto sobre la renta. La
pérdida de poder adquisitivo hizo que el
volumen de ventas de bienes de consumo
disminuyera, lo que provocó el despido
de numerosos trabajadores y la ruina de
otros tantos comerciantes, lo que
produjo un efecto en cadena perjudicial
para toda la economía.
El papel del gobierno
Estos problemas han fomentado el debate
sobre el papel que deben desempeñar los
gobiernos. Los partidos de izquierdas de
Europa abogan por un mayor control y
planificación. Durante la década de
1980, el Partido Conservador de la
primera ministra británica, Margaret
Thatcher, y el presidente estadounidense
Ronald Reagan, ofrecieron una solución
bien distinta. Redujeron los impuestos y
la regulación por parte del gobierno, y
permitieron que las empresas obtuvieran
mayores beneficios para que pudiesen
emprender nuevas inversiones que
aumentaran la productividad y así
reanimar la actividad económica. Estas
políticas son ejemplo de medidas desde
el lado de la oferta, eje de la doctrina
que inspiró a ambos políticos.
El
razonamiento implícito de esta política
es que, al aumentar los estímulos a la
inversión, la toma de riesgos y el
aumento del trabajo, la tecnología
reducirá los costes de las fuentes de
energía usadas como alternativa al
petróleo y los sectores no relacionados
con la energía, como la informática o la
agricultura moderna, lo que permitiría
aumentar la tasa de crecimiento, gracias
a una dinámica innovadora.
Economías en vías de desarrollo
Los
países menos industrializados necesitan
la ayuda de los países ricos para poder
generar el capital, la tecnología y la
organización necesarias para
desarrollarse. Asimismo, es necesario
que puedan acceder con facilidad a los
mercados de los países industrializados
para vender sus productos manufacturados
y las materias primas que poseen. Sin
embargo, la capacidad política de los
países ricos para atender estas
necesidades depende de que puedan
solucionar sus propios problemas, como
la inflación, el desempleo y el
estancamiento del crecimiento. En los
países democráticos, es muy difícil
lograr el apoyo de la población para
conceder ayuda financiera a otros países
cuando el salario medio de los
ciudadanos es reducido. Tampoco resulta
fácil permitir la entrada de productos
del exterior más baratos cuando se
considera que son la causa del desempleo
nacional. La economía del desarrollo
está muy limitada por consideraciones de
tipo político.
Previsiones ante el futuro
A
principios de la década de 1990, la
desaparición del bloque soviético, unida
a la caída de los regímenes de la Europa
del Este, subrayaron la tendencia hacia
las economías de libre mercado y el
alejamiento de la doctrina de
planificación centralizada. En un
intento por evitar el legado de
ineficacia y mala gestión, los países ex
comunistas tuvieron que competir con los
países en vías de desarrollo para
acceder a la ayuda financiera y
tecnológica de Occidente.
No
hay acuerdo sobre la posibilidad de
sostener un crecimiento económico
ininterrumpido. Los más optimistas
confían en la capacidad para incrementar
las cosechas agrícolas y aumentar la
productividad en la industria gracias a
las innovaciones tecnológicas. Los más
pesimistas recuerdan la ley de los
rendimientos decrecientes, la falta de
control sobre el crecimiento de la
población mundial, los enormes gastos en
la industria militar y las reticencias
de las naciones posindustrializadas para
compartir su riqueza y su tecnología con
los países más desfavorecidos. Aunque
algunos países en vías de desarrollo han
logrado elevar sus tasas de crecimiento,
la inestabilidad política, la corrupción
endémica y los grandes cambios de
política económica hacen que las
previsiones para el futuro no sean tan
optimista
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