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Aprehendiendo el vuelo 
                       de
              Liliana Riga

Dicen que él había desaprendido a llorar, ya que fue formado en la cultura de que los hombres no lloran.
Dicen que Rosita le dijo: - no me traigas flores esta noche-. Dicen que le dijo Rosita: - lo nuestro se terminó.
Dicen que él sacó del bolsillo su pañuelo prolijamente guardado y para disimular el sollozo, se sonó estruendosamente la nariz.
Eso dice la madre de Rosita que él hizo.
No se sabe que más hizo esa noche del 23 de enero, sólo se sabe que llegó a la pensión pálido y con un brillo especial en los ojos.
Dicen que se paró frente a la chalina que fuera de Itatí, y un gemido profundo le bramó desde el pecho.
Dicen que él le dijo, hace mucho tiempo atrás: - no me esperes esta noche. Dicen que le dijo a Itatí: - lo nuestro se terminó.
Dicen que Jacinto contó que lloró mucho esa noche... y sus ojos se transformaron en manantiales que terminaron inundando la habitación.
Dicen que al principio le acercaron sábanas y toallones y por último buscaron recipientes que eran grandes macetas que sacaron de la galería.
Dicen que se las colocaron frente a sus ojos tiernos y caudalosos y que las lágrimas caían desbordando las vasijas.
Dicen que eran vasijas que habían hecho los Tobas para vender a los turistas y que como ellas también estaban amasadas en llanto, se deshicieron y se confundieron con el torrente.
Dicen que las camas se mecían y chocaban con las mesitas de luz; que las cartas guardadas celosamente en cajas, se iban mojando y una aureola azulada borraba los "te quiero", los "mi amor", los "te necesito".
Dicen que entre sollozos repetía un nombre y que el gorgoteo se confundía con el trino de un pájaro.
Dicen que le dijeron que era mejor irse.
Dicen los que se fueron, que él quedó sólo en su habitación, que no ofreció resistencia y se dejó arrastrar suavemente por la corriente.
La última vez que Jacinto lo vio, iba como flameando por el pasillo, pero al llegar a la cocina se aferró a la chalina de Itatí.
 

Dicen que esto hizo... y después remontó vuelo.
Dicen los contadores de historias, que antes de convertirse en alondra, Itatí era la dueña de la pensión.
 




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