| La llamada
de Martín
|
Sebastián
Cargo vigila el fuego mientras se controla de no templar la furia en puñetazos
de olvido o vino. Los flashes sobre el rostro lo compenetran más
en el silencio de la sequía que no les deja salir de pobres. Se
mira las manos y añora el sudor de las cosechas que dejaron pan,
alegrías y trajeron a la niña Candela, que ahora, ya con
tres años, no sabe de fiestas o sonrisas. Sabe de pedir. De llorar.
Pero no conoce las pilchas del carnaval. Los colores de la estrella colombina.
Sebastián Cargo pide calma a los dioses. Los flashes le dibujan
un gesto más cruento. Muy duro. La policía gubernamental
le dará una paliza letal si se atreve a usar su nombre durante la
noche. La tierra es seca. Las manos son negras. Como la noche. Como su
nombre, su rostro.
Mi hijita.
Pobre mi hijita sin sabor en la piel.
Pero el
fuego templó el alma. El es también una piel de tambor o
zurdo. No hay derecho. Si hay zurdo.
Candela
sin saber del Carnaval prohibido juega cerca de las llamas. Canta algo
raro. Baila negramente. Y bienvenido sea el tiempo de los nocturnos que
se llevan la vida pegando en la tierra al ritmo de las luces del candombe.
Candela brilla y al brillar marca el compás. Sebastián carga
el zurdo y juega con ella. Ríen y ya no importa la policía.
Porque Agustino desde el mercadito ya contesta el llamado. El pellejo negro
vale. El nombre de mi padre vale más cuando los hermanos bailan
y rezan. Quembé quembé ita ita quembé. Yaipé
yaipé quilombo de la niñez.
Agustino
manos blancas de harina y sal. Azúcar no hay. Si tuviera el mayoral
religión el pueblo sería más bueno. Agustino culo
gordo en tanque de aceite miente a los compadres para que compren el vino.
No es un mal negro. Pero es un viejo ladino. Tiene dos hijos. Fuertes como
él. El rebenque del patrón no sirve para esos lomos. Tercio
y Antonito. Ellos guardan en el almacén los gemidos del repique
y los puentes del tambor. No se achican nunca y la sangre tampoco. Tercio
preñó a la Silvita. Se agranda la familia. Festejan y la
ginebra rebalsa el tanque de tozudez de esa familia. (Que se agranda, la
familia se agranda). Tonito trae ginebra y otro leño pa' templar
y llamar a la gente. Agustino manos blancas cunta peia mista santa milonguera.
Quilombo de la vida entera peña y vizca vizcacha de Durazno y treinta
y tres orientales. Golpea la tierra con las manos blancas. Golpeen muchachos
que alguien llama. Oigo un zurdo de quilombo la niñez. Los tres
frente a los costales. Frente al miedo de la taquería. Está
prohibido el ritmo, el color a tierra y la puta madre que los parió.
Cunta asunta cunta peia mista santa culebrera. Quilombo la vida entera
peña y vizca vizcacha de Durazno y treinta y tres orientales.
La tierra
vibra levemente y despierta a la araña dentro del madero hueco.
Raja suavemente por los lingotes de la madera de la razca y se esconde
tras de un cuero. La casa de Fermín despierta a la noche. Porque
Fermín es viejo y no quiere ni tiene nada por perder. Fermín
piernas lentas y barba blanca toma la razca y contesta al son de la música
que exprimió la noche. ¿De dónde serán las
estrellas que miran con luz y cantan tan bellas como la tierra? ¿De
dónde serán nuestros santos que lloran como chanchos y no
saben cantar? La razca se funde en abanicos de surcos viejos por el aire
del pueblo. Busca sola la zona en donde todos golpean. Donde contestan
siempre. Chicos y viejas. Africa despierta salta la yerta. Sartén
de las hormigas brincando en la arena. Fermín se deja llevar por
el espeso colchón de vecinos que se arman en quilombos antes dormidos.
El pueblo se está calentando, bo'. Los grillos marcan el tiempo
y el recinto se encanta. Fermín es solo y su mano también,
que se jodan los rancheros y se coman la papa de esta vuelta. Se espanta
la araña y el gusano. La rasca imprime y se suma al firmamento.
Yas catra yasta racra yarás. Paleta de mi amada difunta que se traguen
el luto y manduquen la papa ras traca yarás catré.
Mamá
vieja y se cansó de hacer dulce. Lo prueba y es bueno. La cuchara
choca con el borde y se sienta. Se seca la frente y enciende un cigarro
para aliviar el mate. Ella nació hace cincuenta y tantos carnavales
y los murguistas de Artigas no se atrevieron a levantarle un ojo en presencia.
Ocho gurisas y una manada de cabros flacos para que no apriete el bagú.
Gorda como la luna, mamá vieja le hace señas al muerto y
empieza a bailar.
Hay llamada.
Que se muera el patrón y la policía militar. Baila la gorda
revuelta en trapos. Desbordando dulce y almíbar por la cocina. Desbordando
el sueño y a su muerto. Desbordando sus ojos redondos como su cara.
Llora en revancha. Se alzan los brazos y baila sin mentirle a su muerto.
Reventado a tiros por los españoles. Una de esas estrellas sos vos,
dice y entonces le canta a ella. La fija con sus lágrimas, la mira
y le canta su canción de liberación. "Mira pequeña
flor, la mar y al sol; corazón de bagú te fuiste en pocas
rondas de este amor. Flor azul bagú de otro cañón,
fuiste mi luz y dentro mío, negro del alma, fuiste mi sol".
Ella grita
fuerte y su voz llega hasta el sol. Que no está cerca. Pero el muertito
tampoco. Melodía, canto de dulces de quimba y almíbar salpicado
en la mesa. Mezclado con lágrimas que saben dulce. Lo que es lo
mismo.
Pantei panteo
panta psarna de los lieros. Río abajo abrojo del Maitepá.
Poanteiés el antes y el después. Larga la caña de
surubí y mezcla guapeza y recurís. Murga de la nochecita
acontecida. Que la frontera sueña y hay una zafra igual con machetes
y látigo igual. Igual al centro de la arena del continente de mis
padres y reliquias. El semen, la sangre que me trajo a la vida. La arena
del cañaveral, la del quilombo de Pacural. La arena de Ernesto que
no tiene migajas ni pan. La del áfrica y la del mayoral enfermo.
Mi gurí duerme con fiebre lucrecia y yo tengo un mensaje de los
otros en el cielo oscuro.
Ernesto
está cansado de piernas y brazos. Es menudo y polvoriento. Y su
chico lleva podrido el aliento. Tiene fiebre lucrecia. Se le empasta la
lengua. Con el mismo polvo. Con la arena del poblado. Que se levanta al
boleo de los alambres de púa. Los postes del terreno los corrió
el hijo del patrón. Y amenazó con tiros al aire frente al
galpón. Menos fuertes que los que ahora larga Ernesto al cielo.
Tiros de cañón. El gurí escupe polvo y escaramujos
al aire de la cama. Volcanes de este rancho. Ernesto responde la llamada
de la poblada nocturna con balazos que responden la afrenta de la policía.
Ultimamente soltamos sangre de las venas; demasiada. Y encima prohiben
el tambor. El rey momo no se acuesta a dormir, Ernesto va con él.
Vestido de verde colonial. Azufre pa'l mayorca y matorrero, se elevan por
el cielo los gargajos del padre y el pibe negro. Los pescados descansan
en la tabla de limpiar. Brilla la estrella del Rey momo. Arena y escamas.
Escupidas de sangre y balas. Quilombo del Pacural. Los anzuelos, los señuelos,
los pañuelos rojos y amarillos del carnaval se disputan la arenita
del espejo cielado. Ventolera caliente, Ernesto no tiene dientes, polvareda
de tierra de sol, del otro lado del mar. Acum pam tei tac tac tac tec tec.
Un caminante
navega por el pueblo y lentamente el zurdo de Sebastián se hizo
bronca popular. En tiempos cruzados de rascas y tambores. El apuro a lo
de Malitas para avisar que hay llamada y no se entienden los mensajes.
Son demasiados libres esos golpes piensa el caminante. Quizás ese
sea el mensaje desde el mar. Y abandona el empedrado.
Y deja
al flujo en el puerto, que siga sonando que no está solo, carajo.
Sin abandonarse, pues; sin dejar de oír, el negro sin nombre muerto
entre los palos y las olas no quiere llorar más. Muerto pero sin
dejar de escuchar. Acompaña con su silencio ahogado por decir que
no. Apuñalado y ya sin sangre. Eran las olas y sus brazos bailando
aguados pero nunca flojos, los que seguían la llamada. Sin nombre,
ojos abiertos con sal. Se crispa la mirada entú bacata inté,
entú bacata inté. Muerto y con sal de estrellas. Llegan los
otros muertos del sur. Del mar, la montaña y el norte. Trapos verdes.
Bailan. El rey momo baila con su trabuco atorao' en los cañones
de Ernesto.
Muchedumbre
africana sobrevolando el pueblo. Ahora se suma el muerto. Y el espíritu
en religión de Santa León se agrega y revienta con su canción.
Palos de puerto en las manos duras y frías del muerto Sinnombre.
Serpentinas y color. Nadie fue. Nadie lo vio. Dicen que esa noche no había
quedado tambor con parche sano. Porque el patrón los rompió
a todos. Y el muerto del puerto abrazaba su tambor y su fusil. Por eso
murió. Dicen que en todo el pueblo ya nadie tenía con que
llamar. Pero el llamado sonó. Sonó. Dicen que nadie tenía
armas. Todos dicen pero en el cielo bailaron todos. Quilombo de los dioses.
Dicen también que mamá vieja era muda. Eso dicen pero igual
cantó. Nadie fue. Nadie supo. Pero al amanecer se oían los
rumores del martínpescador, la torcaza y la cigarra. Pero al amanecer
apareció muerto el patrón.