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Pablo Castro |
La sangre bajaba
lentamente desde el corte en la parte más alta de la nuca; tiñendo
de rojo sus cabellos negros; mojándole tibiamente la oreja y dejando
un camino por su patilla hasta humedecerle la boca.
¿Quién
de los tres tendrá el revólver?
Dale
pelotudo, largá la plata porque te quemamos acá mismo!
Sintió
el sabor ligeramente dulce de su propia sangre. El oxígeno no llegaba
a su nariz y trató de abrir la boca para ganar un poco más
de aire; pero le apretaban tan fuerte la cabeza contra sus rodillas que
apenas podía moverse. Su cara, recién afeitada y perfumada,
se frotaba contra la franela de sus propios pantalones, que ahora se le
hacía tan áspera como una lija. Tanto lo apretaban hacia
abajo y le pegaban que su rostro parecía un tomate; las orejas estaban
hirviendo y los gritos lo aturdían tanto como los golpes.
¿Quién
de los tres tendrá el revólver?
Hablá
hijo de puta. ¿Dónde está la teca? Hablá o
te hacemos mierda.
El taxista
que, minutos atrás, amablemente le había ofrecido un cigarrillo
y que con voz tan agradable le había preguntado: ¿Dónde
vamos señor? y, ¿perdón, adónde dijo caballero?,
ahora le pegaba y lo insultaba sin miramientos. Incluso hasta la voz y
la pronunciación habían cambiado. Ahora lanzaba chillidos
agudos y a pesar de lo incómodo que estaba, podía sentir
como caían sobre su nuca, las gotas de saliva que el taxista desprendía
con cada grito.
Los otros
dos lo tenían apretado, bien apretado contra el asiento y le metían
las manos en los bolsillos, la camisa y hasta adentro del calzoncillo.
Casi no hablaban. Sólo uno de ellos gritó cuando se metió
de prepo y se sentó a su lado en el auto. Habló con voz firme
y segura; escapándose apenas una tonada del norte del país.
¿Quién
de los tres tendrá el revólver?
El taxi había
estacionado en una calle oscura cerca del cementerio de Chacarita; el olor
de los árboles y de flores viejas que se pudrían en la vereda
le llegó como un pequeño bálsamo.
El viejo Duarte alguna vez fue carpintero, también aprendió herrería y un compañero le enseñó a revocar. Vivió en la villa... ¿Cuál villa? Ya ni se acuerda que número era. Hace siete años que duerme entre cartones, escondido en los paredones del cementerio y desde este último año ni para ponerse en pedo le alcanza. Recostado en su refugio hecho de Whirpool, Drean y Acer; miraba impávido, como otras veces, al taxi que se sacudía en la oscuridad como si una pareja de adolescentes estuviera teniendo sexo.
El primer tiro
perforó al parabrisas bien alto del lado del conductor y las astillas
de vidrio que no salieron despedidas por el impacto, se quedaron manchadas
con sangre y restos de cráneo pegoteados.
Los otros
dos disparos no salieron del auto.
El viejo Duarte
se asustó con los fogonazos y eso no era fácil. Se quedó
quieto, casi sin respirar, rogando pasar desapercibido. - "esta vez se
les fue la mano y lo mataron al pobre tipo"- pensó, temiendo que
los asesinos lo quisieran bajar a él también para no dejar
testigos.
La puerta
de atrás del taxi se abrió y salió un hombre con el
rostro ensangrentado, que se puso en cuclillas para guardar su revólver
en una funda que tenía a la altura del tobillo de la pierna izquierda.
El linyera miraba sin dar crédito a sus ojos -"así que hoy
se les dio vuelta la taba"- pensó sorprendido.
El hombre
comenzó a caminar a tientas. Lentamente se acercó hasta la
cueva de cartón, inhaló profundamente y dirigió su
rostro hacia el viejo Duarte.
- ¿Para
dónde está la Avenida Corrientes?- le preguntó con
amabilidad.
- Siga...,
siga pegado al paredón, tres cuadras y encuentra la boca del subte-
respondió temblando.
- Muchas gracias
señor.
A él,
que había sido carpintero, herrero y albañil, casi se le
salía el corazón por la boca. Justo a él, que había
peleado toda su vida, justo a él que de joven estaba al frente de
cada movilización y tantas veces había terminado en el hospital
por los garrotes policiales.
El hombre
seguía parado en silencio y cada segundo para el linyera era una
muerte; luego metió una mano dentro de su saco y extrajo tres varillas
blancas; dejó caer dos que automáticamente se desplegaron
como bastón. Tac, tac, tac. Empezó a golpear la vereda. Tac,
tac, tac, rítmicamente.
Caminó
unos pasos con soltura y rapidez. Luego se detuvo, giró su cabeza
hacia Don Duarte y le dijo: - que tenga buenas noches.