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El Corte Mónica Ferrer |
Amalia abrió
la puerta de su casa y al accionar el interruptor de la luz, comprobó
que estaba cortada. Ya se lo esperaba porque cuando bajó del colectivo
vio que todo el barrio estaba a oscuras. Para colmo de males el agua ya
había ganado las veredas y no tuvo mas remedio que meterse hasta
los tobillos sabiendo de antemano que estaba sacrificando el único
par de zapatos "decentes" que le quedaba para ir a trabajar. Se los había
regalado su patrona, un día que estaba haciendo limpieza en el placard.
Entró
a tientas y buscó una vela en el segundo cajón del armario
de la cocina, allí también guardaba una caja de fósforos,
para tener las dos cosas a mano, siempre que llovía, pasaba lo mismo.
Encendió
la vela y la pegó en un platito de plástico. Se quitó
el saco de lana empapado y lo colgó en un gancho que tenía
puesto en la pared, arriba del calentador. Ya que estaba puso a calentar
un poco de agua para hacer una sopa; le vendría bien tomarse algo
caliente. Se sacó los zapatos y los rellenó con un poco de
diario viejo; los acomodó cerca del fuego con mucho cuidado, no
quisiera la mala suerte que se le fueran a quemar. Caminó descalza
hasta la otra habitación y se puso las pantuflas que siempre dejaba
bien juntitas, al lado de la cama. Escuchó el tac-tac característico
y no necesitó luz para ver la gotera, salió del cuarto y
regresó segundos después con un recipiente que colocó
arriba del ropero. Volvió a la cocina y encendió su radio
a pilas; en momentos como este se alegraba de la inversión que había
hecho; la había comprado en el Once el mes pasado, cuando iba a
tomar el tren para ir a la casa de su prima Elvira, la que vive en Paso
del Rey. Y aunque los 9 pesos que le costó los tuvo que sacar de
la latita de los ahorros, para estos casos bien valía la pena.
Echó
medio cubito de caldo y un puñado de fideos al agua. Mientras esperaba
sintonizó un programa que empezaba a las nueve, en el que pasaban
tangos y valsecitos; le traía recuerdos de los bailes de su juventud,
cuando iba con sus primas los sábados al Club Social de Villa Flandria.
Sacó
la olla del fuego y se sirvió la sopa en un jarro; se llevó
la vela a la pieza y la puso sobre la mesita de noche, al lado de la Virgencita
desatanudos. "De paso cañazo", le dijo con una sonrisa cómplice,
"ya que nunca me acuerdo de prenderte una especialmente, aprovechá
hoy que se cortó la luz". Aseguró la ventana con una viga
de madera, el viento soplaba tan fuerte que la casilla se movía
entera. El sonido de la radio se perdía entre los truenos y el ruido
de la lluvia azotando el techo de chapa. Al rato se quedó dormida
escuchando una música lejana, que la transportaba en sueños
a los tiempos pasados.
El despertador
sonó a las seis y media, por suerte había dejado de llover.
Se puso las pantuflas que siempre dejaba juntitas al lado de la cama y
fue hasta la cocina. Prendió el calentador y tocó los zapatos;
todavía estaban húmedos. Cuando iba para el baño vio
un papelito celeste con letras amarillas tirado en el suelo. Alguien lo
había pasado por debajo de la puerta, pero ella no lo había
visto en la penumbra de la noche anterior. Agarró los lentes de
arriba del aparador. Entre lo poco que se acordaba de las letras y la vista
que le andaba fallando, poca cosa se podía hacer... Salió
al patio para tener más claridad, la luz todavía no había
vuelto. Se acomodó los anteojos y leyó con dificultad:
"Sr./a vecino/a:
Luego de una
minuciosa investigación hemos podido comprobar que Ud. no se encuentra
registrado/a como cliente/a de nuestra compañía. Asimismo
le hacemos saber que hemos procedido a cortar la conexión clandestina
mediante la cual se suministraba energía a su vivienda.
Intimamos
plazo 48 hs. regularizar situación, caso contrario iniciaremos demanda
judicial en su contra.
Atte. La Gerencia
Comercial."
¿Quién
sigue?, preguntó el Doctor Ledesma asomándose al corredor
de la sala de guardias. La noche había estado bastante movida y
casi no había dormido, lo cual lo ponía de evidente mal humor.
Un muchacho robusto escoltado por un agente de policía estaba sentado
en un banco al final del pasillo. Al oír el llamado se paró
y entró al consultorio. Traía una venda en la cabeza. Ledesma
le pidió a la enfermera que se la quitara y limpiara la herida con
un poco de Pervinox, ya que tenía sangre pegoteada en el cabello.
El médico hizo una rápida evaluación ocular; era un
corte superficial en el cuero cabelludo, con un hematoma considerable.
No es grave, dijo, qué te pasó? Una loca, dijo el muchacho
con una mueca de disgusto; una vieja que vino a la oficina donde trabajo
a hacer un reclamo; yo le expliqué que tenía que pagar los
gastos de medidor más la multa por la conexión clandestina,
pero ella no entendía razones, estaba furiosa; cuando me cansé
de explicarle que no se podía hacer nada más que pagar, di
media vuelta y la dejé con la palabra en la boca, entonces me arrojó
un cenicero de bronce que tenía sobre el escritorio, por suerte
me lo pegó de refilón, sino me parte la cabeza. Bueno, te
vamos a hacer un punto, dijo el doctor Ledesma sin hacer comentarios, esperá
al lado que ya va la enfermera. El que sigue... llamó sin levantarse
de la silla.
El oficial
Marengo llegó a la comisaría pasadas las 9 de la noche, estaba
de buen humor, podía decirse que le había sacado jugo al
franco. Con Elena, su mujer, se habían hecho una escapadita hasta
Colonia solos. Su suegra se había quedado cuidando los chicos, cosa
que no ocurría frecuentemente. El tiempo había acompañado,
haciendo el corto trayecto en ferry bastante placentero, no podía
decirse que fuera un crucero de placer, pero en fin, lo habían pasado
bien.
El oficial
Suárez lo puso al tanto de las novedades, todo en orden, salvo la
mujer que había sido detenida esa mañana en la oficina comercial
de Edesur - Suc. V. Fiorito; un incidente con un empleado al que golpeó
en la cabeza con un cenicero; la Cía. a través de sus abogados
había hecho la denuncia presentando cargos por lesiones, así
que la tenían ahí, a la espera de la intervención
del Juez. Estaba bastante tranquila, parecía inofensiva, un momento
de nervios nomás. Marengo leyó la declaración tomada
a la acusada con poco interés, después llamó al agente
Nievas y le dijo que le diera salida. No tenía sentido retenerla
allí. Una vez que tomara intervención el Juzgado la llamarían
para declarar.
Cuando Amalia
bajó del colectivo había empezado a llover otra vez. Para
colmo de males el agua estaba subiendo a la vereda, así que no tuvo
más remedio que meterse hasta los tobillos. Abrió la puerta
de su casa y al accionar el interruptor de la luz, recordó que estaba
cortada. Entró a tientas y buscó una vela en el segundo cajón
del armario de la cocina, allí también guardaba una caja
de fósforos, para tener las dos cosas a mano. Siempre que llovía,
pasaba lo mismo. ? v