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Ultimo Round 

                 de 
       Adrián Martinez

La voz metálica, firme, traspasó la entreabierta puerta de chapa acanalada y quedó por un instante flotando en el aire. - ¿Acá lo velan al Romualdo Gigena?- Desde adentro lo invitaron a pasar.
- Suerte que vino, me dejaron solo- Le dijo la otra voz.
Había una cruz grande de roble, que les habían prestado en la parroquia y que ocupaba casi toda la pared más chica de la pieza. Dos portasirios de plata, alquilados, a cada uno de los lados del cajón de pino, que les compraron los vecinos de la cuadra y que adornaban el viejo candor, de las paredes de ladrillo. Los dos hombres estaban solos con el muerto. El que llegaba tuvo la sensación de que adentro de la casa, hacía más frío que afuera y lamentó no tener una campera con que cubrirse.
- Venga, sientesé acá , que da menos el frío. Me ofrecí a velarlo en casa, porque al pobre la familia lo tiene medio abandonao. El único que supo venir a verlo cuando lo operaron, es un primo que tiene en Buenos Aires, después nadie más. Hace dos años se vino al barrio para dar clases de boxeo en la Sociedá de Fomento. Al tiempo tuvo que abandonar, porque le vino una cangrena a la pierna y se la tuvieron que cortar.
 

"- Quinto Round: Elpidio Fernández, lanza un derechazo, que da por debajo del cuello del adversario. Ahora da un paso al costado y se para en el centro del ring, invitándolo a que lo enfrente. Romualdo Gigena se sale del rea del rival con la pierna izquierda y pretende cambiarle el flanco de ataque, pero recibe un cross, levemente por encima de la mandíbula que lo vuelve a sacar de la posición ofensiva."
 

- Esto le debe haber salido plata, cuente conmigo para los gastos.
- No, usté que va a estar para andar pagando nada. Ahora que se puso a la luz, ¿usté no es...?- Apenas alcanzó a distinguir su cara, esculpida a brutales golpes de puño. Las orejas le habían quedado arrepolladas. La nariz cuadrada y expansiva, parecía la sombra de un prodigio desconocido sobre la pared de la habitación contigua.
- ...Haberlo sabido: Elpidio Fernández, una gloria del boxeo argentino- Era conciente de que estaba exagerando- ¿Cómo supo que lo velábamos acá?
- Uno termina enterándose de todo y más tratándose de él. Supe que había estado internado, pero no pensé que todo sería tan rápido. ¿Cómo pasó?
- Lo habíamos podido ubicar en una casita, a unos metros de esta. Los dueños se volvieron a Tucumán, de donde eran y la dejaron vacía. No piense que queríamos eso, pero no nos quedaba otra. Si hubiésemos tenido lugar, lo hubiéramos traído con nosotros. Mi señora todos los mediodías le llevaba allí, algo para que comiera. Cuando hoy fue a llevarle, lo empezó a llamar:- Don Romualdo, Don Romualdo, aquí tiene un plato de sopa- Como al principio no contestaba, pensó que se había quedado dormido, después no. Usté lo peleó cuando todavía era muy pibe, allá por el '72 en el deportivo Balcarce. Esa pelea no me la voy a olvidar jamás...
- Sí, él ya estaba de vuelta. Sabía que me estaba peleando por el sánguche y la coca, aunque su nombre todavía convocaba. Yo en aquella época no había ni siquiera peleado por el título argentino.
 

"- Hay que aguantar Romualdo. Para poder pelearlo al Pantaleón Millán y hacerte de unos pesos en serio, tenés que salir airoso de esta - Le dijo el sparring a los gritos. El boxeador tenía los ojos puestos en un horizonte dudoso y respiraba con dificultad.
El público sabía que el ex campeón no estaba preparado para enfrentar a un rival en ascenso, como era Elpidio Fernández. Igual, sin reparos, le hacía notar su falta de disposición para la pelea. Esa vez había dado el peso, corriendo a la vera de la caldera del hotel, donde se había alojado para esperar el combate de la noche. En sus mejores épocas, Elpidio Fernández, no podía haberle durado más de cinco o seis rounds.
- Segundos afuera, sexto round."
 

- La última vez que lo ví- contaba Elpidio Fernández- lo encontré en pedo a la entrada del puente de Saavedra. Me dijo que estaba esperando el colectivo para volver a su casa. Para ese entonces, yo me levantaba todos los días a las cinco de la mañana para ir a la fábrica, porque cuando me retiré no tenía otro oficio más que el de boxear y además me había gastado toda la guita que gané en los amigos, el cabaré, las travas. Me di cuenta que se había quedado tirado sin rumbo, por como estaba vestido: hacía dos grados bajo cero y tenía puesto un pulovercito azul de mala muerte y estaba sentado en los escalones que suben a la General Paz. Le dejé unos pesos y la campera gris espigada que usaba todos los inviernos. Cambiando de tema, ¿cómo van a hacer para llevarlo?
- Arreglamos con una cochería del centro, por cien pesos. Todo sale de lo que le juntamos, bueno, no todo, yo puse unos buenos pesos que tenía ahorrados. Lo que pasa es que por esa plata, lo vienen a buscar, de contrabando, antes de hacer el primer servicio de la mañana. Nosotros, después, nos tendríamos que quedar esperando en el cementerio con el cajón, hasta que empiecen con las inhumaciones, ¿se dice así, no? La cagada es que si llueve, no sé a donde mierda nos vamos a meter.
 

"- Los dos púgiles están contenidos en el centro del ring. Gigena baja los brazos y trastabilla sin que lo toquen y cae sobre las cuerdas. Fernández se acerca al ex campeón y se perfila para rematarlo con derecha. Ahora parece que le está midiendo la pegada. Lo desplaza hacia atrás con la punta del guante izquierdo y espera. Sólo tiene que ser paciente y lanzarse sobre el contrincante cuando Gigena se saque los dos brazos de la cara-.
Sentía el peso de la historia del rival, más fuerte que la presión de los gritos de la multitud, que le empujaba los guantes para que le rompiera la cara. Para que el viejo ritual del circo y de las fieras tuviera su continuidad. Supo que el viejo tenía que caer, pero que él, justo él, aquella noche no podía ser su verdugo -No voy a ser yo el que lo voltee- pensó, si es que allí en medio de ese fervor algo se podía pensar.
- Gigena esquiva el apercat, increíblemente marrado por su rival, cuando suena la campana. Unos avisos publicitarios y vamos al séptimo round -Tome Fernet Branca- se escuchaba por los altoparlantes."
 

- Yo podría acompañarlos -se ofreció el ex boxeador- total con el poco laburo que hay, puedo entrar más tarde a la fábrica. Si me permite el teléfono le puedo avisar al patrón.
- A las siete abre el bar del barrio, allí hay uno o si no lo llama cuando lleguemos al cementerio -y continuó evocando- yo sé que aquella noche, usté le perdonó la vida; parecía que estaba fingiendo la estatura que para ese entonces, Gigena tenía como boxeador.
A la una de la mañana un pastor pentescostal, quiso despedir al muerto, enterado de que en la casa se estaba haciendo el velorio.
- Ya le dije muchas veces que en esta casa no hay nadie de ustedes, pastor -Al anfitrión, la frase le salió de corrido.
- Es que el muerto al fin se convirtió a Jesús y se llegó varias veces a nuestra iglesia -replicó con su voz de prosélito, encendida por el desafío.
- Yo le voy a pedir que se retire, porque sino me va a conocer- le contestó. Había empezado a tener desconfianza de esos hombres que hacían templos para pobres, con todos los locales que cerraban en el barrio. El último, en lo que alguna vez se dio en llamar "El Mercadito" y que de a poco se había ido quedando con los puestos vacíos.
Eugenia que se levantaba de dormitar en la pieza que quedaba libre, se interpuso para bajar el tono con que su marido, pretendía sacárselo de encima.
- Dios es con todos, Francisco. No puede ser que las religiones además, sirvan para separar a los pobres más de lo que estamos. Por favor, pensá a quién le sirve eso. Dejá hacer al señor lo que tenga que hacer y que siga su camino.
- Bueno, pero yo espero afuera...
 

"- Por fin llegamos al fin de este combate. La rechifla de los aficionados en los dos últimos rounds, fue impiadosa. Gigena a duras penas pudo llegar al final de la pelea. A sus años debería someterse a un entrenamiento más riguroso. A su rival, quizás le haya faltado el valor necesario para acabarla, como este respetable público -deslizó demagógico- le venía reclamando. Un nocaut que vino in crescendo desde el quinto, por lo menos, debió ser coronado por un golpe que dejara bien sentada la diferencia que existe entre el próximo retador por el título y el ex campeón.
Nos despedimos hasta el sábado, con otra velada del mejor box, directamente desde la federación y por el torneo Félix Repupili- completó el relator e invitó a los radioescuchas a seguir con la programación."
 

FIN DEL COMBATE
El auto de la cochería nunca llegó. El chofer se quedó con los cien pesos de la colecta y nada se supo de él. Otro vecino del barrio, antes de empezar con el reparto del pan, se ofreció a llevarlos en su rastrojero.
Uno a uno empezaron a subir a la cabina: el conductor, Francisco Ruiz, su mujer Eugenia, el primo del muerto, al que habían podido ubicar a último momento. Para la partida se vieron algunos vecinos que participaron de la colecta y otros que aunque poco lo habían tratado, igual se habían quedado en un silencio respetuoso.
Antes de que salieran, de nuevo apareció el pastor y se puso a rumorear algo entre la gente, que lo escuchaba con una atención abandonada.
El boxeador, después de que quitaran dos canastos repletos de facturas, acompañó al muerto en el furgón. Un pibe misterioso que lo miraba fascinado, también se sumó al cortejo.
De pronto, advirtieron que comenzaba a llover y apuraron la partida del barrio. Las lluvias traían todo tipo de inconvenientes, para salir de esas calles que se tornaban cenagosas.
A su paso, vieron como los vecinos se persignaban a través de las cortinas entreabiertas, de las pequeñas ventanas de las casas.
Atrás, Elpidio Fernández, tenía los ojos fieros puestos sobre los párpados arrasados del muerto.
Francisco Ruiz, presintió inútil toda referencia a por qué aquel joven boxeador, aquella noche había retrasado su efímero cuarto de hora. No iba a volver a preguntar por aquel olvidable octavo round, en donde no le había metido al veterano ese cross a la mandíbula que insinuó, pero que no salió de su puño. Finalmente, había desterrado esa pregunta.
Después se distrajo pensando en asuntos mas de a pié: por ejemplo, como haría para ubicar al Pipo Gigena, para avisarle de la muerte de su padre. El mismo, del que ya nunca el viejo iba a saber que todo el último mes, lo había pasado preparándose para pelear por el título argentino de los medio pesados, él también, como su padre, solía subir de peso y aumentar de categoría con bastante facilidad.
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