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El Manotazo Liliana Mendilarzu |
Las casas bajas se perfilaban apenas con la luz
amarilla de las esquinas, una lámpara bamboleándose por el
viento, perros revolcándose en el barro de las calles, noche prematura
de invierno, un poco de lluvia lavando los techos de chapas y las paredes
a la cal.
- ¿Sigue lloviendo?
- No sé vieja, siempre estás jodiendo
con el tiempo.
- Dale nena, hacete unos mates.
Nora se levantó despacio y puso al fuego
una pava con agua que sacó de un bidón.
- Tu hermano me va a sacar canas verdes, la Susy
me dijo que ayer lo vio de nuevo en la puerta de los Otero, de esos pendejos
nada bueno va a aprender.
- ¿Y que querés que haga?, vieja,
pobre el Lucas.
- Que vaya a laburar, eso quiero.
- Otra vez la misma cantinela, pa' lo que puede
ganar laburando, que se quede acá , total...
- La Susy me dijo que el Beto Otero se droga
y a veces sale a afanar para conseguir guita... y a veces pienso que el
Lucas...
- Cortála con la Susy, vieja, ¿qué
sabe?.. ¿está bien el agua?
El rápido a Castelar estaba por salir,
faltan tres minutos, pensó Lucas mientras relojeaba la hora en la
muñeca de un viejo, había sido un día perdido: ningún
rebusque, ni un mango en los bolsillos. El monedero que había arrebatado
en Bartolomé Mitre apenas le alcanzó para un pancho, una
Coca y el boleto de vuelta. El Beto lo cagaría a trompadas si no
le llevaba la guita, podía pedirle a la Norita que sacara un anticipo
en el bar, pero no iba a querer. Ya no quedaban asientos, se quedó
parado cerca de la puerta, la gente se seguía amontonando a empujones
en el vagón. El tren se puso en movimiento.
- Nena, ¿te plancho el uniforme?
- Sí, metele que ya me tengo que ir.
- ¿Dónde se habrá metido
el Lucas? Y con esta noche...
- Qué sé yo, se habrá ido
al centro, ya debe estar por llegar.
- Va a helar esta noche, seguro, fijate que paró
el viento, abrigate bien.
- No me jodas más.
El hombre se paró tan cerca que Lucas podía
oler su aliento a café y sentir el portafolios que le inmovilizaba
las rodillas, con el movimiento del tren los cuerpos fueron rotando, y
quedaron uno junto al otro. El hombre sostenía con la mano libre
un diario que leía como si fuera la última vez. Rápidamente
advirtió Lucas que el futuro se presentaba luminoso en la forma
de una billetera de cuero marrón que asomaba del bolsillo interno
del saco, pocos centímetros mediaban entre ella y sus ávidos
dedos. Esperó con ansiedad imaginando cómo debía ser
el momento perfecto para meter mano, el miedo le daba náuseas y
dejó de pensar. El hombre sintió el extraño contacto
y un segundo después Lucas era derribado por un poderoso golpe,
los pasajeros se corrieron para dejar lugar al cuerpo que caía.
A medida que la situación iba tomando forma en la cabeza de cada
uno de los presentes, las patadas, las escupidas y los insultos no se hacían
esperar.
Aturdido, Lucas sólo quería escapar,
la marcha del tren no le pareció tan veloz, y la puerta entreabierta,
una invitación.
Nadie supo explicar luego cómo logró
arrastrarse entre los golpes y los dedos que le sostenían la ropa,
al llegar a la puerta saltó hacia la vida que corría paralela.
Esto fue a la altura de Nazca. El maquinista del tren que venía
en sentido contrario se detuvo a los pocos metros. Pronto llegaron los
bomberos, una etiqueta de cartón con las letras NN escritas con
marcador rojo identificó a ese bulto durante horas en la morgue
judicial.
La escarcha estaba casi derretida cuando impacientes
puños hicieron temblar la puerta de chapa de los Otero.
- Abrí Marta, apurate.
- Soy yo, Susy, dale abrime.
- ¿Qué querés?
- La policía vino como a las cuatro de
la mañana a buscar a la Olga, la madre del Lucas, y se la llevaron
entre tres, y ella chillaba, pataleaba y se retorcía. ¿Qué
habrá pasado?
- No sé, qué te calentás
Susy..., que se arreglen... ¿Querés unos mates?. v