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El último minuto de la tierra
 

   Patricia Tolosa

 

 - Mientras se hace la hora, Lucas, se pasa el pañuelo por la cara. Lo guarda en el bolsillo de la chomba color mostaza y respira hondo, tratando de ahogar los nervios.

La esquina recibe por momentos un airecito fresco, pero es casi enero y el calor aprieta aunque sea de noche. De espalda al paredón de ladrillos que ocupa toda la esquina, Lucas, mira las calles suburbanas y apenas ve algún que otro auto pasando lejos, a los bocinazos.

Otra vez los retorcijones...

La descompostura del miedo se hace más insoportable a medida que pasan los minutos y no es para menos...

Lucas espera el Fin del Mundo y según le anunciaron en secreto sería a las doce en punto de la noche. Ni un minuto más ni un minuto menos. Pero él piensa verlo desde el cielo, contemplando la caída del asteroide Juno sobre el Mar Argentino. Al menos esa es la promesa que el líder le hizo cuando Lucas pagó los quinientos pesos.

Supuestamente lo pasarían a buscar a las once y media. Son y cuarto todavía, así que se apoya contra la pared. Mira el frasco de pastillas que sacó del bolsillo del pantalón, lo gira una vez, otra, las oye caer contra el vidrio y sigue esperando (- Por las dudas para no estar vivo cuando eso pase).

El sería uno de los tripulantes de Nuevo Planeta, la nave que lo pasaría a buscar, como a cada miembro seleccionado del mundo. A Lucas le gusta saberse un elegido, eso justifica tanto sufrimiento vivido, incluso en su infancia, cuando ya se le notaba una diferencia con los demás varones. Después llegó la adolescencia; mamá que preguntaba por novias; papá que lo miraba con pena, como si él hubiera salido con cinco ojos... y la bronca de vivir en una sociedad agresiva sin poder mandar al carajo a la gente. Finalmente creció y se fue a vivir solo, y al principio se tenía que aguantar a esos desubicados que se hacían los amigos y le aconsejaban que se buscara una mujer. Pero Lucas no quería una mujer, sabía que se iba a sentir vacío, sabía bien lo que le pasaba aunque los demás se hicieran los desentendidos...

Ahora está jugando con ese frasco de pastillas, parado en la esquina; la esquina del Fin del Mundo, y hay estrellas, increíblemente hay muchas. Es una hermosa noche para morir.

Nadie se espera lo que viene, están metidos en sus lindas casas de familia normal, como si nada...

Mundo de mierda...

Lucas no encaja en ninguna parte, salvo en algunos pubs o discos llenas de libidinosos que se fijan en lo físico. Es que la cuestión de la imagen llega hasta las variantes más impensadas de la sociedad, pero él no es así. Lucas busca algo más, algo que le sacuda el alma de una maldita vez, aunque fuera una en la vida, en esta vida llena de soledad. Y qué soledad tan grande para un mundo tan apretado... pero que no pasaría de esta noche.

La raza humana va a extinguirse. El lo cree, a pesar de sus estudios, de que la idea de una nave sideral y de un asteroide a las doce sean absurdas, de que el Fin del Milenio esté más lleno de estafadores que de años perdidos, lo cree. Le alivia pensar que el dolor se irá en una espectacular colisión y que de todas formas él se iría lejos, aunque fuera en esa pequeña nave de vidrio que no le fallaría. Todos se extinguirían.

- Como los dinosaurios... La Tierra los va a vomitar al fin, como a los gigantes del Jurásico y yo los voy a ver desde mi nave, junto a mis hermanos de Nuevo Planeta. Voy a ver sus ciudades arrasadas por el poder de Juno y diré: "¿Me querías fuera del mundo, papá? Bueno, bancate el fin...".

Se descubre riéndose solo, hablando entre dientes, pero no le da vergüenza, porque ahí viene el asteroide, rodando por su mente, como un demonio solitario y fatal.

Mira la calle, los arbolitos en la puerta de cada casa, jardines bien cuidaditos, rejas, autos estacionados contra el cordón, algún que otro gato con las orejas aplastadas y los ojos espantados por el silbido de una cañita dispersa, tal vez un par de perros con la cola entre las patas...

Te imaginás cosas, Lucas... ¿Adónde estás?

Bajo un cielo nocturno que se vuelve rojo.

Nubes superpuestas van por lo de Ana, siguen hasta lo de Juan, cubren la fiambrería y todos corren a los gritos, Lucas, a los gritos.

¿Qué hora es?

Postes de luz salen despedidos de la tierra y el viento que los vuelve cenizas es de un naranja más brillante que el sol.

¿Quién sos ahora que falta tan poco?

Todos se descomponen en tomos y hasta el cielo se atomiza junto a Enrique....

­ ¡Enrique!

El seguramente estaría preparándose para la Fiesta del Milenio, con sus padres y hermanas, en la otra cuadra, totalmente ajeno a la profecía de Nuevo Planeta... Ay, Enrique... El pobre moriría junto a los demás, se acurrucaría abajo de la mesa y sus hermosos ojos negros verían llegar el fuego...

Lucas observa su reloj pulsera y ve que son once y veinticinco. Mira las estrellas, esperando que alguna se mueva con rapidez (la nave) o se agrande (el asteroide), pero no percibe nada en el cielo mas que alguna cañita explotando por ahí.

- Van a venir... -susurra y aprieta el frasco- Todavía me queda la salida de emergencia...

Enrique desaparecería y Lucas pensaría en él durante todo el viaje. ¿Por qué nunca se lo dije? Murmuraría, como cada vez que se lo cruzaba y terminaba dándose la cabeza contra la pared. Es esta podrida timidez, este miedo que ya no tiene cabida. No tiene cabida...

La transpiración ya no es por el calor...

Enrique no lo sabría jamás.

- Cinco minutos -dice, temblando. Tiene una idea loca y no puede esperar más tiempo.

- Puedo ir bien rápido y decírselo. No tengo nada que perder.

Corre. Va cruzando la calle y los gatos saltan a su alrededor. Va volando y rompe el aire con su cara. No mira atrás en su interminable ruta, las casas parecen repetirse y son como señales, diciéndole que acelere más y más... Y allá va Lucas, entre arbolitos que a la carrera lo esquivan y desaparecen. Dale dale, apurate, corré.

Y la otra esquina se agranda y a mitad de la vereda Enrique lo mira y sonríe, parado en la puerta de su casa, con la hermosura de una hojita púrpura antes del incendio en un bosque fatal. Su cara se ilumina y a medida que él se acerca se empieza a reír con más ganas. Es la cara radiante de su último Enrique.

Cuando Lucas llega se para adelante de él.

- No tengo nada que perder -le dice, pero Enrique se ríe en silencio. Hay olor a plantas en el aire y a Lucas lo confunden el perfume y los ojos de Enrique brillando bajo la luz de la calle, reflejando estrellas inquietas, como la que Lucas espera ver, la que iría a rescatarlo para llevárselo a otra galaxia.

- Felicidades... -le dice Enrique, ingenuamente, creyendo que su vecino va a saludarlo por el Año Nuevo. Pero Lucas le confiesa eso que viene torturándolo con dulzura.

- Te amo... -susurra Lucas, cerrando los ojos y apartando su cara-, tenés que saberlo, porque a las doce se termina todo y vos sos el amor de mi vida... siempre te quise, Enrique, pero nunca me animé a decírtelo....

Enrique le habla en la oscuridad de sus ojos cerrados.

- ¿Y se puede saber por qué tardaste tanto en decírmelo? -su reproche se mezcla con la música que les llega desde una casa vecina-. En vez de hablarme antes de las Fiestas, me dejaste sufrir así... ¿Por qué no me lo dijiste aquella noche, en el pub, cuando te miré y no me saludaste?

- Vos me miraste de reojo y seguiste hablando con ese tipo -se defiende Lucas, sin darse cuenta de que los minutos corren, y sin dejar de remontarse en aquella primera conversación que lo lleva hasta el cielo, aturdiéndolo, mientras Enrique insiste.

- ¿Y qué? No te costaba nada hacerme un gesto. Algo...

- No me lo echés en cara, que no es el momento, Enrique. El mundo se termina en poco tiempo y vos me discutís... ¿No te das cuenta de que te quiero llevar conmigo a un lugar adonde nadie puede llegar?

Enrique le susurra, toma esas palabras como una declaración diferente, profunda...

- Lucas...

Azul...

Sentís otro envión hacia el cielo, otro cielo más allá de este, porque es la primera vez que Enrique te nombra.

Estás en un sitio adonde no existe el tiempo, y a tus orillas nace un mar de humo color noche y color Sirio.

Adentro de Enrique hay un universo de crepúsculos y de aguas que tienen música: vos podés oírla en el silencio de su mirada...

Lucas no puede evitar sonreír, pero Enrique sigue hablando sin saber que pasa.

- Y pensar que yo te hacía un tipo cortado y vacío...

Lucas se pierde en uno de esos rincones que el Universo esconde para los tontos, para los que aman y caen en ese extraño reino del Nunca, el reino de los que viven cien años en un solo segundo, el reino del segundo que dura cien años. Pierde el ritmo el aturdido Lucas y Enrique lo acompaña en esa estupidez, sin darse cuenta de que, alrededor, las agujas siguen marcando esos pedacitos de tiempo terrenal.

Al rato, Lucas mira el reloj y descubre, como en una caída, que falta un minuto para las doce.

- ¡No! -grita, manoteando a su alrededor, como si de golpe estuviera ante un precipicio. No hay adonde ir, no hay refugio para un pájaro ni para un ratón. Enrique se ríe... no entiende nada.

Una sensación de irrealidad le sube a Lucas por los pies, clavándoselos en la tierra. Sabe que perdió la oportunidad de salvar su vida, que le quedan las pastillas y que Juno está por rozar la atmósfera del planeta. Entonces descubre que todo lo que ve, oye, huele, siente, vive... es lo último.

Un luto inminente le aprieta la garganta, le muestra un presente. Y el presente de ese presente último es magnífico...

Piensa en su familia que hace mucho que no ve y no volvería a ver. Piensa en el perro. Piensa y no sabe por qué, en esos pájaros que a la madrugada lo aturden con esos cantitos agudos, desde los árboles del barrio... Qué ganas de esos árboles, qué sed de oír esos pajaritos de porquería (- No te los llevés... No me arranqués ni los postes de luz...).

Iluminados de costado, qué perfectos se ven los postes en la vereda y qué preciosos los cables un minuto antes del Fin...

Estás vivo, Lucas, todavía faltan unos segundos y no sabés si el tiempo te devora o vos te devorás al tiempo.

Música dispersa, los gatos. El aullido de los perros tras los cohetes, la noche, autos estacionados, jazmines de diciembre, lechón, pólvora, plantas, sillas que se corren y voces que se vuelven eufóricas.

Todo tiene ese eco amargo y vital: Estás al filo de la vida, Lucas.

Chin-chin por adelantado en la casa próxima, cada caquita de gato es irreemplazable, palabra y pensamiento ya no son cosa abstracta: vos podés tocarlos antes del Final.

Risas. Enrique pregunta qué pasa. Su voz se une a otras que gritan y se funden entre tintineos y corchos que saltan.

Ultima vez, último segundo...

Mirás a tu amor, te lo guardás en el alma y, sin darte cuenta, estás viviendo en esta última vez todo lo que no viviste en años. -Pará, tiempo, par pará...

Ultimo instante del último segundo: Casa Arbol Enrique. Gente Poste Gato Mosquito. ­ ¡Vida, no te vayás!

Y se oye un estruendo...

Lucas abraza a Enrique y este se ríe, porque se va a caer, y se abrazan.

Después suena otro, y otro más. Ahora el cielo es un caos de silbidos y fuegos que se abren en enormes palmeras. Los tres tiros y las bombas de estruendo se suceden como desde un fondo interminable, explotando sobre ellos en relámpagos constantes.

­ ¡Las doce, Lucas! -grita Enrique, con la voz amortiguada por el ruido, ese bendito ruido que los aturde.

- ¡Feliz Año Dos Mil!Lo besa con todas las ganas, mirándolo a los ojos, pero Lucas está demasiado ocupado, naciendo de nuevo...Al amanecer arrojará las pastillas por la pileta. Al amanecer, pasará al lado de una hormiga y la esquivará. Al amanecer, recibirá al Sol desde la vereda, amar el fluir de su sangre por sus venas. Todo será naciente y voluptuoso... al amanecer... v
 
 
 
 




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