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Desamparo

por 
Alcira Saldaña



 
 
 

El camión estaba lleno de hombres y mujeres parados, apiñados. Destartalado, tenía macilladas las puertas y llevaba un cartelito atrás que decía: "Me envidian, pero costó trabajo".

Paró frente al café de la esquina. El acompañante del conductor, un hombre de vientre prominente y de mirada esquiva, se lanzó a la calle.

Entró al bar. Intercambió unas palabras con un hombre de anteojos negros bien vestido.

­ ¡A menos no puedo dejártelo! Son diez por cabeza, ni uno menos -dijo. Cerraron trato.

La tarde olía a óxidos y el vaho de la basura de la esquina se acercaba por oleadas.Ambos hombres subieron a la cabina. El camión partió luego de varias explosiones, dejando una humareda aceitosa por toda la cuadra.

Penetraron por las estrechas calles de la villa, dando varias vueltas hasta pararse delante de una pieza de no más de cuatro por cinco metros, sin ventanas. Tenía unos pequeños respiraderos en la parte superior de las paredes y una puerta metálica.

Entraron y tras ellos la carga de humanos desfiló por la puerta y se perdió en el interior de la vivienda.

El camión partió con su chofer y su acompañante, dando saltos entre un estrépito de chapas y tornillos.

En el interior de la habitación se hallaban a un lado las cuchetas, al otro las máquinas textiles y en el centro la pila de recortes de tela para procesar. Sus colores brillantes y los motivos y flores de sus estampas contrastaban con la penumbra gris y los rostros grises de los hombres.

Durante meses no se volvió a ver salir a nadie, sólo los atados de ropas de colores y el hombre de los anteojos que entraba y salía diariamente.

Una mañana llegó el hombre de los anteojos negros con un traje negro, en un auto deportivo negro, fumando un puro. Entró dando gritos.

La gente de adentro reclamaba su sueldo de cuarenta centavos la hora. Hacía meses que no lo recibían. Mejor dicho, nunca lo habían recibido.

­ ¿Qué más? ¡la casa y la comida son suficientes, si no los denuncio por indocumentados! -dijo el hombre de negro y salió dando un portazo.

La gente no quería luchar por la causa justa del sueldo, tenían miedo de perder lo poco que tenían. No sé que más ocurrió.

Pasaron los meses. Una noche en el noticiero se vio al hombre de negro que había sido mortalmente herido por un tipo. Decían que ambos pertenecían a una mafia textil. Era un ajuste de cuentas.

A poco del lugar de la escena se veía la vivienda de la puerta metálica y asomados unos hombres y mujeres que miraban silenciosos y lentamente se iban alejando por las calles. v
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 




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