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   Caballitos de      madera    
                    de 
     Francisca Baggiano

Todavía no son las ocho de la mañana y el ruido molesto que llega desde el taller me despierta de golpe.

Es Juan y su eterna manía de estrenar los amaneceres, construyendo caballitos de madera para los chicos del barrio...

Me levanto despacio, mientras mis huesos cansados se acomodan, tiendo la cama, preparo el desayuno y enfrento la rutina.

La casa enorme me pesa demasiado, a mis años no puedo manejarla como quisiera y este Juan siempre en su taller sin tregua ni descanso, construyendo sus sueños de madera. A veces quisiera decirle que se detenga, que venga y que me ayude un poco con el orden y la limpieza, pero no quiero incomodarlo, parece un niño feliz con su tarea...

Dispongo en una bandeja las tostadas la mermelada y el té caliente como a él le gusta y hago sonar una campanilla que comunica con su taller, para avisarle que el desayuno está listo, pero como siempre él no se entera, -voy a llevárselo- digo para mis adentros. Tomo la humeante bandeja, atravieso el fondo lleno de árboles frutales y entro al taller: Juan está de espaldas, semi encorvado, manejando con habilidad la sierra, dejo la bandeja sobre una tarima de madera y vuelvo para la casa.

Hace años, cuando éramos más jóvenes, la música sonaba constantemente en nuestro hogar y una alegría muy particular nos despertaba cada mañana. Pero después del accidente todo cambió. Nos volvimos silenciosos, como figuras de cera, cada cual en lo suyo, veíamos transcurrir el tiempo. Ahora que miro el almanaque caigo en la cuenta que hoy se cumple un aniversario de aquel fatídico día. No sé como explicarlo, los hechos se sucedieron de imprevisto, como se dice comúnmente: "estaba escrito".

Juan trabajaba de sol a sol en la carpintería nueva de Don Joaquín, viajaba diariamente hacia Barracas y allí, en ese taller donde el olor a aserrín era para él su cotidiano pan, se disponía a trabajar con alegría.

- Buen día muchachos, hoy tenemos que trabajar duro, Don Joaquín está de viaje y tenemos que entregar el juego lo antes posible.

Uno por uno sus compañeros se acercaban a saludarlo con una mezcla de cariño y respeto, lo querían al hombre y cuando Don Joaquín no estaba era él quien tomaba su lugar.

La entrada principal de la carpintería estaba ubicada en una esquina y abarcaba toda la manzana. A unas seis cuadras de allí funcionaba una petroquímica, que a las doce en punto hacía sonar una sirena, era ese el momento en que todos los vecinos controlaban sus relojes, por eso todos lo recordaban bien, aquel hecho sucedió justo cuando el ulular de aquella sirena se había detenido.

Adentro hacía frío, Juan apagó la máquina automática con la que estaba trabajando, acomodó el aglomerado en los estantes y entonces ocurrió la explosión: la estructura metálica de aquel taller voló por el aire, el techo se desplomó sin culpa mientras las llamas arrasaban con todo: Juan lo vivió, no pudo comprenderlo de inmediato, creía estar viendo una película de guerra... por cierto, jamás volvió a ver a sus compañeros y por miedo o por vergüenza jamás preguntó por ellos.

A veces me pregunto si no hubiera sido mejor explicarle y hablar del asunto claramente, sin tapujos, llamando a las cosas por su nombre y enfrentando de una buena vez a los recuerdos. Pero no, aquí estamos, como dos sombras sin vernos a los ojos demasiado ocupados en evadirnos de nosotros mismos. Dejando a un lado mis pensamientos, voy al fondo a buscar la bandeja: como siempre intacta, ni siquiera tomó un trago de té, qué manía de trabajar, no puede parar ni un momento. Me dirijo al cuarto de costura donde un vestido que empecé hace tiempo espera que me ocupe de él, cuando escucho unos golpes en la puerta.

- Doña Elvira, Doña Elvira, soy yo Lucrecia.

La vecina de enfrente parada en la puerta y con un ramo de flores en la mano me sonríe.

- Las manda mi mamá para Don Juan, dice que de plástico le van a durar más.

Me oculto detrás de las cortinas. No voy a abrirle, justo ahora que tengo que terminar mi
vestido. Después, cuando anochezca y Juan vuelva a la casa, tendré que preparar la cena. v
 
 
 




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