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de Alicia Sarmiento |
Cuando salieron al patio
Ana le preguntó a Sonia sobre la forma de cuidarse.
- Las pastillas pueden
traer problemas hormonales. El preservativo siempre depende
del hombre y se puede
romper. El DIU no lo recomiendan para las nulíparas y quieras o
no es un cuerpo extraño y permanente. El diafragma es incómodo
porque en caliente tenes que interrumpir y el tipo puede enfriarse. Salvo
que tomes la precaución de ponértelo antes pero si no lo
usas después -al sacarlo- te sentís medio estúpida.
El método de los días lo recomiendan sólo los religiosos
porque los espermatozoides pueden sobrevivir en el cuerpo hasta 7 días.
Menos éste, todos tienen una eficacia que va entre el noventa y
el noventa y nueve por ciento.
Ana se sentía
confundida y para tener alguna referencia, algo de lo que asirse miró
a Sonia a los ojos y mientras se rascaba la cabeza le dijo:
- Y vos que usas.
- Nada.
- ¿Cómo?
- Todavía no
cogí. Te sorprende.
- Y... sí. Yo
pensé...
- Como verás
yo también pensé mucho, pero Gabriel -me mandó cordialmente
al
carajo- dijo que tenía
ganas de vivir sin culpas. Y aquí estoy, con las ganas intactas.
La mano derecha de
Ana acarició el cabello de su amiga y de sus labios salió
un consuelo tenue:
- Va a pasar...
- Seguro. No con ese
tarado, eso sí.
- Una pregunta más:
Cual usarías.
- El diafragma pero
no en la primera.
- Bueno Larrousse de
la sexualidad tengo que irme.
Y se despidió
con un beso muy breve, mientras la noche se acercaba.
Tres años después.
En la cocina se está
bien. Las hornallas, la estufa a gas y el nescafé dan el calor
que la intemperie niega. Sonia la mira a Ana y le pregunta:
- ¿Como te estás
cuidando?
-
Con esto -dice Ana, mientras saca un revolver del tapado y agrega, como
si fuera necesario-. Las cosas están mal. No encuentro a ningún
compañero de la zona. Agarraron a uno y fue marcando.
-
Acá podés quedarte unos días -dice Sonia mirando el
arma grande que imagina fría y a Ana, demasiado segura en ese desamparo
que la cerca-.
- No conviene. La nueve
está a dos cuadras.
- Entonces...
- Si me las veo fea
queda esto –dice Ana mostrando una pastilla diminuta-. La mordés
y ya está. Seguro no cantas.
- Ni cantas, ni contas.
No seas boluda. Debe haber otra forma.
- Es por las dudas.
Voy a ubicar al Turco.
- ¿Y en lo de
tus viejos?
-
Ahí van a ir seguro. No te preocupes, algún lugar voy a encontrar.
¿Te puedo dejar esto?
- Sí, pero ¿vas
a llamar?
- Todos los días
a las diez de la noche. ¿Está bien?
-
No. Pero sí. Cuidate y no dejes de llamar -dice Sonia después
del abrazo y la caricia en el cabello finito y rubio antes, ahora fino
y negro-.
El teléfono ninguna
noche a la hora señalada trajo la voz de Ana. Pero una tarde, siete
días después un desconocido llamó a la puerta.
- Vos sos Sonia.
- Sí. Y vos
quien sos.
- Un amigo de Mara.
- Venís por
el mimeógrafo.
- Sí. Y a decirrte que una semana atrás
hubo una redada en la estación de Castelar. Y ella estaba ahí.
No tenía forma de zafar y ...
- Mordió la
pastilla.
- Sí.
- Esperá -dijo Sonia y entró al garaje,
tomo el bolso y a la mayor velocidad que pudo volvió a la entrada
y se lo dio al hombre-.
- Una cosita más
-pidió él- a la familia &iiquest;le podés avisar? Por
prevención, viste.