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Maquinaria
       de
Alberto Parra

Tres viejas máquinas productoras de polvo traqueteaban sin cesar alimentadas por el vapor que una cansada caldera apenas podía producir. Miles de poleas movían ejes de acero oxidado, en cuyos extremos se encontraban ruedas dentadas y engranajes girando unos contra otros, provocando un ruido sordo y voraz. El ruido era el dueño del espacio que rodeaba el lugar. Ningún ser humano podría haberse acercado a menos de dos mil metros de donde se encontraban las máquinas, pues, estaría obligado a protegerse los oídos y aún así tendría que salir de allí para no perder el sentido. El secreto del ruido estaba en la caldera, si ella no funciona, nada funcionaría. La producción de polvo era la consecuencia del vapor. Y el vapor consecuencia de la temperatura y la presión.
Hubo quien quiso detener la maquinaria cuando, de golpe, la mañana del 25 de Marzo de 1976 la caldera comenzó a calentar el agua acumulada durante las lluvias estivales, colada a través de los agujeros de la tapa superior y llevada al depósito interno por una red de tuberías ocultas.
Muchos dudaron sobre el tipo de combustible que utilizaba la caldera, algunos aventuraron a decir: carbón, fuel oil, petróleo, leña, pero luego de unos días, los pobladores de la comarca se olvidaron de las máquinas y volvieron a sus asuntos. El paisaje había cambiado y pronto aceptaron que la factoría en funcionamiento formaba parte de él.
Los ingenios productores de polvo – talco, dijo un circunstancial caminante – aspiraban arena por medio de grandes tubos flexibles que se movían en todas direcciones. Febrilmente los tentáculos corrían de un sitio a otro, esquivando las rocas y perforando la hierba para succionar sin solución de continuidad la materia prima. Allí donde se encontraba arena a flor del suelo se dirigían, enroscándose y compitiendo entre si, tres, cuatro o cinco tubos. Cuando no quedaba grano por digerir se alejaban a otro lugar olfateando la tierra. Los aspiradores depositaban la arena sobre cintas trasportadoras movidas por cremalleras que se ajustaban a varios engranajes y la engullían hasta sus estómagos de hierro para vomitar el fino talco de silicio por gruesas mangueras, diez por cada una de los tres ingenios, al aire.
Por la noche la actividad de la factoría se incrementaba. Las negras siluetas de las máquinas devoradoras crujían con estentóreos roces mecánicos, las mangueras y tubos se estiraban abarcando mayor superficie, tratando de saciar su hambre, el polvillo en suspensión generaba nubes oscuras que cubrían la zona y el viento, aliado involuntario, empujaba los cúmulos pardos hacia todas las direcciones posibles.
La luna comenzó a ser una presencia fortuita a los ojos de los que miraban el cielo. Durante el día, el sol era un disco perfecto que podía descubrirse a través de las motas microscópicas que empañaban la atmósfera. Poco a poco comenzó a enfriarse la zona.
- Esto esta fiero Don Alberto. La Jacinta salió a buscar al carnero y no lo encontró, se perdió en el polvo. Hace dos días se fueron las cabras y no hay leche pa’ los gurises. Pa’ peor se me ha enfermao el flete, estoy a pata. Yo me la veía venir, no vaya a creer que soy zonzo. Cuando empezaron a ladrar los perros me di cuenta y siguen sin paz los pobres. Vea, vea como están de flacos, se les ve hasta las costillas, están cansaos de ladrar y no paran. Acá no va a quedar nada, ya va a ver. Entuavia no llegó al pueblo, la cosa los va a agarrar descuidaos y ni cuenta que se van a dar.
- ¡No haga caso de este loco! siempre vivió en el campo y no sabe del progreso. La factoría empezó a funcionar para dejar el suelo limpio de arena. Cuando termine, esto que usted vé será un vergel, la sequía se va a transformar en humedad. Hay que dejar que las máquinas hagan su trabajo sin molestarlas, alguna razón habrá para que se hayan puesto en marcha. Mejor no meterse.
A los pocos días, las máquinas y la caldera comenzaron a transformarse. Ejes y engranajes se pulieron hasta lograr un brillo opaco. Las mangueras y tubos se recubrieron con una pátina, blanca y lechosa, de polvo compactado. La caldera tomó color verde a causa de la temperatura. El hogar, donde el agua se calentaba, se hinchó hasta eliminar las rugosidades. Desaparecido el óxido y los agujeros que tenía la herrumbre, el conjunto se mostraba casi desconocida para los que la habían visto el primer día.
- Ve, ve lo que le digo, ahora se engordó, se la ve saludable. Engorda con lo que chupa. Y pa’ cuando se acabe la arena no vamos a tener ande plantar.
- Engorda porque tiene que estar fuerte para seguir produciendo. El polvo tiene que cubrir lo que no necesitamos. Después la tierra volverá a ser fértil. Las plantas van a vivir del polvo. Hay que aguantar ahora para cosechar lo bueno que nos va a dejar la fábrica. No hay que interferir en sus tareas.
La factoría había estado inactiva poco mas de treinta años. A principios de los cuarenta paralizó su actividad debido por los cimbronazos que azotaron el suelo en ésas épocas. La arena había sido cubierta con lonas de cuero por los pobladores. En ese entonces la gente quiso que las máquinas dejaran de funcionar.
- Yo vide que sin arena no puedo plantar nada y tapé con cuero y alfalfa los agujeros repletos de arena. ¡Y ahora de guelta arrancó!. Pa’ peor ya ni lonas tengo Don.
- ¿Para que querés la arena? ¡Gaucho bruto!. Es mucho mejor el pasto. Cuando una alfombra verde se vea desde La Quiaca hasta la Antártida vamos a tener un hermoso país. Vas a poder disfrutar lo que nos venga de arriba, sin necesidad de agujerear en la arena.
Sin solución de continuidad, sin nada a la vista que la hiciera funcionar, la factoría continuó con su tarea durante casi ocho años. Hubo algunas épocas en que resplandecía, inmersa en la oscuridad del polvo suspendido. En esos momentos logró absorber casi toda la arena que pudo atrapar. El polvo cubría el suelo y nada que no fuesen partículas blancas lograba verse. De pronto, al inicio del séptimo año de su nueva era, se abrió un pozo en la tierra que amenazaba con tragarse a la maquinaria.
- ¡Mire lo que ha hecho!, ya ni siquiera sale arena del buraco, sale frío nomás. No sé lo que es peor pa’ mi.
- ¡No sea tonto! ¡Que importa que haga frío! Si no fuera por las máquinas no tendríamos calor, y con el calor que ella misma produce vamos a conseguir lo que nunca antes tuvimos. Tenemos que ayudarla a que siga produciendo polvo.
Nadie engrasó los ejes y engranajes, nadie descargó el agua de la caldera y tampoco cortaron las mangueras y los tubos.
La factoría quedó en el lugar en que se encontraba, aunque variando su imagen con nuevos pinturas fabricadas por ella. Cambió también la consistencia del polvo que producía, esto provocó que de cuando en cuando se colara una tenue claridad en el aire. No modificó su trabajo, continuó tragando arena y los pobladores de la comarca siguieron en sus asuntos.
 
 
 
 
 
 
 




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