LA BURACO Cuentos

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Los Pies en el Barro
       de
Nicolas López

  No era fácil para Juan aparentar que era una noche más en rueda de amigos, pero era necesario si quería esquivar preguntas. Aunque en el fondo su personalidad cerrada era un cristal que no resistía muchos golpes.
  Juan estaba sentado a la mesa y con la cabeza gacha. Miraba los círculos pequeños de colores entrecruzados que decoraban el mantel. Círculos entretejidos obsesivamente que se extendían por toda la superficie de la tela, interrumpidos solamente por el espacio que ocupaban los platos, vasos y cubiertos. A su derecha se encontraba ariel hojeando una revista sin detenerse en ninguna pagina, como quien mira algo sin darle importancia. Enfrente suyo, Federico, quien cambiaba los canales del televisor compulsivamente.
—Tengo hambre Lau.—dijo Federico.
  Laura respondió con un gesto de fastidio. No era conveniente apurarla mientras cocinaba. Le gustaba tomarse su tiempo para que las cosas salgan como debían y no como no se quieren. Laura controlaba la buena cocción de los fideos mientras no sacaba los ojos de Juan, perdido en el mantel. Adivinó sin más prisa que no era paz lo que rondaba por su cabeza. Muy bien conocía ella cada una de sus miradas echadas al vacío. La vista corrida a un punto inferior significaba duda. Si… lo conocía muy bien. Laura se dejo flotar mientras se concentraba en su boca, de labios chiquitos pero carnosos, la barba de unos cuantos días que solo le ensombrecían hasta la curva de la mandíbula, y de ahí la pera, y los bigotes y el cuello. Miraba con disimulo a un Juan pensativo y con mirada melancólica que clamaba afecto con cada movimiento de ojos y de manos, y tuvo que apretarse muy bien los puños y morderse los labios para no salir corriendo a asfixiarlo de un abrazo.
—Te pasa algo Juan? ¿Estas como dudoso?—pregunto Laura
  Dudas o miedos, o lo que sea. Igual molestaba. Porque no había sido la mejor de las semanas de Juan. Otra vez los recuerdos le volvían a la mente. Otra vez las manchas de un pasado no muy resuelto molestaban buscando o reclamando algo no muy claro. Desde hacía varios días Juan veía pasar como diapositivas las imágenes congeladas de recuerdos que durante un considerable tiempo no habían molestado, y solo habían aparecido de vez en cuando disfrazados en los sueños o atraídos por exceso de licor a altas horas de la noche. Pero ahora era diferente, empezaron a molestar en todo momento y a toda hora.
  Recordó Juan su caminata hasta lo de Laura. Nunca antes había sentido la noche tan densa como en ese momento, ni sentido un frío tan punzante en las manos desnudas y en el torso cubierto solo por un pullover que no aguantó las primeras gotas de lluvia. “Que noche rara” dijo en voz alta rompiendo el silencio. La noche le pesaba en los hombros de una manera que no tenía antecedente inmediato. Las ultimas tres cuadras hasta lo de Laura lo hicieron debatirse entre la posibilidad de descargar su angustia o guardársela una vez más. ¿Qué significaban esos recuerdos? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes o después? ¿No fue suficiente ya?. Decir que esos días habían sido una tortura sería muy generoso. Era mucho más. El pasado sabe muy bien cuando molestar, sabe muy bien cuando disparar a sangre fría imágenes y responsabilidades. Es muy canalla.
  Hasta fantaseo Juan un momento con la posibilidad cierta de matar sus recuerdos. Imagino que solo dependiera de él permitirles que siguieran existiendo. “¿Cómo sería? ¿Cómo lo haría? ¿Sería capaz?”, se preguntó. Soñar no costaba nada, y aunque sea por unos minutos la cabeza se entretenía pensando en soluciones mágicas.
  Pero no.
  No es posible, y aún si lo fuera sería un acto cobarde y bien sabía Juan que no sería capaz de sacrificar su propia historia.
  Caminaba ya por la cuadra de Laura, calle Brasil, cuadra de casas bonitas y de pasto bien cortado. Juan reflexionó acerca del nuevo significado que toman las palabras al hacerlas experiencias reales. Porque un arma no es un arma, un arma es sólo una abstracción de cuatro letras hasta que un día se tiene el dedo índice temblando a milímetros del gatillo. Porque la sangre no es sangre hasta que alguien la expulsa de su cuerpo perforado y caído en medio de una habitación. Y el pensar en esas palabras con significados reales le provocaba una nueva tormenta de recuerdos que lo hacían caminar más despacio de lo que iba. Juan buscó distracciones en la noche y en la cuadra. Se quiso concentrar en la calle aún de tierra a pesar del progreso barrial.
  Unos ojos tomaron la escena dentro de su cabeza.
  Se río como siempre que pasaba por allí de las veredas con el pasto cortado a la perfección obsesiva.
  Un ruido sordo. Un grito.
  Ya cerca de lo de Laura notó la soledad de un barrió que se llenaba de vida hasta que caía el sol. Ni un alma en la calle.
  El solo en su habitación, temblando bajo su cama. Pasos.
  Imaginó el día de mañana en la misma cuadra. Dos José con su diario crónica sentado en su banqueta. Los chicos de enfrente de lo de Laura y los de la esquina matándose a penales en la persiana-arco de un kiosco cerrado que no dio de sí todo lo que se esperaba. El sol de las cinco de la tarde que hace a todo como de seda.
  La puerta que se abre.
 

— ¿Té pasa algo Juan?.—Repitió Laura.
Juan seguía con la vista en el mantel.
— No. Esta todo bien.—respondió Juan
— ¿Estas seguro?—Insistió.
— Sí
— Te conozco más de lo que crees.—le dijo Laura.
— Yo me conozco más. No me pasa nada grave.—respondió Juan.
— Nadie habló de gravedad. Sólo te pregunte si te pasaba algo.—insistió Laura.
Juan por fin la miró a los ojos, pero con una expresión un tanto agresiva.
— Es uno de esos días Lau... —le respondió.— dudas y más dudas. Esas cosas.
— Con más razón. Contá dale.—insistía Laura
— Y yo también quiero saber eh.—acoto Federico perdido en una canal de documentales.
— Yo no. Pero igual te escucho.—dijo Ariel.
  Carta libre para consultar sus dudas. Dos amigos dispuestos a escuchar, el otro también aunque no le sería de mucha ayuda. Nunca era de mucha ayuda Ariel.
— No nada. Los recuerdos. No sé. El pasado. Desde hace unos días me persiguen, es como…es como si me persiguiera la culpa, ustedes me entienden Me vienen mil imágenes a la cabeza, son como fotos de momentos en los que sé que debería de haber actuado de otra forma. Ustedes saben de qué hablo…y eso me da una impotencia y una angustia que me rompe soberanamente las pelotas… y me pregunto que es la historia, que es el pasado, si sirven para algo... porque a mi no me están sirviendo de mucho.
— Me parece que empezaste otra vez a darte maquina Juan, y eso no te conviene.—dijo Fede.
— ¿Qué queres que haga? No lo puedo controlar.—dijo Juan
— Ya sé que no, pero igual no puedo dejar de decírtelo. Además no es la primera vez que venís con esto.—le remarcó Fede.
— Sí. Pero esta vez es distinto che. Ahora me esta preocupando... —dijo Juan.
— ¡Vez!. Tranquilízate un poco, es igual que las otras veces. Necesitas un poco de ayuda nada más.—dijo Fede
— Por eso es que se los estoy contando.—dijo Juan.
— Esta bien... pero eso no alcanza. Yo mas de lo que te digo siempre no te puedo decir... —dijo Fede
— Ya sé, pero por lo menos lo saco para afuera. No sé—respondió Juan
— Y así tampoco solucionamos nada. Necesitas ayuda de enserio.
— ¿De que hablas?—preguntó Juan
— De que te dejes de joder y te busques un psicólogo.—le largó Fede con tono de orden. Juan se molestó.
— Ya sabes mi opinión sobre los psicólogos.
— Va mas allá de la opinión Juan, necesitas ayuda.
— En eso coincido, pero no la voy a buscar por ese lado.
— Bueno... no quiero empezar a discutir esto de vuelta, ya lo hablamos veinte veces
— Veintidós
— Encima me jodes.—dijo Fede molesto.
— Bueno che... no te enojes. Es una opción que no me gusta, y listo.—dijo Juan
— ¿Es por algo en particular que lo decís?.—Dijo Laura.
— ¿Lo del psicólogo?—respondió Juan
— No. Por lo que estas mal.—aclaro Laura.
— ¿A que te referís?.—Respondió Juan.
— Si es algún recuerdo o situación concreta la que té afecta.—insistió Laura
Juan inspiro y exhaló muy lentamente como dándose tiempo para responder.
— Sabes de que hablo...
— Sí, …¿pero eso solo?
— ¿Te parece poco?
— No, claro que no
— Son muchas cosas Lau, no sé...
— Ya veo. Linda forma de zafar.—dijo Laura.
Y el silencio que se produjo era de los más incómodos que se habían visto en discusiones del grupo. Porque era uno de esos silencios en el que es mejor apretar los labios. Mucho más cuando las cuatro personas saben de que se habla, porque se habla y como se seguirá hablando, pero por ser corteses y tratar de pasar una noche lo mas en paz posible, las palabras se disfrazan de abstracciones y oraciones cortas que dicen lo que tienen que decir pero sólo hasta ahí.
— ¿Que queres decir con linda forma de zafar?— Pregunto Juan molesto.
— Interprétalo.—respondió Laura
— No tengo ganas. Decimelo vos.
— No.—dijo Laura desafiante y las dos letras temblaron en el aire.
— Cobarde.—dijo Juan en un tono más bajo.— anímate, decime lo que me tengas que decir.
— Hoy no da para eso querido. Además es inútil, nunca te haces cargo de nada.
  Juan inspiro y exhaló tratando de sacar la tensión.
 — No. Nuestra historia casi no ocupa lugar en lo que me afecta. ¿Respondido? Y fin del tema.—remato Juan ya bastante molesto, y diciendo las ultimas cuatro palabras casi gritando.
— Bueno, bueno, bueno. Haya paz muchachos. No es el momento ni el lugar. Las discusiones de ex pareja déjenla para otro día—dijo Fede.
— ¿Y la comida?—Pregunto Ariel ajeno a la situación.
— Ya va a estar.—respondió Laura. Y volvió a ocuparse de la comida.
— Tengo hambre.–dijo Ariel
— Yo también—dijo Fede
— En cinco minutos chicos—contesto Laura como masticando las palabras para no gritarles en la cara.
— Volviendo al tema,—insistió Fede— de alguna manera a todos nos pasa alguna vez. El sólo hecho de vivir hace que pasemos por situaciones y momentos en que respondemos como mejor nos sale, y a veces eso no es suficiente, así que nuestra mente se encarga periódicamente de pasarnos la factura. Es parte de vivir…nosé, …todos tenemos nuestras historias. Y lo peor de todo es que lo sabes y aún así seguís dándote con una cadena en el lomo.
— Puede ser.—dijo Juan
— No, no puede, es así. No te castigues tanto… Vos mismo sabes que muchas cosas no fueron tu culpa, que te tocaron cosas inmanejables en momentos muy inoportunos. Yo sé que por lo que pasaste no fue nada fácil Juan, … pero bueno, …te toco una vida medio rara.—Fede hizo una pausa y después arranco casi susurrando— No sé, trata de sacarte esa culpa de la cabeza. Vos no sos el responsable de nada. Grábatelo. Empeza a aceptar que tu historia es así por pura mala suerte.
— Esa palabra me esta empezando a gustar cada vez menos.—dijo Juan mordiéndose el labio inferior con fuerza como si eso fuera suficiente para no llorar.
— ¿Qué palabra?—Pregunto Fede.
— “Historia”
— Ja ja. Mira.—siguió Fede—para que te des una idea, la historia es como... a ver... déjame encontrar un buen ejemplo... me gusta explicar las cosas con los ejemplos... ehhh
  Federico apoyo los codos sobre la mesa tratando de pensar un ejemplo. Enfrente suyo Juan contenía las lagrimas y movía las ideas en su cabeza tratando de ordenarlas. Y en el breve silencio que se hizo de repente, levanto la vista y vio a Laura remover con una cuchara algo dentro de una cacerola. Hace cuanto no la veía así, en silencio, sabiendo exactamente que le pasaba, en que pensaba. No le era fácil aceptar que ella todavía lo amaba. Aún así la quería como a nada en el mundo. Y si la lastimaba o hacía sentir mal no era por otra cosa mas que por un enojo del momento. Ambos conocían su carácter. Pero a pesar de todo el todavía extrañaba cosas. Extrañaba acariciarle el pelo desde atrás, peinarla con sus manos. Extrañaba verla desde lejos, verla pensando. Extrañaba verla teniendo la plena seguridad que esa era su compañera y que nadie tenía soberanía sobre esos labios más que él. Extrañaba verla sonreír tapándose la boca. Extrañaba verla cubrirse la cara con el pelo para ocultar las lagrimas que no podía contener y que eran inoportunas. La extrañaba toda. “Que valor cobra una mujer cuando ya no nos pertenece”, pensó. Y así siguió divagando hasta que Laura buscó su mirada sin dejar de remover la comida, pero no la encontró, porque Juan no tenía aún el valor necesario de decirle con los ojos lo que se merecía. Aún así ella no desistió y cada tanto buscaba en vano una excusa para darse vuelta y tratar de conectarse, porque bien sabía ella quien era ese hombre sentado a su mesa y con qué reglas se manejaba.
— ¿Sigue lloviendo Lau?—pregunto Ariel
— Sí.—respondió Laura haciendo evidente su fastidio. Se levantó y se acercó a la ventana de la cocina que daba a su jardín—encima se me embarro todo y ese perro estúpido va y se revuelca ahí.
— Jaja. Igual que la dueña.—dijo Ariel
— Déjame pensar... la puta madre. No se me ocurre.—rezongó Fede todavía sin encontrar su ejemplo
— Como un elástico.—dijo Juan todavía con los ojos llorosos y tratando de poner un poco de humor.
— Explícate— exigió Fede.
— Perro de mierda.—dijo Laura.
— No sé. Es lo mejor que se me ocurre.—respondió Juan
— Déjalo en paz pobre bicho, a él le gusta ensuciarse.—dijo Ariel
— Deja, lo busco yo, no sos bueno para esto —dijo Fede siguiendo el chiste
— Encima después entra y me ensucia todo.—rezongó Laura muy molesta
— No lo dejes entrar y listo.—le dijo Ariel
— Sí, ya sé. Hay unos cuantos a los que no debería dejar entrar... —disparo Laura. Y dio en el blanco.
  Juan giró la cabeza hacia la ventana y la miro. Laura le esquivó la mirada y miro de vuelta al Jardín.
— Creo que mejor me voy—dijo Juan. Y todos otra vez en silencio. Nadie se molesto en omitir opinión.
— Yo no opino.—dijo Fede y no volvió a hablar.
— Me parece una muy pero muy buena idea.—dijo Laura, y dando media vuelta fue hasta su pieza y de un portazo dedujeron que la cosa iba en serio.
— Mira el barro que se junto che, que mal.—dijo Ariel.
  Juan se paró, se puso el pullover atado a la silla y solo le dirigió unas cuantas palabras a Fede que nada tenían que ver con la escena que recién habían presenciado, no por desmerecer el hecho sino por no discutir algo ya discutido hasta el hartazgo.
—Chau chicos, nos vemos.—dijo llendose a la puerta.
—Chau Juancito. ¿Y, encontraste un ejemplo para la historia?—dijo Ariel
—¿Qué?—Dijo Juan.
—El ejemplo ese que buscaban para definir la historia.
—A sí, no, no encontramos. ¿O se te ocurrió alguno Fede?
—La verdad que no.—respondió Fede—Que, ¿se te ocurrió alguno?
—¡Si se me ocurrió!. Es como el barro.—dijo Ariel
Risas de los dos. Siempre subestimaban todo lo que podía llegar a pensar Ariel.
—O.k Ari, lo tengo en cuenta. Chau.
  Juan abrió la puerta y salió a la vereda en medio de una lluvia muy pesada. Tomo por la vereda con cuidado de no mancharse mientras se permitió llorar por primera vez en mucho tiempo. Las lagrimas caían como objetos y se mezclaban con el agua de lluvia fría. El barro producto de la intensa lluvia cubría prácticamente toda la calle y parte de la vereda. Un gran charco de agua, barro y algunas bolsas de basura le cerraron el paso impidiéndole seguir caminando en busca del asfalto, tres cuadras mas adelante. Decidió esquivarlo. Tomó impulso desde la vereda, salto la zanja y cayó a la calle, en lo que creyó eran pedazos sólidos de tierra. Al caer, el pie derecho se le introdujo en un charco de agua obscura que le cubrió toda la zapatilla. El barro espeso ya copaba toda la calle. Sólo había unos pocos espacios sólidos que todavía no habían sido vencidos por la lluvia. Se propuso llegar ahí. Saco el pie del charco con dificultad y tomo impulso otra vez para saltar a un lugar sólido, lo logró. El pie derecho, empapado en agua y barro, le pesaba y lo incomodaba bastante. La lluvia no paraba. Las lagrimas tampoco. El cuerpo comenzó a no responderle. Comenzó a balbucear algunas palabras en voz alta. Cada vez más fuerte. Continuó saltando. Esta vez cayó con ambos pies en un charco más grande. Ahora el barro le llegaba casi hasta las rodillas. Los pies le parecían cada vez más pesados, tanto que en uno de los saltos por llegar a la parte sólida cayó de rodillas. Apoyó las manos para levantarse. Sintió el frío molesto del barro en las manos y se incorporó. Llegó por fin a la vereda de enfrente, a un sitio seguro, casi en la esquina. Un pequeño montículo de pasto recién cortado le sirvió de refugio por unos momentos. Desde allí pudo ver a través de la cortina de agua que caía lo que se le presentaba enfrente, la intersección de la calle Brasil y San Antonio completamente embarrada, sin ningún lugar en donde pisar. Juan se planteó si regresar a lo de Laura o avanzar, si volver para atrás o enfrentar la suciedad que cubría toda la calle. Decidió avanzar. Bajo poco a poco el montículo de pasto y procuró pisar muy despacio la tierra blanda con la intensión de no seguir hundiéndose. Se encontraba ahora en plena esquina, con las lagrimas humillándolo bajo una lluvia que para esa altura ya daba miedo. Empezó a caminar. A cada paso se hundía más y más. El suelo se hacía pastoso y sus pies casi hasta las rodillas pesaban lo que sus recuerdos le exigían. Aceleró el paso. El agua saltaba desde la superficie y le manchaba la cara y los ojos impidiéndole ver el camino. Apuró más el paso. Ya casi llegaba a la vereda de enfrente. Solo unos metros. Solo un poco más de barro. Todo el cuerpo era barro, una mancha en la obscuridad. Antes de llegar a la esquina, su pie derecho chocó con una piedra oculta de un tamaño considerable que lo hizo tropezar y caer de rodillas al piso. Las lágrimas no habían terminado y no lo harían ahora. Gemía y articulaba cada vez más las palabras, casi gritándolas. Sacó las manos atrapadas en el barro y se irguió hasta quedar de rodillas. Bajó la cabeza y dejo caer las manos al costado del cuerpo, como rindiéndose o relajándose, sólo él lo sabe. Ya ni sentía el barro frío y punzante en las rodillas, tampoco la lluvia que lo castigaba sin piedad, mucho menos las lágrimas y los ojos rojos e hinchados que le hacían una mirada mucho más sincera que cualquiera que haya tenido en mucho tiempo. Ya no sentía nada. Y tampoco hacía nada, porque comenzó a no moverse, como si la suciedad lo detuviera. Como una imagen triste vista entre relámpagos y truenos, confesándole angustias a la noche, bajo esa lluvia, en medio del barro.
 
 
 
 
 
 
 




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