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de Leandro Chapuis |
Hace cinco minutos, mientras almorzaba, me llegó
un paquete. Lo abrí y en él me encontré con unos anteojos
iguales a los que había visto en el sueño de anoche. Recuerdo
que en ese sueño aparecía una anciana que me recomendaba,
casi suplicando, no probármelos, pero en aquel momento solo recordé
la imagen de ese objeto que, de alguna manera ya conocía. Tal premonición
me condujo a verme en frente del espejo y curiosamente me los coloqué.
Sorprendido, note que la persona que me miraba
detrás del espejo no era yo, no solo porque no tenía anteojos
sino también porque tenía un bigote largo, como el que tenía
mi padre de joven. Me mantuve perplejo esperando un movimiento suyo. Cuando
pude desprender la mirada de la suya, pude reconocer su rostro. Un calor
comenzó a copar mi cuerpo y lleno de furia corrí al
cajón y tomé el arma. Miré de reojo el espejo y él
también se había ido. Volví a buscarlo y vi como buscaba
en el mismo cajón, la misma arma. Cuando atinó a darse vuelta
le disparé tres tiros y caí al suelo.
El espejo se hizo trizas y yo estoy mal herido
con tres agujeros en el cuerpo.
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