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 La pared

         de
 Ofelia Criscuolo

 

Ha logrado huir de su cuarto con barrotes. Allí está la pared gris, brumosa. La niebla la envuelve, es un fantasma de largos cabellos. Lo sabe, deberá apagarse para no perderse. Manos frías nacen de su cuerpo. Sigue con furor, con rabia. La pierna le duele, algo la sorprende; del otro lado vienen voces, son niños en ronda. También ella fue niña. Camina con dificultad, casi se arrastra.
-Debo llegar al final, debo llegar...
La alondra canta muy lejos. Tenía pájaros en su casa de Concordia, pero una tarde abrió la jaula.
-¡A volar!.
Llueve del otro lado, arrecia el viento, alguien tortura los recuerdos. Su padre grita desde la cárcel:
-Te traerán aquí si te escapas, has ahogado a tu hijo.
Dos enfermeros sorpresivamente lo toman por los brazos.
-Al cuarto de los tigres no, por favor!.
-Irás al cuarto de los ángeles, te agradará.
Y la pared sigue allí, larga, muy larga. La veo a través de los barrotes.
-Algún día saldré.
Todo blanco, todo negro, sin cantos, sin pájaros, sin vida.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 




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