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de Roxana Rajmilchuk |
Mientras Paulina hunde
la cuchara suavemente en la superficie del yogur, se olvida por unos instantes
de sus obligaciones inmediatas.
Ella medita en silencio,
al compás de la cuchara, alcanzando un nivel de concentración
tal que se funde en el acto que la ocupa.
Ni la mosca atrevida
que se le acerca la distrae de su actual ocupación. Ni el vendaval
de incongruencias que emiten las voces a su alrededor la desconcentran.
Mientras en su paladar
se funde plácidamente la sustancia ingerida, la cuchara se toma
breves recreos sobre la mesa, descansos cóncavos que no admiten
interrupción.
Hace tan solo unas pocas
horas atrás, Paulina se encontraba en medio de una vorágine
de autos y de calles obturadas que por cierto no la dejaban en paz. Unos
semáforos habían enloquecido interrumpiendo el tránsito
en pleno centro. Llegar al trabajo le iba a costar varias pestañas…
Unos malabaristas callejeros
hacían sus demostraciones justo en frente de sus ojos,en plena avenida,y
esto la impacientaba todavía más.
Su reloj pulsera había
comenzado a titilar, víctima también de la ansiedad y su
velocímetro interior daba contundentes puntadas contra el pecho.
En la radio anunciaban
las noticias matutinas pero ella solo podía pensar en la voz de
su jefe increpándola por su tardanza…Su jefe,ese microorganismo
con lentes que veía el mundo a través del diario, y con su
bigote ralo que enmarcaba una boca siempre dispuesta a emitir órdenes
a través de un solícito intercomunicador.
“No hay nada en este
mundo que se parezca a Salinas”, pensaba Paulina mientras un viento le
despeinaba la blusa a través de la ventanilla del taxi.
El chofer también
portaba unos bigotes, pero estos parecían ajenos a esa cara. Estaban
como yuxtapuestos o quizás fueran de utilería.
Paulina estaba tentada
en comprobar este último pensamiento y ya el alma de su mano se
disponía a efectuar el experimento cuando de repente una frenada
contuvo su impulso y depositó en su rostro y en el del chofer un
susto similar a un hervor de líquidos en un tubo de ensayo.
Es que la mañana,como
un laboratorio de análisis fisicoquímicos se había
presentado entre experimentos de diversa naturaleza. Comprobadas algunas
leyes constantes, como la de inestabilidad permanente de los volantes,
la relatividad de las distancias entre una esquina y otra, la masa corporal
variable de los transeúntes, etc, un sonido de sirena se sumó
al experimento y abriéndose paso entre la manada rodada acentuó
el tono tragicómico de la escena. La ambulancia, cual caballo blanco
desbocado iba primero en la carrera,dejándo atrás tiempo,espacio
y masa…
Si Paulina se tapaba
los oídos con los mismos índices con los que solía
hojear su agenda en su despacho, posiblemente el sonido de la sirena se
acoplara a su dedo de tal forma que éste se vería transformado
también en una ambulancia que se daría paso en agenda
y carpetas, plagadas de palabras, datos y fechas que se atropellaban unas
con otras como en una avenida.
Sin previo aviso el taxi tomó un atajo despejado y depositó a Paulina exactamente a los pies de su computadora. A esa hora en que todos estaban en sus puestos nadie la vería entrar.
Desde la heladera de
la cocina general,alguien la llama para aquietar sus pupilas dilatadas
y para destensar músculos y despojarlos de contratiempos matutinos.
Es su yogur, maestro
espiritual, que la evade por un momento de sus tribulaciones cotidianas.